Karl Marx

La guerra -

Debate parlamentario

["New-York Daily Tribune", nº 4126, del 10 de julio de 1854]

Londres, martes, 27 de junio de 1854.

El «Moniteur» ruso de Bucarest declara oficialmente que, según órdenes de San Petersburgo, se ha levantado el sitio de Silistria, se ha evacuado Giurgewo y la totalidad del ejército ruso está a punto de retirarse más allá del Pruth. El «Times» publicó ayer en una tercera edición un despacho telegráfico de contenido similar, procedente de su corresponsal en Viena, según el cual

«el Emperador de Rusia, por respeto hacia su antiguo aliado, acepta la somación de Austria y ha dado orden a sus tropas de retirarse más allá del Pruth».

Lord John Russell confirmó anoche en la Cámara de los Comunes la noticia del levantamiento del sitio de Silistria, pero aún no había recibido comunicación oficial alguna sobre la respuesta de Rusia a la somación austríaca.

Como resultado de la intervención austríaca, se levanta una barrera entre turcos y rusos para garantizar la retirada sin obstáculos de estos últimos, permitirles reforzar la guarnición de Sebastopol y de Crimea y, eventualmente, restablecer sus comunicaciones con el ejército de Woronzow. Además, puede darse por segura la restauración de la Santa Alianza entre Rusia, Austria y Prusia en el momento en que las potencias aliadas se nieguen a darse por satisfechas con el simple restablecimiento del statu quo ante bellum <estado anterior a la guerra>, posiblemente con algunas pequeñas concesiones del zar en favor de Austria.

Todo el entramado, ideado según se dice por Metternich, para esta excelente «solución» se ha venido abajo ahora, sin embargo, a causa de la locuacidad del viejo Aberdeen y de las intrigas de Palmerston.

Se recordará que en la última remodelación del ministerio fracasaron los esfuerzos por llevar a Lord Palmerston al Ministerio de la Guerra, por cuya creación clamaba sobre todo la prensa de Palmerston, y que el peelita Duque de Newcastle arrebató al noble Lord el nuevo cargo que se le destinaba. Este fracaso parece haberle recordado a Lord Palmerston que ya era hora de disolver todo el gabinete, y por ello desató una verdadera tormenta contra su jefe, con ocasión de que Lord Aberdeen replicara a Lord Lyndhurst en un discurso irreflexivo. Toda la prensa inglesa se apoderó de inmediato de este discurso. Sin embargo, es importante mencionar que el «Morning Herald» informó de la existencia de una conspiración contra Lord Aberdeen antes incluso de que se pronunciara el discurso. El pasado viernes, el señor Layard compareció en la Cámara de los Comunes y anunció para el jueves siguiente una moción en el sentido de que

«las manifestaciones del primer ministro de la Corona eran susceptibles de suscitar en la opinión pública serias dudas respecto a los objetivos y fines de la guerra y de reducir las perspectivas de una paz honorable y duradera».

Esta moción tiene dos puntos flacos: en primer lugar, es inconstitucional y, por tanto, puede ser fácilmente rechazada, ya que contraviene la regla parlamentaria que prohíbe a un miembro de la Cámara de los Comunes criticar un discurso pronunciado en la Cámara de los Lores; y, en segundo lugar, pretende establecer una diferencia entre la intervención ocasional del primer ministro y toda la actuación del gabinete de coalición. No obstante, suscitó en Lord Aberdeen temores tan serios que, dos horas después de anunciarse la mencionada moción, se levantó y comunicó en un tono inusualmente exaltado:

«el próximo lunes (adelantándose así tres días al señor Layard) presentaré a la Cámara una copia del despacho que envié a Rusia después del Tratado de Adrianópolis y aprovecharé la ocasión para refutar las tergiversaciones de mis observaciones sobre la guerra, que hice recientemente en la Cámara de los Lores».

Tan fuerte era la creencia de que la moción del señor Layard provocaría la salida de Lord Aberdeen del gabinete que, por ejemplo, el «Morning Advertiser» publicó ya la lista del ministerio que debía sucederle; una lista que presentaba los nombres de Lord John Russell como primer ministro y de Lord Palmerston como ministro de la Guerra. Se puede uno imaginar, por tanto, que la sesión de la Cámara de los Lores de anoche atrajo a un número desacostumbradamente grande de intrigantes curiosos y excitados de las filas de la aristocracia, ansiosos por presenciar cómo Lord Aberdeen saldría de su difícil y delicada situación.

