Karl Marx

[La guerra de Oriente]

["Zuid Afrikaan" del 6 de marzo de 1854]

Londres, 14 de enero de 1854.

Por fin, la tan largamente pendiente «cuestión de Oriente» parece haber llegado a un punto en el que la diplomacia ya no será capaz de dominar este campo con su actividad siempre cambiante y eternamente estéril. El 3 del presente, las flotas francesa y británica penetraron en el mar Negro para impedir los ataques de la escuadra rusa contra la flota turca o la costa turca. El zar Nicolás ya ha declarado en una ocasión que semejante paso sería para él la señal de una declaración de guerra. ¿Lo aceptará ahora tranquilamente? Una información de hoy anuncia que las flotas combinadas francesa e inglesa, junto con la primera división de la flota turca, transportan 17.000 turcos a Batum. Si esto es cierto, se trata tanto de un acto de guerra como si emprendieran un ataque directo contra Sebastopol, y el zar no tendrá más remedio que declarar la guerra de inmediato.

Pero ¿estará Rusia sola? ¿De qué parte se pondrían Austria y Prusia en una guerra general?

Se dice que Luis Bonaparte ha dado a entender al gobierno austríaco que, si se produjera un conflicto con Rusia y Austria tomara partido por ésta, el gobierno francés se aprovecharía de los elementos insurreccionales que en Italia y Polonia sólo necesitan una chispa para volver a inflamarse en devastadora hoguera, y que Francia se propondría entonces la restauración de la nación italiana y de la nación polaca. Sin embargo, el gobierno austríaco, de esto podemos estar seguros, se dejará influir más por sus propias dificultades financieras que por las amenazas de Bonaparte.

Del estado de las arcas públicas austríacas puede inferirse por el reciente aumento de los billetes de banco desvalorizados y por la nueva salida del gobierno de ordenar una desvalorización del 15 por ciento del papel moneda emitido por él mismo. Esta artimaña, que provoca una desvalorización del propio papel moneda, lleva el ingenio para idear impuestos probablemente a su más acabada perfección: grava el pago de los impuestos. Según los periódicos alemanes, el presupuesto austríaco para 1854 arrojará un déficit de 45.000.000 de florines en el presupuesto ordinario y de 50.000.000 de florines en el extraordinario. Por centésima vez, Austria se encamina hacia un empréstito, pero de una manera que no augura éxito alguno. Ahora se pretende emitir un empréstito de 50.000.000 de florines con el propósito más que evidente de pagar intereses vencidos y atender algunas otras exigencias urgentes.

Cuando llegó a Viena la noticia de la inminente entrada de la escuadra unida en el mar Negro, los cambistas tuvieron mucho que hacer para cambiar papel moneda por monedas de plata. Los poseedores de billetes de 100 y 200 florines acudían en tropel a sus oficinas para poner a salvo sus tesoros amenazados. Con todo, en el momento decisivo, la influencia de San Petersburgo sobre Viena inclinará la balanza e implicará a Austria en la guerra venidera al lado de Rusia. Prusia, por su parte, intenta repetir el juego de 1780, 1800 y 1805, es decir, formar una liga de estados neutrales bálticos o del norte de Alemania, a cuya cabeza podría desempeñar un papel no insignificante y sumarse al partido que le ofrezca las mayores ventajas.

Que las flotas turco-europeas pueden destruir Sebastopol y aniquilar la flota rusa del mar Negro, tomar y conservar Crimea, ocupar Odesa, bloquear el mar de Azov y desatar a los montañeses del Cáucaso es algo que no admite duda. Las medidas que han de tomarse en el mar Báltico son tan obvias como las del mar Negro: una alianza a toda costa con Suecia; intimidación a Dinamarca, en caso necesario; una insurrección en Finlandia, que estallaría si desembarcaran tropas suficientes, y la garantía de que no se concertará paz alguna sin la condición de que esta provincia se reúna de nuevo con Suecia. Las tropas desembarcadas en Finlandia amenazarían Petersburgo, mientras la flota bombardearía Kronstadt.

Todo dependerá de la actuación resuelta y enérgica de las potencias marítimas de Europa.

La «Neue Preußische Zeitung» del 29 del pasado confirma la noticia de que el emperador de Rusia ha ordenado la movilización de todas las tropas de su imperio. No sólo ha retirado sus depósitos de los bancos ingleses y franceses, sino que también ha decretado una colecta voluntaria entre la nobleza y dispuesto la paralización de las obras ferroviarias, a fin de destinar a la guerra los hombres y el dinero necesarios para esos trabajos.

