Karl Marx/Friedrich Engels

La guerra aburrida

Escrito del 29 de julio al 1 de agosto de 1854.

["New-York Daily Tribune", núm. 4159, del 17 de agosto de 1854]

Casi han transcurrido doce meses desde que un pequeño cuerpo turco, dos batallones, cruzó con éxito el Danubio por Turtukai, frente a Oltenitza, levantó allí atrincheramientos y, atacado por los rusos, los rechazó en un vivo y breve encuentro; aquél fue el primer choque de esta guerra y recibió el orgulloso nombre de batalla de Oltenitza. Allí los turcos hicieron frente a los rusos completamente solos; no tenían a su espalda tropas inglesas ni francesas como reserva, ni podían esperar apoyo alguno de las flotas aliadas. Y, sin embargo, se mantuvieron en la orilla valaca del río en Oltenitza durante catorce días, y en Kalafat todo el invierno.

Desde entonces, Inglaterra y Francia han declarado la guerra a Rusia; se han llevado a cabo toda suerte de proezas, aunque de índole algo dudosa. Flotas del mar Negro, flotas del Báltico y un ejército de casi 100.000 soldados ingleses y franceses han acudido en auxilio de los turcos o tratan de apartar de ellos al enemigo. Y el resultado de todo ello no es más que una repetición de la empresa de Oltenitza a mayor escala, pero en realidad menos afortunada que el año pasado.

Los rusos pusieron sitio a Silistria. En ello procedieron con insensatez, pero con bravura. Día tras día, noche tras noche, fueron derrotados; no por ciencia superior, no por el capitán Butler o el teniente Nasmyth, los dos oficiales británicos allí presentes que, según declaración del "Times", salvaron a Silistria. Fueron derrotados por la ignorancia de los turcos, una ignorancia que llegaba al extremo de no darse cuenta de cuándo un fuerte o una muralla ya no podían sostenerse, y de aferrarse tercamente a cada pulgada de tierra, a cada topera que

el enemigo se empeñaba en conquistar. Los rusos fueron derrotados, además, por la estupidez de sus propios generales, por la fiebre y el cólera y, finalmente, por la impresión moral de un ejército aliado que amenazaba su ala izquierda y de un ejército austríaco que amenazaba su ala derecha. Al comenzar la guerra constatamos que los rusos no habían sido nunca capaces de llevar a cabo un sitio en toda regla, y las mal dirigidas operaciones ante Silistria demuestran que desde entonces no han aprendido nada. Así, pues, fueron derrotados, tuvieron que retirarse del modo más ignominioso que pueda pensarse, tuvieron que levantar el asedio de una fortaleza imperfecta en plena estación hermosa, sin que tropa alguna acudiera en auxilio de la guarnición. Algo así sólo ocurre una vez cada cien años. Y emprendan lo que emprendan los rusos en otoño, la campaña está y seguirá estando para ellos ignominiosamente perdida.

Ahora, empero, vayamos a la otra cara de la medalla. Silistria está libre. Los rusos se retiran a la orilla izquierda del Danubio. Se preparan incluso para la evacuación de la Dobrudja y la llevan a cabo poco a poco. Hirsowa y Matschin han sido evacuadas. El Sereth parece ser la línea que los rusos han escogido para defender, no sus conquistas, sino su propio territorio. El viejo y astuto croata Omer Pachá, que como el que más sabe callar o mentir "en cumplimiento de su deber", envía al mismo tiempo un cuerpo a la Dobrudja y otro a Rustchuk, fijando así ambas alas de los rusos. Ciertamente, en este momento hubieran sido posibles operaciones mucho mejores, pero el bueno de Omer conoce probablemente a sus turcos y a los aliados mejor que nosotros. Militarmente, lo correcto habría sido marchar a través de la Dobrudja o por Kalarasch sobre las comunicaciones del enemigo; mas, después de todo lo que hemos visto, no debemos acusar a Omer de haber desaprovechado una buena ocasión. Sabemos que su ejército está muy mal abastecido —carece de casi todo— y que, por tanto, no puede ejecutar movimientos rápidos que lo alejen demasiado de su base o que abran nuevas líneas de operaciones. Por decisivos que resulten tales movimientos cuando se emprenden con fuerzas suficientes, están fuera del alcance de un ejército que vive al día y atraviesa una tierra estéril. Sabemos que Omer Pachá se dirigió a Varna e imploró ayuda a los generales aliados, los cuales se hallaban entonces con 75.000 soldados excelentes a sólo cuatro jornadas de marcha del Danubio. Pero ni Saint-Arnaud ni Raglan pensaron en ir allá donde pudieran encontrarse con el enemigo. Así, Omer no pudo hacer

