Friedrich Engels

De qué se trata realmente en Turquía

Escrito entre el 23 y el 28 de marzo de 1853.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nº 3740 del 12 de abril de 1853, editorial]

Nos sorprende que en el actual debate sobre la cuestión oriental los periódicos ingleses no hayan destacado con más vigor los intereses vitales que deberían hacer de Gran Bretaña un adversario implacable e inflexible de los afanes anexionistas y expansionistas de Rusia. Inglaterra no puede permitirse consentir que Rusia se convierta en dueña de los Dardanelos y del Bósforo. Tanto desde el punto de vista comercial como desde el político, semejante acontecimiento asestaría un golpe violento, cuando no mortal, a la posición de poder británica. Basta echar una ojeada a las relaciones comerciales de Inglaterra con Turquía.

Antes del descubrimiento de la ruta marítima directa hacia la India, Constantinopla era el mercado de un comercio muy extendido. Y aún hoy los puertos turcos sirven de intermediarios de un tráfico muy considerable y de rápido crecimiento entre Europa y el interior de Asia, aun cuando los productos de la India llegan a Europa por vía terrestre a través de Persia, el Turán y Turquía. Para comprenderlo basta con echar un vistazo al mapa. Desde la Selva Negra hasta las arenosas colinas de Nóvgorod Veliki, todo el interior está surcado por ríos que desembocan en el mar Negro o en el mar Caspio. El Danubio y el Volga, esas dos colosales corrientes de Europa, el Dniéster, el Dniéper y el Don, todos ellos forman canales naturales para el transporte de los productos del interior hacia el mar Negro; y al mar Caspio solo se puede llegar a través del mar Negro. Dos terceras partes de Europa, es decir, una parte de Alemania y Polonia, toda Hungría, las regiones más fértiles de Rusia y, además, la Turquía europea, están así, por naturaleza, orientadas en su exportación y en su intercambio de productos hacia el Ponto Euxino <el mar Negro>, tanto más cuanto que en todos estos países predomina la agricultura y la gran masa de sus productos señalará siempre al transporte fluvial como el medio de transporte principal. El trigo húngaro, polaco y del sur de Rusia, así como la lana y los cueros de esos mismos países, aparecen en cantidades que aumentan año tras año en nuestros mercados occidentales y son todos embarcados en Galatz, Odessa, Taganrog y otros puertos del mar Negro. Allí se practica otra importante rama comercial. Constantinopla y, especialmente, Trebisonda en la Turquía asiática son los principales mercados del comercio de caravanas hacia el Asia interior, hacia los valles del Éufrates y del Tigris, hacia Persia y el Turquestán. También este comercio aumenta rápidamente. Comerciantes griegos y armenios de estas dos ciudades importan grandes cantidades de manufacturas inglesas, cuyo bajo precio desplaza velozmente la industria casera de los harenes asiáticos. Trebisonda es, por su situación, más adecuada que cualquier otro punto para este comercio. A sus espaldas tiene las colinas armenias, mucho más transitables que el desierto sirio, y se encuentra a una cómoda distancia de Bagdad, Shiraz y Teherán; esta última ciudad sirve de mercado intermedio para las caravanas procedentes de Jiva y Bujará. La gran importancia que este comercio, y el comercio del mar Negro en general, va adquiriendo se puede apreciar en la Bolsa de Manchester, donde los compradores griegos de tez morena aumentan en número e influencia, y las lenguas griega y eslava meridional se oyen con frecuencia junto al alemán y el inglés.

El comercio de Trebisonda se convierte también en un serio problema político porque, por su causa, los intereses de Rusia e Inglaterra han entrado nuevamente en conflicto en el interior de Asia. Hasta 1840, los rusos poseían un monopolio casi exclusivo del comercio de productos extranjeros en aquella región. Las mercancías rusas habían penetrado hasta el Indo y eran incluso preferidas aquí y allá a las inglesas. Se puede afirmar sin riesgo a equivocarse que, hasta la guerra afgana y hasta la conquista del Sind y del Punjab, el comercio inglés con el Asia interior era prácticamente nulo. Ahora la situación es distinta. La necesidad ineludible de la expansión incesante del comercio —ese fatum que persigue a la Inglaterra moderna como un fantasma y que, si no se satisface de inmediato, provoca aquellas terribles conmociones que se sienten desde Nueva York hasta Cantón y desde San Petersburgo hasta Sídney—, esta necesidad implacable obliga al comercio inglés a atacar el Asia interior simultáneamente desde dos flancos: desde el Indo y desde el mar Negro. Y aunque sabemos muy poco sobre la exportación rusa a esta parte del mundo, podemos deducir tranquilamente del aumento de las exportaciones inglesas a estas regiones que el comercio ruso ha debido de decaer allí sensiblemente. El campo de batalla comercial entre Rusia e Inglaterra se ha desplazado del Indo a Trebisonda, y el comercio ruso, que antes se aventuraba hasta las fronteras del Imperio británico en Oriente, se ve ahora limitado a la defensa de los confines más extremos de su propio territorio aduanero. La importancia de este hecho es evidente en vista de cualquier futura solución de la cuestión oriental y del papel que Inglaterra y Rusia desempeñarán en ella. Son hoy, y deben seguir siéndolo en todo el porvenir, adversarias en Oriente.