Por otra parte, los armamentos avanzan en Francia con más energía que nunca; ha sido llamado a filas el segundo contingente de 80.000 hombres de 1852. También en Francia se viene considerando desde hace tiempo un empréstito de 200.000.000 de francos (aproximadamente 8.000.000 de libras esterlinas), pero la carestía de los víveres, el insuficiente rendimiento de la cosecha de vino y de la producción de seda, el estancamiento general del comercio y la industria, los grandes temores ante los pagos que vencen a fines de febrero, la tendencia a la baja de los títulos públicos y de las acciones ferroviarias… nada de esto es en modo alguno adecuado para facilitar semejante empresa.

Según informa el «Times», el gobierno británico tiene la intención de aumentar el número de marineros y soldados de marina para el año en curso a 53.000 hombres, lo que excede en unos 8.000 la cifra autorizada el año pasado y en otros 5.000 la llamada a filas bajo el gobierno de Lord Derby. En total, por tanto, puede calcularse el refuerzo de la flota de guerra desde 1852 en aproximadamente 13.000 hombres. Las dotaciones de la flota contarán ahora con 38.000 marineros y grumetes y 15.000 soldados de marina.

Por fin se ha sabido la verdad sobre el asunto de Sinope. Según los datos publicados acerca de la proporción de fuerzas entre Rusia y Turquía en Sinope, los rusos disponían de tres navíos de vapor de dos puentes, uno de tres puentes y 680 cañones más que las fuerzas turcas. Así considerada, Sinope no ha acrecentado en nada el poder de Rusia ni ha mermado en nada el de Turquía; todo lo contrario. Aquí nos encontramos ante un hecho que ni siquiera en los anales de la flota británica tiene parangón: fragatas que se ponen costado con costado contra navíos de línea, capitanes que arrojan la antorcha al pañol de pólvora y se ofrecen a sí mismos como holocausto en el altar de la patria. La verdadera fuerza marítima de Turquía permanece intacta; no se perdió ni un solo navío de línea ni un solo vapor. Y no es todo. Según las últimas noticias, uno de los mejores navíos de tres puentes de la flota rusa, el «Rostislaw», buque de 120 cañones, fue echado a pique por los turcos. Esta pérdida, que hasta ahora se había silenciado bajo el oportuno pretexto de que el «Rostislaw» no se había hundido durante el combate, sino inmediatamente después, es ahora admitida por los rusos y constituye una buena compensación por las pérdidas de la flota turca. Si realmente se hundió un navío de tres puentes, podemos suponer que también los demás buques rusos sufrieron averías muy serias en el combate, de modo que, en el fondo, la victoria de Sinope puede haber debilitado más a la flota rusa que a la turca. Cuando el bajá de Egipto se enteró de la catástrofe de Sinope, ordenó de inmediato la habilitación de 6 fragatas, 5 corbetas y 3 bergantines para llenar las brechas de la flota turca.

La fragata de vapor egipcia «Pervas-Bahri», que fue puesta fuera de combate por la fragata de vapor rusa «Wladimir», mucho mayor que ella, y capturada tras un combate de cerca de cinco horas, quedó tan acribillada por los impactos que apenas pudo ser llevada a Sebastopol, donde se hundió inmediatamente. La «Pervas-Bahri» fue conducida al puerto de Sebastopol sólo con la ayuda de su primer maquinista, el inglés Bell, a quien el almirante Kornilow había prometido la libertad inmediata si lograba llevar el buque a salvo a dicho puerto. Pero en lugar de ser liberado tras la llegada a Sebastopol, el señor Bell y los maquinistas y fogoneros a sus órdenes fueron severamente encarcelados y sometidos a la exigua ración de 3 peniques por día; además, se les dio a entender que, en esa rigurosa estación, tendrían que marchar a pie 80 millas hacia el interior del país. El zar y sus ministros aprobaron el proceder del príncipe Ménshikov, comandante de Sebastopol, y se hicieron sordos a las objeciones del cónsul británico en Odesa y del legado británico en San Petersburgo. Ya se sabe que en la batalla de Sinope dos buques mercantes ingleses, que navegaban por negocios propios, fueron despiadadamente envueltos en la destrucción general sin motivo alguno. He aquí la sencilla descripción de la destrucción de uno de esos dos buques, tal como la publica un periódico francés:

