Karl Marx

[El ataque a Sebastopol - La despoblación de las fincas en Escocia]

[“New-York Daily Tribune” núm. 4095 del 2 de junio de 1854]

Londres, viernes 19 de mayo de 1854.

El “primer ataque a Sebastopol”, del que los periódicos de hoy traen un despacho telegráfico, parece ser aproximadamente la misma hazaña gloriosa que el bombardeo de Odesa, donde ambas partes reclamaron la victoria. Se dice que el ataque se llevó a cabo con granadas de “cañones de largo alcance” y estuvo dirigido contra las fortificaciones exteriores. Una mirada al mapa demuestra, cosa que además es reconocida por toda autoridad militar, que con cañones, sea cual fuere su calibre, no se puede atacar ni el puerto ni la ciudad de Sebastopol sin adentrarse en la bahía y aproximarse a las baterías defensoras, y que sin el apoyo de un considerable ejército de desembarco es imposible tomarla en absoluto. Por consiguiente, la operación, si realmente ha tenido lugar, debe considerarse como un simulacro de combate emprendido para edificación de esos mismos papanatas <gobemouches> cuyo patriotismo fue inflado por los laureles de Odesa.

El gobierno francés ha enviado al señor Bourrée en misión extraordinaria a Grecia. Le acompaña una brigada bajo el mando del general Foray y tiene la orden de exigir al rey Otón el pago inmediato de todos los intereses de los cien millones de francos que Francia concedió en préstamo al gobierno griego en 1828. En caso de negativa, los franceses ocuparán Atenas y otros diversos puntos del reino.

Los lectores recordarán mi descripción del proceso de despoblación de las fincas en Irlanda y Escocia, mediante el cual, en la primera mitad de este siglo, tantos miles de personas fueron expulsadas de la tierra de sus padres. <Véase el tomo 8, págs. 499-505 y el tomo 9, págs. 157-163> El proceso continúa aún, y con una energía que es enteramente propia de la virtuosa, distinguida, religiosa y filantrópica aristocracia de este país modelo. Las casas son incendiadas sobre las cabezas de los desamparados moradores o derribadas a pedazos. En la finca de Neagaat, en Knoydart, el pasado otoño, por orden del landlord, fue atacada la casa de Donald Macdonald, un hombre respetable, honrado y trabajador. Su mujer estaba postrada en cama y no podía ser trasladada, pero el factor y sus esbirros arrojaron fuera a la familia Macdonald con seis hijos, todos menores de 15 años, y destruyeron la casa, dejando solo un pequeño trozo de techo sobre la cama de su esposa.

El hombre quedó tan trastornado que perdió la razón. Los médicos lo declararon demente y ahora vaga errante, buscando a sus hijos entre las ruinas de las cabañas incendiadas y destruidas. A su alrededor lloran sus hijos hambrientos, pero él no los reconoce, y se le deja andar libremente, sin ayuda ni cuidado, porque su perturbación mental es inofensiva.

A dos mujeres casadas, en avanzado estado de embarazo, les derribaron las casas sobre sus cabezas. Tuvieron que dormir muchas noches a la intemperie y, como consecuencia, sufrieron partos prematuros entre dolores terribles; su mente se turbó; vagan errantes con sus numerosas familias, imbéciles desvalidas e incurables, terribles testigos contra la clase de personas que se llama aristocracia británica.

Incluso niños son empujados a la locura por el terror y la persecución. En Doune, en Knoydart, los cottagers fueron desalojados y buscaron refugio en un viejo almacén. Los agentes del terrateniente rodearon este almacén en plena noche y le prendieron fuego, porque los pobres desterrados habían buscado cobijo bajo su techo. Como enloquecidos, huyeron de las llamas, y algunos enloquecieron de espanto. El periódico “The Northern Ensign” escribe:

“Un muchacho enloqueció; será necesario recluirlo; salta de la cama y grita: ‘¡Fuego, fuego!’, y asegura a los circunstantes que en el almacén en llamas hay hombres y niños. Cuando anochece, la vista del fuego lo aterroriza. La terrible escena de Doune, cuando el almacén estaba en llamas e iluminaba todo el distrito mientras hombres, mujeres y niños, medio locos de miedo, corrían de un lado a otro, le produjo tal conmoción.”

Este es el trato de la aristocracia hacia los pobres aptos para el trabajo, a los que enriquecen. Oigamos ahora algo sobre su asistencia a los pobres. Los siguientes casos los tomo del trabajo del señor Donald Ross, de Glasgow, y del “Northern Ensign”.

