Karl Marx/Friedrich Engels

La retirada rusa

Escrito entre el 19 y el 23 de junio de 1854.
Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 4126 del 10 de julio de 1854, artículo de fondo]

El movimiento de retirada de los rusos en Turquía es mucho más completo de lo que esperábamos, y más completo de lo que, aun en el peor de los casos, parece necesario ahora desde el punto de vista militar. Es evidente que incluyen la promesa del zar al emperador de Austria y la orden a sus generales de evacuar por completo Moldavia y Valaquia, sin que quede soldado ruso alguno en suelo turco, mientras que una fuerte fuerza austriaca ocupará inmediatamente su lugar y separará a los adversarios que hace poco aún se combatían. Sería, sin embargo, un error suponer que los rusos se retiran a causa de su derrota ante Silistria, o tomar al pie de la letra las jactanciosas afirmaciones de los periódicos ingleses, que presentan esa derrota como una huida y quisieran hacer creer al mundo que 15.000 o, a lo sumo, 17.000 soldados salidos de una fortaleza podrían poner en fuga a 100.000 o, cuando menos, a 90.000 soldados. Sin duda, los rusos fueron rechazados una y otra vez de manera sangrienta y decisiva, tal como merecían por sus ataques precipitados, mal concebidos, contrarios a toda la ciencia militar, confusos, por más que fueran ejecutados con valentía; los turcos combatieron con heroico e insuperable valor y demostraron un grado tal de capacidad militar que este sitio pasará para siempre a la historia; sin embargo, no vemos en todo ello motivo alguno para creer que forzaran al enemigo a levantar el sitio. De hecho, según nuestras informaciones más fidedignas, las baterías rusas en la orilla izquierda se mantenían aún y eran empleadas contra la fortaleza, incluso después de aquella última y mortífera salida en la que, según algunos informes exagerados, dichas baterías fueron supuestamente conquistadas por la guarnición. La verdad, evidentemente, es que los rusos se retiraron por fin de Silistria sencillamente porque el zar había convenido con Austria retirar todas las tropas de los principados en una fecha determinada. Había ordenado a las suyas que tomaran antes Silistria, para abandonar Turquía con el prestigio de al menos una victoria; no lo consiguieron y tuvieron que marcharse cargados con la vergüenza de un fracaso; pero su marcha no fue una huida ante un enemigo que les pisara los talones. No pudieron tomar Silistria y probablemente tampoco habrían podido lograrlo con un sitio formal; probablemente no habrían podido ganar nada en esta campaña y, en tal caso, habrían tenido que retirarse hacia el Seret; con todo, eran más fuertes que los aliados —los turcos y los demás—, al menos mucho más fuertes en la defensa. Además, aún no se habían enfrentado a los aliados y no se había librado ninguna batalla decisiva. Fuera de toda duda está, por tanto, que esta retirada hacia el Prut viene dictada por consideraciones diplomáticas y no por una necesidad militar, como consecuencia de la superioridad numérica o de la estrategia superior de Omer Pachá y sus aliados en Turquía.

Si bien sería falso suponer que los rusos fueron realmente expulsados de Silistria, no menos falso sería no comprender que las circunstancias generales de la guerra les son adversas y que la intervención austriaca les ofrece la mejor posibilidad de mejorar su suerte. No hablamos aquí de sus sucesivos reveses en Oltenitza, Cetate, Karakal o Silistria, combates relativamente pequeños en los que los turcos les derrotaron y frente a los cuales no pudieron oponer éxitos brillantes en parte alguna. En conjunto, todos estos combates no arrojaron resultados decisivos ni revolucionarios; pero en Asia han ido perdiendo su partida sistemáticamente, y ahora les amenaza la pérdida definitiva. De sus numerosas fortalezas en el mar Negro, sólo les quedan dos; en el interior del país, en cambio, Schamyl y sus montañeses no sólo han liberado de los odiados moscovitas las montañas y valles más próximos, sino que han aislado al príncipe Woronzow de Rusia y marchan, cooperando al sur con los turcos, con fuerzas tales hacia Tiflis que tal vez obliguen al príncipe Woronzow a rendirse con todas las posesiones transcaucásicas de Rusia, conquistadas con tanto esfuerzo y mantenidas con tantas fatigas. Perder esas provincias, que han costado tanta sangre y tanto dinero, sería para el zar una deshonra aún mayor que la derrota en una batalla decisiva en Turquía;

y no hay duda de que, en cuanto sus ejércitos hayan vuelto a cruzar el Prut, destinará inmediatamente todas las fuerzas que pueda distraer de la defensa de Crimea y de Sebastopol a reconquistar los pasos del Cáucaso y a apoyar a Woronzow. El éxito de Schamyl ha contribuido con toda probabilidad en gran medida a que los rusos hayan atendido la intimación austriaca de evacuar los principados.

