KARL MARX LA DECLINACIÓN DE LA AUTORIDAD RELIGIOSA Parecería que han pasado hace mucho tiempo los días en que la religión era un elemento principal en las guerras de Europa occidental. El tratado de Westfalia, de 1648, que puso fin a la guerra de los treinta años en Ale· mania, marca el momento en que esas cuestiones perdieron su fuerza y dejaron de ser causa de las disputas internacionales. La actitud de las dos grandes potencias de Europa occidental en la actual guerra con Rusia, es una evidente muestra de esta verdad. Vemos a Inglaterra, que se declara protestante, aliada con Francia, que se declara católica ("condenablemente heréticas" como son la una para la otra, de acuerdo con la fraseología orto· doxa de ambas), para defender a Turquía, una potencia musulmana, contra las agresiones de la Rusia "santa", una potencia cristiana como ellas; y aunque la posición de Austria y Prusia es m!is equívoca que la de Inglaterra y Francia, el mantenimiento de la integridad del Imperio Musulmán contra el asalto de su vecino cristiano del norte, es un compromiso que las dos potencias de la Alemania cristiana han tomado con Francia e Inglaterra. Las consideraciones religiosas no las detienen, evidentemente, en su acción contra Rusia.

Para comprender este estado de cosas debemos recordar la época de las cruzadas, cuando Europa occidental, ya en el siglo XIII, emprendió una "guerra santa" contra los turcos "infieles", por la posesión del Santo Se· pulcro. Europa occidental no sólo admite ahora la jurisdicción musulmana sobre el Sepulcro, sino que llega a reírse de las disputas y rivalidades de los monjes griegos y latinos por la posesión de un santuario que antes codicia· ba toda la cristiandad ; y cuando la Rusia cristiana se presenta para "proteger" a los súbditos cristianos de la Puerta, la Europa occidental de hoy se arma contra el zar para desbaratar sus planes que una vez les hubiesen parecido meritorios y justos. En una época Inglaterra y Francia se hubiesen dedicado celosamente a echar a los turcos de Europa; ahora la resolución de evitar que los echen es la más firme para ellas. ¡Tanto hay entre la Europa del siglo XIX y la del siglo XII ! ¡Tanto ha perdido desde entonces en influencia política el dogma religioso!

Hemos buscado prolijamente cualquier expresión del punto de vista eclesiástico de esta crisis europea y sólo hemos encontrado el folleto de un doctor en teología de Cambridge, y un comentarista más en Inglaterra y el Uniuers de París en Francia, que han declarado dogmáticamente que la defensa de la potencia musulmana, por la cristiandad es un pecado; y estos pronunciamientos no han tenido eco en ninguno de los dos países. ¿Por qué?

Desde la reforma protestante, las clases altas de cada nación europea, (236]

permaneciendo católicas o adoptando el protestantismo, en especial los estadistas, los legistas y diplomáticos, comenzaron a liberarse individual· mente de las creencias religiosas, y a transformarse en los llamados libre pensadores. En los círculos más altos de este movimiento se manifestó sin reservas, en Francia desde la época de Luis XIV, resultando en la predilección universal de lo que se llamó la filosofía en el siglo xvm . Pero cuando Voltaire encontró que ya no estaba seguro en Francia, no por sus opiniones ni por haberlas expresado oralmente, sino porque las había comuni· cado al público lector, se fue a Inglaterra y declaró que encontraba los salons de la vida mundana londinense "más libres" que los de París. Por cierto que los hombres y las mujeres de la corte de Carlos 11, Bolingbroke, los Walpole, Hume, Gibbon, y Charles Fox, son nombres que sugieren un descreimiento prevalente en los dogmas religiosos, y una adhesión general a la filosofía del momento por parte de las clases altas, estadistas y políti· cos de Inglaterra. Ésta puede llamarse, para distinguirla, la época de la rebelión aristocrática contra la autoridad eclesiástica. Comte caracterizó la situación con una breve frase: "Desde el principio del período revolucionario del siglo xvI , este sistema hipócrita se ha hecho cada vez más elaborado en la práctica, permi· tiendo la emancipación de los espíritus de cierta altura, en la condición tácita de que ayude a prolongar la sumisión de las masas. Esta fue la políti· ca de los jesuitas, especialmente."