1. La viuda Matherson, de 96 años, recibe de la parroquia de Strath, Skye, solamente 2 chelines y 6 peniques al mes.

2. Murdo Mackintosh, de 36 años, está completamente incapacitado para el trabajo, porque hace 14 meses fue aplastado por un carro. Tiene esposa y siete hijos; el mayor de 11 años, el menor de 1 año. Todo lo que la parroquia de Strath le da son 5 chelines al mes.

3. La viuda de Samuel Campbell, de 77 años, vive en Broadford, Skye, en una casa ruinosa; recibía de la parroquia de Strath 1 chelín y 6 peniques al mes. Se quejó de que no era suficiente, por lo que las autoridades de la parroquia, tras mucho refunfuñar, aumentaron la cantidad a 2 chelines al mes.

4. La viuda M’Kinnon, de 72 años, parroquia de Strath, Skye, recibe 2 chelines y 6 peniques al mes.

5. Donald McDagald, de 102 años, vive en Kraydatt. Su esposa tiene 77 años y ambos están muy achacosos. Reciben de la parroquia de Glenelg cada uno solo 3 chelines y 4 peniques al mes.

6. Mary McDonald, viuda, de 93 años, postrada en cama. Su marido estuvo en el ejército y perdió allí un brazo. Murió hace 20 años. Recibe de la parroquia de Glenelg 4 chelines y 4 peniques al mes.

7. Alexander McIsaak, de 53 años, totalmente incapacitado para el trabajo, tiene una mujer de 40 años, un hijo ciego de 18 años y cuatro hijos menores de 14 años. La parroquia de Glenelg asigna a esta desdichada familia en total 6 chelines y 6 peniques al mes, apenas 1 chelín al mes por persona.

8. Angus McKinnon, de 72 años, tiene una esposa enferma de 66 años. Reciben cada uno 2 chelines y 1 penique al mes.

9. Mary M’Isaak, de 80 años, achacosa y completamente ciega, recibe de la parroquia de Glenelg 3 chelines y 3 peniques al mes. Cuando pidió más, el inspector dijo: “Debería avergonzarse de pedir más, cuando otros tienen menos”, y se negó a escucharla.

10. Janet M’Donald o M’Gillioray, de 77 años y totalmente incapacitada para el trabajo, recibe solo 3 chelines y 3 peniques al mes.

11. Catherine Gillies, de 78 años y totalmente incapacitada para el trabajo, recibe solo 3 chelines y 3 peniques al mes de la parroquia de Glenelg.

12. Mary Gillies o Grant, de 82 años y postrada en cama los últimos ocho años, recibe veintiocho libras de gachas y 8 peniques al mes de la parroquia de Adnamurchon. El inspector de pobres no la ha visitado en los últimos dos años; no recibe asistencia médica, ni ropa, ni alimento.

13. John M’Eachan, de 86 años y postrado en cama, vive en Auehachraig, parroquia de Adnamurchon; recibe exactamente una libra de gachas al día y 8 peniques al mes de la mencionada parroquia. No recibe ni ropa ni ninguna otra cosa.

14. Ewan M’Gallum, de 93 años y con los ojos enfermos, lo encontré mendigando en la orilla del canal de Crinan, en la parroquia de Knapdale, Argyleshire. Recibe solo 4 chelines y 8 peniques al mes, absolutamente nada de ropa, asistencia médica, combustible o alojamiento. Ahora es un haz de harapos andante y un pauper de aspecto sumamente lastimoso.

15. Kate Macarthur, de 74 años y postrada en cama, vive sola en Dunardy, parroquia de Knapdale. Recibe de la parroquia 4 chelines y 8 peniques al mes, pero nada más. Ningún médico la visita.

16. Janet Kerr o M’Callum, viuda, de 78 años, en mal estado de salud, recibe 6 chelines al mes de la parroquia de Glassary. No tiene vivienda y no recibe otra ayuda que este subsidio en dinero.

17. Archibald M’Laurin, de 73 años, parroquia de Appin, totalmente incapacitado para el trabajo, su esposa igualmente incapacitada; reciben de la asistencia parroquial un subsidio de 3 chelines y 4 peniques al mes cada uno — sin combustible, sin ropa ni vivienda. Viven en un miserable cobertizo indigno de seres humanos.

18. La viuda Margaret M’Leod, de 81 años, vive en Lasgach, parroquia de Lochbroom, recibe 3 chelines al mes.

19. La viuda de John Makenzie, de 81 años, vive en Ullapool, parroquia de Lochbroom. Es completamente ciega y está en muy mal estado de salud, recibe solo 2 chelines al mes,

20. La viuda Catherine M’Donald, de 87 años, isla de Luing, parroquia de Killbrandon, completamente ciega y postrada en cama. Recibe para su sustento 7 chelines al mes, de los cuales debe pagar una enfermera. Su casa se derrumbó, y sin embargo la parroquia se negó a proporcionarle alojamiento. Yace en una dependencia abierta sobre la tierra desnuda. El inspector se niega a hacer nada por ella.