más de lo que hizo. Envió 25.000 hombres a la Dobrudja y marchó con el resto de su ejército a Rustchuk. Allí sus tropas pasaron de isla en isla hasta cruzar el Danubio; después, mediante una marcha repentina hacia la izquierda, cogieron a Giurgewo por la espalda y obligaron a los rusos a evacuar la plaza. Al día siguiente, éstos se replegaron a unas alturas al norte de Giurgewo, donde fueron atacados por los turcos. Se libró una sangrienta batalla, notable por el número de oficiales ingleses que, con éxito nada común, rivalizaron en ser los primeros en caer muertos a tiros. Todos recibieron su bala, pero a nadie le sirvió de nada; pues sería necio suponer que un soldado turco se exalte hasta la invencibilidad viendo cómo matan a tiros a oficiales británicos. Sea como fuere, los rusos, que sólo tenían sobre el terreno una vanguardia —una brigada, a saber, el regimiento de Kolywan y el de Tomsk—, fueron derrotados, y los turcos pusieron pie firme en la orilla valaca del Danubio. De inmediato se dedicaron a fortificar la posición, y como tenían zapadores ingleses y ellos mismos trabajaban estupendamente, como en Kalafat, sin duda habrían hecho de ella un lugar temible. Pero entonces se dijo: de aquí no se pasa. El mismo emperador de Austria que durante ocho meses se ha esmerado tanto en hacer de árbitro imparcial interviene ahora de repente. ¿Acaso no se le han prometido los Principados como zonas de forrajeo para sus tropas, e insiste en ello? ¿Qué tienen que buscar allí los turcos? Deben regresar a Bulgaria. Por eso llega de Constantinopla la orden de retirar las tropas turcas de la orilla izquierda y de abandonar "todo este pedacito de tierra" a merced de los soldados austríacos. La diplomacia está por encima de la estrategia. Suceda lo que suceda, los austríacos quieren proteger sus fronteras ocupando algunas yardas más de terreno al otro lado; y a este importante fin sacrifican incluso las necesidades de la guerra. Además, ¿no es Omer Pachá un desertor austríaco? Austria no olvida eso jamás. En Montenegro se interpuso en su carrera victoriosa, y ahora repite el juego para hacer sentir al renegado que sigue teniendo deberes de súbdito frente a su legítimo soberano.

No merece la pena en absoluto detenerse en los detalles militares de la presente fase de la campaña. Los encuentros tienen escaso significado táctico, pues son simples ataques frontales directos; los movimientos de tropas se guían en ambos bandos más por móviles diplomáticos que estratégicos. Probablemente la campaña concluirá sin ninguna empresa mayor,

pues nada hay preparado en el Danubio para una ofensiva de envergadura, y en lo que respecta a la toma de Sebastopol, de la que tanto oímos hablar, lo más seguro es que su comienzo se vaya postergando hasta que, por lo avanzado de la estación, tenga que aplazarse al año próximo.

A cualquiera que en Europa albergara algún sentimiento conservador, tendría que habérsele pasado, podría pensarse, al contemplar esta eterna cuestión de Oriente. Ahí está toda Europa, incapaz, como se ha demostrado durante los últimos sesenta años, de dirimir esta disputa diminuta. Ahí están Francia, Inglaterra, Rusia, que de hecho marchan a la guerra. Hace seis meses que la libran ya; pero aún no se ha llegado siquiera al combate, salvo por accidente o en proporciones apenas dignas de mención. Ahí están en Varna entre 80.000 y 90.000 soldados ingleses y franceses a las órdenes del antiguo secretario de guerra del viejo Wellington <Raglan> y de un mariscal de Francia <Saint-Arnaud> (cuyas mayores proezas se realizaron, por cierto, en las casas de empeño londinenses); ahí están los franceses, que no hacen nada, y los británicos, que les ayudan en todo lo posible. Como esta clase de ocupación quizá no les parezca precisamente honrosa, las flotas han acudido a la rada de Baltschik para echarles un vistazo y convencerse de cuál de los dos ejércitos es capaz de gozar con mayor decoro del *dolce far niente*. Y aunque los aliados hasta ahora no han hecho más que consumir los víveres con que contaba el ejército turco y malgastar un día tras otro ante Varna durante los dos últimos meses, aún no están listos para entrar en acción. Habrían socorrido a Silistria, si hubiera sido necesario, hacia mediados de mayo del año próximo. Estas tropas que conquistaron Argelia y que han conocido la teoría y la práctica de la guerra en uno de los teatros de operaciones más difíciles que existen, estos soldados que lucharon contra los sikhs a orillas del Indo y contra los cafres en el espinoso matorral de Sudáfrica, en tierras mucho más salvajes que Bulgaria, se hallan en un país que hasta exporta cereales, ¡indefensos, inútiles, sin servir para nada!

