Friedrich Engels

Del inglés.

[“New-York Daily Tribune”, núm. 4102, del 10 de junio de 1854]

Londres, viernes 26 de mayo de 1854.

Si bien la guerra en el Oriente no sirviera para ninguna otra cosa, destruirá, sin embargo, buena parte de la gloria militar del difunto duque de Wellington. Quien conoció Inglaterra en vida de este caudillo tan sobrevalorado recordará que se consideraba un insulto a la nación británica calificar a Napoleón siquiera como un soldado medianamente equiparable al invencible Duque de Hierro. El glorioso duque ha muerto y ha sido enterrado, después de haber ejercido durante los últimos cuarenta años el mando del ejército británico –cuando menos de hecho. Jamás hombre alguno ha desempeñado su cargo de comandante con mayor independencia y autocracia. El “Duque” era la autoridad de las autoridades, y ni el rey ni la reina osaban contradecirle en su especialidad. Tras haber disfrutado por tantos años todos los honores y comodidades que suelen depararse a la feliz medianía y que forman un contraste tan chillón con las conmociones trágicas que de ordinario son inseparables de la carrera de un genio –véase, por ejemplo, Napoleón–, murió el Duque de Hierro, y el mando supremo del ejército británico pasó a otras manos. Unos dieciocho meses después de su muerte se impone al ejército británico la tarea de emprender una campaña contra los rusos, y antes aún de que el primer regimiento esté listo para embarcarse, ya se pone de manifiesto que el Duque de Hierro dejó el ejército en un estado inhábil para todo empleo activo.

Aunque el “Duque” poseía, en general, el sano sentido común característico de los ingleses, era, en muchos aspectos, estrecho de miras y limitado. Bien sabido es con cuán injusta parcialidad solía hablar de la parte que sus aliados alemanes tuvieron en la decisión de la batalla de Waterloo, reclamando para sí toda la gloria de una victoria que, sin la oportuna llegada de Blücher, se habría convertido en derrota. Obstinado, se aferraba a todos los abusos y contrasentidos del ejército inglés y replicaba a toda crítica: “Esos abusos y contrasentidos nos hicieron vencedores en España y Portugal”, lo cual concuerda plenamente con su concepción conservadora de que cierta dosis de contrasentido tradicional y de corrupción es necesaria para que la “probada como la mejor” de todas las constituciones funcione como es debido. Pero mientras en la política sabía ceder en puntos importantes en los momentos críticos, en las cuestiones militares se aferraba tanto más tenazmente a ideas anticuadas y a los absurdos heredados. Ni una sola mejora importante fue introducida en el ejército británico durante su vida, fuera del terreno puramente técnico de la artillería. Aquí era sencillamente imposible desatender por entero el rápido progreso de la industria mecánica y de las ciencias técnicas. La consecuencia es que, aunque el ejército británico posee el mejor material de artillería que existe, la organización de su artillería es, sin embargo, tan pesada como la de las demás armas, y que el ejército británico no presenta un solo punto, en uniformes, equipo general y organización, en que no esté a la zaga de todos los demás ejércitos civilizados de Europa.

Debo llamar de nuevo la atención de sus lectores sobre la circunstancia de que la dirección de los asuntos militares no se halla, como en otros países, en manos de una sola autoridad administrativa. Existen cuatro de esas autoridades, independientes entre sí y que trabajan unas contra otras. Ahí está el Ministro de la Guerra, un mero pagador y contable. Ahí está el Comandante en Jefe, al que están subordinados la infantería y la caballería. Ahí está el Maestre General de la Artillería, que manda la artillería y el cuerpo de ingenieros y que debe administrar todo el material <material de guerra>. Y ahí está el Ministro de las Colonias, que ordena las tropas a las distintas posesiones de ultramar y regula la distribución del material de guerra para cada una. Junto a ellos está el Comisariado y, por último, para las tropas de la India, el Comandante en Jefe de aquel ejército. Sólo después de la muerte de Wellington se ha discutido públicamente lo absurdo de esta institución, pues en 1837 el informe del comité parlamentario sobre el tema fue ignorado a instancias del duque. Ahora, desde el comienzo de la guerra, la insuficiencia de la organización militar se siente por doquier, pero se rechaza toda modificación, porque con ello se malograría aún más toda posibilidad de un despacho ordenado y regular de los asuntos.

