Londres, martes 12 de julio de 1853

La farsa parlamentaria del pasado jueves fue continuada y llevada a término el viernes, 8 del corriente. Lord Palmerston no sólo exigió que el señor Layard aplazase su moción hasta el lunes, sino que la retirase por completo. «Al lunes le habría de ir como al viernes». El señor Bright aprovechó la oportunidad para felicitar a lord Aberdeen por su política prudente y para asegurarle, en general, su confianza incondicional.

El *Morning Advertiser* comenta al respecto:

«Si el gabinete fuese la propia Sociedad de la Paz, no habría podido hacer más de lo que hizo el bueno de Aberdeen para alentar a Rusia, desalentar a Francia, poner en peligro a Turquía y desacreditar a Inglaterra. El discurso del señor Bright pretendía ser una especie de manifiesto de Manchester en favor de los “temblones” <apodo burlesco para los cuáqueros; aquí, en el sentido de pacifistas> que hay en el gabinete.»

Los afanes de los ministros por quitar de en medio la proyectada interpelación de Layard brotaban del bien fundado temor de no poder ocultar por más tiempo a la opinión pública las disensiones internas del gabinete. Turquía tiene que desmoronarse en pedazos para que la coalición se mantenga unida. Además de lord Aberdeen, los ministros lord Clarendon, el duque de Argyll, lord Granville, el señor Sidney Herbert, el señor Cardwell y el “radical” sir William Molesworth son también favorables a las intrigas rusas. Se dice que lord Aberdeen ya ha amenazado con presentar su dimisión. La facción “enérgica” de Palmerston (*civis Romanus sum*) no necesitaba más que un pretexto así para ceder. Se resolvió enviar a las cortes de Constantinopla y San Petersburgo notas del mismo tenor, en las que se recomendaba

«que los privilegios exigidos por el zar para los cristianos greco-ortodoxos fuesen asegurados también a todos los demás cristianos de las posesiones turcas, y ello mediante un tratado de garantía cuyos suscriptores habrían de ser las grandes potencias.»

Esa misma propuesta se le había hecho, sin embargo, al príncipe Méntschikov ya la víspera de su partida de Constantinopla, y, como todo el mundo sabe, no obtuvo resultado alguno. Resulta, pues, sencillamente ridículo esperar resultado alguno de una repetición, tanto más cuanto que ya no cabe la menor duda de que Rusia aspira expresamente a la conclusión de un tratado con las grandes potencias, es decir, con Austria y Prusia, que ya no tropieza con resistencia alguna. El conde Buol, presidente del Consejo de ministros austríaco, es cuñado del barón de Meyendorf, el enviado ruso, y actúa en plena concordancia con Rusia. El mismo día en que las dos fracciones de la coalición, la somnolienta y la “enérgica”, adoptaban la resolución arriba mencionada, *La Patrie* publicaba lo siguiente:

«El nuevo internuncio austríaco en Constantinopla, el señor von Bruck, ha debutado exigiendo a la Puerta el pago de cinco millones de piastras como indemnidad y su consentimiento a la entrega de los puertos de Kleck y Suttorina. Esta exigencia ha sido considerada como un apoyo a Rusia.»

No es ése el único apoyo que Austria presta a los intereses rusos en Constantinopla. Se recuerda del año 1848 que los príncipes siempre provocaban un “malentendido” cuando querían disparar contra su pueblo. Frente a Turquía se está empleando ahora la misma artimaña de guerra. El cónsul austríaco en Esmirna hizo que un húngaro fuese sacado a la fuerza de un café inglés y arrastrado a bordo de un buque austríaco; cuando los emigrados respondieron a este acto de violencia matando a un oficial austríaco e hiriendo a otro, el señor von Bruck exigió satisfacción a la Puerta en el plazo de 24 horas. Simultáneamente con esta noticia, el *Morning Post* del sábado reproduce el rumor de que los austríacos han entrado en Bosnia. Cuando ayer se preguntó a los ministros de la coalición, en las sesiones de ambas Cámaras, acerca de la verosimilitud de este rumor, naturalmente “aún no estaban informados”. Sólo Russell se aventuró a conjeturar que el rumor tal vez se debiera únicamente al hecho de que los austríacos hubieran concentrado tropas en Peterwardein. De este modo se cumple la profecía del señor von Tatischtschev, del año 1828, de que Austria, tan pronto como las cosas llegaran a un punto decisivo, se lanzaría ávida a arrebatar su parte del botín.

