Escrito el 5/6 de octubre de 1854.

Tomado del inglés.

["New-York Daily Tribune" nº 4215, del 21 de octubre de 1854, artículo de fondo]

«Catch a Tartar», reza un refrán inglés. Y resulta que no solo los ingleses, sino también los franceses y los austriacos han caído en las redes de un tártaro. Acaso se nos perdone si expresamos cierta satisfacción por el hecho de que la «Tribune» y aquella parte de sus lectores que sigue atentamente el curso de la presente campaña en Crimea no hayan caído, como los demás, en el engaño.

Cuando por primera vez nos llegó la improbable noticia de la caída de Sebastopol, nos esforzamos por demostrar, mediante un examen de las pretendidas fuentes de la información, así como con consideraciones de crítica militar, que a la victoria del Alma, por decisiva que hubiera podido ser, difícilmente podía haber seguido tan pronto la capitulación de la fortaleza, el objetivo de toda la campaña. Pero creemos haber constatado al mismo tiempo el hecho de que los aliados no habían alcanzado en absoluto una victoria decisiva, pues los rusos se habían retirado en perfecto orden con todos sus cañones. Por último, nos esforzamos en señalar particularmente que toda la noticia, en la medida en que iba más allá del marco del parte oficial sobre la batalla del Alma, se basaba exclusivamente en el relato verbal de un tártaro que había sido enviado a Omer Pachá con despachos sellados. Por tal motivo estábamos enteramente preparados para recibir la noticia de que la monstruosa «caída de Sebastopol» no era sino una exageración imaginaria de la victoria del Alma, relatada en Bucarest por un tártaro con ganas de bromear, proclamada en Boulogne por el melodramático Luis Napoleón y creída a ciegas por aquel egregio ejemplar del género humano, el tendero inglés. En general, la prensa inglesa se ha mostrado como un digno representante de esta clase, y casi pudiera parecer que en Inglaterra la mera mención de Sebastopol basta para trasladar a cualquiera al país de Jauja. Quizá recuerden nuestros lectores que al final de la última sesión del Parlamento, Lord John Russell anunció que el gobierno inglés proyectaba la destrucción de Sebastopol; anuncio que, aunque fue formalmente revocado en la misma sesión, transportó a los honorables miembros al país de Jauja durante cinco horas – para usar las palabras que en aquella ocasión pronunció el señor Disraeli. El «London Times» ha escrito hasta la fecha no menos de nueve artículos de fondo, todos los cuales están inspirados, de buena o mala fe, por esta misma fantasía; todos, al parecer, con la sola intención de incitar a Sir Charles Napier a un ataque insensato sobre Kronstadt o Sveaborg. Como ebrio de gloria y embriagado de triunfos, dicho periódico llegó incluso al extremo de bombardear las costas prusianas del Báltico, así como al rey Bomba en Nápoles y al gran duque de Toscana en Livorno – naturalmente, solo en la imaginación. En realidad, estaba dispuesto a hacer la guerra a todo el mundo y, por supuesto, a no excluir de ella «al resto de la humanidad».

El verdadero estado de las fortificaciones terrestres de Sebastopol es demasiado poco conocido para permitir un pronóstico fidedigno sobre cuánto tiempo podría resistir esta fortaleza. El éxito del Alma es un signo casi seguro de que la plaza será tomada, ya que ha debido de elevar la moral y el espíritu combativo de las tropas aliadas, y resultará una eficaz protección contra la enfermedad – el enemigo más peligroso con que tienen que habérselas en Crimea, el cual, según se dice, está ya en acción. Pero es insensato suponer que los aliados entrarán en Sebastopol como en un café.

Después del gran fraude sobre la conquista de la fortaleza, con 30.000 muertos y heridos y 22.000 prisioneros – un fraude como no se conoce otro igual en toda la historia –, cabría suponer, naturalmente, que los auténticos documentos oficiales tuvieran al menos el mérito de proporcionar, en la medida en que lo hacen, información clara y fidedigna. Sin embargo, el parte publicado en Londres el 5 de octubre en un número extraordinario de la «Gazette» y reproducido esta mañana en nuestras columnas no está, a pesar de todo, libre de expresiones equívocas. En verdad, ofrece abundantes motivos de crítica, circunstancia que ha de atribuirse a que procede de Lord Stratford de Redcliffe, un representante de la escuela diplomática de Palmerston. En primer lugar, se dice que este despacho fue enviado de Bucarest a Inglaterra el 30 de septiembre a las 3 1/2 de la tarde, mientras que Lord Redcliffe lo fecha desde Constantinopla el 30 a las 9 1/2 de la noche, de modo que el despacho afirma haber llegado a Bucarest realmente seis horas antes de ser enviado desde Constantinopla. En segundo lugar, en el despacho no se menciona para nada lo sucedido en Crimea entre el 20 y el 28 de septiembre; se dice que

«los ejércitos aliados habían establecido su base de operaciones la mañana del 28 en Balaklava y se preparaban para marchar sin demora hacia Sebastopol. El “Agamemnon” (con el almirante Lyons) y otros buques de guerra se encuentran en la bahía de Balaklava. Allí habría posibilidades para desembarcar el tren de sitio».

