LA CLASE MEDIA INGLESA

[1 de agosto de 1854]

En lo que se refiere al trabajador medio, zen qué grado se
enfrenta a su patrón? Todos sabemos hasta qué punto se opusie-
ron los patrones a la Ley «de las Diez Horas»!. A pesar de la
reciente revocación de los Aranceles del Grano?, los tories contri-
buyeron a que saliera adelante para beneficio de la clase trabaja-
dora. Eso sí, una vez aprobada dicha ley, los informes de los
supervisores de distrito demuestran con qué vergonzosas astu-
cias y trapacerías bajo mano se viene incumpliendo. Cuantos
intentos ha hecho después el Parlamento para que la mano de
obra trabaje en condiciones más humanas se han topado con la
oposición de los representantes de la clase media, que siempre
los reciben con la misma cantinela: ¡comunismo! El señor Cob-
den la ha gritado un buen puñado de veces. En los talleres y
durante años, la meta de los patrones ha sido prolongar la jor-
nada laboral más allá de lo que un ser humano puede soportar

1 La Ley «de las Diez Horas», o Factory Act (1847), limitaba a diez horas reales la
jornada laboral de mujeres y niños en las fábricas.
2 Véase la nota 1 de «La cuestión obrera».

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y, mediante el uso sin escrúpulos del régimen de contratos y
enfrentando a unos hombres con otros, recortar los sueldos de
los trabajadores cualificados y equipararlos a los de los no cuali-
ficados. Fue esta forma de actuar la que impulsó a la revuelta a
los Técnicos Unidos, y las brutales expresiones que en esa época
fueron moneda corriente entre los patrones demuestran cuán
poca sensibilidad humana cabe esperar de ellos. Su grosera
ignorancia se puso luego de manifiesto cuando la Patronal con-
trató a Sidney Smith, literato de tercera, para que asumiera su
defensa en la prensa en la guerra de palabras contra los trabaja-
dores insurgentes. El estilo de este escritor a sueldo encajaba a la
perfección con la tarea que le habían encomendado, así que,
cuando la batalla hubo terminado, los patrones, que ya no nece-
sitaban ni a la literatura ni a la prensa, dieron de baja a su mer-
cenario. Aunque la clase media no aspira al saber de la vieja
escuela, tampoco cultiva ni la ciencia moderna ni la literatura.
El libro contable, la mesa de despacho y el negocio; tal educa-
ción basta. Cuando gastan mucho dinero en formarlas, sus hijas
están superficialmente dotadas de ciertas «cualidades», pero
con la verdadera formación del espíritu y con llenarlo de cono-
cimientos ni siquiera sueñan.

La presente y espléndida hermandad de autores de ficción
ingleses, cuyas gráficas y elocuentes páginas han transmitido al
mundo más verdades políticas y sociales que todas las que
hemos oído por boca de todos los políticos, publicistas y mora-
listas profesionales juntos, ha descrito todos los grupos de la
clase media, desde los «muy refinados» rentistas y propietarios
de obligaciones, que consideran todo negocio una vulgaridad,
al pequeño tendero o al humilde pasante. ¿Cómo los han des-
crito Dickens y Thackeray, la señorita Bronté y la señora Gas-
kell? Llenos de presunción, afectados, ignorantes, tiranuelos; y

el mundo civilizado ha confirmado el veredicto con el irrefuta-
ble epigrama que define a esta clase: «serviles con los de arriba,
tiránicos con los de abajo».

La prieta y estrecha esfera en que se mueven se debe hasta
cierto punto al sistema social del que forman parte. Si la nobleza
rusa vive incómoda entre la opresión a que la somete el zar por
arriba y la espantosa esclavitud a la que ella somete a las masas
por debajo, la clase media inglesa está embutida entre la aristo-
cracia por un lado y las clases trabajadoras por otro. Desde la
paz de 1815, siempre que ha querido actuar contra la aristocra-
cia, la clase media ha sostenido ante las clases trabajadoras que
sus quejas eran atribuibles al monopolio y al privilegio de esa
aristocracia. Así, la clase media consiguió que los trabajadores la
apoyasen en 1832 cuando deseaban la Ley de Reforma, pero,
tras conseguir su aprobación por sus propios medios, se la han
negado a la clase obrera —por ejemplo, en 1848 se opusieron a
ella armados con porras de policía especiales—. A continuación,
los Aranceles del Grano se convirtieron en la nueva panacea de
las clases trabajadoras. Esta vez fue la aristocracia la que ganó la
batalla, pero los «buenos tiempos» estaban por llegar, hasta que
el año pasado, como para impedir una política similar en el
futuro, la aristocracia se vio obligada a aceptar el impuesto de
sucesiones de bienes inmuebles, tributo del que, egoístamente,
se venía eximiendo a sí misma desde 1793 mientras forzaba la
aprobación del impuesto de sucesión del patrimonio personal.
Con esta especie de protesta se esfumó la última oportunidad
de timar a las clases trabajadoras diciéndoles que su dura suerte
se debía únicamente a la legislación aristocrática. Ahora los

3 Véase la nota 1 de «Perspectivas políticas. Prosperidad comercial. Un caso de
inanición».

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obreros han abierto los ojos y empiezan a gritar: «¡Nuestro San
Petersburgo está en Preston!». En realidad, los ocho últimos
meses hemos sido testigos de un extraño espectáculo en la ciu-
dad: un ejército estable de catorce mil hombres y mujeres subsi-
diado por sindicatos y talleres de todos los rincones del Reino
Unido para que libre una gran batalla por el dominio social
contra los capitalistas, y, por su parte, a los capitalistas de Preston
respaldados por los capitalistas de Lancashire.

Con independencia de las formas en que esta lucha social
se concrete a partir de ahora, lo que hasta aquí hemos visto no
es más que el principio. La lucha parece destinada a hacerse
nacional y a entrar en fases que la historia no ha conocido, por-
que hay que tener en cuenta que, aunque es posible que provi-
sionalmente sea la derrota lo que aguarde a las clases trabajado-
ras, Operan ya grandes leyes sociales y económicas que con el
tiempo deben garantizar su triunfo5. A la misma oleada indus-
trial que ha incitado a la clase media contra la aristocracia se
debe que ahora, con la contribución presente y futura de la
emigración, las clases trabajadoras se alcen contra las clases
medias. La clase media asesta a la aristocracia los mismos gol-
- pes que recibirá de la clase obrera. Es la instintiva percepción
de este hecho lo que ya pesa sobre las acciones de la clase
media y las coarta. Ante la reciente agitación política de las cla-
ses trabajadoras, la clase media ha aprendido a odiar y a temer
los movimientos políticos ostensibles. «Los hombres respeta-
bles, caballero, no nos unimos a ellos», dice con hipocresía. La
clase media alta remeda la forma de vida de la aristocracia y se
esfuerza por entrar en contacto con ella. Como consecuencia,

4 Véase la nota 2 de «La cuestión obrera».
5 Marx se está refiriendo, sin duda, al advenimiento de una nueva crisis, la cual
servirá al proletario de palanca revolucionaria.

el feudalismo de Inglaterra no perecera bajo los procesos de
disolución apenas perceptibles de la clase media: el honor de
esa victoria queda reservado a las clases trabajadoras. Llegado
el momento de su intervención en el escenario de la acción
política, entrarán en liza tres poderosas clases que se enfrenta-
rán entre sí: la primera representa la tierra, la segunda el dine-
ro, la tercera el trabajo. Ahora se está imponiendo la primera,
pero la segunda acabará por agachar la cabeza ante su sucesora
en el terreno del conflicto social y político.