«El 30 de noviembre, la bricbarca “Howard”, de Bideford, un puerto del sur de Inglaterra, había descargado un cargamento de carbón para el cónsul austríaco en Sinope, señor Pirentz, y estaba anclada para cargar lastre y luego navegar hacia Fatsa, donde debía tomar un cargamento de cereales y llevarlo a Inglaterra, cuando de repente apareció la flota rusa y, sin hacer señal alguna a los buques extranjeros ni darles ninguna posibilidad de ponerse a salvo, abrió un intenso fuego de bala y bomba sobre la flota turca anclada, destruyendo por completo en pocos minutos el “Howard” y otros buques mercantes del puerto.»

De esta abominable violación del derecho internacional se jactó el parte diario de Odesa, mientras que los periódicos rusos, al mismo tiempo, informaban en tono sarcástico que, en un momento en que la flota inglesa no se atrevía a penetrar en el mar Negro, el gobierno inglés no se atrevió a rehusar el uso de sus arsenales para reparar un buque de guerra ruso.

El último correo nos ha traído noticias complementarias adicionales sobre los más recientes acontecimientos militares en Asia. Al parecer, los turcos se han visto obligados a evacuar por completo la parte rusa de Armenia, aunque el desenlace exacto de los combates que han motivado esta retirada aún no se conoce. Un cuerpo turco había avanzado por la vía directa de Ardahan a Ajáltsije, mientras que otro destacamento tomaba la ruta meridional de Kars, pasando por Alexandropol (en georgiano, Gumry), hacia Tiflis. Ambos grupos parecen haber chocado con los rusos. Según los informes rusos, los turcos fueron derrotados en ambas vías de avance y perdieron aproximadamente 40 cañones. No disponemos de informes oficiales turcos; pero en correspondencia privada se justifica la retirada por la necesidad de ocupar cuarteles de invierno. Lo cierto es, en todo caso, que los turcos han evacuado el territorio ruso a excepción del fuerte de San Nicolás, que los rusos los persiguieron y que su vanguardia se aventuró incluso hasta una milla delante de Kars, donde fue rechazada. Sabemos además que el ejército turco de Anatolia —que se recluta en las provincias asiáticas, el baluarte de la vieja barbarie musulmana, y cuenta en sus filas con un gran número de tropas irregulares, soldados de ocasión poco fiables aunque en general valientes, aventureros y merodeadores kurdos—, que el ejército de Anatolia no es comparable al constante, disciplinado y adiestrado ejército de Rumelia, donde el comandante sabe cuántos y qué hombres tiene día a día bajo su mando, y donde el afán de aventuras por cuenta propia y el pillaje arbitrario son puestos a raya por los artículos de guerra y los consejos de guerra. Sabemos que los rusos, que al comienzo de la campaña asiática padecían gran escasez de tropas, fueron reforzados por la 13.ª División de Infantería (16.000 hombres) al mando del teniente general Obrutschev II y un destacamento de cosacos del Don; sabemos que lograron mantener a raya a los montañeses y conservar sus comunicaciones tanto a través del Cáucaso por Vladikavkaz como por vía marítima

hacia Odesa y Sebastopol. Si consideramos estas circunstancias y tenemos en cuenta que el comandante turco Abdi Pachá era o bien un traidor o bien un necio (entre tanto ha sido destituido y nombrado en su lugar Achmed Pachá), no tenemos por qué asombrarnos en absoluto de que los turcos hayan sido derrotados, aunque no puede caber duda de que los partes diarios rusos habitualmente exageran.

En el Danubio, los rusos atacaron hace poco Măcin, fortaleza situada en un brazo del río. Un vapor y dos cañoneras cruzaban frente a ella; fueron recibidas con fuego intenso. Se dice que las cañoneras fueron echadas a pique y el vapor resultó tan gravemente dañado que tuvo que virar a toda prisa. Tres o cuatro escaramuzas tuvieron lugar, en parte entre los puestos avanzados cerca de Calafat y en parte entre los puestos rusos del Danubio y pequeños destacamentos turcos que cruzaron la corriente para sorprenderlos. Los turcos afirman haber llevado ventaja en todos los combates. Es de lamentar que a las tropas irregulares turcas, que son particularmente idóneas para esta clase de acciones, no se les haya dado la orden hace ya tiempo de llevar esta guerra de guerrillas con la mayor actividad. Habrían superado a los cosacos, habrían desorganizado el sistema de avanzadas del adversario —necesariamente insuficiente, porque se extiende a lo largo de 300 millas—; habrían perturbado los planes rusos, obtenido un conocimiento exacto de los movimientos del enemigo y, procediendo con la prudencia y audacia correspondientes, habrían resultado vencedoras en todo combate.

