Friedrich Engels

La guerra de Oriente

Escrito el 16 de noviembre de 1854.
Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 4249, del 30 de noviembre de 1854, artículo de fondo]

Con la llegada del «Africa» recibimos noticias de tres días más de Europa, que, sin embargo, no contenían nada más interesante del teatro de la guerra, salvo un episodio espantoso, según el cual en un hospital un gran número de enfermos y heridos ardieron vivos, e informes de sufrimientos que no se pueden describir con palabras. Sobre la sangrienta e indecisa batalla del 5 de noviembre, de la que el «Baltic» trajo un breve despacho, disponemos ahora del lacónico parte de Lord Raglan, pero aún no de las habituales descripciones detalladas y emocionantes de los corresponsales que estuvieron presentes allí como participantes o espectadores. Tanto en Inglaterra como en Francia reina una gran inquietud —mucho mayor de lo que se manifiesta exteriormente— por las dificultades crecientes y aún en aumento de esta guerra; la obstinada negativa de Sebastopol a rendirse a los aliados, rivales en valor y abnegación, se considera de muy mal agüero. Los extractos del «London Times» que aparecen en otra columna de este periódico muestran un cambio de talante y un espíritu de preocupación que algunos podrían tomar erróneamente por una desesperación incipiente. A falta de suficientes detalles coincidentes sobre la batalla del 5 de noviembre para hacer reflexiones sobre ella, vamos a presentar ahora algunas observaciones sobre las operaciones de sitio que precedieron inmediatamente a ese momento.

El 25 de octubre, la monotonía del sitio de Sebastopol se interrumpió por primera vez con un incidente dramático. Ese día, los rusos atacaron la posición ocupada por los aliados para asegurar el asedio, y como las ventajas estaban esta vez repartidas por igual en ambos bandos, el resultado fue completamente distinto al de la batalla del Alma. Este encuentro fue en verdad el exacto contrapunto de la batalla del Alma: en él luchó casi exclusivamente la caballería, mientras que en el Alma no se había empleado caballería alguna; los rusos no habían ocupado una posición defensiva, sino que eran los atacantes, mientras que la ventaja de posiciones fuertes estaba del lado de los aliados. El combate fue casi tan indeciso como en el Alma, pero esta vez los rusos mantuvieron la ventaja.

El Quersoneso Heracleótico, la península al sur de la bahía de Sebastopol, limita con la tierra firme de Crimea mediante una cadena de alturas que se extiende desde la desembocadura del Chornaya, el extremo de la bahía de Sebastopol, hacia el sudoeste. Esta cadena desciende suavemente por su lado noroeste hacia Sebastopol, mientras que al sudeste, hacia Balaklava, es por lo general alta y escarpada. Como los aliados habían ocupado el Quersoneso Heracleótico, esta cadena constituía su posición defensiva natural contra cualquier ejército ruso que intentara poner fin al asedio. Pero Balaklava era, por desgracia, la «base de operaciones» de los británicos, el puerto principal de su flota, su gran depósito de provisiones; y Balaklava se hallaba a unas tres millas al sudeste de esta cadena de colinas. Por consiguiente, era necesario incluir Balaklava en el sistema defensivo. La zona en torno a Balaklava está formada por un grupo de alturas muy irregulares que se extienden desde el extremo sur de dicha cadena de alturas casi exactamente a lo largo de la costa, de este a oeste, y que, como todas las colinas de Crimea, descienden suavemente hacia el noroeste, pero son demasiado empinadas y abruptas hacia el sudeste. En el ángulo formado por estas dos alineaciones montañosas se encuentra una llanura ondulada que se eleva gradualmente hacia el este hasta terminar en una pendiente escarpada cerca del valle del Chornaya.

