KARL MARX LA CUESTIÓN TURCA EN LA CÁMARA DE LOS LORES David Urquhart ha publicado cuatro artículos sobre la cuestión oriental, destinados a aclarar cuatro errores: el primero se refiere a la identidad de la Iglesia rusa y la oriental, el segundo a la querella diplomática entre Inglaterra y Rusia, el tercero a la posibilidad de una guerra entre Inglaterra y Rusia y el cuarto, finalmente, a la ilusión de que Inglaterra y Francia sean aliados. Como pienso volver en detalle a éstos próximamente, me limito aquí por el momento a comunicarles la siguiente carta de Bem a Reshid Bajá, carta que publicó por primera vez el señor Urquhart. "Señor: Como no ha llegado todavía la orden que dispone mi estancia en Constantinopla, considero deber mío exponer a vuestra señoría algunas consideraciones que me parecen urgentes. Empiezo por declarar que las tropas turcas que he visto, caballería, infantería y artillería de campaña, son excelentes. Su apostura, corrección y espíritu militar no podrían ser mejores. Sus jinetes superan a cualquier otra caballería europea. Es de inapreciable valor el ansia que todos los oficiales y soldados tienen de combatir contra Rusia. Con tales tropas yo me comprometería gustoso a atacar a un ejército ruso el doble de grande y a vencerlo. Y como el Imperio oto· mano está en condiciones de movilizar contra Rusia más tropas de las que esta potencia podría oponerle, es evidente que el Sultán puede tener la satisfacción de ver restablecido su cetro en todas las provincias que a sus antepasados les arrebataron a traición los zares moscovitas. . ." BEM El ministro austríaco de Relaciones Exteriores ha enviado a todas las cortes europeas acerca de la actitud de la fragata norteamericana "Saint Louis" en el caso Koszta una nota que denuncia públicamente la política estadounidense en general. Austria insiste en que tiene derecho de detener en el territorio a una fuerza extranjera neutral por la fuerza, mientras que los Estados Unidos no tienen ningún derecho de tomar medidas bélicas para defenderla. En la Cámara alta, el viernes, el conde de Malmesbury no trató de descubrir los secretos de la Conferencia de Viena ni las proposiciones hechas por él a los zares, y tampoco fue más preciso en informarse acerca del estado actual de las negociaciones. Su curiosidad fue más bien retrospectiva, arqueológica por decirlo así. No pedía más que "simples traducciones" de ambos manifiestos, dirigidos por el emperador en mayo y junio a sus agentes diplomáticos y que publicó el Diario de San Petersburgo; también le interesó "la respuesta que el gobierno de Su majestad hubiera debido dar a las afirmaciones allí contenidas". El conde de Malmesbury no es ningún [2 141 romano de la Antigüedad. Nada más contrario a su sentimiento que la usanza romana de escuc;har a los emisarios extranjeros delante de lospatres conscripti* reunidos. El mismo comprobó que "las dos circulares rusas fueron publicadas en toda Europa en su lengua materna y que en los periódicos también aparecieron en inglés y en francés". ¿Qué objeto tiene entonces retraducirlas de la lengua del redactor del periódico a la del redactor del ministerio de Asuntos extranjeros? "El gobierno francés respondió inmediatamente a las circulares y en forma hábil. . . La respuesta inglesa, según nos comunican, seguirá de cerca a la fran· cesa. . • " El conde de Malmesbury parece francamente ansioso de ver qué efecto. hace la corriente prosa del señor Drouyn de Lhuys traducida a la elegante prosa del conde de Clarendon.

Se vio obligado a recordar "frente a su noble amigo" que John Bull después de treinta años de paz se había puesto "algo nervioso" al tratarse de guerra, y que ese nerviosismo había aumentado desde el pasado mes de marzo "a consecuencia de los continuados e incesantes secreteos de que rodea el gobierno sus acciones y deliberaciones". En el interés de la paz inter· pelaba, pues, lord Malmesbury, pero también en el interés de la paz calla el gobierno. .