De noticias telegráficas recibidas en este momento se desprende que

"el día 6 del corriente, una división turca de 15.000 hombres con 15 cañones atacó y tomó por asalto la posición atrincherada de Cetate, no lejos de Calafat; los rusos perdieron 2.500 hombres; un refuerzo de 18.000 rusos, que avanzaba desde Caracal, fue obligado a retirarse y perdió en ello 250 hombres".

Según otro informe, la gran mayoría de la población de la Pequeña Valaquia se ha alzado contra los rusos, y éstos han sitiado Craiova.

Entre tanto, Rusia se desvivía en esfuerzos por tender anzuelos o infundir temor por todo el mundo, en las fronteras de la India británica, en Persia, Serbia, Suecia, Dinamarca, etc. En Persia se había producido una divergencia entre el enviado británico y el gobierno del Schah. Cuando el Schah ya se disponía a ceder, se entrometió el enviado ruso con la intención no sólo de enemistar al Schah contra Inglaterra,

sino además de empujarlo a una abierta hostilidad con la Puerta y a una declaración de guerra a los turcos. Se dice, sin embargo, que esta intriga fue frustrada por la amenaza del encargado de negocios británico Thompson de retirarse de Teherán, así como por el peligro de que estallara súbitamente el desagrado del pueblo persa contra Rusia y por la llegada de una embajada afgana que amenazó con una invasión de los afganos en territorio persa en caso de que Persia pactase una alianza con Rusia.

Al mismo tiempo, Serbia fue inundada por un sinnúmero de agentes rusos; exploraban lugares y buscaban a personas de quienes antes se supiera que eran adictas a la desterrada dinastía de los Obrenović; a unos les hablaban del joven príncipe Miguel —a otros, de su anciano padre Miloš; ora alimentaban en ellos la esperanza de una extensión de las fronteras de Serbia bajo la protección de Rusia, de la formación de un nuevo reino de Iliria que habría de unir a todos los hombres de habla serbia que actualmente se hallan bajo el dominio de Turquía y Austria, ora los amenazaban con incontables ejércitos y el total sojuzgamiento si se oponían. Pese a estas intrigas incesantemente tramadas en diversas direcciones, Rusia no ha logrado romper los vínculos entre los serbios y el Sultán; por el contrario, en Belgrado se esperaban dos firmanes de Constantinopla, uno de los cuales debía eliminar todas las vinculaciones existentes entre Serbia y Rusia, y el otro confirmar todos los privilegios concedidos al pueblo serbio en el curso del tiempo. Además, el gobierno ruso ha proseguido con celo negociaciones en Estocolmo y Copenhague, con el objetivo de mover a los gobiernos de Suecia y Dinamarca a ponerse del lado de Rusia en el inminente conflicto europeo. El fin principal que persigue con tal alianza es conseguir que el Sund y el Belt sean bloqueados para las potencias occidentales. Todo lo que ha logrado hasta ahora es la conclusión de un tratado entre Suecia, Dinamarca y Prusia sobre una neutralidad armada, y preparativos de armamento que de manera patente se vuelven contra Rusia misma. Correspondencia privada de Suecia se regocija ante la posibilidad de volver a incorporar el Ducado de Finlandia —que fue ocupado por Rusia tan vergonzosamente sin declaración de guerra— al reino escandinavo. En Dinamarca, la actitud de la corte, no la del pueblo, es más equívoca. Corre incluso el rumor de que el actual ministro danés de Asuntos Exteriores dimitirá y que su puesto lo ocupará el conde Reventlow-Criminil, hombre conocido por sus estrechas relaciones

con la corte de San Petersburgo. En Francia, la "fusión" de orleanistas y legitimistas había obtenido cierto éxito gracias a la influencia de Rusia; entre tanto, la misma potencia mueve cielo y tierra para socavar la Entente cordiale entre los gobiernos de Inglaterra y Francia y sembrar la discordia entre ellos. Algunos periódicos de París, pagados por Kíselev, intentan despertar desconfianza contra la sinceridad del gobierno inglés, y, como vemos, también en Inglaterra un periódico pagado por Brünnow pone a su vez en entredicho la sinceridad del gobierno francés. Otro golpe, dirigido principalmente contra las potencias occidentales, es la prohibición rusa de exportar grano polaco.

