ATAQUE A SEBASTOPOL. DESAHUCIO DE
CIUDADANOS EN ESCOCIA

Londres, viernes 19 de mayo de 1854

Se diría que «el primer ataque a Sebastopol»!, del cual nos
informan por vía telegráfica los periódicos de hoy, es una haza-
ña tan gloriosa como el bombardeo de Odessa, tras el cual
ambos bandos reclamaron la victoria. Según describen, el ata-
que se produjo con bombas lanzadas por cañones «de largo
alcance» que apuntaban a las fortificaciones exteriores. Que no
se puede atacar el puerto de Sebastopol o la ciudad con cañones

1 El «Sitio de Sebastopol» (1854-1855) se enmarca dentro de la Guerra de
Crimea (1853-1856), una contienda que enfrentaría al Imperio ruso contra la
alianza militar integrada por el Reino Unido, Francia, el Imperio otomano y el
reino de Piamonte y Cerdeña. El móvil de la guerra fue de carácter económico y
estratégico, y solo diplomáticamente de carácter religioso (un conflicto entre
católicos y ortodoxos por el control de lugares sagrados, como el Santo Sepulcro).
Rusia quería tener un acceso directo al Mediterráneo, y con ello a los mercados de
África y Oriente Medio, pero el Imperio otomano controlaba los estrechos de los
Dardanelos y el Bósforo. La presión del zar pronto haría estallar una guerra que lo
enfrentaría con el sultán y las potencias que veían peligroso el acceso de Rusia a la
ruta mediterránea. Después de la caída de Sebastopol —tras once meses de asedio—
la victoria se inclinaría a favor de la alianza.

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del alcance que sea sin remontar la bahía y acercarse a poca dis-
tancia de las baterías de defensa y que no se puede tomar sin la
ayuda de un ejército de desembarco considerable resulta evi-
dente con un simple vistazo al mapa y lo admite, además, cual-
quier autoridad militar. Hay por tanto que calificar la operación,
si de verdad ha ocurrido, de hazaña ficticia para edificación de
los mismos simplones que se hincharon de patriotismo con los
laureles de Odessa.

El gobierno francés ha enviado al señor Bourrée en misión
extraordinaria a Grecia. Le acompaña una brigada al mando
del general Forey y tiene órdenes de reclamar al rey Otón el
pago inmediato de todos los intereses de los cien millones de
francos que adelantó Francia al gobierno griego en 1828. En
caso de negativa, los franceses ocuparían Atenas y otros enclaves
del reino.

Recordarán los lectores mi descripción del proceso de limpieza
de poblaciones rurales que se produjo en Irlanda y Escocia?,
que en la primera mitad de este siglo se saldó con la expulsión
de tantos millares de personas de la tierra donde habían nacido
sus padres. El proceso continúa todavía hoy con una pujanza
digna de la virtuosa, refinada, religiosa y filantrópica aristocracia
modelo de esa modélica nación. A las casas les prenden fuego o
las hacen pedazos sin sacar de ellas a sus indefensos inquilinos.
El pasado otoño se abalanzaron en Neagaat, condado de Knoy-
dart, sobre la vivienda de Donald Macdonald, hombre respeta-
ble, honrado y muy trabajador, por orden del propietario. La
mujer de Macdonald no podía levantarse de la cama y no la

2 Véase el artículo «Elecciones y nubarrones financieros. La duquesa de Suther-
land y la esclavitud».

podían trasladar, así que el ejecutor y sus rufianes echaron a sus
seis hijos -ninguno pasaba de los quince- y demolieron la casa
con excepción del pequeño trozo de tejado que cubría la cama
de la mujer.

El hombre sufrió tanto que su cabeza acabó por decir basta.
Los médicos le han declarado perturbado y ahora vaga por los
campos buscando a sus hijos entre las ruinas de otras casas
derruidas y quemadas. Los niños, muertos de hambre, dan vuel-
tas a su alrededor llorando, pero él no los reconoce. Las autori-
dades le dejan errar a sus anchas sin ayuda ni cuidado de nin-
gún tipo porque su locura es inofensiva.