Como ejemplo del desconcierto que crea este sistema, mencioné ya en una ocasión anterior que apenas hay dos artículos por los cuales un regimiento no tenga que dirigirse a oficinas distintas e independientes entre sí. Los uniformes los proporciona el coronel; los capotes, en cambio, el Maestre General de la Artillería; los cinturones y las mochilas son suministrados por la Guardia a Caballo (Horse Guards); las armas de fuego, nuevamente por el Maestre General de la Artillería. Los oficiales de los departamentos militares, de artillería, de almacenes y del comisariado en cada estación de ultramar son todos más o menos independientes entre sí y responden ante diferentes oficinas de la metrópoli, a su vez independientes unas de otras. Además, subsiste el absurdo de los “coroneles de vestuario”. Cada regimiento tiene un coronel honorario, un oficial cuyo deber consiste en embolsarse una determinada suma del gobierno para vestir con ella a su regimiento, pero para lo cual sólo necesita gastar una parte del dinero. El resto se considera retribución por su molestia.

Mediante la venta de los despachos de oficial, todos los puestos superiores del ejército quedan reservados casi exclusivamente a la aristocracia. Después de unos pocos años de servicio como teniente, capitán y comandante, un oficial está facultado para adquirir, cuando se produce la primera vacante, el empleo inmediato superior que quede libre, a menos que otro oficial de igual grado pero de mayor antigüedad en el servicio tuviera ganas de anticipársele. De esto resulta que un hombre que disponga de capital líquido puede ascender muy rápidamente, pues muchos con más años de servicio que él carecen de los medios para comprar una vacante en cuanto queda libre. Es claro que tal sistema restringe mucho el círculo de los hombres capaces de los que se recluta el cuerpo de oficiales; y como el ascenso, e incluso el empleo activo de los oficiales superiores, depende casi exclusivamente de la antigüedad o de las vinculaciones aristocráticas, esa restricción excluye necesariamente a muchísimas personas talentosas e instruidas de los puestos de mando superiores. A este sistema hay que atribuir, sin duda, principalmente, el que la masa de los oficiales británicos sea tan penosamente ignorante en las ramas generales y más teóricas de la ciencia militar.

La cifra de oficiales es desproporcionadamente grande en comparación con la tropa. En ningún otro lado reina tal exceso de cordones dorados y charreteras como en un regimiento británico. En consecuencia, los oficiales no tienen nada que hacer, y como va contra su esprit de corps <espíritu de cuerpo> entregarse a estudios serios, pasan el tiempo con toda clase de placeres extravagantes y están convencidos de que, si realmente llega la guerra, su valor innato y los “Reglamentos de Su Majestad” bastarán plenamente para hacerles superar todas las dificultades. Sin embargo, cuando se formó el campamento en Chobham, la impotencia de muchísimos oficiales se puso de manifiesto con excesiva claridad para cualquiera que pudiera juzgar una maniobra algo mejor que los pobres gacetilleros entusiastas, que, como auténticos hijos de Londres, admiraban cada detalle del extraño espectáculo que veían por primera vez en su vida.

El reglamento de ejercicios y el sistema de instrucción son sumamente anticuados. Las maniobras son extremadamente pesadas, pues todos los movimientos son complicados, lentos y pedantes. El viejo sistema de movimientos en línea, que se mantuvo como forma principal de todas las maniobras tácticas en el ejército británico durante más tiempo que en el austriaco, presenta, cuando el terreno es favorable, algunas ventajas bien conocidas; pero éstas quedan ampliamente compensadas, y sobre todo no es aplicable sino en especiales casos excepcionales. El sistema de despliegue en columnas, sobre todo en pequeñas columnas de compañía, tal como se ha introducido en los mejores reglamentos de los ejércitos del continente, asegura una movilidad mucho mayor y, cuando es necesario, una formación igualmente rápida de las líneas.