Entre tanto, los pasos de la diplomacia occidental no fueron en modo alguno antirrusos, sino que, por el contrario, mostraban más bien una inclinación excesivamente celosa a eludir la justicia y a andar de consuno con el crimen. Ahora salta a la vista de todos que esos pasos han sido falsos y funestos. La resurrección de la Conferencia de Viena y el protocolo allí redactado el 5 del mes pasado; la carta que los enviados francés y británico en Constantinopla dirigieron a Reschid Pachá; la nota conjunta de las cuatro grandes potencias, entregada a la Puerta el 15 del mes pasado y aceptada por el Sultán el 31; la circular de Drouyn de Lhuys del 30 del mes pasado a los representantes diplomáticos franceses, en la que se anuncia la entrada de las flotas combinadas en el Mar Negro: tales son los acontecimientos esenciales de la historia diplomática de las últimas seis semanas. Sobre el contenido del protocolo de la Conferencia de Viena habrán sido instruidos antes sus lectores. ¿Puede haber algo más ridículo que la afirmación contenida en él de que

"las seguridades dadas en repetidas ocasiones por el Emperador de Rusia excluían el pensamiento de que este preclaro soberano abrigara intención alguna de atentar contra la integridad del Imperio otomano"?

¿Puede haber algo más vil que recomendar a Turquía que tenga a bien consentir en un armisticio de tres meses? El 5 del mes pasado, dos días después de que llegaran a Constantinopla los informes de la vergonzosa carnicería de Sinope, Reschid Pachá dirigió una carta a Lord Stratford de Redcliffe y al general Baraguay d'Hilliers, en la que les comunicaba las noticias de Sinope y les pedía que dejaran entrar las flotas en el Mar Negro. El 12, una semana después de la nota de Reschid Pachá, los dos enviados le dieron a entender, en una respuesta bastante imprecisa, que

"la presencia de la escuadra combinada tiene un significado
'político'
, por consiguiente no
militar
, y que es un apoyo
'moral'
, por consiguiente no
militar
".

De este modo, la Puerta se vio obligada a aceptar la nota conjunta de las cuatro potencias que le fue entregada el 15 de diciembre. Esta nota no sólo no concede a la Puerta compensación alguna por las pérdidas que ha sufrido a causa de las piraterías del autócrata; no sólo insiste en la renovación de todos los viejos tratados de Kainardschi, Adrianópolis, Hunkiar-Iskelessi, etc., que durante siglo y medio han servido a Rusia de arsenal del que ha extraído las armas para el engaño, la injerencia, el ulterior avance y la incorporación; sino que también permite al Zar alcanzar su propósito —el protectorado religioso y el dictado administrativo sobre Turquía— al estipular que

"los firmanes emitidos por la Sublime Puerta a todos sus súbditos no musulmanes en lo concerniente a los privilegios espirituales otorgados habrán de ser comunicados a todas las potencias y acompañados de seguridades
adecuadas
, dadas a cada una de ellas",

y que la Puerta, por su parte, deberá manifestar la firme resolución de desarrollar con mayor eficacia su sistema administrativo y sus reformas internas.

Aunque estas nuevas propuestas, según su letra, transfieren el protectorado común sobre los súbditos cristianos de Turquía a las cinco potencias europeas, en verdad otorgan el protectorado únicamente a Rusia. Se pretende regularlo de modo que Francia y Austria, como países católico-romanos, ejerzan el protectorado sobre los cristianos católico-romanos en Turquía; Inglaterra y Prusia, como países protestantes, sobre los súbditos protestantes del sultán; mientras que aquella parte que profesa la fe greco-ortodoxa ha de ser sometida al protectorado de Rusia. Pero como los católicos no suman 800.000, los protestantes ni siquiera 200.000 y los que profesan la religión greco-ortodoxa ascienden a cerca de 10.000.000, es claro que, de hecho, el zar obtendría el protectorado sobre los súbditos cristianos en Turquía. Estas propuestas de las cuatro potencias fueron aceptadas por la Puerta solo el 19 del pasado, cuando Riza Pachá y Halil Pachá entraron en el gabinete y aseguraron así el éxito del partido de la paz, o partido ruso.

