Karl Marx

La farsa rusa -

El fracaso de Gladstone -

Las reformas de sir Charles Wood en la India Oriental

Londres, martes 7 de junio de 1853

Según un despacho procedente de Berna, el Consejo Federal ha anulado la sentencia dictada por el consejo de guerra de Friburgo contra los responsables de la reciente insurrección y ha ordenado que se les someta a los tribunales ordinarios, a no ser que el Consejo cantonal los indulte. Aquí tenemos, pues, la primera de las hazañas que acompañan a la «ruptura entre Suiza y Austria», cuyo estallido inevitable he puesto de manifiesto en un artículo anterior sobre la «república modelo» europea.

Cuando les transmití la noticia de que el gobierno prusiano había ordenado a algunos oficiales de artillería que se hallaban de permiso en el extranjero que regresaran de inmediato al servicio, afirmé erróneamente que dichos oficiales se habían ocupado de adiestrar al ejército ruso en la práctica de combate, cuando en realidad me refería al adiestramiento de la artillería turca.

Todos los generales rusos y demás rusos residentes en París han recibido la orden de regresar a Rusia sin demora. El señor Kisselew, embajador ruso en París, emplea un lenguaje bastante amenazador y muestra ostentosamente cartas de Petersburgo en las que se trata la cuestión turca con bastante desdén ( *assez cavalièrement* ). De la misma fuente procede también el rumor según el cual Rusia exige a Persia la cesión del territorio de Asterabad, en la costa sudoriental del mar Caspio. Al mismo tiempo, comerciantes rusos telegrafían —o, según se informa, han telegrafiado ya— a sus agentes de Londres

«que, en las circunstancias actuales, *no* se deben forzar las ventas de cereales, ya que los precios subirán probablemente debido al peligro de una guerra inmediata».

Finalmente, se hizo llegar a todos los periódicos confidencias veladas de que las tropas rusas avanzan hacia las fronteras, de que los habitantes de Jassy se disponen ya a recibirlos, de que el cónsul ruso en Galatz ha comprado una enorme cantidad de troncos de árbol para tender varios puentes sobre el Danubio, y demás *patrañas* por el estilo, como las que el «Augsburger Zeitung» y otros periódicos proaustríacos y prorrusos saben incubar con tanto éxito.

Éstos y un sinfín de informes, comunicaciones, etc., semejantes no son otra cosa que ridículos intentos de los agentes rusos de sumir al mundo occidental en un terror pánico y empujarlo a continuar esa política dilatoria bajo cuyo manto espera Rusia seguir realizando sus planes en Oriente como hasta ahora. Hasta qué punto se lleva a cabo sistemáticamente esta maniobra de engaño resulta patente de lo siguiente:

La semana pasada, varios periódicos franceses que, como es sabido, están pagados por Rusia, hicieron el descubrimiento

«de que la verdadera cuestión litigiosa no gira tanto en torno a Rusia y Turquía como en torno a Petersburgo y Moscú, es decir, entre el zar y el partido de la vieja Rusia; una guerra sería mucho menos peligrosa para el autócrata que la venganza de ese partido ávido de conquistas que ya ha demostrado con demasiada frecuencia cómo sabe habérselas con los monarcas que le desagradan».

El príncipe Menschikow es, naturalmente, el «jefe de este partido». El «Times» y la mayoría de los periódicos ingleses no dejaron de repetir esta ridícula afirmación: los unos con plena conciencia de su significado, los otros tal vez porque se dejaron engañar inconscientemente. Pero, ¿qué conclusiones se inclinará el público a extraer de esta nueva revelación? ¿Acaso que Nicolás, si se retira entre risas y abandona su actitud bélica frente a Turquía, ha obtenido una victoria sobre su propio partido guerrero de la vieja Rusia, o que Nicolás, si realmente va a la guerra, lo hace sólo para ceder a la presión de este legendario partido? En cualquier caso, «no habría más que una victoria de Moscú sobre Petersburgo o de Petersburgo sobre Moscú» y, en consecuencia, ninguna *victoria de Europa sobre Rusia*.

