Escrito por Friedrich Engels el 18 de septiembre de 1854.

["New-York Daily Tribune" núm. 4209 del 14 de octubre de 1854, artículo de fondo]

Al fin parece ofrecerse a franceses e ingleses la posibilidad de asestar un golpe serio al poderío y al prestigio de Rusia, razón por la cual seguimos con renovado interés el movimiento contra Sebastopol; las últimas noticias al respecto se tratan en otro artículo. Como es natural, los periódicos británicos y franceses se jactan grandemente de esta empresa, y si se les diese crédito, jamás habría existido nada más grandioso en la historia de la guerra; pero quien mira de frente los hechos —los incomprensibles retrasos y las absurdas excusas que acompañaron el arranque de la expedición, así como todas las circunstancias anteriores y concomitantes— no se deja impresionar por ello. Por glorioso que pueda ser el desenlace de la empresa, su comienzo fue bastante lamentable.

Echemos una mirada a la historia anterior de los ejércitos aliados en Turquía. Al principio, estos guerreros tan heroicos como cautelosos quisieron desembarcar en Enos, a este lado de los Dardanelos, y no acercarse a la península hasta que todo hubiera quedado completamente libre de peligro. Pero antes de realizar esta hazaña, su valor cobró proporciones inesperadas y osaron un desembarco en Galípoli, en el Quersoneso tracio. Pero lo hicieron únicamente para terminar en menos tiempo las obras defensivas a través de la península y asegurarse así la más importante de todas las condiciones: una base de operaciones. Entretanto, los turcos tuvieron que hacer frente sin descanso en el Danubio a aquellos terribles adversarios cuya presencia en Valaquia era el pretexto de las sabias maniobras de los aliados; y los turcos se desembarazaron de esa tarea con notable éxito.

Pero a medida que llegaban más barcos y tropas, se puso de manifiesto que los Dardanelos y la península ya no podían contenerlos. Así, los preparativos científicos acordados entre Londres y París se vieron agujereados de nuevo. Una parte de las tropas hubo de exponerse realmente a los peligros y a la aventura de un desembarco en Constantinopla, ¡punto tan expuesto! Para remediar estos peligros, se empezó de inmediato a fortificar esta ciudad. Afortunadamente, esto consumió una gran cantidad de tiempo, con lo cual se logró el objetivo principal: no ganar tiempo, sino perderlo. Luego se cercioraron de que, sin gran riesgo, podía enviarse una división a Varna como guarnición para aquel importante lugar; pues los turcos, que defendieron Varna tan gloriosamente en 1828, se habían acostumbrado desde entonces a la disciplina europea hasta tal punto, que ya no se les podía confiar la defensa de semejante posición. Así, la división fue enviada, y a ella siguieron una o dos divisiones más. Cuando por fin no existió ya pretexto alguno para retener las tropas en el Bósforo, el gran ejército combinado fue concentrado con toda tranquilidad cerca de Varna. Esto ocurrió al mismo tiempo que un ejército austriaco aparecía, como amenazadora nube de tormenta, en el flanco y la retaguardia de los rusos, trasladando así, mediante combinaciones políticas, la base de operaciones de los aliados, de Constantinopla a Transilvania y Galitzia. De no haber sido por esto, cabría suponer con todo derecho que jamás habría habido un ejército aliado en Bulgaria. Como prueba de ello puede servir su comportamiento durante el sitio de Silistria. Todo el mundo sabe que allí se produjo el viraje decisivo de toda la campaña, y que en un momento tan crítico, cuando ambas partes han agotado sus fuerzas hasta el extremo, el más mínimo peso favorable a una parte decide el resultado en nueve de cada diez casos. Sin embargo, durante ese sitio decisivo, 20 000 soldados ingleses y 30 000 franceses, «la flor de los dos ejércitos», se encontraban a pocas jornadas de marcha de la fortaleza, fumaban tranquilamente su pipa y se preparaban con toda calma para el cólera. Si esta enfermedad no hubiese hecho también una terrible revista en las filas de los rusos, y si un puñado de arnautas, atrincherados en una trinchera completamente revuelta por los proyectiles explosivos, no hubiesen realizado milagros de valor, Silistria habría caído en manos del enemigo. No hay en la historia de la guerra un segundo ejemplo de un ejército que, teniéndolo tan a la mano, abandonara tan cobardemente a sus aliados a su suerte. Ninguna campaña en Crimea y ninguna victoria lavará jamás a los generales franceses e ingleses de esta mancha. ¿Cómo les habría ido a los británicos en Waterloo si el viejo Blücher, tras su derrota en Ligny dos días antes, hubiese actuado con la misma conciencia que los Raglan y Saint-Arnaud?