Nadie más indignado que el mismo noble lord a las primeras señales de un ataque ruso contra la Turquía europea. Nunca había tenido la menor sospecha de los designios de Rusia relativos a Turquía. No podía creer lo que veían sus ojos. ¿Cómo se compaginaba esto con el "honor del emperador de Rusia"? ¿Había jamás el engrandecimiento de un imperio quebran· tado el honor de un emperador? Y ¿qué había sido de "la política conservadora que el zar había seguido tan rotundamente durante las revoluciones de 1848?" Porque el soberano de todos los rusos no tenía nada en común con aquellas malditas revoluciones. En particular en el año de 1852, cuando tenía la cartera de Relaciones el noble conde, "no había soberanos que con mayor frecuencia insistieran en el mantenimiento de los tratados que comprometían a Europa o se esforzaran por ellos con mayor sinceridad, ni que respetaran más la observación del concierto territorial, que llevaba tantos años de existencia para bien de Europa, que los zares". Y sin duda el barón Brunnov, cuando animaba al conde de Malmesbury a firmar el acuerdo del 8 de mayo de 1852 relativo a la sucesión danesa, lo cautivó con la repetida seguridad de que su sublime señor sentía una debilidad por todos los tratados existentes. Y cuando convenció al conde, que precisamente había saludado con alegría el golpe de estado de Bonaparte, de que concluyera una alianza secreta con Rusia, Prusia y Austria contra ese mismo Bonaparte, naturalmente también dio muestras de su sincero interés por la conservación de los tratados territoriales existentes. Para aclarar ahora el súbito e inesperado cambio del emperador de Rusia, el conde de Malmesbury somete a un análisis psicológico "las nuevas impresiones en el ánimo del emperador roso". Los "sentimientos" del emperador, asegura, "habían sido provocados por la conducta de Francia en relación a los Lugares Santos". Ciertamente había Bonaparte, para cal- * Los senadores de la antigua Roma.

mar esa excitación, enviado a Constantinopla al señor Delacour, "hombre de carácter particularmente bueno y conciliador". "Pero", prosigue el conde, "parece que para el emperador ruso lo hecho ya no puede deshacerse" y que le quedaba algo de amargura contra Francia. Hay que confesar que el señor Delacour solucionó la cuestión definitiva y satisfactoriamente, aun antes de que el príncipe Menshikov llegara a Constantinopla. "Pero a pesar de esto la impresión no se borró del ánimo del emperador ruso." Estas impresiones y la idea errónea que a ellas se debe fueron tan fuertes "que el emperador siempre tuvo sospechas del gobierno turco y de que pondría a Rusia condiciones que no tenía ningún derecho de imponer". El conde de Malmesbury confiesa que no sólo a ningún "ser humano" sino ni siquiera a un lord inglés le es posible "leer en el alma de los hombres"; no obstante "se considera capaz de aclarar aquellas curiosas impresiones del ánimo del emperador ruso". Había llegado el momento -decía-, tan esperado por generaciones y generaciones de la población rusa, "el momento predestinado de la conquista de Constantinopla y el restablecimiento del Imperio bizantino". Suponía ahora que "el emperador actual" había compartido "estos sentimientos". Originalmente pensaba el clarividente conde aclarar la tenaz sospecha del emperador, que se sentía disminuido en sus derechos por el gobierno turco, y ahora, de pasada, nos explica que el emperador sólo sospechaba de Turquía porque creía llegado el momento de engullirla. Llegado a este punto, el noble lord no tenía más remedio que operar una conversión. En lugar de tomar en cuenta las nuevas impresiones en el ánimo del emperador ruso, en que influían las antiguas relaciones, toma ahora en consideración las circunstancias que impidieron durante cierto tiempo al ambicioso ánimo del zar y sus sentimientos heredados el "sucumbir a la tentación". Estas circunstancias consisten en el importante hecho de que el conde de Malmesbury estaba antes "en el gobierno" y después "fuera de él". Cuando estaba "dentro", él fue el primero no sólo en reconocer ·al Boustrapa1 sino incluso en aprobar sus perjurios, asesinatos y actos de vio· lencia. Pero entonces "los periódicos criticaban continuamente la política sumisa y servil -como la llamaban- para con el emperador francés". Vino el ministerio de coalición, y con él sir J. Graham y sir Charles Wood, "que en asambleas públicas reprobaron la política y el carácter del emperador francés y aun condenaban al pueblo francés, por haberse escogido semejante príncipe para soberano". Después se dio el asunto de Montenegro,2 y el 1 Apodo de Luis Napoleón Bonaparte, formado con las primeras sfla· bas de los nombres de ciudades Boulogne, Strassburg y París. Este apodo alud ía al intento de un pronunciamiento bonapartista en Estrasburgo (30 de septiembre de 1 836) y en Boloña ( 6 de agosto de 1 840), así como al golpe de estado en París el 2 de diciembre de 1 851, que condujo a la instauración de la dictadura bonapartista en Francia. 2 En 1 8 5 2 hubo un conflicto armado entre Turquía y Montenegro , que había obtenido la plena independencia respecto del sultán, de quien empero seguía siendo nominalmente vasallo. La Puerta rechazó una mediación rusa en el conflicto y al empezar el 1 853, el ejército turco, mandado LA CUESTIÓN TURCA 21 7 ministerio de coalición "pennitió que el Austria persistiera en que el sultán no ejerciera ninguna violencia más contra los rebeldes montenegrinos y el ejército turco ni siquiera se le asegurara una retirada tranquila y sin obstáculos, de modo que Turquía padeció una pérdida de 1 500 a 2 000 hombres." La ulterior orden al coronel Rose de regresar de Constantinopla y después la negativa del gobierno inglés a enviar su flota al mismo tiempo que Francia hacia Esmima o Besikai dieron al emperador de Rusia la impresión de que el pueblo y el gobierno inglés eran hostiles al emperador francés y que entre los dos países era imposible una alianza verdadera. Después de haber descrito, con una destreza que haría honor a cualquier novelista exponiendo los cambiantes sentimientos de su heroína, la sucesión de circunstancias que obraron en el impresionable ánimo del emperador ruso y lo llevaron por el camino de la virtud, el conde de Malmesbury se lisonjea de haber quebrantado mediante una estrecha alianza con el sojuzgador del pueblo francés los antiguos prejuicios y antipatías que desde hacía siglos oponían el pueblo francés al inglés y felicita al actual gobierno por habemos dejado esta estrecha alianza con el zar de occidente, que era la cosecha de lo que los tories habían sembrado. Se le olvidó añadir que era precisamente con esta íntima alianza, por la cual "fue sacrificado el sultán a Rusia, con la que el emperador francés sostuvo el gabinete de coalición; porque este Soulouque francés3 sencillamente ansía introducirse subrepticiamente a hombros de los musulmanes en una suerte de Congreso de Viena para ganar prestigio. Y en el mismo momento en que felicita al ministerio por su estrecha alianza con Bonaparte vilipendia la política que sólo era el fruto de aquel impropio maridaje.