En lo que concierne a ese famoso partido de la vieja Rusia, sé casualmente por algunos rusos bien informados, pertenecientes ellos mismos a la aristocracia y con quienes traté mucho en París, que ese partido ha desaparecido por completo hace mucho tiempo y sólo se le hace revivir ocasionalmente cuando el zar necesita un espantajo para atemorizar a Europa Occidental, a fin de que soporte pacientemente sus pretensiones arrogantes. Por eso ahora se hace resucitar a Menschikow y se le engalana según el legendario estilo de la vieja Rusia. En realidad, el zar sólo teme a un partido entre sus nobles, a saber, el partido cuyo objetivo es el establecimiento de un sistema aristocrático-constitucional según el modelo inglés.

Además de estos diversos fantasmas que la diplomacia rusa conjura para inducir a error a Inglaterra y Francia, se acaba de hacer otro intento con el mismo fin: se hace aparecer una obra titulada *«L'Empire Russe depuis le Congrès de Vienne»*, de la pluma del vizconde de Beaumont-Vassy. Para caracterizar este mamotreto basta una frase del mismo:

«Es bien sabido que en los sótanos de la fortaleza de San Pedro y San Pablo existe un depósito de monedas, lingotes de oro y plata. El 1 de enero de 1850 este *tesoro oculto* fue valorado oficialmente en 99.763.361 rublos de plata.»

¿A alguien se le ha ocurrido jamás hablar del *tesoro oculto* en el Banco de Inglaterra? El «tesoro oculto» de Rusia no es otra cosa que la reserva metálica, que respalda una circulación de billetes *convertibles* tres veces mayor, sin contar la cantidad *oculta* de papel moneda no convertible emitida por el Tesoro público. Pero quizá pueda hablarse con razón de un tesoro «oculto», porque nadie lo ha visto jamás, excepto los pocos comerciantes de Petersburgo a quienes el gobierno del zar elige anualmente para inspeccionar los sacos en que está oculto.

Sin embargo, la principal maniobra de Rusia en dicho sentido es un artículo publicado en el «Journal des Débats», firmado por el viejo sabio orleanista, el señor Saint-Marc Girardin. Cito:

«Para Europa existen, en nuestra opinión, dos grandes peligros: *Rusia*, que amenaza su *independencia*, y la *Revolución*, que amenaza su *orden social*. Europa sólo puede escapar al primer peligro exponiéndose por entero al segundo. Si Europa cree que la clave de su independencia, y en particular de la independencia del continente europeo, está en Constantinopla y que esta cuestión debe ser resuelta allí audazmente, eso significa la guerra contra Rusia. En esa guerra, Francia e Inglaterra combatirían para asegurar la independencia de Europa. ¿Qué haría Alemania? No lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es que, en la situación actual de Europa, una guerra significaría la revolución social.»

Naturalmente, el señor Saint-Marc Girardin se decide por la paz a cualquier precio y contra la revolución social. Pero olvida al hacerlo que el emperador de Rusia siente al menos el mismo «horreur» <«horror»> ante la revolución que él y su editor, el señor Bertin.

A pesar de todos estos somníferos que la diplomacia rusa administra a la prensa y al pueblo inglés, el «viejo y obstinado» Aberdeen se ha visto obligado a dar orden al almirante Dundas de unirse a la flota francesa en la costa turca. E incluso el «Times», que en los últimos meses sólo había sabido escribir en ruso, parece haber recibido una inspiración más inglesa. Ahora se llena la boca.

