Federico Engels

La guerra europea

Escrito el 8 de enero de 1854.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 3992 del 2 de febrero de 1854, artículo de fondo]

Por fin parece que la cuestión turca, pendiente desde hace tanto tiempo, ha llegado a una fase en la que la diplomacia ya no podrá seguir dominando el terreno con su actividad siempre cambiante, eternamente medrosa y eternamente infructuosa. Las flotas francesa y británica han penetrado en el mar Negro para impedir que la escuadra rusa ataque a la flota turca o la costa turca. El zar Nicolás declaró hace mucho tiempo que semejante paso sería para él la señal para una declaración de guerra. ¿Lo aceptará ahora sin reaccionar?

No es de esperar que las flotas reunidas ataquen y destruyan de inmediato la escuadra rusa o las fortificaciones y arsenales de Sebastopol. Al contrario, podemos confiar en que las instrucciones de la diplomacia para los dos almirantes <Dundas y Hamelin> están urdidas con tal astucia que se evitará en lo posible toda colisión. Sin embargo, los movimientos militares por mar y por tierra, una vez en marcha, no obedecen ya a los deseos y planes de la diplomacia, sino a sus propias leyes, que no pueden ser quebrantadas sin poner en peligro toda la empresa. Jamás fue intención de la diplomacia que los rusos fuesen derrotados en Oltenitza; pero después de que se dejara a Omer Pachá cierta libertad de movimiento y comenzaran las operaciones militares, la acción de los dos comandantes enemigos fue empujada a una esfera que, en su mayor parte, ya no estaba sujeta a la influencia de los embajadores en Constantinopla. Por consiguiente, si los buques se han alejado ya de sus fondeaderos en la rada de Beycos, nadie puede decir cuán pronto pueden verse en una situación de la que no podrán liberarlos ni las oraciones de paz de lord Aberdeen ni el secreto entendimiento de lord Palmerston con Rusia, y en la que sólo tendrán que elegir entre una retirada vergonzosa y un combate enérgico. Un mar pequeño y rodeado de tierra como el mar Negro, donde los buques enemigos apenas pueden perderse de vista, es precisamente el lugar donde, en tales circunstancias, los choques casi diarios son casi inevitables. Tampoco es de esperar que el zar permita que su flota sea bloqueada sin resistencia en Sebastopol.

Si, pues, de este paso resultara una guerra europea, ciertamente será una guerra entre Rusia, por un lado, e Inglaterra, Francia y Turquía, por el otro. Este caso es lo bastante probable como para permitirnos, en la medida de lo posible, una comparación de las probabilidades de éxito y una ponderación de las fuerzas activas de ambos bandos.

Pero, ¿estará Rusia sola? ¿De qué parte se pondrán Austria, Prusia y los Estados alemanes e italianos que de ellas dependen en una guerra general? Se dice que Luis Bonaparte ha dado a entender al gobierno austríaco que, en caso de un conflicto con Rusia y si Austria tomara partido por ésta, el gobierno francés se aprovechará de los elementos insurreccionales que en Italia y Hungría sólo necesitan una chispa para volver a encenderse en una llama devastadora, y que Francia aspirará entonces a la restauración de las naciones italiana y húngara. Semejante amenaza difícilmente dejará de surtir efecto sobre Austria; puede contribuir a mantenerla neutral tanto tiempo como sea posible, pero no es de suponer que Austria pueda mantenerse mucho tiempo al margen de la lucha si ésta realmente llegara a estallar. El mero hecho de una amenaza de este tipo puede provocar levantamientos parciales en Italia que no harían sino convertir a Austria en un vasallo de Rusia aún más dependiente y sumiso. ¿Acaso no se ha jugado ya una vez este juego napoleónico? ¿Puede esperarse que el hombre que volvió a sentar al Papa en su trono temporal y que ya tiene listo un candidato para la monarquía napolitana dé a los italianos lo que anhelan con tanto ardor como la independencia de Austria: la unidad? ¿Puede esperarse que el pueblo italiano se precipite de cabeza en semejante trampa? Sin duda, se siente duramente oprimido por el dominio austríaco, pero no estará, sin embargo, demasiado ansioso por contribuir a aumentar tanto el prestigio de un imperio cuyo propio suelo en Francia ya vacila como la gloria de un hombre que fue el primero en combatir la revolución italiana. Todo eso es conocido por el gobierno austríaco, y podemos, por tanto, suponer que se dejará influir más por sus propias dificultades financieras que por estas amenazas bonapartistas; también podemos estar seguros de que, en el momento decisivo, la influencia del zar en Viena inclinará la balanza y arrastrará a Austria al lado de Rusia.

