El timo de Sebastopol — Noticias generales
Escrito el 5 y 6 de octubre de 1854. Traducido del inglés.
["New-York Daily Tribune" N° 4215 del 21 de octubre de 1854]
Londres, viernes 6 de octubre de 1854.

Es imposible describir la excitación y las dudas de los ingleses esta semana. El sábado pasado, a toque de clarín, el Lord Mayor proclamó ante la Bolsa la noticia de la victoria en el Almá; entretanto, los informes no confirmados sobre la caída de Sebastopol se difundieron por todo el país. El mundo entero se ha dejado engañar. Napoleón la anunció a su ejército en Boulogne; los periódicos ingleses y franceses publicaron editoriales sobre el feliz acontecimiento; el emperador de Austria felicitó al Emperador y a la Reina por su victoria, aunque sin mencionar a Sebastopol, por precaución; se encendieron hogueras y tronaron los cañones. Pronto recibimos el despacho que había provocado toda esa alegría y agitación; efectivamente, resultó provenir de una fuente muy sospechosa. Un tártaro —es decir, un correo turco— había llegado a Bucarest con noticias de Constantinopla para Omer Pachá, las cuales, en ausencia del general, tuvieron que serle reenviadas sin abrir; por consiguiente, desconocemos su contenido. Pero el correo contó que a su salida de Constantinopla la ciudad estaba iluminada y que se había dado la orden de mantenerla iluminada por diez días más. De ahí dedujo que Sebastopol había sido tomada, y detalló pormenores como los que habría contado cualquier cartero turco o londinense en una taberna. Mencionó 18.000 rusos muertos, pero sólo 200 cañones capturados, aunque las fortalezas disponen de más de 500 piezas; naturalmente, 22.000 rusos habían sido hechos prisioneros, ya que se sabía que la guarnición
contaba con unos 40.000 hombres. Primero se dijo que la flota había sido capturada, luego que una parte de ella había sido destruida, y que el príncipe Ménshikov estaba a punto de volarse por los aires con el resto, etc., etc. Resultaba, sin embargo, muy extraño que al cónsul en Bucarest no le hubiera comunicado tan importante suceso Lord Redcliffe y que el gobierno francés no hubiera recibido noticia alguna. Pero la noticia era demasiado buena para no ser creída, y por tanto se la creyó. Es cierto que al día siguiente llegó un informe de San Petersburgo que mencionaba un despacho del príncipe Ménshikov del día 26, según el cual éste se había retirado a Simferópol tras la batalla del Almá. Pero los periódicos, en lugar de abandonar de inmediato el grato engaño de la caída de Sebastopol, prefirieron suponer que se trataba de una errata y que la fecha correcta del informe era el 20. El día de hoy, sin embargo, ha hecho volver en sí al público inglés; la milagrosa conquista de una gran fortaleza sin asedio resulta ser un burdo timo que hará a los periódicos más prudentes en el futuro.

En España han ocurrido disturbios, no solo en Málaga, donde, como señalé en mi última carta, el partido republicano es muy fuerte, sino también en Logroño, donde Espartero vivió muchos años, y en Jaén, añade el telégrafo, se descubrió una conspiración republicana, y el infante don Enrique, hermano del idiota marido de la reina, fue desterrado a las Baleares. Sin embargo, la excitación por Sebastopol es todavía tan grande que nadie presta atención a España.

En Dinamarca se inauguró el Reichstag el día 2. En el discurso del trono el rey manifestó desprecio hacia la asamblea. Fue recibido con silbidos y vigorosos vivas a la constitución. El «Frankfurter Journal» repite la declaración de que las potencias aliadas han decidido someter de nuevo a examen el célebre tratado del 8 de mayo de 1852, en virtud del cual la sucesión al trono danés pasaría finalmente al emperador de Rusia. Urquhart no cesó de llevar ante el público una y otra vez esta indigna pieza de la diplomacia europea, y sus esfuerzos parecen ahora, al fin, coronados por el éxito. El objetivo de este movimiento, si hay algo de cierto en este rumor, consiste simplemente en, al reabrir esta cuestión, mover a Prusia, que se mantuvo al margen de este protocolo, a aliarse con las potencias occidentales. Es digno de notarse que Palmerston calificó el protocolo, al igual que el tratado de 1840, como medidas contra Rusia, mientras que ahora se pretende considerar su abrogación como un acto de hostilidad hacia Rusia.

Se dice que Austria ha enviado una nota a San Petersburgo en la que propone una vez más las cuatro condiciones como base de paz y declara que, si el zar las rechaza, Francisco José lo considerará casus belli. He aquí uno de los resultados de las victorias en Crimea.