Esto nos lleva hasta la Revolución Francesa, cuando las masas, prime· ro de Francia y después de toda Europa occidental, comenzaron a sentir, junto con el deseo de libertad política y social, una animadversión creciente por el dogma religioso. La abolición por la Convención Republicana Francesa de 1793, del cristianismo como institución estatal aceptada, y su rechazo gradual en Europa occidental desde entonces, donde haya tenido fuerza la voz del pueblo, de juramentos religiosos y descalificaciones civi· les y políticas del mismo tipo, junto con el movimiento italiano de 1848, anuncia decididamente la dirección conocida de la mente popular en Eu· ropa. Somos testigos todavía de esta época, que puede caracterizarse como la era de la rebelión democrática contra la autoridad eclesiástica. Pero este movimiento de las masas desde la Revolución Francesa, como estaba ligado con el movimiento por la igualdad social, originó en los medios más altos una violenta reacción en favor de la autoridad de la Iglesia. La nobleza y el clero, los señores temporales y los señores espirituales, se encontraron amenazados por igual por el movimiento temporal y suce· dió, naturalmente, que las clases altas de Europa echaron a un lado su escepticismo en la vida pública e hicieron una alianza visible con las iglesias oficiales y sus sistemas. Esta reacción fue más evidente en Francia, primero bajo Bonaparte, y durante la restauración bajo la rama más vieja de los Borbones, pero no sucedió menos en el resto de Europa occidental. En nuestros mismos días hemos visto, en escala menor, recomponerse una alianza ofensiva y defensiva entre las clases altas y los intereses eclesiásti· cos. Desde 1830 los estaditas habían empezado a Inanifestar un nuevo espíritu de independencia respecto del control eclesiástico, pero lo que pasó en 1848 los devolvió a los brazos de la madre Iglesia. Otra vez el ejemplo más claro lo brindó Francia. En 1849, cuando el terror del diluvio democrático estaba en su punto más alto, los señores Thiers, De Hauranne y los universitarios (que habían pasado por ateos) , junto con la llamada oposición liberal, apoyaron en forma unánime al admirablemente calificado "salvador de la religión", el señor Bonaparte, en su proyecto para la restauración violenta del Papa en Roma, mientras el ministerio liberal de Inglaterra, protestante, a cuya cabeza estaba un miembro de la familia ultra protestante de Russell, aprobaba cálidamente la expedición. Por estos medios la restauración religiosa se salvó del ridículo universal. La muy crí· tica situación del momento, no pennitió, en interés del "orden", a los hombres públicos de Europa ponerse en ridículo.

. Pero la sumisión de las clases influyentes al control eclesiástico, que era vacío e hipócrita a principios de este siglo, después de la revolución de 1 792 ha sido cada vez más precario y superficial desde 1848, y sólo es aceptado por esas clases mientras conviene a sus intereses políticos inmediatos. La posición humillante, de dependencia completa, que tiene la potencia eclesiástica respecto del brazo temporal del gobierno, se ha hecho manifiesta desde 1848. El Papa está en deuda con el gobierno francés por la posesión de la silla de San Pedro; el clero francés, por sus sueldos, bendice árboles de la libertad y canoniza después al emperador de Francia como instrumento de Dios y Salvador de la religión, dejando de lado, cada vez que cae el régime político correspondiente, sus doctrinas de legitimidad y el derecho divino de los reyes. El clero anglicano, cuya cabeza ex of{icio es una reina temporal, que depende para los ascensos de las recomendaciones del primer ministro, ahora por lo general liberal, y que busca favor y apoyo contra la usurpación popular en el parlamento, donde hay cada vez más elementos liberales, constituye un ensemble del que sería absurdo esperar actos de independencia eclesiástica, excepto en el caso normalmente imposible de un apoyo popular abrumador que lo respaldase. Tal era la situación en 1 853, cuando las clases gobernantes de Inglaterra y Francia consideraron políticamente necesario unirse a la causa de la Puerta Otomana contra el zar cristiano; y no solamente se sancionó esa política, sino que en alguna medida los forzó a ella el sentimiento popular de las dos naciones. Los gobiernos de Francia e Inglaterra iniciaron entonces una política en la que dejaron totalmente de lado las consideraciones religiosas. La corriente de rebelión de la clase alta (que durante tanto tiempo había estado escondida) se unió finalmente a la ancha corriente popular y las dos juntas como el Missouri y el Mississipi, llevaron adelante una marea de opinión que el poder eclesiástico vio que sería loco enfrentar. Ante este doble asalto el punto de vista eclesiástico no se atrevió a manifestarse mientras que, por el contrario, el clero oficial de Inglaterra, en el día fijado para ayuno y humillación, tuvo que rezar y predicar sermones patrióticos en favor del éxito de la media luna y sus aliados. Esto parece constituir una explicación racional acerca de las dos aparentes anomalías, con las que comenzamos, a saber, la defensa de la media luna por la Europa católica y protestante contra el asalto de la cruz, representada por la Rusia cristiana, y el hecho de que ninguna voz importante haya denunciado al cristianismo la falsa posición en que está.