Y los rusos no se quedan a la zaga de los aliados en ineptitud. Tuvieron tiempo de sobra para prepararse. También hicieron lo que pudieron, pues sabían desde el principio qué resistencia iban a encontrar. Y, a pesar de todo, ¿qué han conseguido? Nada. Ni un palmo del disputado terreno han arrebatado a los turcos; no pudieron tomar Kalafat ni vencer a los turcos en un solo encuentro.

Y, sin embargo, son los mismos rusos que bajo Münnich y Suvorov conquistaron la costa del mar Negro desde el Don hasta el Dniéster. Pero Schilder no es Münnich, Paskevich no es Suvorov, y aunque el soldado ruso aguante más palos que ningún otro, pierde, como cualquier otro, su perseverancia cuando tiene que retroceder sin cesar.

Es un hecho que la Europa conservadora —la Europa «del orden, de la propiedad, de la familia, de la religión»—, la Europa de los monarcas, de los señores feudales, de los hombres del dinero, por muy distinta que sea su relación recíproca en cada país, vuelve a mostrar una vez más su extrema impotencia. Por podrida que esté Europa, una guerra habría tenido, sin embargo, que sacudir los elementos sanos; una guerra habría tenido que despertar no pocas fuerzas ocultas, y ciertamente entre 250 millones de hombres habría habido energía suficiente como para que al menos se hubiera entablado un combate en regla en el que ambas partes habrían cosechado algo de honor, todo cuanto el valor y la energía pueden conquistar precisamente en el campo de batalla. Pero no. No solo la Inglaterra de la burguesía y la Francia de Bonaparte se han vuelto incapaces para una guerra en regla, fresca y vigorosamente disputada, sino que también Rusia, aquel país de Europa que menos contagiado está por la civilización enervante y despreciadora de la lealtad y la buena fe, no logra sacar adelante cosa semejante. Los turcos son aptos para acciones repentinas a la ofensiva y para una resistencia tenaz a la defensiva, pero para grandes maniobras combinadas con ejércitos inmensos no parecen, al parecer, estar hechos. Todo queda, por tanto, reducido a una cierta incapacidad, a una confesión mutua de debilidad, y todos los partidos no parecen esperar otra cosa los unos de los otros. Bajo gobiernos como los que tenemos actualmente, esta guerra oriental puede proseguir todavía treinta años y, sin embargo, no llegar a ningún fin.

Mientras la incapacidad oficial se manifiesta así en toda Europa, en la parte suroeste de este continente irrumpe un movimiento que de pronto nos muestra que aún existen otras fuerzas más activas que las oficiales. Cualquiera que sea el verdadero carácter y el fin de la insurrección española, al menos se puede afirmar que guardará con una futura revolución la misma relación que los movimientos suizos e italianos de 1847 con la revolución de 1848. Dos hechos importantes sobresalen en España: primero, el ejército, que desde 1849 dominaba de hecho el continente, se ha escindido interiormente y ha abandonado su oficio de mantener el orden con el propósito de imponer su propia opinión en oposición al gobierno. Su disciplina enseñó al ejército su poder, y este poder ha aflojado su disciplina.

Segundo, hemos presenciado el espectáculo de una batalla de barricadas victoriosa. Allí donde se habían levantado barricadas desde junio de 1848, hasta ahora habían resultado ineficaces. Las barricadas, la forma de resistencia de la población de una gran ciudad contra el ejército, parecían haber quedado completamente sin efecto. Este prejuicio ha sido eliminado. Hemos vuelto a ver barricadas victoriosas, inexpugnables. El hechizo está roto. Una nueva era revolucionaria se ha vuelto de nuevo posible, y es significativo que las tropas de la Europa oficial, mientras se muestran inútiles en la guerra real, sean al mismo tiempo derrotadas por la población insurrecta de una ciudad.