Lo más notable de esta llanura es una cadena de pequeñas colinas y terreno ligeramente elevado que se extiende del noroeste al sudeste, uniendo lo que llamamos la cadena Heracleótica con las montañas de la costa sur. Sobre esta elevación, a unas tres millas al este y nordeste de Balaklava, los aliados habían establecido su primera línea defensiva, compuesta por cuatro reductos que aseguraban el camino de Bajchisarái y del alto Chornaya. Estos reductos estaban ocupados por turcos. Una segunda línea de fortificaciones de campaña se levantó justo delante de Balaklava y se prolongó hasta el vértice del ángulo formado por las alturas de la costa y la cadena Heracleótica; fue fortificada por la división francesa del general Bosquet, allí desplegada. Mientras que la segunda línea, defendida por soldados ingleses, infantes de marina y marineros, era continuada y flanqueada por la línea de reductos franceses, la primera línea, la turca, situada casi a dos millas por delante, no sólo carecía por completo de protección, sino que, en lugar de formar una línea perpendicular al camino por el que podía llegar el enemigo, había sido construida, extrañamente, casi como una prolongación del camino. De este modo, los rusos pudieron tomar primero uno, luego el segundo, el tercero y, por último, el cuarto reducto, ganando terreno cada vez sin que un reducto pudiera prestar gran apoyo al otro.

La posición aliada estaba ocupada: los reductos cerca de Balaklava, o primera línea, por los turcos; las alturas en las inmediaciones de Balaklava, por los infantes de marina británicos; el valle al norte de Balaklava, por los highlanders del 93 y algunos convalecientes. Más al norte se hallaba el campamento de la caballería británica, y en las alturas Heracleóticas, el de la vanguardia de la división Bosquet.

En la mañana del 25, a las 6, el general Liprandi condujo a los rusos al ataque de esta posición. Mandaba una división combinada, a saber, seis regimientos de infantería (Dniéper, Azov, Ucrania, Odessa, Vladímir, Súzdal, el 6.º batallón de tiradores y un batallón de cosacos del Mar Negro, en total 25 batallones); tres regimientos de caballería (los regimientos 11.º y 12.º de húsares y un regimiento combinado de ulanos, juntos de 24 a 26 escuadrones); unos dos regimientos de cosacos y 70 cañones, de ellos 30 de a doce libras.

Envió al general Gribbe con tres batallones del regimiento de infantería del Dniéper por un camino hondo a la izquierda, para ocupar la aldea de Kamary, frente a la cual se encuentra el primer reducto, el más fuerte. El general Gribbe ocupó la aldea, y sus tres batallones parecen haber pasado el día allí muy tranquilamente, pues nunca se los menciona durante el combate subsiguiente.

La columna principal, que primero siguió el curso del Chornaya y luego utilizó un camino secundario, alcanzó la carretera de Bajchisarái a Balaklava. Allí chocó con los reductos ocupados por turcos. Como el primer reducto era bastante fuerte, Liprandi hizo abrir fuego de artillería sobre él y luego avanzar las columnas de asalto. Una línea de tiradores cubría al primer, segundo y tercer batallón del regimiento de Azov, que avanzaba en columnas de compañía; tras sus flancos se hallaban, a su vez, el cuarto batallón del regimiento de Azov y un batallón del regimiento del Dniéper, en densas columnas de ataque. El reducto fue tomado tras viva resistencia. El hecho de que los turcos dejasen sobre el terreno 170 muertos y heridos demuestra que este reducto fue defendido valientemente, a pesar de las odiosas afirmaciones de la prensa británica. Sin embargo, el segundo, tercero y cuarto reductos, que habían sido construidos precipitadamente, fueron tomados por los rusos casi sin resistencia, y hacia las 7 de la mañana la primera línea defensiva de los aliados se hallaba por completo en manos rusas.