El puñado de arnautas en las trincheras de Arab-Tabia fue igual a los rusos en destreza, inteligencia y fuerza militar. Los rusos no fueron rechazados a través del Danubio por un ejército de socorro; su propia torpeza, el valor de los defensores, las fiebres palúdicas, la presión pasiva de los austriacos en el Dniéster y de los aliados en el lago Devna (pues ¿quién podía prever que estos últimos se comportarían así?) les hicieron finalmente levantar el sitio y abandonar tanto la campaña como los principados y la Dobrudja. Naturalmente, los generales aliados quisieron aprovechar este gran éxito, y lo hicieron fieles a las reglas de aquel sistema estratégico que hasta entonces habían aplicado con tanto éxito. En consecuencia, Lord Cardigan condujo la caballería británica al Danubio para efectuar un reconocimiento en el que no divisaron rusos, perdieron muchos caballos y no cosecharon más que enfermedad y ridículo; entretanto, el general Espinasse, conocido principalmente por su traición a la Asamblea Nacional del 2 de diciembre de 1851, condujo su división a la Dobrudja con el único resultado de que unos cuantos magníficos regimientos quedaran medio aniquilados por el cólera y el germen de esta epidemia fuera arrastrado al campamento de los aliados. Si el cólera se propagó tan terriblemente en las filas de los aliados cerca de Varna, éste fue el bien merecido resultado de sus excelentes disposiciones estratégicas. Por millares caían los soldados antes de haber visto siquiera al enemigo; en un campamento donde podían vivir tranquilos, apaciblemente y con relativo lujo, morían como moscas. Desaliento, desconfianza hacia los jefes y desorganización fueron la consecuencia, no tanto entre los ingleses, que sufrieron menos y son en general mucho más resistentes, como entre los franceses, cuyo carácter nacional es más accesible a semejantes influencias, sobre todo cuando sus jefes los mantienen en la inacción. En los motines que estallaron ahora entre los franceses no salieron a la luz sino las consecuencias naturales del estado anormal en que vivían los soldados franceses desde 1849. La burguesía enseñó al soldado francés, que la liberó de los horrores de la revolución, a considerarse como salvador de la nación y de la sociedad en general. Luis Bonaparte lo mimó como instrumento de la restauración del Imperio. Durante todo este tiempo se le trató de tal modo que se le hizo creer que tenía que mandar, y que le hizo olvidar que tenía que obedecer. Se le inculcó la idea de que estaba muy por encima de los paisanos, y ahora se imaginó enseguida que era, cuando menos, igual a sus jefes. No se escatimó esfuerzo para hacer de él un pretoriano, y la historia nos ha enseñado siempre que los pretorianos no son más que soldados degenerados. Empiezan por mandar a los paisanos, luego pasan a dictar a sus propios generales, y acaban teniendo que recibir ellos mismos buenas palizas.

