Friedrich Engels

La campaña de Crimea

["New-York Daily Tribune", núm. 4272, 27 de diciembre de 1854, artículo de fondo]

Desde la terrible y sangrienta batalla de Inkerman, no ha habido que registrar acontecimiento militar alguno de importancia en la campaña de Crimea; pero, como la guerra ha adquirido un nuevo carácter con el comienzo del invierno sin la toma de Sebastopol, resulta pertinente echar una mirada retrospectiva al curso de los sucesos desde el desembarco de la expedición, para determinar en qué circunstancias y con qué perspectivas entra ésta en la nueva etapa que tiene por delante. Sin embargo, hemos de añadir algunas observaciones más a las que ya hicimos anteriormente sobre esta última y memorable batalla. Los informes oficiales sobre este acontecimiento, publicados todos ellos en la prensa, se distinguen por una confusión extraordinaria y una falta total de perspicacia. El parte de lord Raglan fue redactado, a todas luces, con gran precipitación. Confundiendo el frente de su ejército orientado hacia el Chernaya con el frente orientado hacia Sebastopol, designa en el mismo parte unas veces como derecha y otras como izquierda un mismo y único flanco de su posición, de modo que resulta imposible formarse una idea clara de los hechos a partir de esta fuente. El parte de Canrobert es tan prolijo e impreciso como breve y, por ello, completamente inservible; y quien compare el llamado parte de Ménshikov en el «Russian Invalid» con los partes anteriores del príncipe Ménshikov, reconocerá a primera vista que no procede de la misma pluma. Es evidente que Nicolás consideró haber concedido suficiente libertad a la prensa; y como el método de decir la verdad a lo gentleman no protege a sus tropas de las derrotas, estima, en su opinión, perfectamente justo volver al viejo sistema de mentir. Por deseo imperial, el curso normal de los acontecimientos se modifica a posteriori, y un ataque rechazado de su ejército de socorro contra los sitiadores se convierte en una salida victoriosa desde la ciudad. La razón es manifiesta: las fuerzas de salida, en cuanto han alcanzado el objetivo de su salida, tienen que regresar sin demora a las fortificaciones; de esta manera se explica la retirada y se la convierte en algo natural. Si se relataran los hechos tal como realmente ocurrieron, la vergüenza de la derrota no podría ocultarse.

Y con razón hace Nicolás todo lo posible por ocultar a su pueblo las circunstancias de esta batalla. Desde la batalla de Narva, las armas rusas no se habían cubierto de tal vergüenza. Y si consideramos la extraordinaria diferencia entre los rusos de Narva y los rusos de Inkerman, entre las hordas indisciplinadas de 1700 y el ejercito bien adiestrado de 1854, la batalla de Narva aparece, en comparación, brillantemente en la historia bélica rusa. Narva fue el primer gran infortunio de una nación ascendente, cuyo espíritu resuelto supo convertir incluso las derrotas en victorias. Inkerman aparece casi como el signo seguro de la decadencia de ese desarrollo de invernadero que Rusia ha experimentado desde Pedro el Grande. El crecimiento artificial y el enorme esfuerzo por mantener, con un material bárbaro, la apariencia de una civilización brillante, parecen haber agotado ya a la nación e impuesto sobre ella una especie de tuberculosis pulmonar. En todas las batallas de nuestro siglo, desde Austerlitz y Eylau hasta Silistria, los rusos se han mostrado como soldados excelentes. Sus derrotas, dondequiera que se produjeran, podían explicarse; no dejaban mancha alguna en el honor del ejército, aunque sí en el prestigio de sus generales. Pero ahora la situación ha cambiado por completo. Si Balaklava ha demostrado la superioridad de la caballería aliada, si todo el sitio de Sebastopol prueba la enorme superioridad de la artillería aliada sobre la de los rusos, la infantería rusa seguía gozando, no obstante, de alta estima.
Inkerman la ha aniquilado también.
Resulta extraño que la infantería rusa haya perdido su reputación en una batalla en la que el soldado ruso de infantería individual tal vez haya combatido con más bravura que nunca. La característica principal de todas las operaciones militares de esta guerra, la insuperable mediocridad tanto del lado ruso como del aliado, no ha salido nunca a la luz de manera más abierta. Cada movimiento y cada paso emprendido ha tenido por consecuencia un resultado exactamente contrario al que se perseguía. Se emprende un coup de main,