La cuestión danesa (antes de Schleswig-Holstein) empieza a despertar vivo interés en Inglaterra, desde que por fin también la prensa inglesa ha descubierto que a esta cuestión subyace el mismo principio de expansión de Rusia que es también el punto de partida de las complicaciones en Oriente. El señor Urquhart, miembro del Parlamento y conocido admirador de Turquía y de las instituciones orientales, ha publicado un folleto sobre la sucesión dinamarquesa, del que me ocuparé en uno de mis próximos artículos. El argumento principal de este escrito consiste en señalar que el Sund ha de desempeñar para Rusia en el Norte el mismo papel que los Dardanelos en el Sur, es decir, que Rusia quiere asegurar su dominio marítimo en el mar Báltico a través del Sund, del mismo modo que aspira a asegurar su dominio en el Ponto Euxino <mar Negro> mediante la ocupación de los Dardanelos.

Hace poco les comuniqué *mi opinión* de que el tipo de interés subiría en Inglaterra y que esta circunstancia tendría un efecto desfavorable sobre los planes financieros del señor Gladstone. Pues bien, el Banco de Inglaterra ha elevado efectivamente la tasa de descuento más baja la semana pasada del 3% al 3 1/2 %, y el fracaso del plan de conversión del señor Gladstone que yo había pronosticado es ya un hecho consumado, como pueden ver por el siguiente estado del Banco:

Banco de Inglaterra

Jueves, 2 de junio de 1853

Valor de los nuevos títulos aceptados hasta la fecha:

Libras esterlinas

sh.

d.

Títulos al 3 1/2 por ciento

138.082

0

3

Títulos al 2 1/2 por ciento

1.537.100

10

10

Bonos del Tesoro

4.200

0

0

Total

1.679.382

11

1

Compañía del Mar del Sur

Jueves, 2 de junio de 1853

Valor de las anualidades convertidas hasta la fecha:

Libras esterlinas

sh.

d.

Anualidades al 3 1/2 por ciento

67.504

12

8

Anualidades al 2 1/2 por ciento

986.528

5

7

Bonos del Tesoro

5.270

18

4

Total

1.059.303

16

7

En consecuencia, del importe total de las anualidades de la Compañía del Mar del Sur ofrecidas a conversión sólo se ha aceptado una octava parte, y de los veinte millones de nuevos títulos creados por el señor Gladstone, sólo una doceava parte. El señor Gladstone se verá, pues, obligado a emitir un empréstito, en un momento en que el tipo de interés ha subido y es muy probable que siga subiendo; un empréstito que probablemente ascenderá a 8.157.811 libras esterlinas. ¡Fiasco! Consiguientemente, habrá que renunciar al ahorro de 100.000 libras esterlinas que se había prometido de esta conversión y que ya se había acreditado al presupuesto. Considerando la enorme magnitud de la deuda pública, a saber, títulos al 3% por valor de 500.000.000 de libras esterlinas, el único resultado que el señor Gladstone ha obtenido de su experimento financiero es que el 10 de octubre de 1853 habrá transcurrido otro año sin que él haya podido anunciar conversión alguna. Pero lo peor es que dentro de pocos días habrá que pagar en efectivo 116.000 libras esterlinas a los tenedores de letras del Tesoro que se niegan a renovarlas en las condiciones ofrecidas por el señor Gladstone. Éste es el éxito financiero del gobierno «de todos los talentos».

Lord John Russell se expresó en el debate sobre las rentas eclesiásticas de Irlanda (Cámara de los Comunes, 31 de mayo) en los siguientes términos:

En los últimos años se ha hecho patente que el clero católico romano —cuando vemos cómo se comporta en Inglaterra, cuando juzgamos a esa Iglesia por los actos que comete por orden de su jefe, quien, siendo él mismo un soberano extranjero, ha aspirado al poder político (¡Oíd, oíd!)—, no me parece compatible con la debida lealtad a la corona inglesa (¡Oíd, oíd!), con la debida lealtad a la causa general de la libertad, con la debida lealtad a los deberes que todo ciudadano del Estado tiene para con él. En verdad, como deseo hablar con tanta franqueza como el honorable caballero que me ha precedido, no quisiera ser malinterpretado por esta Cámara. Estoy muy lejos de negar que en esta Cámara y fuera de ella, tanto en
nuestro país
como en Irlanda,