Dejemos ahora al conde con sus efusiones sobre la importancia de la integridad turca, su negación de la decadencia de Turquía, su rechazo del protectorado religioso ruso y sus reproches al gobierno por no haber visto la irrupción en los principados danubianos como casus belli y porque al paso del Pruth no siguió el envío de su flota. No aporta nada nuevo más que la siguiente carta, "a cuya impudencia nada podría superar", del príncipe Menshikov a Reshid Bajá antes de su salida de Constantinopla. "Buyukdere, 9 (21) de mayo. En el momento de salir de Constantinopla se entera el abajo firmante, enviado ruso, de que la Alta Puerta ha mapor Omer Bajá, penetró en Montenegro. El gobierno austríaco , que temía que las acciones bélicas en Montenegro y la entrada de Rusia en favor de los montenegrinos provocaran disturbios en los territorios eslavos del Imperio de los Habsburgos, envió inmediatamente al conde Leiningen con una misión extraordinaria a Constantinopla, para pedir la retirada de las tropas turcas de Montenegro y el restablecimiento de la situación que allí había imperado antes del conflicto. La concentración de tropas austríacas en la frontera con Montenegro obligó a la Puerta a ceder y detener las operaciones en las condiciones propuestas por Leiningen. 3 Soulouque, Faustin, presidente de la República de Haití, se proclamó el 26 de agosto de 1 849 emperador Faustin I ; famoso por su ignorancia, su crueldad y su vanidad. La prensa antibonapartista dio al presidente Luis Bonaparte este nombre como apodo.

nifestado la intención de proclamar una garantía para el ejercicio de los derechos espirituales de que está investido el clero de la Iglesia oriental, lo que en realidad hace parecer dudoso el mantenimiento de los demás privilegios de que goza esta Iglesia. Cualquiera que haya sido la razón de esta decisión, el abajo firmante se ve en la necesidad de informar a su excelencia el ministro de Relaciones de que una aclaración o cualquier otro documento, aunque sean para mantenr la integridad de los meros derechos espirituales de la Iglesia oriental ortodoxa, apuntarían sin embargo a debilitar los demás derechos, privilegios e inmunidades concedidos a su religión y su clero desde los tiempos más antiguos y de que goza en el momento actual, y serían considerados por el gabinete imperial como una acción hostil a Rusia y su religión. El abajo firmante ruega, etc. Menshikov." El conde de Malmesbury "no puede creer que el emperador ruso apruebe la conducta del príncipe Menshikov ni su modo de obrar". Las notas de Nesselrode, que siguieron a la salida de Menshikov, y el ejército ruso, que siguió a las notas de Nesselrode, sancionaban esta duda. El "callado" Clarendon, "aunque le resultara doloroso'', hubo de "dar una y otra vez la misma respuesta", o sea ninguna, Consideraba "su obligación manifiesta no decir nada" que no hubiera ya dicho antes, a saber, "que no tenía ninguna comunicación que hacer ni ningún despacho especial que mostrar". El noble conde no podía, pues, añadir nada, cosa que de todos modos ya sabíamos. Su máximo orgullo está en afirmar que duran· te todo el tiempo en que el gabinete austríaco y el ruso siguieron su agresiva política estuvo con ellos "en estrecho contacto". Así pues, estaba también en estrecho contacto con el gobierno austríaco cuando éste envió al príncipe Leiningen a Constantinopla y mandaba sus tropas a la frontera, porque "temía una sublevación de sus propios súbditos de los confines", al menos así decía, como nos asegura el inocente Clarendon, "el motivo indi· cado". Después de haber el sultán cedido al Austria y retirado sus fuerzas, el enérgico Clarendon "nuevamente estaba en contacto con Austria, para garantizar el puntual cumplimiento del tratado". "Creo", dice el crédulo lord, "que será cumplido, porque el gobierno austríaco nos aseguró que así sería".