Las siguientes consideraciones sobre un artículo publicado hace poco en el «Economist» están tomadas de la circular comercial de los Sres. Smith y Charles:

«De todos los comunicados e insinuaciones que se han hecho desde el comienzo de la guerra, el publicado el pasado sábado por el “Economist” es, con mucho, el más importante desde el punto de vista del comercio ruso. Debe tenerse en cuenta que este semanario es propiedad de uno de los secretarios del Tesoro
(el Sr. Wilson),
y que, por tanto, las observaciones a las que queremos llamar la atención pueden considerarse semioficiales.
Después de explicar el tipo de cambio en Petersburgo y de demostrar que, como consecuencia de nuestro comercio con Prusia, este país pone necesariamente a disposición de Rusia oro británico para sus fines bélicos; después de declarar que nuestro gobierno había previsto todo esto pero consideraba tal estado de cosas como un mal menor, el “Economist” prosigue diciendo que, tras la caída de Sebastopol, estaremos en posesión indiscutida del mar Negro y de sus costas y seremos dueños del Danubio. Pero, entretanto, Rusia, con la esperanza de poner a prueba la paciencia de Inglaterra, puede adoptar una posición que nosotros jamás podremos alcanzar con las armas, porque Rusia en semejante posición solo puede ser atacada a través de su comercio. Puede plantearse la cuestión de si nuestros intereses nacionales no nos dictarán, tarde o temprano, una política distinta de la que hemos seguido hasta ahora. Comprobaremos que bloqueamos en vano los puertos mientras nuestros productos encuentren rápida salida a través de los países vecinos y mientras permitamos que Prusia, como intermediario que tan fácilmente burla nuestro bloqueo de las costas rusas, se beneficie tanto, etc. … Ahora bien, si consideraciones de política general hicieran necesario examinar nuevamente la cuestión de hasta qué punto debe reforzarse el bloqueo y restringirse el comercio marítimo y terrestre, etc., el “Economist” concluye con la siguiente solemnísima advertencia: “Será bueno para quienes estén dispuestos a embarcarse en tan arriesgadas empresas” (el suministro de capital a los rusos para comprar mercancías en invierno que se entregarán al año siguiente) “recordar que podría resultar necesario, en el segundo año de una campaña rusa, seguir una política completamente distinta de la que en el primer año fue la más acertada y la mejor.”

Apenas necesitamos señalar que la conclusión que de esto se desprende (y recomendamos seriamente a nuestros amigos que lean con atención el artículo completo) es que las potencias aliadas han decidido —como único medio para poner término
a la guerra— prohibir el comercio terrestre el año próximo; y para evitar que los capitalistas se embarquen en un comercio que luego estará prohibido, el gobierno, deliberadamente, ha permitido a uno de los secretarios del Tesoro que dé a conocer sus intenciones de manera apropiada, a fin de ahorrar a nuestros comerciantes las graves consecuencias que de lo contrario se producirían. El sábado, el mercado de sebo se situó ligeramente por debajo de los precios del viernes. Es probable que hoy nuestros precios hubieran bajado, a consecuencia de las noticias de Sebastopol, de no ser por el artículo del “Economist” que hemos mencionado, pues reina la opinión de que la caída de esta importante fortaleza obligará probablemente al Emperador a ceder. Nosotros sostenemos exactamente la opinión contraria: que la catástrofe en cuestión solo es apta para atizar la exasperación del zar e inducirle a buscar revancha en otra dirección. Es absolutamente seguro que, mientras no se vea obligado a huir de sus propias grandes ciudades, no se considerará completamente derrotado, y para él hay demasiado en juego como para ceder antes de verse llevado al último extremo. Por eso consideramos esta guerra como una guerra que puede prolongarse muchos años, si no se adopta el rumbo que, en opinión del “Economist”, las potencias aliadas se proponen adoptar.»

El «Moniteur» del 5 de octubre comunica que Barbès, prisionero en Belle-Île desde hace tres años, ha sido puesto en libertad incondicional por orden de Bonaparte, a raíz de una carta en la que expresaba vivos sentimientos de esperanza en el triunfo de la civilización decembrista sobre la civilización moscovita; esta última, dicho sea de paso, ha aparecido recientemente en Atenas al revivir el recuerdo de las jornadas de junio de 1849: la soldadesca francesa detuvo allí a un «sospechoso» editor de un periódico, quemó sus libros y cartas y lo arrojó a la cárcel. A partir de ese instante, Barbès ha dejado de ser uno de los dirigentes revolucionarios de Francia. Al manifestar su simpatía por las armas francesas, sin importar el motivo ni el mando bajo el que se empleen, se ha equiparado inexorablemente a los moscovitas, compartiendo su indiferencia respecto al objetivo de sus campañas. Barbès y Blanqui se disputaron durante mucho tiempo la primacía de la auténtica dirección de la Francia revolucionaria. Barbès, de acuerdo con el gobierno, no cesó nunca de calumniar y sembrar sospechas sobre Blanqui. El hecho de su carta y de la orden de Bonaparte decide quién es el hombre de la revolución y quién no.