Cuando se supo que el consejo de ministros había informado a los cuatro enviados de la aceptación de las propuestas por ellos sugeridas, se reunieron el 21 del pasado los softas (estudiantes) para presentar una petición contra la decisión del gobierno, y solo la detención de los cabecillas impidió el estallido de disturbios. La exasperación reinante en Constantinopla era tan grande que el sultán, al día siguiente, ni se atrevió a acudir al Diván ni, como de costumbre, a dirigirse entre el tronar de cañones y los hurras de las dotaciones de los buques de guerra extranjeros a la mezquita de Top-hane, y Reschid Pachá huyó de su propio palacio en Estambul y buscó refugio en el palacio contiguo a la residencia del sultán. Al día siguiente, el público quedó algo apaciguado por una declaración del sultán en el sentido de que no se suspenderían las operaciones militares.

Estos pasos confusos, pusilánimes e incomprensibles de la diplomacia occidental, que durante la sombría historia de los últimos nueve meses casi han agotado la paciencia del público, han hecho surgir dudas sobre la sinceridad del gobierno británico. Como el público no puede entender los motivos de la longanimidad de las potencias occidentales, se habla de influencias secretas y se difunden afanosamente rumores de que el príncipe Alberto, esposo de la reina, se inmiscuye en los asuntos del poder ejecutivo; de que no solo está presente en las deliberaciones de la soberana con su Consejo Privado, sino que también aprovecha su influencia para controlar las opiniones de los consejeros responsables, y de que, al tiempo que se vale de la ocasión para asistir a las reuniones de la reina con sus ministros, mantiene asimismo una relación constante y directa con cortes extranjeras, incluida la rusa, aunque exceptuando la francesa. Según otros rumores, la «fusión» de los Orleans y la rama mayor de los Borbones, la antigua casa real francesa, habría recibido casi tanto apoyo de la corte británica como de la rusa, y como prueba de ello se señala la visita del duque de Nemours a la corte de la reina Victoria, que tuvo lugar inmediatamente después de su encuentro con «Enrique Quinto». Un cuarto rumor, según el cual las negociaciones sobre la cuestión oriental habrían sido encomendadas, con el consentimiento de Rusia, exclusivamente al conde Buol-Schauenstein, cuñado del conde Meyendorf, se aduce como prueba de que el gobierno inglés jamás ha deseado negociaciones independientes o eficaces, sino que ha intentado desde el principio apoyar los planes de Rusia y de sus aliados, al tiempo que aparentaba estar contra Rusia. Se tiene por bastante seguro que Roebuck planteará toda la cuestión de la influencia de Coburgo ante la Cámara de los Comunes, mientras que lord Brougham se propone plantearla ante la Cámara de los Lores. Sin duda, la influencia de Coburgo constituye en estos momentos el tema de conversación casi exclusivo de la capital. El Parlamento volverá a reunirse el 31 del corriente.

Desde 1809 no ha habido un invierno tan riguroso como el actual. El gran frío no es lo peor; mucho peor es el constante cambio de temperatura y la mudanza del tiempo. El tráfico ferroviario solo ha podido mantenerse con las mayores dificultades; en algunas zonas parece estar completamente cortado y, con el estado de sus medios de transporte, Inglaterra se ve arrojada a épocas largo tiempo olvidadas. Para paliar las dificultades en el envío de documentos comerciales, retrasados por las acumulaciones de nieve, y para evitar protestos de letras de cambio por falta de pago no declarada, se ha recurrido al telégrafo eléctrico. Con todo, más de 500 protestos en Londres ilustran el desconcierto general provocado por la estación inusualmente áspera. Los periódicos están llenos de informes sobre espantosas catástrofes navales causadas por tormentas de nieve y vientos huracanados, sobre todo en la costa oriental. Aunque las tablas recientemente publicadas sobre comercio, navegación e ingresos del Estado indican la persistencia de aquella prosperidad con la que había comenzado el año 1853, el duro invierno y, de la mano con él, la carestía de los principales artículos de primera necesidad, en especial cereales, carbón y grasa, repercuten muy gravemente sobre la situación de las clases inferiores. Se han producido numerosos casos de muerte por inanición. Los disturbios por el pan en el oeste constituyen ahora un acompañamiento de los cierres patronales en el norte.

Sin embargo, la falta de tiempo nos obliga a aplazar para una próxima correspondencia un informe detallado sobre el comercio y la industria.