El abandono de estos reductos por los turcos quizá contribuya a disipar las exageradas ideas sobre el valor turco que se habían generalizado desde Oltenitza y Silistria; pero los generales británicos y la prensa británica desempeñan un papel muy mezquino al volverse repentinamente contra los turcos en esta ocasión. No debería culparse tanto a los turcos como a los ingenieros que trazaron esta línea defensiva de manera tan defectuosa y que no consiguieron terminarla a tiempo, así como a los comandantes que expusieron la primera línea a un arrollador asalto enemigo sin tener a mano apoyo alguno.

Los highlanders del 93, prudentemente y con la lentitud propia de los escoceses, se formaron progresivamente en línea y no avanzaron hacia las alturas en dirección a los reductos hasta después de que éstos hubieran sido tomados por el enemigo. Los turcos en fuga, diezmados por la caballería rusa, acabaron por reagruparse en los flancos de los highlanders. Éstos se echaron cuerpo a tierra, para protegerse del fuego ruso, tras la cresta de una elevación del terreno, en la zona avanzada de las posiciones aún mantenidas por los aliados, y sólo eran apoyados por la división de caballería a su izquierda. Entretanto, los rusos habían formado su línea de batalla en las alturas donde se encontraban los reductos: en su flanco izquierdo, el regimiento de Azov; a su derecha, el regimiento de Ucrania, y a continuación, el regimiento de Odessa. Estos tres regimientos ocupaban el espacio entre los reductos y mantenían la antigua primera línea de los aliados. Más a la derecha del regimiento de Odessa, la llanura ondulada ofrecía un terreno favorable para los movimientos de caballería. Hacia allí se ordenó dirigirse a los dos regimientos de húsares, que se encontraron directamente enfrentados a la caballería británica desplegada a unas dos millas de distancia. Los regimientos de Súzdal y Vladímir, parte de la artillería y los ulanos que acababan de llegar permanecieron en reserva.

Cuando los highlanders del 93, reforzados por el batallón de convalecientes y los turcos, plantaron cara a los rusos, los húsares fueron lanzados contra ellos al combate. Pero antes de que los húsares pudieran acercarse, fueron atacados por la brigada pesada de caballería británica. Los 700 u 800 dragones pesados británicos se lanzaron sobre los rusos y los dispersaron en una de las cargas más brillantes y exitosas de la historia, si se tiene en cuenta su número muy inferior. Los húsares rusos, que doblaban en número a los británicos, fueron puestos en fuga en un abrir y cerrar de ojos. Las pocas escuadras rusas que habían atacado a los highlanders del 93, después de acercarse a una distancia de quince yardas, fueron recibidas con una salva escocesa y retrocedieron como mejor pudieron.

Si los turcos habían huido, los ingleses, en cambio, hasta ese momento sólo habían cosechado gloria. La audacia de los highlanders, que recibieron a la caballería en línea sin formar previamente cuadros, y la impetuosa carga de la caballería pesada fueron, ciertamente, hazañas gloriosas, sobre todo por haberse realizado antes de la llegada de refuerzos. Pero ahora avanzaban la primera división (del duque de Cambridge) y la cuarta (de Cathcart), así como la división francesa de Bosquet y la brigada de cazadores de África (caballería). La línea de batalla quedó formada, y sólo entonces pudo decirse que dos ejércitos estaban empeñados en combate. Como los franceses de Bosquet se formaban en las alturas Heracleóticas, Liprandi hizo que los regimientos de Vladímir y Súzdal, en las alturas, más allá de la posición de la caballería, constituyeran el extremo del ala derecha.

