LA INSURRECCION GRIEGA

14 de marzo de 1854

La insurrección de los súbditos griegos del sultán, que tanta
alarma causó en París y Londres, ha sido reprimida, aunque no
es imposible que vuelva a reavivarse. En relación con esta posibili-
dad podemos decir que, tras un atento estudio de los documen-
tos referidos al asunto, estamos convencidos de que los insurgen-
tes pertenecían exclusivamente a los habitantes de las montañas
de la falda meridional del Pindo, que no encontraron apoyo en
ninguna de las demás etnias cristianas de Turquía salvo entre los
píos filibusteros de Montenegro, y de que los ocupantes de las lla-
nuras de Tesalia, que forman la única comunidad griega com-
pacta que todavía se encuentra bajo dominio turco, temen más a
sus compatriotas que a los propios turcos. No debemos olvidar
que este apocado y cobarde grupo de población no se atrevió a
alzarse siquiera durante la guerra de independencia griega!. El

1 En 1821 estalló en Grecia un movimiento de liberación nacional que, tras la
guerra ruso-turca de 1828 y 1829, culminó con la concesión de la independencia
por parte de Turquía. Obligadas por la presión popular, las potencias europeas
apoyaron a Grecia, pero impusieron la monarquía como forma de gobierno.

150 ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

resto de los griegos distribuidos por las ciudades del Imperio
otomano, que quizá llegasen a los trescientos mil, son objeto de
un odio tan acendrado por parte de otras etnias cristianas que,
cada vez que algún movimiento popular tiene éxito, como en
Serbia y en Valaquia, todos los sacerdotes de origen griego son
expulsados y sustituidos por pastores nativos.

Pero, aunque la presente insurrección griega sería de todo
punto insignificante si la valorásemos exclusivamente por sus
méritos, tiene su importancia porque da a las potencias occiden- . e
tales la oportunidad de intervenir entre la Puerta? y la gran
mayoría de sus súbditos en Europa, entre quienes los griegos no
son más que un millón frente a los diez millones de las demás
etnias que profesan la religión griega. Los habitantes griegos del
reino y los que viven en las islas Jónicas bajo dominio británico
consideran como misión nacional expulsar a los turcos de todos
los territorios de habla griega y anexionar Tesalia y el Epiro a un
estado propio. Es posible que hasta sueñen con la restauración
de Bizancio, aunque, en conjunto, son un pueblo demasiado
astuto para creer en semejante fantasía. Pero estos planes de
engrandecimiento y de independencia nacionales, proclamados
en estos momentos a raíz de las intrigas de Rusia, como ha demos-
trado la recientemente detectada conspiración del cura Atana-
sio3, y proclamados también por los forajidos de las montañas sin
respuesta alguna por parte de la población agrícola de la llanura,
nada tienen que ver con los derechos religiosos de los súbditos de
Turquía pese a que algunos intenten mezclar ambas cosas.

2 Se refiere a la Sublime Puerta: la entrada al Imperio otomano por Estambul,
Turquía. «Puerta» sirve metafóricamente para referirse tanto al Imperio en su
totalidad como a la propia Estambul.

3 En 1854 el gobierno turco apresó a un sacerdote griego llamado Atanasio por
incitar a la revuelta a los griegos de Turquía.

Como sabemos por la prensa inglesa y por lo que han mani-
festado en la Cámara de los Lores lord Shaftesbury y en la de los
Comunes el señor Monckton Milnes, el gobierno británico ha
convocado una reunión para tratar, aunque no en exclusiva, los
acontecimientos de Grecia y tomar medidas que mejoren la
situación de los súbditos cristianos de la Puerta. En realidad se
nos ha dicho explícitamente que el objetivo último de las poten-
cias occidentales es conseguir que la religión cristiana esté en
Turquía en pie de igualdad con la mahometana. Ahora bien,
esto equivale a no decir nada en absoluto, o significa que hay
que garantizar los derechos políticos y civiles de cristianos y
mahometanos sin referencia alguna a su religión o sin tener en
cuenta la religión en modo alguno. Dicho de otro modo, signifi-
ca la completa separación de Iglesia y Estado, de política y reli-
gión. Pero, como todos los estados orientales, el turco se funda-
menta en la más íntima conexión, casi podríamos decir que en
la identidad, entre Iglesia y Estado, entre política y religión. El
Corán es la fuente de la fe y de la ley para ese Imperio y para sus
gobernantes. Pero ¿cómo es posible igualar al fiel con el giaour?,
al musulmán con el rajá a ojos del Corán? Para hacerlo en reali-
dad es necesario sustituir el Corán por un nuevo código civil o,
en otras palabras, destruir la estructura que sustenta la sociedad
griega y, de sus ruinas, crear un nuevo orden de cosas.

Por otro lado, el rasgo más distintivo de la religión griega
frente a todas las demás ramas de la fe cristiana es la misma
identificación de Iglesia y Estado, de vida civil y la vida eclesiásti-
ca. Tan íntimamente entrelazados estaban Iglesia y Estado en el
Imperio bizantino que es imposible escribir la historia del uno
sin escribir la del otro. En Rusia prevalece la misma identidad,

4 Infiel.

152 ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

aunque allí, al contrario de lo que sucedía en Bizancio, la Iglesia
se ha transformado en mero instrumento del Estado, en herra-
mienta de sojuzgamiento dentro del país y de agresión fuera. De
conformidad con las nociones orientales de los turcos, el Impe-
rio otomano ha permitido que la teocracia bizantina se desarro-
lle hasta tal grado que el titular de una parroquia es al mismo
tiempo juez, alcalde, maestro, albacea testamentario, asesor tri-
butario, ubicuo factótum de la vida civil y no servidor, sino
patrón en cualquier trabajo. El principal reproche que cabe
hacer a los turcos al respecto no es que hayan cercenado los pri-
vilegios del clero cristiano, sino que, muy al contrario, bajo su
gobierno, este tutelaje omnímodo y opresivo, este control e inje-
rencia de la Iglesia, hayan absorbido toda la esfera social. En su
Onentalische Briefe, el señor Fallmerayer nos cuenta con mucho
humor que un cura griego se quedó de piedra al ser informado
de que el clero latino no gozaba de ninguna autoridad en abso-
luto y de que, por tanto, no tenía que ocuparse de ningún asun-
to profano. «¿Y cómo —exclamó este cura- se las arreglan nues-
tros hermanos para matar el tiempo?»

Así pues, queda claro que, para introducir un nuevo código
civil en Turquía, un código que se abstraiga totalmente de la
religión y esté basado en la completa separación de Iglesia y
Estado, no solo habría que abolir la religión musulmana, sino
también que acabar con la Iglesia griega tal y como la concibe el
Imperio. ¿Puede alguien ser tan ingenuo para creer en serio
que los tímidos, reaccionarios y achacosos miembros del gobier-
no británico actual lleguen alguna vez a imaginar la posibilidad
de acometer tamaña tarea? Porque, en un país como Turquía,
supondría una auténtica revolución social. Es una idea absurda
que solo se les podría ocurrir con la idea de echar polvo a los
ojos de los pueblos inglés y europeo.