Karl Marx

Disturbios en Constantinopla —

El movimiento de las mesas en Alemania —

El presupuesto

[*New-York Daily Tribune* nº 3761 del 6 de mayo de 1853]

Londres, viernes 22 de abril de 1853

Según un despacho telegráfico, el día 12 del corriente se habrían producido grandes tumultos en Constantinopla y sus alrededores, en el curso de los cuales la turba fanática turca mató o hirió a quince cristianos.

«El orden fue restablecido de inmediato con ayuda del ejército.»

Otro despacho procedente de Copenhague informa que la Cámara, o Folketing, ha rechazado el mensaje del gobierno sobre la sucesión propuesta para la corona danesa. Esto puede considerarse un serio freno para la diplomacia rusa, cuyos intereses expresaba dicho mensaje de acuerdo con el Protocolo de Londres. Pues ese Protocolo de Londres reconoce a Rusia como último heredero del reino de Dinamarca.

Desde La Haya nos enteramos de que reina gran agitación en Holanda —aproximadamente como sucedió hace dos años en Inglaterra a raíz de la «agresión católica»—. Esta agitación ha conducido a la formación de un ministerio ultraprotestante. Por lo que respecta a Alemania, o mejor dicho a aquella parte que antes era conocida bajo el nombre de «Reich», nada puede caracterizar mejor el estado de ánimo actual, tal como predomina en la clase media culta, que una declaración del editor del *Frankfurter Journal* del 20 de abril. Para edificación de sus lectores, les reproduzco el tenor literal:

«Las comunicaciones sobre el movimiento de las mesas que recibimos con cada correo adquieren tales proporciones como no las habíamos conocido desde la memorable “canción al Rin” de Nikolaus Becker y los primeros días de la revolución de marzo de 1848. Por muy gratificantes que sean estas comunicaciones, pues demuestran mejor que cualquier razonamiento político en qué tiempos inocentes e inofensivos nos encontramos de nuevo, lamentamos no poder prestarles mayor atención, ya que tememos que nos sobrecargarían por completo a nosotros y a nuestros lectores y acabarían por ocupar todo el espacio de este diario.»

«Un inglés» <A. Richards> ha escrito una carta al *Times* y a lord Palmerston sobre el último asunto Kossuth, en la que concluye afirmando:

«Cuando el gabinete de coalición haya ido a reunirse con sus padres, o sus tíos, o sus abuelos, señalaríamos cortésmente al noble lord una nueva edición del *Joe Miller*. Opinamos, sin embargo, que el nombre Joe ya no volverá a ser mencionado. Palmerston será el nombre que figurará allí. Es un nombre largo. Eso es malo. Creemos, no obstante, que el anglosajón *Pam* constituye ya una mejora. Sirve tanto para el verso como para la prosa y rima con “sham, flam, and cram” <algo así como “engaño, mentira, fraude”>.»

En mi artículo del martes pasado ofrecí a ustedes un rápido bosquejo del presupuesto del Sr. Gladstone. Ahora tengo ante mí una publicación oficial que abarca 50 páginas en folio: «Las propuestas presentadas por el Canciller del Exchequer» y «Un informe explicativo anexo a las propuestas». Sólo abordaré, sin embargo, los detalles que puedan interesar a los lectores extranjeros, en caso de que las propuestas se conviertan en ley en Gran Bretaña.