El equipo del soldado inglés está hecho de buen material y con una confección muy destacada, pero en muchos casos está desfigurado por prescripciones anticuadas. Los viejos mosquetes de ánima lisa están bien fabricados, son de gran calibre, pero mucho más pesados de lo necesario. El antiguo fusil de Braunschweig era bueno en su género, pero ha sido superado por armas mejores. El fusil Pritchett, recientemente introducido y que se considera una mejora del fusil Minié francés, parece ser un arma excelente, pero sólo pudo ser impuesto a las personalidades decisivas tras un duro combate. Actualmente se está introduciendo sólo de manera aislada y asistemática; la mitad del regimiento lleva mosquetes, la otra mitad fusiles rayados, con lo cual todo el armamento queda sumido en el desorden. Los sables de la caballería son buenos y, para el corte y la estocada con hoja afilada, están mejor perfilados que los de los ejércitos del continente. También los caballos son de primera clase, aunque jinetes y equipo son demasiado pesados. El material de la artillería de campaña es el mejor del mundo, simplificado de manera admirable en varios aspectos, pero los calibres y el peso de las piezas son tan diferentes que ello hace necesarias también cargas de pólvora distintas.

Pero el mayor defecto es el uniforme y el equipo general del soldado británico. Un cuello alto, estrecho y rígido alrededor del pescuezo; una chaqueta escasa y ajustada, con faldones de golondrina, mal cortada e incómoda; pantalones estrechos, capotes de aspecto menguado, un feo gorro o un chacó, un enredo de correas y cinturones para transportar las municiones y la mochila que ni siquiera el ejército prusiano tiene igual; todo esto ha sido tema de tantos comentarios en los periódicos últimamente, que una simple alusión basta al respecto. Y no hay que olvidar que, aparte de esta incomodidad casi deliberada del uniforme, el soldado británico tiene que arrastrar un peso mucho mayor que cualquier otro; y como si se quisiera hacer de la inmovilidad el principio supremo del ejército, éste se ve obligado a llevar consigo un tren de bagajes mucho más voluminoso que los demás ejércitos. La trabajosa manera de operar del comisariado contribuye mucho a ello, pero también los trenes regimentales y, sobre todo, la gran cantidad de equipaje de los oficiales sobrepasan todo lo que nos es conocido por Turquía y la India.

Veamos ahora cómo funcionaba este ejército cuando las tropas llegaron a Turquía. Como en el sistema militar francés se incorporaban constantemente todas las medidas que habían demostrado su utilidad práctica en las campañas de Argelia, apenas desembarcaron los soldados franceses ya se instalaron cómodamente. Llevaban consigo todo lo que necesitaban, aunque no fuera mucho, y lo que les faltaba lo suplían pronto gracias a la inventiva innata del soldado francés. Incluso bajo la corrupta administración de Louis Bonaparte y Saint-Arnaud, el sistema funcionaba de manera bastante impecable. ¡En cambio, los ingleses! Llegaron a Galípoli antes de que sus provisiones estuvieran allí; el número de tropas era cuatro veces mayor que el que se podía alojar en el campamento; nada estaba preparado para el desembarco, no había hornos de campaña móviles, ni una administración verdaderamente responsable. Órdenes y contraórdenes se sucedían y se contradecían de la manera más horrible, o más bien ridícula. Había más de un viejo sargento o cabo que se las había arreglado en los matorrales cafres o en las ardientes tierras bajas del Indo, pero que aquí se hallaba completamente impotente. Las mejoras organizativas que cada comandante en el extranjero hubiera podido introducir durante una campaña regían únicamente mientras duraba dicha campaña; una vez que los diferentes regimientos volvían a separarse unos de otros, los anticuados reglamentos de Su Majestad se convertían de nuevo en el único patrón, y la experiencia administrativa de la campaña se hacía en vano.