¡Excelente, milord! ¡La entente cordiale4 con Francia existía ya desde 1815! Sobre la decisión que tomaron el gobierno francés y el inglés relativa al "envío de sus flotas" tampoco había "la menor sombra de desunión". Bonaparte dio orden de que su flota navegara hacia Salamina, "porque creía que había un peligro inminente" y a pesar de que él [Clarendon] "decía que el peligro por el momento no era tan amenazador y la flota francesa no necesitaba de momento salir de los puertos franceses", Bonaparte dio "de todos modos orden de partir; pero en definitiva daba exac4 Entente cordiale, buen entendimiento. Expresión que caracterizó el acercamiento entre Francia e Inglaterra después de la revolución de julio de 1 830. A pesar de la entente cordiale, las contradicciones anglo·francesas no tardaron en agudizarse, tanto en los años treintas como en el perío· do siguiente, en una serie de cuestiones internacionales, en particular en la cuestión oriental.

tamente igual, puesto que era mucho más ventajoso y cómodo tener una Oota en Salamina y la otra en Malta que una en Malta y la otra en Toulon". Más adelante observa lord Clarendon que "era harto satisfactorio" que en todo el tiempo que Menshikov ejerció una desvergonzada presión sobre la Puerta "la flota no hubiera recibido orden de salir, porque nadie puede afirmar ahora que el gobierno turco ha obrado por imposición nuestra". Según lo ocurrido, es efectivamente probable que el sultán hubiera tenido que retirarse si se hubiera enviado entonces la flota. En cuanto a la "carta de despedida" de Menshikov, Clarendon dice que ciertamente era correcta, "pero espero que semejante lenguaje en las negociaciones diplomáticas con los gobiernos sea afortunadamente raro y lo siga siendo". Finalmente, en lo tocante a la invasión de los principados danuabianos, el gobierno inglés y el francés han "aconsejado al sultán que renuncie provisionalmente a su indudable derecho de considerar la ocupación de los principados un casus belli".

Sobre las negociaciones todavía pendientes sólo puede decir una cosa: "Sir Hamilton Seymour ha recibido hoy una comunicación oficial de que las proposiciones convenidas por el enviado en Viena serán recibidas en Petersburgo si se modifican algo." Pero preferiría morir antes que pudiera quedar fuera la menor palabra sobre las condiciones del convenio. Respondieron al noble lord el conde de Hardwicke, lord Beaumont, el marqués de Clanricarde y el conde de Ellenborough. Ni una sola voz se alzó para felicitar al gobierno de Su majestad por el camino tomado en aquellas negociaciones. Por todas partes se emitió la viva opinión de que la política de los ministros había sido equivocada; que habían obrado como mediadores en favor de Rusia, en lugar de como defensores de Turquía y que Francia e Inglaterra, si se hubieran presentado con energía a su debido tiempo, ocuparían hoy una posición mejor. El anciano obstinado Aberdeen les respondió que "era fácil especular después del hecho lo que hubiera debido hacerse y decir lo que hubiera podido ocurrir si se hubiera obrado de otro modo". Pero lo más sorprendente e importante fue la siguiente observación: ''Los loresdeberían tener presente que no los ligó ningún tipo de contrato. Replicó que Inglaterra en virtud de algún convenio tenía la obligación de participar en cualquier tipo de hostilidades en apoyo del Imperio turco. " Cuando Inglaterra y Francia se mostraban inclinadas a intervenir e n la indecisa cuestión turca, el emperador de Rusia no quiso saber absolutamente nada de que el acuerdo de 1841 tenía fuerza obligante, es decir, mientras se tratara de sus propias relaciones con la Puerta y del consiguiente derecho a la intervención de las potencias occidentales. Pero al mismo tiempo insistía, con base en el mismo acuerdo de 1841, en la exclusión de los buques de guerra de las demás potencias de los Dardanelos. Y ahora confirma lord Aberdeen en pública y solemne sesión parlamentaria, esta arrogante interpretación de un convenio que sólo respeta el autócrata ruso si la Gran Bretaña es excluida por él del Ponto Euxino. [ Karl Marx, The Turkish question in the House of lords, New-York Daily Tribune, núm. 3862 del 2 de septiembre de 1853. Incluido en MEW, t. 9, pp. 265-272. Traducido del alemán por Félix Blanco. ]