Examinemos ahora con algo más de detalle este comercio en el mar Negro. Según el "Economist" de Londres, la exportación inglesa a los territorios turcos, incluyendo Egipto y los principados danubianos, ascendió a:

1840 .................... 1.440.592 libras esterlinas

1842 .................... 2.068.842 libras esterlinas

1844 .................... 3.271.333 libras esterlinas

1846 .................... 2.707.571 libras esterlinas

1848 .................... 3.626.241 libras esterlinas

1850 .................... 3.762.480 libras esterlinas

1851 .................... 3.548.595 libras esterlinas

De estas sumas, al menos dos tercios deben de haber ido a los puertos del mar Negro, incluido Constantinopla. Y todo este comercio que aumenta con tanta rapidez depende de la confianza que se pueda depositar en el poder que rige los Dardanelos y el Bósforo, las llaves del mar Negro. Quien los tenga en sus manos puede abrir o cerrar a voluntad el acceso a este último rincón del Mediterráneo. ¿Quién albergará la esperanza de que Rusia, una vez en posesión de Constantinopla, mantenga abierta la puerta por la que Inglaterra ha penetrado en el ámbito del comercio ruso?

Hasta aquí sobre la importancia comercial de Turquía y, en particular, de los Dardanelos. Es evidente que de la libertad ininterrumpida de comerciar a través de estas puertas del mar Negro no solo depende un comercio extenso, sino también el tráfico principal entre Europa y el Asia interior y, por consiguiente, la principal posibilidad de abrir de nuevo a la civilización esa vasta región.

Consideremos ahora la cuestión desde el punto de vista militar. La importancia comercial de los Dardanelos y del Bósforo hace de ellos, al mismo tiempo, posiciones militares de primer orden, es decir, posiciones de influencia decisiva en cualquier guerra. Puntos de esta índole son Gibraltar y también Helsingør, a orillas del Sund. Pero los Dardanelos son, debido a su situación geográfica, aún más importantes. Los cañones de Gibraltar y de Helsingør no pueden dominar todo el estrecho en el que se hallan y necesitan, para cerrarlo, el auxilio de una flota; los estrechos de los Dardanelos y del Bósforo, en cambio, son tan angostos que unas pocas fortificaciones erigidas en lugares adecuados y bien artilladas —como las que Rusia, una vez en posesión de este paso, erigiría sin un instante de vacilación— podrían desafiar a las flotas coaligadas del mundo entero, si estas intentaran penetrar. Entonces, el mar Negro no sería más que un lago ruso, más incluso que el lago Ládoga, que está en el corazón de Rusia. La resistencia de los caucasianos podría ser quebrada de inmediato por el hambre; Trebisonda se convertiría en un puerto ruso, el Danubio en un río ruso. Además, después de la toma de Constantinopla, el Imperio turco quedaría cortado en dos partes: la Turquía asiática y la europea no tendrían posibilidad alguna de comunicarse entre sí ni de apoyarse mutuamente, y la fuerza principal del ejército turco, una vez se viera rechazada a Asia, se vería condenada a la más completa inactividad. Macedonia, Tesalia, Albania, una vez flanqueadas y separadas del ejército principal, ni siquiera le costarían al conquistador el esfuerzo de tener que someterlas, pues no les quedaría más que mendigar clemencia y pedir un ejército que mantuviese el orden interior.

Pero ¿es de suponer que esta gran potencia, crecida y expandida hasta proporciones gigantescas, se detenga a medio camino cuando ya está en vías de convertirse en un imperio mundial? Aun cuando quisiera, las circunstancias no se lo permitirían. Con la anexión de Grecia y de Turquía, ganaría excelentes puertos marítimos, y los griegos le suministrarían hábiles marinos para su flota de guerra. Con la conquista de Constantinopla, se sitúa en el umbral del Mediterráneo; con la posesión de Durazzo y de la costa albanesa desde Antivari hasta Arta, se halla directamente en el centro del Adriático, a la vista de las Islas Jónicas británicas y a 36 horas de navegación a vapor de Malta. Y como Rusia tendrá entonces rodeadas las posesiones austríacas por el norte, el este y el sur, podrá contar también a los Habsburgo entre sus vasallos. Otra cosa sería posible, incluso probable. La descoyuntada y sinuosa frontera occidental del imperio, que no coincide con una línea fronteriza natural, necesitaría una rectificación, y se pondría de manifiesto que la frontera natural de Rusia va desde Danzig (o tal vez Stettin) hasta Trieste. Y tan cierto como que una conquista sigue a la otra y una anexión arrastra tras de sí la siguiente, la conquista de Turquía por Rusia no sería sino el preludio de la anexión de Hungría, de Prusia, de Galitzia y de la realización final de aquel imperio eslavo con el que soñaron algunos fanáticos filósofos paneslavistas.

Rusia es decididamente una nación conquistadora y lo fue durante todo un siglo, hasta que el gran movimiento de 1789 le creó un enemigo terrible, lleno de pujante energía. Nos referimos a la revolución europea, a la fuerza explosiva de las ideas democráticas y al innato anhelo de libertad de la humanidad. Desde aquella época sólo ha habido, de hecho, dos potencias en el continente europeo: por un lado, Rusia con su absolutismo; por el otro, la revolución con la democracia. De momento, la revolución parece estar sofocada, pero vive y es tan temida como nunca. Lo atestigua el horror de la reacción ante las noticias del último levantamiento de Milán. Ahora bien, si Rusia logra apoderarse de Turquía, su fuerza casi se duplicará y obtendrá la preponderancia sobre todo el resto de Europa junto. Semejante acontecimiento sería una desgracia indecible para la causa revolucionaria. El mantenimiento de la independencia turca o —en caso de un posible derrumbamiento del Imperio Otomano— la frustración de los planes de anexión rusos son cuestiones de la mayor importancia. En esto coinciden los intereses de la democracia revolucionaria y los de Inglaterra; ni los unos ni los otros pueden permitir al zar que Constantinopla se convierta en una de sus capitales, y si se llega a lo extremo, veremos que ambos le opondrán una resistencia igualmente enérgica.