Las propuestas más importantes conciernen a los derechos de aduana. Se propone suprimir los derechos para 123 artículos de importancia secundaria que producen anualmente unas 55.000 libras esterlinas; se incluyen en ellos todas las maderas para muebles —con cuatro excepciones—, así como vigas y marcos, piedras para muros y tejas. Se propone reducir los derechos: en primer lugar, sobre el té, de 2 chelines 2 peniques y 3/4 a 1 chelín y 10 peniques hasta el 5 de abril de 1854; en segundo lugar, sobre doce artículos alimenticios diferentes. El actual derecho sobre las almendras se reducirá a 2 chelines 2 peniques por quintal; sobre el queso, de 5 chelines a 2 chelines 6 peniques por quintal; sobre el cacao, de 2 peniques a 1 penique por libra; sobre las nueces, de 2 chelines a 1 chelín por bushel; sobre los huevos, de 10 peniques a 4 peniques por cada cien; sobre naranjas y limones, a 8 peniques por bushel; sobre la mantequilla, de 10 chelines a 5 chelines por quintal; sobre las pasas, de 15 chelines 9 peniques a 10 chelines por quintal, y sobre las manzanas, de 2 chelines a 3 peniques por bushel. Todos estos artículos producen actualmente un ingreso de 2.621.000 libras esterlinas. En tercer lugar, se propone reducir los gravámenes sobre otros 133 artículos alimenticios diversos, que representan un ingreso de 70.000 libras esterlinas. Además, se simplificará la tributación de una serie de artículos mediante la fijación de derechos fijos en lugar de derechos *ad valorem* <según el valor>.

Por lo que respecta a los impuestos de consumos, ya he informado sobre la propuesta abolición del impuesto sobre el jabón y sobre el aumento de los derechos de licencia para cerveceros y comerciantes de té, café, tabaco y jabón.

En cuanto al impuesto del timbre, junto a la reducción de los derechos por los certificados de abogado y del impuesto sobre los anuncios, se propone una reducción de los derechos sobre los seguros de vida, sobre los timbres de recibos, sobre los contratos de aprendizaje y sobre los coches de alquiler.

En cuanto a los impuestos directos, se propone una reducción de los impuestos sobre los criados, los coches privados, los caballos, los ponis y los perros, así como una rebaja del 17½ por ciento de los tributos destinados a la amortización del impuesto territorial.

Los portes de correo para las colonias se reducirán a la tarifa uniforme de 6 peniques.

Un rasgo esencial del presupuesto que merece atención es el hecho de que la mayoría de las medidas fueron impuestas al ministerio de coalición tras una tenaz resistencia en el curso de la actual sesión parlamentaria.

Ahora el Sr. Gladstone propone extender el impuesto sobre las sucesiones a la propiedad territorial; pero el 1 de marzo todavía se oponía a la moción del Sr. Williams de que la propiedad territorial pagase «los mismos impuestos de timbre y de sucesión que se pagan actualmente por la propiedad personal». En aquella ocasión, Gladstone afirmaba, como lo hacen en este momento los periódicos tory, que la exención tributaria era sólo aparente y que se compensaba con otros impuestos que recaen típicamente sobre la propiedad territorial. Es igualmente cierto que ese mismo marzo el Sr. Williams amenazó al Sr. Gladstone con que «sería sustituido por el Sr. Disraeli si no cedía en este punto».

Ahora el Sr. Gladstone propone suprimir o reducir los derechos protectores para 268 artículos de importancia secundaria; pero el 3 de marzo todavía combatía la moción del Sr. Hume de «abolir inmediatamente los derechos meramente proteccionistas que gravan aproximadamente 285 artículos». Es también cierto que el Sr. Disraeli declaró aquel día que «no podemos aferrarnos a los andrajos y harapos del sistema proteccionista».

Ahora el Sr. Gladstone propone reducir a la mitad el impuesto sobre los anuncios; pero apenas cuatro días antes de presentar su presupuesto al público, se opuso a la moción del Sr. Milner Gibson de suprimir dicho impuesto. Sin embargo, sufrió una derrota en la votación del Parlamento.

Esta enumeración de las concesiones hechas por el ministerio de coalición a la escuela de Manchester podría ampliarse fácilmente. ¿Qué demuestran estas concesiones? Demuestran que la burguesía industrial, por débil que sea su representación en el Parlamento, es el verdadero dueño de la situación, y que cualquier gobierno, sea whig, tory o de coalición, sólo puede mantenerse en el cargo y mantener a la burguesía fuera de él a condición de realizar el trabajo preparatorio para la burguesía. Basta recorrer las actas de la legislación británica desde 1825 para encontrar que a la burguesía sólo se le opuso resistencia política haciéndole una concesión financiera tras otra. Lo que la oligarquía no puede comprender es el simple hecho de que el poder político no es sino hijo del poder económico, y que la clase a la que la oligarquía se ve obligada a ceder el poder económico conquistará inevitablemente también el poder político. Incluso cuando Luis XIV, por medio de Colbert, promulgó leyes en interés de los fabricantes, no hizo otra cosa que preparar la revolución de 1789, en la que su «l'état c'est moi» <«el Estado soy yo»> fue contestado con las palabras de Sieyès «le tiers état est tout» <«el estado llano es todo»>.