Pero la brutalidad no termina aquí. En Strathcarron tuvo lugar una carnicería. Enloquecidas por la crueldad de los desalojos ya ejecutados y de los que aún se esperaban, un grupo de mujeres se congregó en las calles al enterarse de que varios funcionarios del sheriff venían a expulsar a los arrendatarios. Estos últimos eran, sin embargo, recaudadores de impuestos y no funcionarios del sheriff; pero cuando oyeron que se había producido tal confusión, se divirtieron con ello. En lugar de aclarar el error, se hicieron pasar por funcionarios del sheriff y dijeron que venían a echar a la gente y estaban decididos a llevarlo a cabo. Cuando el grupo de mujeres se excitó mucho por ello, los funcionarios les apuntaron con una pistola cargada. Lo que siguió lo tomamos de la carta del señor Donald Ross, quien viajó de Glasgow a Strathcarron y pasó dos días en el distrito recogiendo información y examinando a los heridos. Su carta lleva la fecha de Royal Hotel, Oain, 15 de abril de 1854, y tiene el siguiente contenido:

“Mi informe debe probar la vergonzosa conducta del sheriff. No advirtió a la gente de su intención de lanzar a la policía contra ellos. No leyó la ley contra los motines. No les dio tiempo para dispersarse, sino que, en el mismo momento en que se acercaba con sus hombres provistos de porras, gritó: ‘¡Abran paso!’ y”

al siguiente instante dijo: «¡Derribadlas a golpes!», y en el acto se produjo una escena que desafía toda descripción. Los policías golpeaban con sus pesadas cachiporras las cabezas de las infortunadas mujeres y las derribaban al suelo; una vez en tierra, saltaban y pisoteaban sobre ellas y las pateaban con desenfrenada brutalidad en cada parte del cuerpo. La plaza no tardó en quedar cubierta de sangre. Los gritos de las mujeres, de los muchachos y de las muchachas que se revolcaban en su propia sangre eran desgarradores. Algunas de las mujeres, perseguidas por los policías, saltaron al profundo y correntoso Carron, confiándose más a su clemencia que a la de los policías o del sheriff. Hubo mujeres a quienes las cachiporras de los policías les arrancaron mechones de pelo, y a una muchacha le arrancaron del hombro, de un violento golpe de cachiporra, un pedazo de carne de unas siete pulgadas de largo, una pulgada y cuarto de ancho y más de un cuarto de pulgada de grueso. Una joven muchacha que no había hecho más que mirar fue perseguida por tres policías. La golpearon en la frente, le causaron graves heridas en la cabeza y la patearon cuando ya había caído. El médico extrajo de la herida un trozo del casquillo que el garrote del furibundo policía le había incrustado en el cráneo. Aún pueden verse en su espalda las huellas de los clavos de las botas. A consecuencia de los brutales golpes de los policías, todavía se encuentran trece mujeres en Strathcarron en un estado espantoso. Tres de ellas se hallan tan mal que el médico que las atiende no tiene esperanza de que se repongan. Es mi propia y firme convicción, adquirida por el aspecto de estas mujeres y la naturaleza peligrosa de sus heridas, en combinación con los informes médicos que he examinado, que no se repondrá ni la mitad de las personas heridas, y que todas aquellas que aún languidezcan por algún tiempo mostrarán en su cuerpo tristes testimonios de la horrible brutalidad de la que fueron víctimas. Entre las heridas graves se encuentra una mujer en avanzado estado de gestación. No estaba entre el grupo que se enfrentó al sheriff, sino que sólo miraba desde una distancia considerable; sin embargo, fue golpeada y empujada violentamente por los policías, y su estado es muy grave.»

Podemos añadir, además, que el número de mujeres agredidas ascendió a dieciocho. El nombre del sheriff es Taylor.

Tal es el cuadro que ofrece la aristocracia británica en 1854.

Las autoridades y el gobierno han acordado que el proceso judicial contra Cowell, Grimshaw y los demás dirigentes de la huelga de Preston quedará sobreseído si también se sobresee la investigación contra los magistrados de policía y los lores algodoneros de Preston. Este acuerdo se ha llevado a efecto.

Se dice que la suspensión por quince días de la moción del señor Duncombe para el nombramiento de una comisión de investigación sobre la conducta de los magistrados de policía de Preston es consecuencia del referido acuerdo.

Karl Marx