En este importante acuerdo, que tanto altera y complica las perspectivas de la guerra, Austria ocupa una posición muy relevante y ventajosa. Es un gran triunfo de su diplomacia y da testimonio del respeto que todas las partes beligerantes sienten por sus recursos militares. Se entromete como amiga de ambos bandos; los rusos se retiran tranquilamente para hacerle sitio; la Puerta, por su parte, no hace sino seguir el consejo de Francia e Inglaterra al firmar el tratado que permite a Austria ocupar los principados. Es, por consiguiente, mediadora armada entre los combatientes con el consentimiento mutuo de ambos, pues cada cual considera la injerencia como ventajosa para sí. Las potencias occidentales declaran abiertamente que con ello Austria actúa en su favor; pero el acuerdo que, como demuestran los hechos, existió entre San Petersburgo y Viena a este respecto antes de que el mundo supiera que tal injerencia iba a producirse siquiera, y antes de que el ejército de Paskiéwitsch fuera rechazado en Silistria, no nos deja dudar de que también Rusia considera que Austria actúa en su favor. ¿Quién es, pues, el engañado, y a qué parte traicionará Austria?

Naturalmente, Austria, como cualquier otra potencia, persigue exclusivamente sus propios intereses. Estos intereses exigen, por una parte, que Rusia no mantenga ocupados los principados ni controle los accesos al Danubio y al mar Negro, ya que una gran y creciente parte del comercio austriaco se dirige en esa dirección. Además, una anexión de Turquía, o de una parte de ella, por parte de Rusia podría provocar disturbios entre las tribus eslavas del imperio austriaco, entre las cuales el paneslavismo, o la idea de una unión con Rusia, cuenta ya con numerosos partidarios. Es, por tanto, claro que Austria jamás podrá consentir la incorporación de Turquía por Rusia sin recibir al mismo tiempo en otro lugar un incremento territorial y de poder equivalente, lo cual es imposible. Pero, por otra parte, la política austriaca manifiesta toda su simpatía al zar, mientras adopta una actitud de rechazo frente a Francia e Inglaterra; en verdad, siempre estará en contra de las potencias

occidentales. Que Rusia haya sido humillada como castigo por haber iniciado una guerra inútil, no puede ser en Viena motivo de pesar; pero Austria jamás tolerará que Rusia resulte seriamente debilitada, pues los Habsburgo se quedarían en ese caso sin un amigo que pudiera sacarlos del próximo torbellino revolucionario. Esta breve exposición nos parece contener los motivos por los que ha de guiarse el gabinete de Viena durante todo el desarrollo ulterior de la guerra. Traicionará a uno o a ambos bandos beligerantes, y lo hará justo en la medida en que lo exijan los intereses de Austria y de la dinastía imperial, ni más ni menos.

El hecho de que Rusia se retire, cese en sus usurpaciones y las provincias evacuadas sean entregadas a Austria, obliga a esta última al mismo tiempo a impedir cualquier perjuicio ulterior a Rusia. Austria podrá seguir siendo, de nombre, amiga de los aliados, pero tiene interés en que fracase todo nuevo ataque de éstos contra el zar, y podemos estar seguros de que, salvo una declaración de guerra efectiva, a la que en ningún caso se atreverá a recurrir, hará todo lo posible para que tales ataques fracasen. Ha de traicionar, pues, a las potencias occidentales; son ellas las engañadas en el tratado que permite a un ejército austriaco ocupar las provincias turcas; y así se les hará patente a su debido tiempo en el curso de la guerra.

Según el plan del primer ministro inglés, lord Aberdeen, era evidente que la guerra no debía continuar, sino que la disputa debía zanjarse ahora, conforme al deseo de Austria, sobre la base del statu quo, transfiriéndose en lo posible el protectorado sobre los principados de Rusia a la casa de Habsburgo. Sin embargo, podemos considerar fracasado este plan a causa del propio desenmascaramiento de lord Aberdeen en su infame discurso y en el debate parlamentario subsiguiente, del que ofrecemos en este periódico una
información completa.
El pueblo británico, excitado por estas revelaciones, no consentirá, al menos por el momento, en concertar la paz sin que, a cambio de las enormes sumas que le cuesta la guerra, se alcancen determinados resultados que signifiquen algo más que la mera restauración de la situación anterior. El pueblo británico considera indispensable dejar a Rusia incapacitada para el combate, de modo que no pueda volver a inquietar al mundo así en mucho tiempo; espera con impaciencia alguna brillante hazaña de armas, como la conquista de Kronstadt o de Sebastopol. Sin una recompensa tan tangible por su participación

en la guerra, no consentirá ahora en hacer la paz. Este estado de ánimo popular conducirá probablemente muy pronto a un cambio de ministerio y a una prolongación de la guerra. Pero eso no significa en modo alguno que Rusia vaya a recibir, por la prolongación de la guerra, golpes más duros de los que ya ha sufrido —a menos que turcos y circasianos conquisten sin ayuda occidental alguna sus provincias transcaucásicas—. Y si juzgamos a los hombres que, una vez retirado lord Aberdeen a la vida privada, probablemente permanezcan en el poder en Londres, por sus actos desde el comienzo de la guerra, no habría motivo de sorpresa si un buen día los viéramos firmar un tratado de paz sobre la base por cuyo apoyo se está echando ahora del gobierno a lord Aberdeen. Hasta ahora la diplomacia austriaca ha tenido éxito; es muy probable que también obtenga la victoria final.