Otro rasgo esencial del presupuesto es la apropiación exacta de la política del Sr. Disraeli, «ese aventurero frívolo», que se atrevió a afirmar en la Cámara de los Comunes que la consecuencia indispensable del sistema económico del librecambio era una revolución financiera, es decir, la transformación gradual de los impuestos indirectos en impuestos directos. ¡En efecto! ¿Qué propone el Sr. Gladstone? Refuerza y amplía el sistema de tributación directa, para debilitar y restringir el sistema de tributación indirecta.

Por una parte, prorroga el impuesto sobre la renta sin modificarlo durante siete años. Lo extiende a todo un pueblo, los irlandeses. Lo extiende, copiando al Sr. Disraeli, a toda una clase, a las personas con una renta de 100 a 150 libras esterlinas. Acepta parcialmente la ampliación del impuesto sobre las viviendas propuesta por Disraeli, dándole el nombre de un impuesto modificado de licencias y aumentando los derechos de las licencias en proporción al tamaño de los edificios. Por último, eleva la tributación directa en 2.000.000 de libras esterlinas, gravando la propiedad territorial con el impuesto sobre las sucesiones, lo que también el Sr. Disraeli había prometido.

Por otra parte, combate las dos formas de tributación indirecta: los derechos de aduana y los impuestos de consumos; en lo que respecta a la primera, retoma la propuesta de Disraeli de reducir el derecho sobre el té y de suprimir, reducir o simplificar los derechos de aduana para 286 artículos; en cuanto a la segunda, propone la abolición total del impuesto sobre el jabón.

La única diferencia entre el presupuesto de Gladstone y el de su predecesor es que Disraeli es el autor y Gladstone el plagiario; que Disraeli suprimió los impuestos de consumos y otros tributos en beneficio de la propiedad territorial, mientras que Gladstone los suprime en beneficio de la burguesía urbana; que Disraeli proclamó el principio, pero, forzado por su posición excepcional, tuvo que quebrantarlo en la práctica, mientras que Gladstone, hostil al principio, puede, gracias al carácter coalicionista del ministerio al que pertenece, realizarlo en parte mediante una serie de compromisos.

¿Qué suerte correrá previsiblemente el presupuesto de la coalición y cómo se comportarán presumiblemente ante él los partidos respectivos?

En conjunto, hay sólo tres cuestiones en torno a las cuales puede encenderse la lucha: el impuesto sobre la renta, el impuesto sobre las sucesiones e Irlanda.

La escuela de Manchester ha prometido solemnemente oponerse a toda prórroga del actual impuesto sobre la renta, esa «terrible desigualdad». El oráculo de Printing House Square, el *Times*, ha tronado durante diez años contra esa misma «monstruosidad», y la opinión pública de Gran Bretaña ha condenado de manera general y decidida el sistema actual de gravar de igual manera toda clase de ingresos. Sin embargo, en esta cuestión, el Sr. Gladstone rechaza todo compromiso. Cuando el Sr. Disraeli, en su calidad de Canciller del Exchequer, propuso mitigar el impuesto sobre la renta estableciendo criterios de diferenciación entre los ingresos inseguros y los ingresos seguros, gravando los primeros con 5 peniques y los segundos con 7 peniques por libra esterlina, el impuesto sobre la renta pareció convertirse en el punto de reunión de la oposición conjunta de los conservadores, de la escuela de Manchester y de la «opinión pública», representada por el *Times*.