Esta coalición de los estadistas de Europa occidental y de la opinión popular en favor de una política secular, habrá de deparar, posiblemente, consecuencias posteriores y afectará más la influencia eclesiástica que los actos de sus antiguos cómplices, los políticos. Es indudable que teniendo en cuenta la madurez mental del pueblo sobre este particular, lord Palmerston se arriesgó a rechazar el pedido del tribunal eclesiástico de Edimbur· go, que pretendía imponer un día de ayuno y humillación para evitar el azote divino del cólera. El ministro del interior aseguró audazmente que los rezos no servirían para nada si no se limpiaban las calles y las casas, y que al cólera lo producían causas naturales, como gases deletéreos de vegetales en descomposición. Palmerston, vanidoso e inescrupuloso, sabía que combatir al clero sería una manera barata y fácil de conseguir popularidad; de otra manera no se hubiera atrevido a hacer la prueba. Otra muestra de la incompetencia de la política eclesiástica para responder a las exigencias de la situación europea, está dada por la consideración de que la idea eclesiástica, si se condujese lógicamente, condenaría a la Europa católica a la indiferencia total en esta crisis; porque aunque fuese permisible que la ortodoxia anglicana tomara el partido de la cruz griega contra la media luna turca, la Europa católica no podría unirse a un refutador tan impío de la autoridad del sucesor de San Pedro, o a un pretendiente tan profano de las más altas funciones espirituales como lo es el zar de Rusia y, aparentemente, no tendría otra opinión que dar que la que se expresaría diciendo que los dos beligerantes están inspirados por Satanás. Para completar, diremos que el menosprecio que ha sufrido la autoridad eclesiástica en esta crisis europea, se hace evidente en el hecho de que mientras las comunidades progresistas de Europa occidental muestran en ese sentido un avanzado estado de decadencia, en la Rusia bárbara, por el contrario, la iglesia oficial retiene sin merma alguna una fuerza poderosa. Mientras la Europa occidental, descartando los prejuicios religiosos, ha avanzado en defensa del "derecho contra la fuerza" y por la "independencia de Europa", la "santa" Rusia ha buscado la justificación religiosa para su guerra de agresión, como guerra del virrey de Dios contra los turcos infieles. Es cierto que Nesselrode, en sus memorias oficiales, nunca se tuvo confianza frente a Europa para apelar al aspecto eclesiástico de la cuestión, síntoma importante de la declinación del sentimiento eclesiástico . Este sis· tema lo reserva la corte de Rusia para uso interno con los moscovitas, igno· rantes y crédulos, y las imágenes milagrosas, las reliquias, las proclamas de cruzadas de los generales rusos muestran el énfasis que se pone en el aspecto religioso de la lucha para inflamar el celo del pueblo y el ejército rusos. Hasta los periódicos de San Petersburgo no dejan de reprochar a Francia e Inglaterra que están luchando por la media luna odiosa, contra la religión de la cruz. Este contraste entre la Rusia religiosa y la Francia y la Inglaterra seglares, merece un examen profundo y prolijo, que no podemos hacer ahora porque nuestro objeto es llamar simplemente la atención hacia estos grandes hechos, importantes y nuevos, un grado de atención que nunca recibieron. Son hechos que, quizás, solamente los futuros historia· dores de la filosofía y de la religión podrán apreciar en su justo valor. Parecen, sin embargo , ser ·Un paso importante dentro del movimiento univer· sal por revocar la autoridad absoluta y establecer la independencia del juicio y la conciencia individuales tanto en lo religioso como en lo político. No es nuestro propósito defender o atacar ese movimiento. Nuestro deber se cumple con el simple hecho de dar fiel testimonio en su desarrollo.