Éste es el glorioso sistema al que el Duque de Hierro se aferró con férrea tenacidad y que era, por tanto, el mejor, porque con él había derrotado a los generales de Napoleón en la Península Pirenaica. El soldado británico, embutido en su coraza de cuero, que arrastra sus sesenta o setenta libras de peso por las estepas de Bulgaria, que se arrastra penosamente bajo ocasionales ataques de fiebre, mal abastecido por oficiales de intendencia negligentes e incapaces, puede en verdad sentirse orgulloso de su glorioso Duque de Hierro, que le ha procurado todas estas bendiciones.

Los fatales resultados que se derivan inevitablemente de la rutina tradicional del Duque se ven agravados aún por el carácter oligárquico de la administración inglesa; los cargos más importantes se confían a hombres cuyo apoyo parlamentario tal vez necesite la camarilla de cazapuestos que se halla en el poder, pero que carecen de todos los conocimientos y aptitudes técnicas, incluso los más elementales. Tomemos, por ejemplo, al señor Monsell <En el "N.-Y.D.T.": Bernal Osborne>, secretario de la coalición en el Departamento de Artillería. El nombramiento de Monsell fue una concesión a los radicales de Mayfair, que están representados en el ministerio por sir W. Molesworth, el editor "devotísimo" de las obras de Hobbes. Para el señor Monsell vale la sentencia:

El buen amigo picotea el ingenio como palomas la espelta,
Y lo expide como a Dios place.
Es un buhonero de ingenio, lo despliega
En kermeses, ferias, cervezas de cosecha y comilonas.

<Shakespeare, "Trabajos de amor perdidos", acto quinto, primera escena>

Aunque el señor Monsell practica un pequeño comercio de chistes rancios, apenas es capaz de distinguir un mosquete normal de un fusil Minié y no obstante es secretario parlamentario de Su Majestad en el Departamento de Artillería.

Sus lectores recordarán quizá que hace algún tiempo se dirigió al Parlamento para que se concedieran fondos que permitieran al Departamento de Artillería fabricar las armas de fuego portátiles necesarias para el ejército y la marina. Afirmaba que en los Estados Unidos de América los talleres del gobierno suministraban armas a un precio más barato de lo que podía hacerlo la industria privada, y que en algunos casos habían surgido serias dificultades porque las armas no se habían entregado en el plazo convenido.

Sin embargo, la decisión de la Cámara se aplazó a propuesta del señor Muntz, para encargar primero a una comisión especial la tarea de "hallar el camino más barato, más rápido y más satisfactorio de suministrar armas de fuego al ejército de Su Majestad". El informe de dicha comisión está ahora a disposición del público, ¿y a qué conclusiones ha llegado? Que los empresarios privados no entregaban las armas en el plazo fijado por contrato,

"porque el modo de inspección de su trabajo, tal como lo prescribía el Departamento de Artillería, era pura chicana y porque tenía la costumbre de adjudicar cada pieza, de las numerosas que componen un fusil, a un contratista distinto".

El informe señala además,

"que el Departamento de Artillería apenas tenía idea del precio al que se fabricaban fusiles en América, ni de en qué medida se empleaban máquinas en su fabricación; y que tampoco había visto jamás armas de fuego fabricadas en uno de los talleres del gobierno de ese país."

Finalmente, por el informe nos enteramos de que "el taller que el gobierno pretendía montar no podría suministrar ni un solo fusil antes de dieciocho meses".

Estos extractos del informe parlamentario muestran de sobra la competencia técnica del señor Monsell, el propio y altísimo secretario de la coalición en el Departamento de Artillería. Ex ungue leonem. <Por la garra se conoce al león.>

Karl Marx