Prusia intenta repetir el mismo juego que jugó en 1780, 1800 y 1805. Su plan es la formación de una liga de Estados neutrales bálticos o del norte de Alemania, a cuya cabeza podría desempeñar un papel no insignificante y pasarse al lado que le ofrezca las mayores ventajas. La casi cómica coincidencia de que todos esos intentos terminaran empujando al avaro, veleidoso y cobarde gobierno prusiano a los brazos de Rusia pertenece a la historia. Prusia difícilmente escapará también esta vez a su acostumbrado destino. Extenderá sus tentáculos por todas partes, se ofrecerá en pública subasta, intrigará en ambos campos, se tragará camellos y colará mosquitos, perderá el poco carácter que tal vez le quede, recibirá golpes y, finalmente, será adjudicada al peor postor, que en éste, como en todos los casos, es Rusia. Prusia no será para Rusia un aliado, sino una carga, pues se cuidará de que su ejército sea derrotado de antemano en provecho y beneficio propios.

Mientras no se vea envuelta en una guerra europea al menos una de las potencias alemanas, la lucha sólo podrá extenderse por Turquía, el mar Negro y el mar Báltico. Durante este período, la guerra naval habrá de ser lo más importante. No cabe duda de que las flotas aliadas pueden destruir Sebastopol y aniquilar la flota rusa del mar Negro, tomar y conservar Crimea, ocupar Odesa, bloquear el mar de Azov y desencadenar a los montañeses del Cáucaso. Nada más fácil que esto si se actúa con rapidez y energía. Suponiendo que en ello transcurriera el primer mes de operaciones activas, ya el mes siguiente los buques de vapor de las flotas unidas podrían dirigirse al canal de la Mancha, mientras los veleros los seguirían; pues lo que aún quede por hacer en el mar Negro podría ser realizado por la flota turca. Añadiendo otros catorce días para hacer carbón en el canal y realizar otros preparativos, podrían presentarse, unidas a la flota atlántica y a la flota del canal de Francia y Gran Bretaña, ante la rada de Kronstadt antes de fines de mayo con una fuerza tal que el éxito de un ataque estaría asegurado. Las medidas que deben tomarse en el Báltico son tan obvias como las del mar Negro. Consisten en una alianza a toda costa con Suecia, en amedrentar a Dinamarca si fuera necesario, en un levantamiento en Finlandia, que estallaría al desembarcar tropas suficientes, y en la garantía de que no podrá concertarse paz alguna sin la condición de que esta provincia sea reunida nuevamente a Suecia. Las tropas desembarcadas en Finlandia amenazarían Petersburgo, mientras las flotas bombardearían Kronstadt. Esta ciudad posee, ciertamente, una posición muy fuerte por su situación. El canal de aguas profundas que conduce a la rada apenas da espacio para dos buques de guerra uno al lado del otro, y éstos tienen que exponer sus andanadas a las baterías emplazadas no sólo en la isla principal, sino también en los alrededores, sobre pequeños peñascos, bancos de arena e islas. No sólo serían inevitables determinadas pérdidas humanas, sino también de buques. Pero si esto se tiene en cuenta de antemano en el plan de ataque, si se decide de una vez que hay que sacrificar este o aquel buque, y si el plan se ejecuta con energía e inflexibilidad, Kronstadt ha de caer. La mampostería de sus murallas no podrá resistir durante mucho tiempo el fuego concentrado de los pesados cañones Paixhans, la más eficaz de todas las piezas cuando se emplea contra muros de piedra. Grandes vapores de hélice, armados en el centro solamente con tales piezas, ejercerían bien pronto un efecto irresistible, aunque, naturalmente, pusieran en juego su propia existencia. Pero ¿qué significan tres o cuatro navíos de línea de propulsión a hélice en comparación con Kronstadt, la llave del Imperio Ruso, con cuya toma San Petersburgo quedaría indefensa?