Después de que el fuego casi hubo cesado, por encontrarse los ejércitos de ambos bandos fuera de alcance de tiro, un malentendido no aclarado provocó un ataque de la caballería ligera británica —un ataque que carecía de objetivo y terminó en una derrota—. Llegó una orden de avanzar y, en pocos instantes, el conde de Cardigan condujo a su brigada ligera valle arriba, por el valle que se abría frente a su posición —un valle desde cuyas alturas protectoras las baterías concentraban su fuego sobre el terreno situado más abajo—. La brigada entera contaba con 700 hombres como máximo; cuando llegaron al alcance de la metralla, fueron recibidos por el fuego de la artillería y de los tiradores apostados en las pendientes; atacaron la batería del extremo superior del valle, fueron fusilados desde una distancia de veinte yardas, abatieron a los artilleros, dispersaron a los húsares rusos, que emprendieron un segundo ataque, aunque vacilante, y estaban a punto de retirarse cuando los ulanos rusos los cogieron de flanco. Éstos acababan de incorporarse y se arrojaron de inmediato sobre los caballos jadeantes de los británicos. Esta vez los británicos tuvieron que retirarse, a pesar de sus éxitos parciales, y fueron completamente batidos por los rusos, aunque —y esto hay que decirlo— debido a la gran superioridad numérica de éstos y a un error que los condujo, sin objetivo, directamente al fuego cruzado de una artillería poderosa. De los 700 soldados atacantes, apenas regresaron 200 en condiciones de combatir. La brigada de caballería ligera puede considerarse aniquilada hasta que se recomponga mediante nuevos efectivos.

Esta catástrofe habría sido mucho mayor para los británicos, y apenas habría regresado un solo hombre, de no haberse producido dos movimientos en ambos

flancos de la caballería ligera atacante. En el flanco derecho, lord Lucan ordenó a la brigada pesada un ataque simulado contra las baterías rusas situadas frente a ella. Maniobraron hacia adelante durante algunos minutos, perdieron aproximadamente diez hombres por el fuego ruso y regresaron al galope. Pero cuando vieron derrotados a sus aliados, en el flanco izquierdo los cazadores de África franceses, dos de los mejores regimientos de caballería del mundo, se lanzaron hacia adelante para sacar del apuro a la caballería británica. Atacaron la batería que estaba batiendo de flanco a la caballería ligera británica y que se hallaba más arriba, en la colina, frente al regimiento de infantería Wladimir; irrumpieron en un instante en las posiciones de los cañones, acuchillaron a los artilleros y luego, cumplida su tarea, se retiraron —y eso también lo habrían hecho si el regimiento Wladimir no hubiera avanzado de inmediato contra ellos—.

Aquí se manifestó otro aspecto de la conducción de guerra británica en esta campaña, que ya hemos tenido ocasión de señalar más de una vez. Primero cometieron un error y luego retrocedieron ante un movimiento contrario a las reglas de la táctica, el único que habría podido evitar las consecuencias. Pero los cazadores franceses sintieron de inmediato lo que había que hacer. Por su
lado,
durante el combate de caballería no se llevó a cabo ningún ataque de flanco por parte de la caballería rusa, porque su repentina arremetida lo impidió; las prudentes «pesadas» del comandante de brigada Scarlett, por el contrario, solo atacaron de forma simulada, lo que naturalmente no bastó para impedir que los ulanos rusos cayeran sobre el flanco de los húsares. Si hubieran atacado como los franceses, los ulanos rusos habrían buscado muy pronto la distancia. Pero mientras a la brigada de sus camaradas se le ordenaba una osadía excesiva, a ellos se les ordenaba una prudencia excesiva, y el resultado fue la destrucción de la brigada ligera.

Después cesó el combate. Los rusos destruyeron los dos reductos más cercanos a los aliados y mantuvieron fuertemente ocupados los otros dos. Conservaron el terreno conquistado, y lord Raglan, que no se atrevía a atacarlos, ordenó reforzar la segunda línea de reductos y se limitó a su defensa. La primera línea fue abandonada.

En este combate, el comportamiento de los highlanders del 93 fue por encima de todo elogio. Recibir a la caballería en línea, tal como ellos lo hicieron —limitándose a replegar en potence <en posición de gancho> una sola compañía en su flanco derecho y reservando su fuego hasta el momento decisivo, para

disparar entonces con tan mortífera seguridad—, es una hazaña de la que son capaces muy pocas tropas y que atestigua las más altas cualidades que puede poseer un soldado de infantería. Los austriacos y los británicos son probablemente las únicas tropas con las que se puede arriesgar semejante experimento con bastante certeza; quizás también con
algunas
tropas rusas, pues su largo tiempo de servicio las capacita para una tarea de este tipo, aunque no recordamos que hayan sido sometidas jamás a esta prueba y la hayan superado.