hay muchos miembros de la fe católico-romana que son leales al trono y a las libertades de nuestro
país
; pero lo que digo, y de ello estoy convencido, es esto: si se le diera al clero católico romano mayor poder y, como eclesiásticos, ejercieran mayor control e influencia política que hoy, no ejercerían ese poder en consonancia con la
libertad general
que reina en nuestro
país
(¡Hurra!), y no actuarían, ni en cuestiones de poder político ni en otras, en favor de aquella
libertad general
de discusión y de aquella actividad y energía del espíritu humano que constituyen el verdadero espíritu de la constitución de nuestro país. (¡Toque de atención!) No creo que los católicos puedan ser equiparados a este respecto con los presbiterianos de Escocia (¡Gaitas!), con los wesleyanos de
Inglaterra
y con la Iglesia anglicana. (Aprobación entusiasta en toda la sala.) ... Me veo, pues, obligado a sacar la conclusión —muy a mi pesar, pero con toda firmeza— de que las asignaciones estatales a la religión católico-romana en Irlanda en lugar de las asignaciones estatales a la Iglesia protestante en
ese país
no son un objeto que el Parlamento de
Inglaterra
deba aceptar o sancionar.

Dos días después de este discurso de lord John, en el que por enésima vez intentaba hacer alarde de su amor a la «libertad general» mediante fervorosas genuflexiones ante unas cuantas beatas sectas protestantes, los señores Sadleir, Keogh y Monsell, en una carta del señor Monsell a milord Aberdeen, presentaron su dimisión al ministerio de coalición. En su respuesta del 3 de junio, milord Aberdeen asegura a estos caballeros:

«Las razones aducidas por lord John Russell y los sentimientos de que ustedes se quejan no son compartidos ni por mí ni por muchos de mis colegas… Lord John Russell me encarga transmitirles que en modo alguno quiso acusar a los católicos de falta de lealtad».

Después de esto, los señores Sadleir, Keogh y Monsell retiraron su dimisión, y los preparativos para una reconciliación general se desarrollaron anoche en el Parlamento «con la mayor satisfacción para lord John Russell».

El último proyecto de ley sobre la India, de 1783, resultó funesto para el gabinete de coalición de los señores Fox y lord North. El nuevo proyecto de ley sobre la India de 1853 resultará muy probablemente igual de funesto para el gabinete de coalición de los señores Gladstone y lord John Russell. Pero, si aquellos fueron desbancados porque intentaban suprimir el Directorio y la Junta de Supervisión, estos últimos se ven amenazados por un destino semejante, aunque por razones enteramente opuestas. El 3 de junio, sir Charles Wood presentó la moción para que se le autorizase a presentar un proyecto de ley

sobre el gobierno de la India. Sir Charles empezó excusando la extraordinaria longitud del discurso que pensaba pronunciar con «la vastedad del tema» y con «los 150 millones de almas de las que debía ocuparse». Sir Charles se sintió obligado a sacrificar no menos de una hora de esfuerzo vocal por cada 30 millones de sus «conciudadanos». Pero ¿por qué esta legislación precipitada para tan «vasto tema», cuando incluso las medidas sobre la «cosa más insignificante» se aplazan? Porque la carta de la Compañía de las Indias Orientales expira el 30 de abril de 1854. Pero, ¿por qué no acordar una prórroga temporal de la carta y dejar una legislación más duradera para ulterior discusión? Porque no es de esperar que jamás volvamos a encontrar «una ocasión tan propicia para tratar con calma esta cuestión extensa e importante»; es decir, para despacharla parlamentariamente. Además —estamos perfectamente informados sobre el asunto—, los directores de la Compañía de las Indias Orientales son de la opinión de que es necesario aprobar la ley durante la actual sesión parlamentaria, y el gobernador general de la India, lord Dalhousie, instó al gobierno en un despacho urgente a que, a toda costa, aprobase la ley sin demora. Pero el argumento más contundente con que sir Charles justifica su prisa por aprobar el proyecto de ley es el hecho de que, aunque parece dispuesto a hablar sobre un cúmulo de cuestiones

«que no figuran en el proyecto de ley que propone presentar», «la
medida
que ha de someter, en lo que a la legislación se refiere,
está reducida a un ámbito muy escaso
».