¿Qué ocurrió, pues, en Varna? Batallones enteros se desplomaban en la arena ardiente y se retorcían entre los sufrimientos del cólera; entonces los viejos soldados empezaron a comparar a los aventureros que ahora los mandaban con los antiguos jefes que los habían dirigido con tanto éxito durante aquellas campañas de África, sobre las cuales los héroes del Bajo Imperio de hoy gustan tanto de mirar con desprecio. África era un país más caluroso que Bulgaria, y el Sahara es considerablemente menos agradable que la misma Dobrudja. Pero jamás, durante las conquistas africanas, hubo cifras de mortalidad como las que se dieron durante este período de reposo en Devna y en las ligeras marchas de reconocimiento en torno a Kustendje. Cavaignac, Bedeau, Changarnier, Lamoricière condujeron al ejército francés a través de peligros mucho mayores con pérdidas mucho menores; esto fue, ciertamente, en una época en que Espinasse y Leroy Saint-Arnaud dormitaban aún en aquella oscuridad de la que solo la infamia política podía sacarlos. Los zuavos, los mejores representantes del ejército de África, aquellos hombres que habían realizado el trabajo principal y olido la mayor cantidad de pólvora, se alzaron, pues, como un solo hombre y gritaron: «A bas les singes! Il nous faut Lamoricière!» (¡Abajo los micos! ¡Dadnos a Lamoricière!). Su Majestad Imperial Napoleón III, cabeza y alma de este actual y oficial remedo de un gran pasado, debió de sentir, al enterarse de esto, que el grito de los zuavos era para él «el principio del fin». En Varna surtió un efecto mágico. Nos atrevemos a afirmar que fue el principal motivo que impulsó la expedición a Crimea.

Después de las experiencias de esta campaña de verano o, mejor dicho, de este paseo de Galípoli a Scutari, de Scutari a Varna, de Varna a Devna, Aladyn y vuelta otra vez, nadie esperará de nosotros que tomemos en serio los pretextos que los jefes aliados aducen para explicar por qué la expedición, tras haber sido aplazada tanto tiempo, fue emprendida por fin con tanta precipitación. Podemos mostrar con un ejemplo lo que valen sus argumentos. Se dijo que el aplazamiento se debía a que no había llegado la artillería de sitio francesa. Pero cuando Leroy Saint-Arnaud, en tiempos de los motines del cólera, vio que tenía que jugar su mejor carta, y además sin demora, pidió en Constantinopla artillería de sitio y municiones turcas, las cuales fueron preparadas y embarcadas en brevísimo tiempo; y si el tren de artillería francés no hubiese llegado entretanto, se habría zarpado sin él. Pero la artillería de sitio turca estaba lista meses antes, con lo cual queda probado que todos aquellos retrasos eran innecesarios.

Resultó, pues, que esta expedición fanfarrona a Crimea, compuesta por 600 barcos y 60 000 soldados, 3 trenes de artillería de sitio y quién sabe cuántos cañones de campaña, en lugar de ser el fruto bien meditado de movimientos inteligentes, preparados científicamente con mucha antelación, no es más que un precipitado coup de tête <golpe irreflexivo> destinado a salvar a Leroy Saint-Arnaud de ser masacrado por sus propios soldados; el pobre y viejo y complaciente Lord Raglan no era hombre para ofrecer resistencia, tanto más cuanto que cualquier nueva demora podía sumir a su ejército en la misma indisciplina y desesperación que ya se había apoderado de las tropas francesas. La
ironía del destino
, de la que habla un escritor alemán, no solo actuó en el pasado, sino que sigue obrando en la historia moderna, y en este momento el pobre Lord Raglan es su víctima. En cuanto a Leroy Saint-Arnaud, nunca nadie lo consideró comandante. Es un viejo miembro del gremio de los estafadores, un famoso compinche de ladronas y embaucadoras, el digno ayudante del hombre a quien «las deudas, no la culpa» impulsaron a la expedición de Boulogne. A pesar de toda censura, su carácter y su vida anterior son demasiado conocidos en el charlatán París. Se conoce perfectamente a este teniente dos veces destituido, a este capitán que, como pagador en África, saqueó la caja del regimiento; y haga lo que haga en Crimea, su principal título a la gloria militar será siempre haber emprendido en Londres, con las mantas de su casera, una exitosa expedición hacia la casa de empeños, a la que hizo seguir su bien lograda retirada a París. El pobre Raglan, en cambio, ayudante general del duque de Wellington, que ha encanecido en el trabajo teórico y en los detalles minuciosos del estado mayor, cree sin duda realmente en las razones que Saint-Arnaud aduce para sus actos. Y sobre él recae todo el peso del hecho singular de que toda esta campaña, tan científicamente planeada, tan hábilmente ejecutada, causara la muerte de 10 000 hombres, o aproximadamente uno de cada siete, antes siquiera de haber visto al enemigo, y que todo este hábil proceder no condujese a otra cosa que a una expedición completamente precipitada a Crimea al término de la estación propicia. Sí, nada hay más mordaz que esta «ironía del destino».