Antes de dar un resumen del discurso de Lord Aberdeen y del ataque del marqués de Clanricarde a aquél, debo remontarme a la época y las circunstancias a las que ambos oradores se refirieron especialmente, a saber, el año 1829, cuando Lord Aberdeen estaba al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores británico. En aquel entonces, una flota rusa bajo el mando del almirante Heyden bloqueaba los Dardanelos, los golfos de Laros y Enos, así como los de Adramiti y Esmirna, a pesar de un acuerdo concertado en 1815 entre los gabinetes de San Petersburgo y Londres, en virtud del cual Rusia no debía emprender acción militar alguna en el Mediterráneo. Estos bloqueos, que amenazaban el comercio británico en el Levante, excitaron a la opinión, por lo demás perezosa, de la Inglaterra de entonces, y se produjeron tempestuosas declaraciones contra Rusia y contra el ministerio. Por ello tuvieron lugar encuentros entre los enviados rusos, el príncipe Lieven y el conde Matuschewitsch, por un lado, y Wellington y Aberdeen, por otro. En un despacho de Londres del 1 (13) de junio de 1829, el príncipe Lieven informa sobre el carácter de estos encuentros como sigue:

«La entrevista con Lord Aberdeen, que tuvo lugar alrededor de una hora después (que la mantenida con el duque de Wellington, la cual no había resultado nada satisfactoria para el diplomático ruso), no fue menos notable. Como solo estaba informado de manera imperfecta sobre nuestra conversación con el primer ministro, se esforzó, al conocer sus detalles, por atenuar la impresión desagradable que tal vez sus palabras hubieran podido dejarnos al comienzo de la entrevista, mediante la reiterada seguridad *de que en ningún momento había sido intención de Inglaterra buscar disputa con Rusia*; de que, si el ministerio había tratado de inducirnos a no insistir en el bloqueo de Enos, lo hizo con el sincero deseo de evitar quejas enojosas y de afianzar la buena inteligencia entre ambos gabinetes, *y que nosotros deberíamos congratularnos, más de lo que acaso seamos conscientes, de las ventajas que hemos obtenido gracias a este feliz y constante acuerdo*. Se halagaba de poder anteponer el mantenimiento de esta armonía a las ventajas momentáneas que nos hubiera deparado el bloqueo del golfo de Enos; pero temía que la actitud del ministerio inglés no fuera bien comprendida en San Petersburgo. Las objeciones que en ocasiones había formulado, como en el asunto recién resuelto,

las atribuían ellos a sus malévolas intenciones y puntos de vista hostiles, cuando esas intenciones y arrière-pensées <segundas intenciones> estaban muy alejadas de su carácter y de su política. Por otra parte, sin embargo, se hallaba en una situación delicada. La opinión pública está siempre dispuesta a desencadenarse contra Rusia.
*El gobierno británico no podía desafiarla constantemente*,
y resultaría peligroso irritarla en cuestiones (del derecho marítimo) que tocan tan directamente los
*prejuicios nacionales*.
Por otro lado, podíamos contar con la disposición benévola y amistosa del ministerio inglés,
*que lucha contra ellos*
(los prejuicios nacionales).

“Yo conozco —respondí— el peso de la opinión pública en Inglaterra, y he visto cómo cambia en pocos días. En esta guerra está contra nosotros porque nos considera agresores, cuando nosotros hemos sido atacados; porque nos acusa de querer aniquilar el Imperio otomano, cuando nosotros
*declaramos*
que ése no es nuestro objetivo; en fin, porque cree que seguimos una política ambiciosa, contra lo cual, sin embargo,
*protestamos*.
*Ilustrar a la opinión pública a este respecto*
sería el medio más seguro de cambiarla.”