Tras esta introducción, sir Charles expuso su defensa de la administración de la India durante los últimos 20 años. «¡Debemos mirar a la India, en cierto modo, con ojos indios!». Ahora bien, estos ojos indios parecen tener el don especial de ver todo lo que concierne a Inglaterra bajo los colores más brillantes, y todo lo que concierne a la India bajo los más negros.

«En la India tienen ustedes una clase de hombres apegados a la tradición, profundamente enredados en prejuicios religiosos y en costumbres caducas. Allí están, ciertamente, todos los obstáculos para un progreso rápido.» (Quizá exista en la India un partido de coalición whig.)

Sir Charles Wood declara:

«Los puntos a los que se ha concedido mayor importancia y que encabezan las quejas en las peticiones a la comisión se refieren a la administración de justicia, a la falta de obras públicas y al régimen de propiedad de la tierra.»

En lo tocante a las obras públicas, el gobierno
se propone
ejecutar algunas «de la mayor magnitud e importancia». Respecto a la propiedad de la tierra, sir Charles demuestra con sumo éxito que sus tres formas existentes —el sistema
zamindarí
, el
raiyatwarí
y el
sistema de aldeas
— no son sino otras tantas formas de
explotación
fiscal por parte de la Compañía, de las que ninguna podría ni debería hacerse general. La idea de introducir otra forma de carácter enteramente opuesto no preocupa en lo más mínimo a sir Charles.

«Por lo que respecta a la
administración de justicia
—prosigue—, las quejas se refieren principalmente a las incomodidades derivadas de cuestiones procesales del derecho inglés, a la supuesta incompetencia de los jueces ingleses y a la corrupción de los funcionarios y jueces nativos.»

Para demostrar ahora qué labor tan gravosa implica la implantación de una administración de justicia en la India, sir Charles relata que ya en 1833 se nombró una comisión jurídica en la India. Pero ¿cómo procedió esta comisión, según el testimonio de sir Charles Wood? El primer y único resultado de los esfuerzos de dicha comisión fue un
Código Penal
, elaborado bajo los auspicios del señor Macaulay. Este código fue remitido a las diversas autoridades locales de la India, que lo devolvieron a Calcuta, desde donde fue enviado a Inglaterra para ser devuelto de Inglaterra a la India. En la India, entretanto, el señor Macaulay había sido sustituido por el señor Bethune como consejero jurídico, y el código fue modificado de arriba abajo. A raíz de este hecho, el gobernador general <Dalhousie>, que entonces no era todavía de la opinión de que «la dilación es fuente de debilidad y peligro», lo devolvió a Inglaterra, y de Inglaterra fue remitido de nuevo al gobernador general con la autorización de poner en vigor el código en la forma que él mismo estimase correcta. Pero, una vez fallecido el señor Bethune, el gobernador general consideró lo mejor someter el código a un tercer jurista inglés, y precisamente a un jurista que nada sabía de los usos y costumbres de los hindúes, reservándose el gobernador general el derecho de rechazar ulteriormente un código urdido por un funcionario completamente incompetente. Tales fueron las aventuras del código, que hasta el día de hoy no ha visto la luz del mundo. Por lo que hace a los absurdos formales de la