Pero, ¿cumplirán su promesa los de Manchester? Es muy dudoso. Tienen la costumbre mercantil de embolsarse las ganancias constantes y dejar que los principios sean principios. Y las ganancias constantes que se derivan del presupuesto del señor Gladstone no son en modo alguno despreciables. El tono de los periódicos de Manchester se ha vuelto ya mucho más moderado y conciliador en lo que atañe al impuesto sobre la renta. Empiezan a tranquilizarse

con la perspectiva ofrecida por el señor Gladstone de que «la totalidad del impuesto sobre la renta deberá extinguirse en siete años», olvidando en el momento oportuno que el difunto sir Robert Peel lo introdujo en 1842 y prometió su fin para 1845; olvidan que la extensión de un impuesto a capas más amplias es un camino muy incómodo hacia su abolición definitiva.

En lo que respecta al «Times», es el único periódico que sacará provecho de la propuesta del señor Gladstone de suprimir el timbre sobre los suplementos de periódico. Tiene que pagar, a lo largo de la semana, por cada día en que publique dobles suplementos, 40.000 peniques, o sea, 166 libras, 13 chelines y 4 peniques. Los 40.000 peniques enteros que el señor Gladstone le ha condonado irán a parar a sus cajas. Cabe imaginarse, pues, que el Cerbero se dejará apaciguar y se convertirá en un cordero, sin que el señor Gladstone se transforme en Hércules. Sería difícil hallar en la larga historia del Parlamento inglés un acto más ignominioso que el del señor Gladstone, que se compra el apoyo de un periódico incluyendo para él una provisión especial en el presupuesto. La supresión del «impuesto sobre el saber» se reclamó ante todo para quebrar el monopolio de los gigantes periodísticos. El «untuoso» señor Gladstone toma de esta medida exactamente lo necesario para duplicar el monopolio del «Times».

En principio, opinamos que el señor Gladstone tiene razón al rechazar toda distinción entre las rentas según su fuente. Si se distingue según la calidad de las rentas, hay que distinguir también según la cantidad, ya que en 99 de cada 100 casos la cantidad de una renta es su calidad. Si se las distingue cuantitativamente, se llega inevitablemente a la imposición progresiva, y de la imposición progresiva se cae directamente en aquella variedad muy radical de socialismo que, sin duda, infundiría horror a los oponentes del señor Gladstone. Con la interpretación estrecha e interesada de la diferencia entre renta segura e insegura que hace la escuela de Manchester, llegamos a la conclusión ridícula de que la renta de la clase más rica de Inglaterra, la clase industrial y mercantil, es sólo una renta insegura. Bajo el pretexto de la filantropía, los de Manchester apuntan a traspasar una parte de las cargas públicas desde sus propias espaldas a las espaldas de los terratenientes y de los tenedores de títulos del Estado.

La extensión del impuesto sobre las herencias a la propiedad territorial encontrará, sin duda, una enconada resistencia por parte del partido de los terratenientes.

Naturalmente, desean, como hasta ahora, entrar en posesión de su herencia sin pagar impuestos. Pero ya el señor Disraeli, cuando era Canciller del Exchequer, reconoció la injusticia de esta excepción, y los de Manchester votarán en esta cuestión como un solo hombre con los ministros. El «Morning Advertiser» de ayer advierte al partido de los terratenientes que, si fuera tan imprevisor como para mantenerse obstinadamente en su punto de vista respecto al impuesto sobre las herencias, tendría que abandonar toda idea de apoyo por parte de los liberales. Apenas hay otro privilegio contra el que la burguesía inglesa esté en más aguda oposición, ni existe tampoco un ejemplo más contundente de legislación oligárquica. En 1796, Pitt presentó dos bills, una de las cuales gravaba la propiedad personal con el impuesto de timbre sobre las herencias y con el impuesto sobre las herencias, y la otra imponía los mismos impuestos a la propiedad territorial. Ambas medidas fueron tratadas por separado, pues Pitt temía una oposición exitosa de los miembros de ambas Cámaras contra la imposición de tales impuestos sobre sus bienes. El primer bill fue aprobado casi sin oposición. Sólo se produjo una votación, en la que sólo 16 miembros votaron en contra. El segundo bill fue llevado a través de todas las etapas, hasta que en la tercera lectura fue derrotado por un resultado de 30 votos contra 30. Pitt, que no veía posibilidad de hacer aprobar el bill en ninguna de las dos Cámaras, se vio obligado a retirarlo. Si desde 1796 se hubieran pagado el impuesto de timbre sobre las herencias y el impuesto sobre las herencias por la propiedad territorial, se habría podido pagar la mayor parte, con mucho, de la deuda pública. La única objeción de peso que el partido de los terratenientes podría alegar ahora sería el pretexto de que los tenedores de títulos del Estado gozan de una posición excepcional similar; pero, naturalmente, no querrían fortalecer su posición enemistándose con los tenedores de títulos del Estado, que están agraciados con un don especial de inmunidad fiscal.