y resulta que tiene por consecuencia una campaña, y para colmo, una campaña de invierno. Se libra una batalla; pero su éxito es sólo momentáneo y se le escapa al vencedor en menos de una semana. Se ataca una ciudad abierta con artillería de sitio pesada; pero, antes de que se haya traído el tren de sitio, la ciudad abierta se convierte en un campamento fortificado de primer orden. Se lleva a cabo un sitio, y cuando comienzan a producirse resultados favorables, tiene que ser levantado porque se acerca un ejército de socorro y, en lugar de vencer, es derrotado. ¡Una fuerte posición tomada frente al ejército de socorro se convierte, por la escasa longitud de su frente, en un medio para que el ejército de socorro transforme a los sitiadores en sitiados! De este modo se malgastan diez semanas con una serie de esfuerzos, combates, trabajos de atrincheramiento, planes y contraplanes; comienza el invierno y encuentra a ambos ejércitos —pero especialmente al aliado— completamente desprevenidos para esta estación: y todo ello sin otro resultado que enormes pérdidas en ambos bandos, por lo cual una decisión de la campaña sigue estando tan remota e improbable como antes.

Las fuerzas dirigidas por los aliados a Crimea no sobrepasaron, desde el primer desembarco hasta el 5 de noviembre, la cifra de 25.000 británicos, 35.000 franceses y de 10.000 a 15.000 turcos, en total de 70.000 a 75.000 hombres. Cuando se emprendió la expedición, no cabía esperar más refuerzos de Inglaterra o Francia; algunos batallones y escuadrones estaban en camino, pero ya están incluidos en la estimación anterior. Todas las tropas adicionales que podían hacer llegar en breve plazo tenían que ser turcas, y pese a Cetate y Silistria, ni los mandos aliados ni las tropas aliadas depositaron jamás confianza en ellas. Así pues, los 60.000 franceses e ingleses constituían las tropas realmente fiables de la expedición, y sólo con ellas se puede contar de hecho. No obstante, este ejército era demasiado pequeño para una campaña y demasiado grande para un coup de main. No pudo ser embarcado con la suficiente rapidez; los meses empleados en los preparativos fueron suficientes para advertir a los rusos; y si la presencia de los austriacos protegía los Principados y Bulgaria de ataques rusos, también preservaba a Besarabia y Odesa de todo
peligro
serio; pues, al haberse apostado los austriacos en el flanco y a la espalda de estas dos líneas de operaciones, ninguno de los dos ejércitos podía avanzar sin quedar a su merced. Por consiguiente, los rusos debieron tener la certeza de que todos esos preparativos estaban dirigidos contra Sebastopol; además, en todo caso, sólo los puertos de Jersón y Nikoláyev, los astilleros de la flota rusa,

estaban seriamente amenazados. Por ello, los preparativos rusos en Crimea debían seguir, inexorablemente, paso a paso los preparativos de los aliados. Y así lo hicieron, hasta que, finalmente, el proyectado coup de main se transformó en una campaña regular, que, sin embargo —como se desprende claramente de la manera en que fue iniciada—, se conduce del modo más irregular.