Tomadas Odesa, Kronstadt, Riga, Sebastopol, Finlandia liberada, un ejército enemigo ante las puertas de la capital, bloqueados todos sus ríos y puertos... ¿qué quedaría de Rusia? Un gigante sin brazos, sin ojos, al que no le quedaría otro recurso que intentar aplastar a sus adversarios bajo el peso de su informe corpachón, que arrojaría ciegamente ora aquí, ora allá, dondequiera que resonara un grito de guerra enemigo. Si las potencias marítimas de Europa procedieran con tanta decisión y energía, Prusia y Austria podrían ser sustraídas hasta tal punto del control de Rusia que tal vez incluso se unieran a los aliados. Pues ambas potencias alemanas, si estuvieran seguras en su propia casa, aprovecharían gustosamente las dificultades de Rusia. Pero no es de suponer que lord Aberdeen y el señor Drouyn de Lhuys tomen medidas tan enérgicas. Las potencias en cuestión no están por una dirección enérgica de la guerra y, si estalla una guerra general, se impondrán a los comandantes tales trabas que éstos quedarán completamente paralizados. Si a pesar de todo se lograran victorias decisivas, se esforzarán por atribuirlas a la mera casualidad y por hacer que sus consecuencias sean lo más inofensivas posible para el enemigo.

La guerra en la costa asiática del mar Negro podría ser terminada inmediatamente por las flotas; en la costa europea, probablemente continuaría sin grandes interrupciones. Si los rusos fueran expulsados del mar Negro y se les tomara Odesa y Sebastopol, no podrían cruzar el Danubio sin gran riesgo (salvo en dirección a Serbia, para instigar allí una insurrección), pero bien podrían conservar los Principados hasta que fuerzas superiores y el peligro de que fuertes contingentes pudieran desembarcar en su flanco y a su espalda los expulsaran de Valaquia. No tendrían por qué evacuar Moldavia si no se producía una acción general, pues allí las operaciones sobre los flancos y la retaguardia serían de poca importancia mientras Jotín y Chisinau les ofrecieran una comunicación segura con Rusia.

Mientras la guerra se limite a las potencias occidentales y Turquía de un lado y a Rusia del otro, no será una guerra europea como la que hemos visto después de 1792. Pero, una vez que haya estallado, la inacción de las potencias occidentales y el afán de acción de Rusia pronto obligarán a Austria y a Prusia a decidirse por el autócrata. Es de suponer que Prusia no pese demasiado, pues su ejército, sea cual fuere su estado, como consecuencia de su autosuficiencia sufrirá con más que probabilidad una segunda Jena. En cambio, Austria, pese a su situación de bancarrota y a los eventuales levantamientos en Italia y Hungría, no será un adversario despreciable. La propia Rusia, obligada a dejar sus tropas en los principados y en la frontera del Cáucaso, a ocupar Polonia y a mantener un ejército para la defensa de la costa del Báltico y sobre todo de San Petersburgo y Finlandia, dispondrá de muy pocas tropas para operaciones ofensivas. Si Austria, Rusia y Prusia (siempre suponiendo que esta última no haya sido ya completamente derrotada) ponen quinientos o seiscientos mil hombres en el Rin y en los Alpes, eso es más de lo que razonablemente cabe esperar. Y a esos quinientos mil hombres los franceses solos pueden hacerles frente, siempre que tengan generales del mismo nivel que los de sus adversarios; entre éstos, sólo los austríacos poseen comandantes que merecen realmente su nombre. A los generales rusos no hay que temerles; pero los prusianos no tienen general alguno; sus oficiales son subalternos hereditarios.

Pero no debemos olvidar que en Europa existe aún una sexta potencia, la cual en determinados momentos afirma su dominio sobre las cinco llamadas grandes potencias y las hace temblar a todas y cada una de ellas. Esta potencia es la revolución. Después de haberse mantenido largo tiempo tranquila y retirada, la crisis comercial y la carestía de víveres la llaman ahora de nuevo al campo de batalla. De Manchester a Roma, de París a Varsovia y a Pest, está en todas partes, levanta su cabeza y despierta de su sopor. Múltiples son los síntomas de su vida renaciente; se los reconoce por doquier en la inquietud y la agitación que se han apoderado de la clase proletaria. Basta una sola señal, y la sexta y más grande potencia europea avanza con brillante armadura, la espada en la mano, como Minerva de la cabeza del Olímpico. Esta señal la dará la amenazante guerra europea, y entonces todos los cálculos sobre el equilibrio de las potencias se vendrán abajo por la irrupción de un nuevo elemento que, con su ímpetu y juventud siempre renovados, frustrará los planes de las viejas potencias europeas y de sus generales, al igual que en los años de 1792 a 1800.