Lord Aberdeen me respondió que la cosa no era exactamente tal como yo la había presentado; la opinión pública está contra nosotros porque en Inglaterra, por lo general, toma partido con celo por los whigs —pero, au reste <por lo demás>,
*el gabinete británico está muy lejos de no desearnos éxito*;
al contrario,
*desea que tengamos un éxito rápido y decisivo*,
porque sabe que es el único medio de poner fin a la guerra, que no puede sino considerarse como una gran desgracia, ¡puesto que es imposible prever sus consecuencias! Para concluir, el ministro inglés se extendió en largos razonamientos para demostrar que le atribuíamos intenciones que él no podía albergar, y terminó afirmando que el gabinete de Londres deseaba que la guerra terminara
*para honra y provecho de Rusia*.»

Es extraño que ninguno de los adversarios de Lord Aberdeen considerara oportuno volver sobre este despacho, que habla de manera tan convincente contra su conducta en el período anterior al Tratado de Adrianópolis, que al contenido de un despacho secreto de Su Señoría, escrito *después* de la conclusión de dicho tratado, ya no se le podía conceder importancia alguna. La presentación del despacho arriba citado habría echado por tierra, de un solo golpe, el único argumento que Lord Aberdeen pudo aducir en su discurso de ayer en defensa propia. Su verdadera defensa habría sido una reconvención abierta contra Lord Palmerston, pues toda la «escena» se desarrolló exclusivamente entre estos dos viejos y rivales lacayos de Rusia.

Lord Aberdeen comenzó diciendo que no tenía nada que retirar ni nada que refutar, sino solo algo que «explicar». Se le había acusado falsamente de haberse atribuido el honor de haber redactado el

Tratado de Adrianópolis. Pero, en lugar de haberlo redactado, había protestado contra él, como Sus Señorías podrían deducir del despacho cuya presentación acababa de solicitar. Tan grande había sido la consternación que este tratado había provocado en él y en sus colegas, que su existencia había hecho cambiar toda la política del gobierno en un punto de suma importancia. ¿En qué consistió ese cambio de política? Antes de la firma del Tratado de Adrianópolis, él, Lord Aberdeen, y el duque de Wellington, siguiendo en ello la política de Canning, nunca habían tenido la intención de hacer de Grecia un reino independiente, sino solo un Estado vasallo bajo la suzeranía de la Puerta, algo semejante a Moldavia y Valaquia. Después de la firma del Tratado de Adrianópolis, la situación del Imperio turco les pareció tan peligrosa y su existencia tan incierta, que propusieron convertir a Grecia, de Estado vasallo, en un reino independiente. En otras palabras, puesto que el Tratado de Adrianópolis había contribuido en tan gran medida al debilitamiento de Turquía, se decidió contrarrestar sus peligrosas consecuencias mediante la
separación
de provincias enteras de ella. Éste fue el «cambio».

Aunque su inquietud ante las consecuencias de este tratado hubiese sido exagerada, Lord Aberdeen estaba muy lejos de no considerarlo sumamente funesto y perjudicial. Ha dicho que «Rusia no había adquirido grandes territorios mediante este tratado», e incluso ahora niega que el Imperio ruso se haya engrandecido considerablemente en Europa en el transcurso de los últimos cincuenta años, como Lord Lyndhurst había afirmado. (Besarabia, Finlandia y el Reino de Polonia no parecen ser, a juicio del noble lord, adquisiciones significativas.) Pero, como había dicho en su despacho de diciembre de 1829, aunque las adquisiciones territoriales de Rusia fuesen pequeñas, eran de gran importancia: una le proporcionaba a Rusia el «dominio exclusivo sobre la navegación del Danubio, y las otras le proporcionaban puertos en Asia que, aunque pequeños, eran de gran importancia política». (El ingente territorio adquirido en el Cáucaso ha vuelto a borrarse de la memoria de Lord Aberdeen.) Partiendo de este punto de vista, sostiene que el Tratado de Adrianópolis marcó el comienzo de un cambio en la política de Rusia, la cual, desde ese tratado, se habría preocupado más por extender su influencia política que por realizar adquisiciones territoriales. Este cambio de política no fue un cambio de intenciones. «Satán sólo se había vuelto más sabio que en tiempos pasados.» El hecho de que Rusia hubiera acordado con Carlos X un plan para la conquista de Turquía —no por
la vía de conquistas violentas, sino mediante una serie de tratados— se pasa en silencio.
Lord Aberdeen tampoco consideró oportuno mencionar que Rusia, ya antes del Tratado de Adrianópolis y del Tratado de Hunkiar Iskelessi, que él aduce como prueba del cambio de la política rusa, se había comprometido ya en 1827 frente a Francia e Inglaterra a no pretender conquistar más territorio mediante la guerra contra Turquía, y que, sin el permiso de Inglaterra, nunca habría estado en condiciones de enviar un ejército contra Constantinopla en 1833.