Dos mujeres casadas y en avanzado estado de gestación vie-
ron cómo derribaban sus viviendas delante de sus narices. Tuvie-
ron que dormir al raso muchas noches, por lo que, entre espan-
tosos dolores, dieron a luz prematuramente, estuvieron a punto
de perder el juicio y ahora deambulan sin rumbo con su abun-
dante progenie, convertidas en imbéciles indefensas y desespe-
radas, en espantados testigos de esa clase de personas llamada
aristocracia británica.

Hasta los niños se vuelven locos en medio del terror y las per-
secuciones. En Doune, Knoydart, desahuciaron a los lugareños,
que tuvieron que refugiarse en un viejo almacén. Los agentes
enviados por el terrateniente rodearon el almacén al amparo de
la noche y le prendieron fuego cuando los pobres desgraciados
todavía se refugiaban bajo su techo. Huyeron, frenéticos, de las
llamas y algunos se volvieron locos de terror. The Northern Ensign
cuenta:

Un niño está desquiciado, a otro habrá que encerrarlo -salta de
la cama gritando: «¡Fuego, fuego!» y dice a todo el que encuen-
tra que hay hombres y niños en el almacén que se está queman-

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do-. A medida que va llegando el anochecer, le espanta la visión
del fuego. La horrible noche de Doune en que incendiaron el
almacén que iluminó el distrito entero, en que hombres, muje-
res y niños corrieron como locos presa del pánico, violentó su

razón a tal extremo.

Así se porta la aristocracia con los pobres sanos y capaces que la
hacen rica. Veamos ahora qué mercedes reciben de la parro-
quia. He recogido los siguientes casos en el trabajo del señor
Donald Ross de Glasgow y de The Northern Ensign:

1. Viuda de Matherson, 96 años; solo recibe 2 chelines y 6 peni-
ques al mes de la parroquia de Strath, Skye.

2. Murdo Mackintosh, 36 años; totalmente inválido porque
un carro se le cayó encima hace catorce meses. Tiene mujer y
siete hijos, el mayor de once años, el menor de uno, y lo único
que la parroquia de Strath le da son 5 chelines al mes.

3. Viuda de Samuel Campbell, 77 años; reside en Broadford,
Skye, en una casa miserable. Recibía 1 chelín y 6 peniques de la
parroquia de Strath, protestó porque tal asignación no le parecía
adecuada y, tras poner numerosas pegas, las autoridades parro-
quiales la incrementaron a 2 chelines.

4. Viuda de M'Kinnon, 72 años, parroquia de Strath, Skye: 2
chelines y 6 peniques al mes.

5. Donald M’Dugald, 102 años; reside en Knoydart. Su mujer
tiene 77 años y están los dos muy delicados. Solo reciben 3 cheli-
nes y 4 peniques al mes cada uno de la parroquia de Glenelg.

6. Mary McDonald, viuda, 93 años y postrada en la cama. Su
marido sirvió en el ejército y allí perdió el brazo. Murió hace
veinte años. La viuda recibe 4 chelines y 4 peniques al mes de la

parroquia de Glenelg.

7. Alexander M’ Isaak, 53 años de edad, invalidez total; está
casado; 40 años, un hijo ciego de 18 años, y otros cuatro hijos
menores de catorce. La parroquia de Glenelg asigna a esta desdi-
chada familia 6 chelines y 6 peniques al mes, es decir, alrededor
de 1 chelín por cada uno.

8. Angus M'Kinnon, 72 años, tiene una hernia; su mujer tiene
66 años. Reciben 2 chelines y 1 penique al mes cada uno.

9. Mary M’Isaak, 80 años, delicada y completamente ciega,
recibe 3 chelines y 3 peniques al mes de la parroquia de Glenelg.
Cuando pidió más, el inspector le respondió: «Tendría que darte
vergüenza pedir más cuando otros reciben menos»; y se negó a
escucharla,

10. Janet M'Donald, o M'Gillivray, 77 años y totalmente inváli-
da; solo recibe 3 chelines y 3 peniques al mes.

11. Catherine Gillies, 78 años y totalmente inválida; solo reci-
be 3 chelines y 3 peniques de la parroquia de Glenelg.

12. Mary Gillies, o Grant, de 82 años, lleva ocho años postrada
en la cama; recibe 8 peniques y 28 libras de alimentos al mes de
la parroquia de Ardnamurchan. El inspector de pobres no la ha
visitado en los dos últimos años, y no recibe asistencia médica ni
ropa ni comida.

