Londres, 9 de marzo de 1854

Lamento profundamente no poder, al menos por el momento, ausentarme de Londres y verme así impedido de expresar de viva voz mis sentimientos de orgullo y gratitud al recibir la invitación para participar como Delegado Honorario en el Parlamento del Trabajo. La mera reunión de un Parlamento semejante señala una nueva época en la historia del mundo. La noticia de este gran hecho despertará las esperanzas de las clases trabajadoras en toda Europa y América.

Gran Bretaña, más que ningún otro país, ha desarrollado en la mayor escala el despotismo del Capital y la esclavitud del Trabajo. En ningún otro país han sido barridos del suelo de manera tan gradual los estamentos intermedios entre el millonario que comanda ejércitos industriales enteros y el esclavo asalariado que vive solo al día. Ya no existen aquí, como en los países continentales, grandes clases de campesinos y artesanos, que dependen casi por igual de su propia propiedad y de su propio trabajo. En Gran Bretaña se ha consumado un divorcio completo entre propiedad y trabajo. Por eso, en ningún otro país la guerra entre las dos clases que constituyen la sociedad moderna ha asumido dimensiones tan colosales y rasgos tan nítidos y palpables.

Pero precisamente de estos hechos se desprende que las clases trabajadoras de Gran Bretaña, antes que cualesquiera otras, son competentes y están llamadas a actuar como dirigentes en el gran movimiento que ha de desembocar finalmente en la emancipación absoluta del Trabajo. Lo son por la lúcida conciencia de su posición, por la vasta superioridad de su número, por las luchas desastrosas de su pasado y por la fuerza moral de su presente.

Son los millones de trabajadores de Gran Bretaña quienes primero han puesto —la base real de una nueva sociedad— la industria moderna, que transformó las fuerzas destructivas de la naturaleza en poder productivo del hombre. Las clases trabajadoras inglesas, con energías invencibles, con el sudor de sus frentes y de sus cerebros, han llamado a la vida los medios materiales para ennoblecer el trabajo mismo y para multiplicar sus frutos hasta tal punto que haga posible la abundancia general.

Al crear las inagotables fuerzas productivas de la industria moderna, han cumplido la primera condición de la emancipación del Trabajo. Ahora les toca realizar la otra condición. Han de liberar esas potencias creadoras de riqueza de las infames cadenas del monopolio y someterlas al control conjunto de los productores, quienes, hasta ahora, han permitido que los propios productos de sus manos se vuelvan contra ellos y se transformen en otros tantos instrumentos de su propia subyugación.

Las clases trabajadoras han conquistado la naturaleza; ahora les falta conquistar al hombre. Para triunfar en este empeño no les falta fuerza, sino la organización de su fuerza común, la organización de las clases trabajadoras a escala nacional: tal es, supongo, el grande y glorioso fin que persigue el Parlamento del Trabajo.

Si el Parlamento del Trabajo se muestra fiel a la idea que lo ha llamado a la vida, algún historiador futuro tendrá que dejar constancia de que en el año 1854 existían en Inglaterra dos Parlamentos: un Parlamento en Londres y un Parlamento en Manchester; un Parlamento de los ricos y un Parlamento de los pobres; pero que los hombres solo tuvieron asiento en el Parlamento de los hombres y no en el Parlamento de los amos.

Suyo afectísimo,

Karl Marx