Lord Aberdeen explicó además que su expresión,

«si pudiéramos lograr una paz que durara veinticinco años, como ocurrió con el Tratado de Adrianópolis, no sería malo»,

había sido interpretada falsamente en el sentido de que él quería volver a un tratado semejante al de Adrianópolis. Sólo había querido decir que

«ellos, en vista de la inconstancia de los asuntos humanos, no habrían obrado mal si, mediante algún tratado cuya conclusión les deparase la fortuna de las armas, pudiesen garantizar una paz de veinticinco años.
Nunca habría recomendado un retorno al statu quo, ni habría dejado de poner objeciones al statu quo. Antes de la declaración de guerra, el statu quo era todo lo que habían esperado o deseado, y todo lo que intentaban alcanzar, y era lo que el gobierno turco estaba dispuesto a conceder, y mucho más de lo que los rusos tenían derecho a esperar. Pero desde el momento de la declaración de guerra, toda la cuestión ha cambiado radicalmente, y todo dependía de la guerra… Hasta dónde se apartarán por fin del statu quo, nadie puede decirlo, pues depende de acontecimientos cuyo control absoluto no está en su esfera de poder. Él sólo puede decir que la independencia y la integridad del Imperio otomano deben ser aseguradas, deben ser aseguradas eficazmente».

Cómo han de ser aseguradas, él, Lord Aberdeen, no puede decirlo, ya que eso depende a su vez de los acontecimientos de la guerra.

Se le había entendido como si hubiera manifestado alguna duda o incredulidad acerca del peligro de un ataque ruso, pero en realidad él sentía la mayor inquietud ante un ataque ruso a Turquía, aunque en cuanto al peligro de un ataque ruso a Europa no sentía gran inquietud y «tendía a sentirla menor de día en día». Consideraba a Francia más poderosa que Rusia y Austria juntas. El noble lord se quejó luego «de la extraordinaria insipidez y malignidad de las imputaciones personales a las que había sido expuesto».

Era verdad que no había en el país un pacificador mayor que él, pero precisamente su amor a la paz lo hacía especialmente idóneo para continuar la guerra del modo más enérgico.

«Sus colegas reconocerían que él personalmente, quizá con más urgencia que ningún otro, había reclamado un rápido avance y la concentración de las potencias aliadas en los Balcanes, para apoyar al valeroso ejército de Omer Pachá y tender la mano a Austria, a fin de permitirle participar más activamente en las operaciones bélicas.»

Éste era el rumbo en el que insistía invariablemente. A una pregunta de Lord Beaumont, declaró que,

«por muy familiar que hubiera sido anteriormente con el príncipe Metternich, en el transcurso de los últimos dieciocho meses, desde que está en el cargo, no había mantenido comunicación alguna con él, ni directa ni indirectamente, hasta que hace unos días una conocida le contó que iba a escribir a Metternich y le preguntó si tenía algo que comunicar al príncipe, a lo que respondió: “¡Por favor, dele mis mejores saludos!”».

En conjunto, el discurso de Aberdeen fue acogido favorablemente por la Cámara; pero llama la atención que a la mordaz respuesta que le dio el marqués de Clanricarde —un decepcionado cazador de puestos y antiguo enviado de Lord Palmerston en San Petersburgo— no replicara ningún miembro del gabinete, y que ninguno de ellos compareciera para atestiguar a Aberdeen que él había sido el primero en exigir una guerra enérgica.