A pesar de todo, la expedición puede tener éxito. Los aliados casi lo merecen, pues nada expondría más al desprecio la manera en que han conducido hasta ahora la campaña. Tanto aspaviento, tal despliegue de precauciones, tal exceso de ciencia frente a un enemigo que sucumba a una empresa que no tiene como objetivo su aniquilamiento, sino la conservación del propio ejército: esa sería la condena más severa que los aliados podrían pronunciar contra sí mismos. Pero aún no están en Sewastopol. Han desembarcado en Eupatoria y en Staroje Ukreplenije. Desde allí tienen que marchar todavía 50 y 20 millas, respectivamente, hasta Sewastopol. Se dice que su artillería pesada será desembarcada cerca de Sewastopol, para ahorrarse el penoso transporte terrestre; el desembarco, por tanto, dista mucho de estar terminado. Aunque no se conozcan con exactitud las fuerzas de los rusos, no cabe duda de que en las inmediaciones de Sewastopol son, en muchos aspectos, superiores a las de los aliados. El terreno montañoso y la bahía que se adentra unas diez millas en tierra obligarán a los aliados a dispersar sus tropas en cuanto intenten cercar la fortaleza. Para un general resuelto no resultará difícil romper sus líneas. Claro está que no sabemos con qué medios se defenderá la plaza por tierra; pero lo que sabemos del viejo Menschikow nos permite deducir que no habrá perdido el tiempo.

Los informes de los periódicos ingleses y la línea de operaciones elegida por los aliados nos hacen suponer que el primer ataque se dirigirá contra el fuerte que domina la ciudad desde una colina por el lado norte. Los rusos lo llaman Sewernaja Krepost, el Fuerte del Norte. Si este fuerte está construido al menos de manera medianamente sólida, podrá resistir largo tiempo. Es una gran reducto cuadrangular, construido según el sistema poligonal o de caponera de Montalembert, en el que la defensa de los flancos está formada por una obra abovedada baja situada en el fondo del foso, en el centro de cada lado del cuadrado, y que bate el foso a derecha e izquierda por ambos lados. Estas obras tienen la ventaja de no quedar expuestas al fuego directo del enemigo hasta que este haya avanzado con sus trabajos directamente hasta el borde del foso. La situación de este fuerte en la más inmediata cercanía de la fortaleza principal permite emplearlo ofensivamente como apoyo y como base para fuertes salidas, y, en suma, su presencia ha de obligar a los aliados a limitar sus operaciones principales a la orilla norte de la bahía.

Pero las experiencias de Bomarsund nos han mostrado que nada seguro puede decirse de las fortalezas rusas antes de ponerlas realmente a prueba. Por eso, las perspectivas de éxito de la expedición de Crimea no pueden determinarse ni siquiera aproximadamente por ahora. Sin embargo, una cosa es bastante segura: si las operaciones se prolongan, si con la irrupción del invierno estallan de nuevo enfermedades, si las tropas son aniquiladas en ataques irreflexivos y no preparados como los de los rusos sobre Silistria, el ejército francés, y con mayor probabilidad también el turco, recaerán en aquel estado de disolución en que cayó el francés cerca de Varna y que se manifestó más de una vez en el turco en Asia. Los ingleses seguramente mantendrán la cohesión durante más tiempo; pero hay un punto en que incluso las tropas más disciplinadas fallan. Ahí reside el verdadero peligro para los aliados, y si la resistencia rusa hace que las cosas tomen ese cariz, el reembarque ante un enemigo victorioso se convertiría en una empresa muy arriesgada. Es muy probable que la expedición tenga un desenlace exitoso; pero, por otra parte, puede convertirse en una segunda Walcheren.