En el supuesto de que este despacho sea correcto, la prensa inglesa ha sacado, naturalmente, la conclusión de que los ejércitos aliados habían cruzado el Belbek y la parte norte, conquistado las alturas a espaldas de la bahía de Sebastopol y avanzado por el camino directo hacia la bahía de Balaklava. Hemos de señalar aquí que, desde el punto de vista militar, es inconcebible que un ejército que está en posesión de las alturas que dominan Sebastopol descienda silenciosamente por el otro lado para marchar hacia una bahía situada a once millas de distancia, con el único propósito de «establecer allí una base de operaciones». Por otra parte, es perfectamente concebible que el almirante Lyons, con una parte de la flota, bordee el cabo Quersoneso para asegurarse un puerto de refugio que esté al mismo tiempo cerca de Sebastopol y sea adecuado para el desembarco de la artillería de sitio, la cual – como siempre hemos afirmado – no había sido desembarcada previamente. Los cañones, desde luego, no debían ser puestos en tierra sin una protección militar, que podría bien destacarse del grueso del ejército tras su desembarco en el Fuerte Antiguo, bien componerse de una parte de las reservas llegadas de Constantinopla y Varna.

El nuevo despacho comunica además que

«el príncipe Ménshikov se hallaba sobre el terreno al frente de 20.000 hombres y esperaba refuerzos».

De esto deducen los periódicos ingleses que los rusos han debido de perder entre 25.000 y 30.000 hombres en los combates entre el 20 y el 28 de septiembre, ya que, al igual que Lord Raglan, suponen que los rusos tenían un efectivo de 45.000 a 50.000 hombres en la batalla del Alma. Nosotros ya hemos declarado con anterioridad que, a primera vista, no creíamos en estas cifras, y para el príncipe Ménshikov nunca hemos calculado más de aproximadamente 25.000 hombres disponibles para operaciones de campaña; y ahora resulta que nos habíamos aproximado mucho a los datos rusos.

A continuación, el despacho informa que «la plaza fortificada de Anapa ha sido incendiada por los rusos. Su guarnición se hallaría en marcha hacia el campo de batalla». No podemos creer que esta noticia sea cierta. Si el príncipe Ménshikov espera a tiempo algún refuerzo, éste podría venir mucho mejor desde Perekop que desde Anapa, que está a casi doscientas millas de distancia; y si desde el primer punto no podía contar con refuerzos, habría sido de lo más insensato hacer acudir a la guarnición de Anapa al otro lado del Mar Negro para sacrificar, junto a Sebastopol, el último baluarte en el Cáucaso. En consecuencia, vemos que con toda la «información» de este despacho oficial volvemos a la batalla del Alma como el acontecimiento principal, cuya verosimilitud ha de concederse. Pero incluso sobre este acontecimiento faltan aún los detalles, y el duque de Newcastle ha anunciado ahora al público británico que no debe esperarlos antes del lunes 9 de octubre. Todo lo que hemos sabido, fuera del parte telegráfico oficial de Lord Raglan, es lo siguiente: que el héroe del Monte de Piedad de Londres, el mariscal Saint-Arnaud, estaba «indispuesto» el día de la batalla (¿quién ha oído jamás cosa semejante de otros héroes?), que Lord Raglan tenía el mando supremo; que las pérdidas inglesas no fueron de 1.400, sino de 2.000 hombres, incluidos 96 oficiales, y que ya han llegado a Constantinopla seis vapores con heridos.

Los movimientos del ejército de Omer Pachá, que se dirigen desde Bucarest y Valaquia, pasando por Rustschuk, Silistria y Oltenitza, hacia la costa del Mar Negro, parecen confirmar el rumor de que los mandos aliados en Crimea han pedido refuerzos. Pero esta retirada de los turcos de Valaquia también puede deberse al deseo de Austria de mantenerlos alejados de todos los caminos hacia Besarabia, salvo el intransitable a través de la Dobrudja.

Ante la gran credulidad de la que el público inglés nos ha dado pruebas tan contundentes, es digno de mención que la Bolsa de Londres se viera muy poco contagiada por el entusiasmo general; los títulos del Estado nunca subieron más de un 5/8 por ciento. En París, por el contrario, los bonos de la deuda pública subieron de inmediato un 1 1/2 por ciento, un alza que, por lo demás, es insignificante comparada con la del 10 por ciento que siguió a la derrota de Waterloo. Así pues, todo el fraude, en caso de que – como es muy posible – se urdiera con fines comerciales, no ha alcanzado en absoluto los grandes resultados con los que deben de haber contado sus autores.