El marqués de Clanricarde se ocupó principalmente de la participación de Aberdeen en el Tratado de Adrianópolis, de la valoración general de su pasado político y de las deficiencias de su actual administración. Dijo que Lord Aberdeen, para justificarse y por un motivo puramente personal, había presentado ahora un despacho que meses atrás había negado a otros miembros de ambas Cámaras. Por lo demás, es del todo indiferente lo que el noble lord escribiera en diciembre de 1829 a San Petersburgo, después de que el Tratado de Adrianópolis se hubiera firmado en septiembre. Lo esencial de la cuestión es qué instrucciones había dado él al enviado inglés en aquel tiempo, y qué pasos había emprendido para impedir la firma del tratado. El general ruso que mandaba en Adrianópolis no disponía de más de 15.000 hombres, de los cuales debían descontarse unos 5.000 a 6.000 que, por enfermedad o heridas, estaban literalmente hors de combat <fuera de combate>. El general turco se hallaba,

por su parte, con 25.000 albaneses en las inmediaciones. El general ruso concedió a Turquía un plazo brevísimo para decidir —firmar o no firmar—, pues sabía que su verdadera situación podría ser descubierta si otorgaba un plazo largo. En consecuencia, no concedió más de cinco a ocho días. El ministro turco en Constantinopla convocó a su consejo a los enviados de Austria, Inglaterra y Prusia y les preguntó su opinión. El enviado inglés, instruido por Lord Aberdeen, aconsejó firmar lo antes posible aquel tratado que, según declara ahora el noble lord, había sido tan funesto.

El noble marqués evitó señalar la circunstancia de que fue precisamente la violenta acusación que su amigo Palmerston, a la sazón en la oposición, dirigió contra Lord Aberdeen por su actitud todavía excesivamente antirrusa, la que indujo a este último a dar la orden de firmar el tratado.

El marqués continuó reprochando al primer ministro haber sido siempre el más celoso, constante y poderoso partidario de los gobiernos despóticos de Europa, para lo cual adujo como prueba la historia de Portugal, Bélgica y España, y aludió a la oposición de Aberdeen a la famosa Cuádruple Alianza de 1834. Hacía falta, ciertamente, toda la fría desvergüenza de un viejo lord whig para regodearse en este momento con la gloria de Bélgica, el constitucionalismo en Portugal y España y las bendiciones generales que Europa debería a la Cuádruple Alianza, la cual, como Palmerston alegó falsamente en su defensa, había sido ideada por Talleyrand y no por él.

En cuanto a las operaciones de la guerra actual, Clanricarde dijo que el plan de campaña había sido trazado por las más altas autoridades militares de Rusia en diciembre del año pasado, y que al gobierno británico se le había comunicado este plan, el cual no apuntaba a la mera ocupación de los Principados, sino a cruzar el Danubio, conquistar Silistria, rodear Shumla y marchar sobre los Balcanes. El noble lord, que estaba en posesión de esta información, había comparecido aquí, en la Cámara, para hablar de paz, omitiendo informar de las instrucciones que el gabinete, en aquel tiempo, hasta fines de febrero o principios de marzo, dio al ministerio de la Guerra.

Si Lord Clanricarde hubiera preferido recordar las respuestas que Lord Palmerston dio al señor Disraeli en la Cámara de los Comunes y Lord Clarendon a él mismo en la Cámara de los Lores, no habría incurrido en la ridiculez de acusar únicamente a Lord Aberdeen de estos incumplimientos del deber y de eximir a sus amigos whigs de una censura que merecía por igual todo el gabinete.

«Si —exclamó el marqués—, si el gobierno, hace quince meses, hubiera seguido un camino adecuado, por poco que fuera, un camino honrado, jamás habría habido guerra.»

Ahora bien, éstas son exactamente las mismas palabras que el señor Disraeli dirigió a Lord John Russell.

Para terminar, el marqués tuvo aún la insipidez de achacar personal y exclusivamente a Lord Aberdeen todos los fracasos de la coalición y sus continuas derrotas en el Parlamento en todas las cuestiones importantes. No se le pasó por la cabeza que, ya en el momento de formarse el gabinete, toda persona razonable declaró que no podría mantenerse seis semanas, a menos que dejara abiertas todas las cuestiones legislativas y se abstuviera de toda política.

Tras un discurso necio de Lord Brougham, que expresó su satisfacción por el primer discurso de Aberdeen, y aún más por el segundo, se abandonó el tema.

La grave consecuencia de todo este incidente es la frustración de lo acordado en el protocolo secreto redactado en Viena y, por consiguiente, la continuación de las hostilidades y de una guerra cuyo rápido fin se esperaba con tanta confianza que los Consols subieron un 3 por ciento en el mercado pese a los cuantiosos empréstitos, y en los clubs militares se cruzaron apuestas de que la guerra no duraría otras cuatro semanas.

Karl Marx