administración de justicia en la India, sir Charles apela a las formalidades no menos absurdas del procedimiento jurídico inglés. Al tiempo que jura la absoluta incorruptibilidad de los jueces ingleses en la India, se muestra dispuesto a sacrificarlos modificando el procedimiento para su nombramiento. El progreso general de la India lo ilustra sir Charles comparando el estado actual de Delhi con el estado de Delhi en la época de la invasión de Khuli-Khan. Para justificar la introducción del impuesto sobre la sal, utiliza los argumentos de los economistas más conocidos, todos los cuales han aconsejado gravar con impuestos algunos de los artículos de primera necesidad. Sir Charles no añade, sin embargo, lo que esos mismos economistas dirían si se enterasen de que en dos años, de 1849 a 1850 y de 1851 a 1852, el consumo de sal ha disminuido en 60.000 toneladas y que esto, con un ingreso total por el impuesto sobre la sal de 2 millones de libras esterlinas, ha supuesto una disminución de los ingresos de 415.000 libras esterlinas.

Las medidas propuestas por sir Charles, «reducidas a un ámbito muy escaso», son:

1.ª Que el Directorio conste de dieciocho miembros en lugar de veinticuatro; de ellos, doce serán elegidos por los accionistas y seis por la corona.

2.ª Que los ingresos de los directores se eleven de 300 a 500 libras esterlinas anuales, y los del presidente a 1.000 libras.

3.ª Que todos los puestos subalternos del servicio civil y todas las plazas científicas del servicio militar en la India sean cubiertos por concurso público, si bien los directores se reservarán los nombramientos para las plazas de cadete en la caballería de línea.

4.ª Que el cargo de gobernador general se separe del de gobernador de Bengala, y que el gobierno supremo sea autorizado para formar una nueva presidencia en los distritos del Indo.

5.ª Por último, que todas las medidas enunciadas solo tengan vigencia hasta que el Parlamento tome una decisión distinta.

El discurso y las medidas propuestas por sir Charles Wood fueron objeto de una durísima y sarcástica crítica por parte del señor Bright; su descripción de la India arruinada por la presión fiscal de la Compañía y del gobierno no contenía, naturalmente, ningún apéndice sobre la India arruinada por los hombres de Manchester y el librecambio. En cuanto al discurso pronunciado anoche por el viejo indiófilo, sir J. Hogg, director o ex director de la Compañía, abrigo la sospecha de que ya lo he encontrado en los años 1701, 1730, 1743, 1769,

1772, 1781, 1783, 1784, 1793, 1813 y otros. Como respuesta a su loa de los directores, quiero citar solo algunos hechos de los Informes Anuales de la India que, según creo, han sido publicados bajo su suprema supervisión:

Ingresos netos totales de la India:

1849/50 .......... 20.275.831 lib. est.  
1850/51 .......... 20.249.932 lib. est.  
1851/52 .......... 19.927.039 lib. est.  
}  
Descenso de los ingresos en 3 años: 348.792 lib. est.

Gastos totales:  
1849/50 .......... 16.687.382 lib. est.  
1850/51 .......... 17.170.707 lib. est.  
1851/52 .......... 17.901.666 lib. est.  
}  
Aumento de los gastos en 3 años: 1.214.284 lib. est.

Impuesto territorial:  
En los últimos 4 años la suma osciló  
en Bengala  
entre 3.500.000 lib. est. y 3.560.000 lib. est.  
en el Noroeste  
entre 4.870.000 lib. est. y 4.900.000 lib. est.  
en Madrás  
entre 3.640.000 lib. est. y 3.470.000 lib. est.  
en Bombay  
entre 2.240.000 lib. est. y 2.300.000 lib. est.

Ingresos brutos               Gastos en obras públicas  
1851/52                         1851/52  
Bengala  10.000.000 lib. est.    87.800 lib. est.  
Madrás    5.000.000 lib. est.    20.000 lib. est.  
Bombay    4.800.000 lib. est.    58.500 lib. est.  
Total    19.800.000 lib. est.   166.300 lib. est.

De la suma total de 19.800.000 libras esterlinas, se han gastado, pues, para la construcción de carreteras, canales, puentes y para otras obras públicas necesarias, sólo 166.300 libras esterlinas.

Karl Marx