Así pues, sólo queda una posibilidad con alguna perspectiva de éxito para oponerse al presupuesto de la coalición, y es una coalición del partido de los terratenientes con la Brigada Irlandesa. Es cierto que el señor Gladstone ha hecho todo lo posible para mover a los irlandeses a someterse a la extensión del impuesto sobre la renta a Irlanda, haciéndoles el regalo de cuatro millones y medio de anualidades consolidadas. Pero los irlandeses afirman que tres de esos cuatro millones y medio, que recibieron en relación con la hambruna de 1846-1847, nunca fueron considerados como deuda pública y nunca fueron reconocidos como tal por el pueblo irlandés.

El propio gobierno no parece estar del todo seguro del éxito, pues amenaza con una disolución anticipada del Parlamento si el presupuesto no es aprobado en su totalidad. Una exigencia terrible para la mayoría de los miembros del Parlamento, cuyos «bolsillos se vieron considerablemente mermados por las costas legales durante la última campaña electoral», y para aquellos radicales que se han atenido lo más estrictamente posible a la vieja definición de una oposición, a saber, que la oposición en la máquina del gobierno debe desempeñar la misma función que la válvula de seguridad en una máquina de vapor. La válvula de seguridad no frena la marcha del motor, sino que lo asegura, dejando escapar en forma de vapor la fuerza que, de otro modo, haría estallar todo el asunto. Así, los radicales dejan que las reivindicaciones del pueblo se disipen en vapor. Sólo parecen presentar mociones para retirarlas después y, de paso, deshacerse de su desbordante elocuencia.

Una disolución del Parlamento no haría sino poner de manifiesto la disolución de los viejos partidos. Desde el momento en que el ministerio de coalición asumió el gobierno, la Brigada Irlandesa se escindió en dos fracciones: una adicta al gobierno y otra independiente. El partido de los terratenientes está dividido asimismo en dos campos: uno está dirigido por Disraeli, el otro por sir John Pakington; ahora, sin embargo, en la hora del peligro, vuelven a agruparse en torno a Disraeli. Incluso los radicales están escindidos en dos grupos: los de Mayfair y los de Manchester. En los viejos partidos ya no existe ninguna cohesión interna, pero al mismo tiempo tampoco hay fuerza alguna de un antagonismo real. Unas nuevas elecciones parlamentarias no cambiarían este estado de cosas, sino que se limitarían a confirmarlo.

Las revelaciones electorales han llevado la autoridad de la Cámara de los Comunes a un nivel tan bajo que ya no puede bajarse más. Pero al poner de manifiesto, semana tras semana, la podredumbre de sus propios cimientos, ha revelado también la corrupción completa en las circunscripciones electorales. ¿Se atreverá ahora el ministerio, después de todas estas revelaciones, a apelar a esas circunscripciones marcadas con el estigma? Al país en su conjunto el ministerio no tiene nada que ofrecer; pues en una mano sostiene la negativa de la reforma parlamentaria, y en la otra una patente austríaca que le confiere la dignidad de ser delator de la policía en Europa.

Karl Marx