Cuando los aliados se vieron obligados a permitir que los rusos se retiraran del campo de batalla del Álma en completo orden, pese a haber sido atacados con fuerzas muy superiores, se les hizo patente el primer destello de la verdad; se abandonó el plan original, el golpe había fracasado, había que prepararse para una serie de nuevas eventualidades. Por indecisión se perdieron días; finalmente se decidió la marcha hacia Balaklava, y las ventajas de una fuerte posición defensiva prevalecieron sobre la posibilidad de apoderarse pronto de la orilla norte de Sebastopol, que domina la ciudad y que era, por tanto, el punto decisivo. Al mismo tiempo, Ménshikov, con su marcha precipitada hacia Sebastopol y su contramarcha igualmente precipitada hacia Bajchisarái, cometía errores parecidos. Luego vino el sitio. Transcurrieron diecinueve días hasta que las baterías de la primera paralela pudieron abrir fuego, y entonces las ventajas estaban repartidas bastante por igual. El sitio avanzó muy lentamente, pero en modo alguno con gran seguridad. Los duros trabajos en las trincheras y el penoso servicio de avanzadilla obraron sobre unas tropas debilitadas por un clima al que no estaban acostumbradas y por una terrible epidemia, y redujeron las filas aliadas de manera asombrosa. Sus mandos no habían contado siquiera con el desgaste habitual de una campaña: se enfrentaron totalmente por sorpresa a aquellas pérdidas extraordinarias. El servicio sanitario y la intendencia, sobre todo entre los británicos, se hallaban en completo desorden. Cerca de ellos se extendía el rico valle de Baidar, donde los suministros que más necesitaban abundaban; ¡pero no se atrevían a internarse en él! No tenían esperanza de una pronta llegada de refuerzos, pero los rusos acudían de todos los lados. Luego vino el encuentro del 25 de octubre. Los rusos se impusieron y un tercio de la caballería aliada fue aniquilado. A continuación, la batalla del 5 de noviembre, en la que los rusos fueron rechazados, pero con una pérdida para los aliados que éstos no podían permitirse por segunda vez. Desde entonces, tanto el ejército ruso de socorro como los sitiadores aliados permanecieron tranquilos. El sitio de Sebastopol se lleva a cabo, si es que se lleva, pro forma. Nadie podrá afirmar

que el cansino y desordenado fuego que los aliados mantienen desde el 5 de noviembre cause daño alguno a las obras defensivas de la ciudad, o que pueda siquiera impedir que los rusos reparen los daños sufridos hasta entonces. No cabe duda de que el sitio, si se reanuda, tendrá que recomenzarse de nuevo, con la única diferencia de que las baterías atacantes tal vez puedan ser emplazadas unos cientos de yardas más cerca de la ciudad de lo que era el caso al principio, siempre y cuando el fuego desde la ciudad, apoyado por constantes ataques desde Inkerman, no sea superior al de los aliados y no destruya las baterías adelantadas.

He aquí, pues, a los aliados a comienzos de diciembre, en un país con un invierno frío, mal pertrechados de ropa y otros materiales con cuya ayuda podrían sobrellevar pasablemente la mala estación; débiles, pese a todos los refuerzos llegados y a los que aún se esperan; con una pérdida enorme de hombres, enredados en la persecución de objetivos y en métodos que ni se habían propuesto ni jamás se prepararon, sin haber alcanzado nada, absolutamente nada, salvo la conciencia de su superioridad individual y táctica sobre sus adversarios. Hasta ahora los aliados deben de haber sido reforzados con 20.000 hombres, en su mayoría franceses, y se esperan más; pero si nos representamos las dificultades y demoras que estuvieron ligadas a la primera expedición aliada a Turquía —si, más allá de eso, nos ponemos ante los ojos que casi todos los medios de transporte que han servido para trasladar al primer ejército han sido retenidos y que para las divisiones que ahora han sido destacadas hacia el Este tienen que encontrarse nuevos barcos—, tenemos que concluir de ello que el ejército de Crimea, tras la llegada de los susodichos 20.000 hombres, se quedará algún tiempo sin refuerzos sustanciales. En consecuencia, ahora puede tener una fuerza de aproximadamente 55.000 a 60.000 hombres, de los cuales un tercio viene fresco de la cómoda vida de guarnición y tendrá que sufrir grandes penalidades antes de haberse habituado a las privaciones de un vivac invernal bajo el cielo de Crimea. En realidad, después de la catástrofe que azotó a los buques de transporte franceses e ingleses en la espantosa tempestad del 14 de noviembre, precisamente estas fuerzas, en lugar de ser un refuerzo, pueden revelarse como una carga. No puede decirse, sin embargo, que esta catástrofe pertenezca a la categoría de infortunios fatales y abrumadores que en los mejores planes no pueden preverse o impedirse. La tempestad del 14 de noviembre fue un fenómeno propio de la estación, y propia de la estación fue también la