13. John M'Eachan, 86 años y postrado en cama; reside en
Auchachraig, parroquia de Ardnamurchan, y solo recibe una
libra de alimento al día y 8 peniques de dinero al mes de dicha
parroquia. No tiene ropa ni nada.

14. Ewen M'Callum, 93 años, tiene una dolencia en los ojos.
Lo encontré pidiendo a orillas del canal Crinan, parroquia (de)
Knapdale, Argyllshire. Solo recibe 4 chelines y 8 peniques al mes;
en cuanto a ropa, asistencia médica, combustible o alojamiento,
no recibe nada ni nada que se le parezca. Está hecho un montón
de harapos andante, un pobre de aspecto muy desdichado.

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15. Kate Macarthur, 74 años y postrada en la cama; vive sola en
Dunardy, parroquia de Knapdale y recibe de la parroquia 4 cheli-
nes y 8 peniques, pero nada más. No la visita ningún médico.

16. Janet Kerr, o M'Callum, viuda, 78 años, mala salud; recibe
6 chelines al mes de la parroquia de Glassary. No tiene casa y no
ingresa más dinero que el de la asignación.

17. Archibald M'Laurin, 73 años, parroquia de Appin, invali-
dez total; su mujer también está inválida; recibe 3 chelines y 4
peniques al mes de la ayuda parroquial. No tiene ropa, aloja-
miento, ni combustible. Viven en una covacha miserable indigna
de seres humanos.

18. Viuda Margaret M'Leod, 81 años; vive en Colgach, parro-
quia de Lochbroom; recibe 3 chelines al mes.

19. Viuda de John Makenzie, 81 años, reside en Ullapool, -
parroquia de Lochbroom. Está totalmente ciega y muy mal de
salud, y solo recibe 2 chelines al mes.

20. Viuda Catherine M'Donald, 87 años, isla de Luing, parro-
quia de Kilbrandon. Completamente ciega y postrada en la
cama, recibe 7 chelines al mes por su enfermedad, con ellos
tiene que ¡pagar a una enfermera! Se le derrumbó la casa y aun
así la parroquia se negó a proporcionarle un alojamiento, así que
está tendida en el suelo de tierra de una casa sin tejado. El inspec-

tor se niega a hacer nada por ella.

Pero el rufianismo no termina ahí. En Strathcarron se ha perpe-
trado una matanza. Inquietas hasta el frenesí por la crueldad de
los desahucios ya efectuados y los que se esperan, algunas muje-
res se reunieron en la calle al enterarse de que varios agentes del
sheriff se acercaban con intención de expulsar a los inquilinos.
Los que finalmente llegaron eran, en cambio, recaudadores de
impuestos y no agentes del sheriff. Al saber, sin embargo, que

los lugareños los habían confundido, los recién llegados prefi-
rieron no sacar a los habitantes de su error y, con ánimo de
divertirse, se hicieron pasar en efecto por agentes y aseguraron
que habían ido a expulsar a la gente de sus casas y que lo harían
a toda costa. Las mujeres se alborotaron y los recaudadores las
apuntaron con una pistola cargada. Lo que pasó a continuación
lo cuenta un extracto de la carta del señor Donald Ross, que
viajó de Glasgow a Strathcarron y pasó dos días en la zona reco-
pilando información y examinando a los heridos. Su carta está

fechada en el Royal Hotel de Tail el 15 de abril de 1854 y dice lo
siguiente:

Me propongo informar de la vergonzosa conducta adoptada por
el sheriff. No advirtió a las ciudadanas de cuál era su intención al
enviarles a la policía. No leyó la Ley de Disturbios’. No les dio
tiempo para que se dispersaran. Al contrario, nada más llegar
con sus fuerzas, que iban palo en mano, gritó: «¡Despejad esa
calle!»; y de inmediato: «¡Tiradlas al suelo!». Al instante el pano-
rama era indescriptible. Los policías golpearon a aquellas infor-
tunadas mujeres en la cabeza y las derribaron, y luego saltaron
sobre ellas y las pisotearon, y les dieron patadas por todo el cuer-
po con una brutalidad salvaje. La calle no tardó en cubrirse de

3 Ley de Disturbios o Riot Act, aprobada en 1715. Su título completo era «Decre-

to para prevenir tumultos y asambleas alborotadoras, y para el castigo más rápido y
efectivo de los alborotadores». Si un magistrado ordenaba la disolución de una
concentración ilegal de doce personas o más y al cabo de una hora no se habían
dispersado, la concentración podría ser disuelta por la fuerza. Esto implicaba incluso
la posibilidad de abrir fuego sobre la multitud. La ley protegía a las autoridades en
la aplicación de la fuerza, otorgándoles inmunidad y liberándoles de las conse-
cuencias de sus actos (incluido el asesinato). Este decreto provocó situaciones
como las vividas en la «Masacre de Peterloo» (16 de agosto de 1819), una mani-
festación por la reforma del Parlamento que se saldó con 15 muertos y 600 heridos
tras la embestida de la caballería.

sangre. Los chillidos de las mujeres y de las niñas y los niños, que
se revolcaban en su propia sangre, desgarraban al cielo. Persegui-
das por los policías, algunas mujeres saltaron al rápido y turbu-
lento río Carron confiando más en su piedad que en la de los
agentes o el sheriff. A algunas mujeres les arrancaron gruesos
mechones de pelo con las porras, y a una niña le faltaba un trozo
de piel del hombro de unos quince centímetros de largo por tres
de ancho y uno de grueso; también la desgarró una porra con su
violento golpazo. Tres policías echaron a correr tras una joven
que era mera espectadora. Le pegaron en la frente, le abrieron la
cabeza y cuando cayó al suelo le dieron patadas. El médico extra-
jo de la herida un trozo de gorro que había hundido la porra del
cruel policía. En sus hombros todavía pueden verse marcas de
botas. Todavía quedan en Strathcarron trece mujeres en grave
estado por la brutal paliza de la policía. Tres de ellas se encuen-
tran tan mal que las personas que las atienden no tienen la
menor esperanza de que se recuperen. Tengo la firme convic-
ción, por el aspecto de esas mujeres y por la peligrosa naturaleza
de sus heridas, junto con los informes médicos que me he procu-
rado, de que no llegarán a la mitad las que se recobren de las
lesiones, y de que, mientras vivan, todas lucirán en su cuerpo las
tristes pruebas de la hórrida brutalidad de la que fueron víctimas.
Entre las que acabaron más gravemente heridas se encuentra
una mujer en avanzado estado de gestación. No formaba parte
del grupo que recibió al sheriff, sino que estaba a considerable
distancia, observando, pero los policías la golpearon y patearon
violentamente, y se encuentra muy grave.

También podríamos añadir que las mujeres que sufrieron el ata-
que no eran más que dieciocho. El sheriff se llama Taylor.

Tal es la imagen de la aristocracia britanica en el ano 1854.

Las autoridades locales y el gobierno han llegado a la conclu-
sión de que habrá que retirar las acusaciones contra Cowell,
Grimshaw y los demás líderes de Preston‘ si al mismo tiempo
abandonan también la investigación contra los magistrados y los
señores del algodón de la misma localidad. Esto último se ha
hecho ya, conforme a ese acuerdo.

Dicen que el aplazamiento hasta dentro de quince días de la
moción a favor de un Comité de Investigación que desea propo-
ner el señor Duncombe se produce en virtud de dicho acuerdo.

4 Véase la nota 2 de «La cuestión obrera».