Mediante este combate quedó demostrada de manera indiscutible la superioridad de la caballería británica y francesa sobre la rusa. Las tres brigadas aliadas tenían aproximadamente la misma fuerza que los tres regimientos rusos; y si en lugar de ser enviadas al ataque una tras otra lo hubieran sido simultáneamente, apoyadas por el avance de la artillería y toda la línea de infantería en marcha, habría existido para Liprandi y sus tropas el gran peligro de ser precipitados por la empinada pendiente hacia el Chornaya y de sufrir el destino que Blücher infligió a los franceses en el Katzbach.

La fuerza de los dos ejércitos puede calcularse aproximadamente así: los rusos tenían 25 batallones, que en su mayoría ya habían sido empleados en el Alma y no podían contar con más de 14.000 hombres como máximo; 24 escuadrones de caballería, que habían recorrido casi todo el camino desde Moscú y Kaluga, ciertamente no más de 2.400 hombres; además, aproximadamente 1.000 cosacos y 70 cañones.

La infantería de los aliados se componía de la mayor parte de la primera y cuarta divisiones británicas y de la división francesa de Bosquet, así como de un número indeterminado de turcos, que solo podemos determinar calculando el número de batallones turcos desembarcados. Desde el principio tomaron parte en la campaña diez batallones turcos y, según el informe de lord Raglan del 18 de octubre, desembarcaron en Balaklawa otros seis batallones. Dado que no fueron empleados en el asedio ni alejados de Balaklawa, todos estos turcos debieron haber estado allí desplegados, aunque, después de su retirada de los reductos, ya no vuelven a ser mencionados en los partes ni se les considera dignos de mención. Así pues, nos aproximaríamos bastante a la verdad si estimamos a los británicos en unos 6.500 hombres, a los franceses en unos 3.500 y a los turcos en al menos 6.000. Además, en los reductos alrededor de Balaklawa había aproximadamente 1.000 soldados navales y marineros británicos. Infantería en total: 17.000 hombres o, si los turcos no cuentan, 11.000. Las dos brigadas de caballería británicas abarcaban aproximadamente 1.400 hombres (en los partes británicos solo se

cuentan las tropas), los cazadores de África al menos 800 hombres, en total 2.200. La fuerza de la artillería se desconoce, pero era numéricamente inferior a la de los rusos, aunque muy superior en calidad.

Considerándolo todo, creemos que en esta ocasión los aliados eran por lo menos tan fuertes como los rusos; tenían la ventaja de fuertes posiciones hacia las que podían replegarse y, en un audaz ataque combinado de caballería e infantería, habrían podido alcanzar una victoria decisiva —no como la del Alma, que no tuvo resultado alguno, sino una victoria que les habría ahorrado el esfuerzo de librar aquella batalla asesina del 5 de noviembre—. Ahora ni siquiera compensaron las pérdidas que se les habían infligido, y por aquella extraña mezcla de temeridad y prudencia excesiva, de osadía inoportuna y temor inoportuno, de locura militar que no respeta las reglas del arte de la guerra, y de disquisiciones doctas que dejan pasar el momento de actuar —por esa singularidad de hacer siempre lo falso en el instante falso que ha caracterizado todos los actos de los aliados—, la batalla de Balaklawa la perdieron por completo.

En cuanto a la batalla del 5 de noviembre, por ahora solo podemos sacar la conclusión de que inició aquella crisis que suponíamos que estallaría entre el 5 y el 13. Como ya hemos constatado hace tiempo y como ahora constata también el «London Times» —todo es únicamente una cuestión de abastecimiento y de refuerzos—.