desgracia que sobrevino a las flotas aliadas. Justamente la época en que la expedición de Crimea zarpó, después de tres meses de demoras extenuantes e inexplicables, presagiaba tempestades y naufragios, unidos a pérdidas de barcos, tripulaciones, soldados y vituallas. Los autores de esta campaña extraordinaria habían sido además advertidos una y otra vez de los accidentes que son acompañantes inevitables de la navegación en el Mar Negro en una estación tan avanzada. En consecuencia, son responsables, también de la desgracia del 14 de noviembre, por la cual amenaza a las fuerzas armadas aliadas el mismo destino que al ejército napoleónico durante su campaña de Moscú. El "London Times" calcula las pérdidas totales de tripulaciones que los aliados sufrieron el 14 en los diferentes puntos de Crimea en mil hombres, "aparte de los que cayeron en manos de los cosacos".

El mismo periódico nos comunica también que

"el 'Prince', un magnífico vapor nuevo a hélice de 2.700 toneladas, zarpó hace poco rumbo a Balaklava. A bordo se hallaba el 46.º regimiento, toda la ropa de invierno para las tropas sitiadoras, entre ella 40.000 capotes, trajes de franela, ropa interior, calcetines y guantes, carne de res, de cerdo y otros alimentos, equipo de hospital para Scutari y una gran cantidad de balas y granadas para la continuación del sitio. Todo eso se ha perdido. El 'Resolute', con 900 toneladas de pólvora, ha zozobrado igualmente. En consecuencia, parece como si todos los materiales para la continuación del sitio y para protegerse del riguroso invierno se hubieran perdido de un solo golpe; y aun si pensamos contentarnos con mantener meramente nuestra posición en las alturas frente a Sebastopol, es evidente que no estamos en condiciones de resistir a nuestro peor enemigo —el invierno que se avecina."

Aunque Crimea sea una parte casi aislada del Imperio ruso, y aunque las tropas empleadas contra los aliados no estuvieron en condiciones de expulsarlos cuando estos solo tenían 35.000 hombres, nadie osará afirmar que esos 60.000 aliados sean suficientemente fuertes para oponer resistencia a todas las tropas que los rusos pueden hacer avanzar. Los rusos tienen en Crimea seis divisiones de infantería y una división de reserva, es decir, alrededor de 100 batallones (además de marinos e infantes de marina, a los que no hemos contado en ningún lado). Estos 100 batallones, la mitad de los cuales ha hecho la mortífera campaña del Danubio, que duró dieciocho meses, no pueden tener más de 50.000 a 60.000 hombres; incluyendo caballería, artillería de campaña y cosacos, la fuerza terrestre rusa total en campaña superará a la de los aliados en apenas 10.000 a 15.000 hombres. Si es cierto que el cuerpo de Lüders,

otros 49 batallones con aproximadamente 20.000 a 25.000 hombres (pues también ellos han perdido en el Danubio un tercio de sus efectivos), está en camino hacia Perekop, y si en la misma región se concentran aún algunas reservas de las nuevas formaciones, muy pronto puede presentarse para los rusos la oportunidad de asestar un gran golpe; y como la superioridad moral, física y táctica sobre la superioridad numérica y una dirección aproximadamente equivalente solo dura un tiempo determinado, el resultado puede muy bien calificarse de dudoso. Si al mismo tiempo un invierno extraordinariamente riguroso interrumpiera todas las operaciones, los ejércitos aliados no están manifiestamente en condiciones de resistir.

Esta visión de conjunto sobre la situación en Crimea justifica la duda y la vacilación con que hemos acogido la noticia de que Austria se ha adherido a las potencias occidentales. Ciertamente, las circunstancias por nosotros expuestas no son tales como para inducir posiblemente al gabinete de Viena a apartarse de su habitual irresolución, mientras que la posición insegura del ministerio británico y la imperiosa necesidad de cubrir este gigantesco fracaso en el Este ostentando un logro notable que se ha alcanzado en otro lugar ofrecen motivo suficiente para hacer pasar un pequeño tratado como una gran alianza ofensiva y defensiva. Tal vez estemos en esto completamente equivocados; mas nuestros lectores conocen las razones de nuestra opinión, y el tiempo demostrará si la tan cacareada adhesión de Austria a los aliados es una realidad o un ardid, destinado especialmente a ser utilizado en la sesión parlamentaria.