Un despacho de Constantinopla, fechado el 26 del mes pasado, dice:

«Como se han difundido rumores de que toda la flota rusa ha abandonado Sebastopol y navega hacia el Bósforo, el sultán ha preguntado a los enviados de Inglaterra y Francia si las flotas combinadas estaban dispuestas a franquear los Dardanelos en caso de que los rusos hiciesen una demostración frente al Bósforo. Ambos respondieron afirmativamente. Un vapor turco, con oficiales ingleses y franceses a bordo, acaba de ser enviado desde el Bósforo al mar Negro en misión de reconocimiento.»

Lo primero que hicieron los rusos tras su entrada en los Principados fue prohibir la publicación del firmán promulgado por el sultán que confirmaba los privilegios de los cristianos de todas las confesiones, y suprimir un periódico alemán que aparecía en Bucarest y que había osado publicar un artículo sobre la cuestión de Oriente. Al mismo tiempo, arrancaron al gobierno turco el primer pago anual del tributo que Rusia había fijado durante su anterior ocupación de Moldavia y Valaquia en 1848-1849. Desde 1828, el protectorado ruso ha costado a los Principados 150 millones de piastras, aparte de las pérdidas inmensas causadas por el saqueo y la devastación. Inglaterra sufragó los gastos de las guerras de Rusia contra Francia; Francia pagó los gastos de la guerra que Rusia libró contra Persia; Persia pagó los gastos de la guerra de Rusia contra Turquía; Turquía e Inglaterra pagaron los gastos de la guerra de Rusia contra Polonia; ahora, Hungría y los Principados danubianos tienen que pagar la guerra de Rusia contra Turquía.

El acontecimiento más importante del día es la nueva nota circular del conde Nesselrode, fechada en San Petersburgo el 20 de junio de 1853. En ella declara que los ejércitos rusos no evacuarán los Principados danubianos hasta que el sultán haya cedido a todas las exigencias del zar y las flotas inglesa y francesa hayan abandonado las aguas turcas. Esta nota suena a mofa directa de Inglaterra y Francia. En ella se dice:

«La posición que las dos potencias marítimas han adoptado constituye una ocupación naval que nos autoriza a restablecer el equilibrio de la situación recíproca mediante la toma de una posición militar.»

Obsérvese que la bahía de Besika está a 150 millas de Constantinopla. El zar reclama para sí el derecho de ocupar territorio turco, pero al mismo tiempo prohíbe a Inglaterra y Francia tomar posesión de aguas neutrales sin su permiso especial. Él mismo se deshace en elogios de su magnánima indulgencia, que deja a la Puerta en libertad de elegir la forma en que quiera renunciar a su soberanía: “ya sea mediante una convención, un sened o cualquier otro acto recíproco, o incluso mediante la simple firma de una nota”. Está convencido de que la “Europa imparcial” comprenderá que el tratado de Kainardschi, que otorga a Rusia el derecho de proteger una sola capilla griega en Estambul, la convierte *eo ipso* <precisamente por ello> en la Roma del Oriente. Lamenta que Occidente no comprenda el carácter inocuo de un protectorado religioso ruso en países extranjeros, y documenta su afán por mantener la inviolabilidad de Turquía con hechos históricos. “¡Qué uso tan moderado —por ejemplo— hizo en 1829 de la victoria de Adrianópolis!”, donde sólo el estado lastimoso de su ejército y la amenaza del almirante inglés de bombardear, con o sin permiso, toda plaza costera del mar Negro le impidió ser inmoderado, y donde todo lo que alcanzó lo debió únicamente a la “longanimidad” de los gabinetes occidentales y a la pérfida destrucción de la flota turca en Navarino.

“En 1833, él solo salvó en Europa a Turquía de un desmembramiento inevitable.
En 1833, el zar concertó con Turquía, en el conocido tratado de Unkiar Skelessi,
una alianza defensiva
que prohibía a las flotas extranjeras aproximarse a Constantinopla, y que salvó a Turquía del desmembramiento sólo para que se conservara entera para Rusia.

”En 1839, tomó la iniciativa ante las demás potencias de unas propuestas que, ejecutadas en común, habrían preservado al sultán de ver su trono ceder el paso a un nuevo reino árabe.”

Es decir, en 1839 dejó que las otras potencias tomasen la iniciativa de destruir la flota egipcia e hizo que se condenara a la impotencia al único hombre que habría sido capaz de convertir a Turquía en un peligro mortal para Rusia y de sustituir un “turbante de aparato” por una cabeza verdadera.

“El principio fundamental de la política de nuestro augusto emperador ha sido siempre mantener el *statu quo* en Oriente todo el tiempo que fuera posible.”

Esto es cierto. El zar se ha cuidado siempre diligentemente de que la disolución del Estado turco se efectúe exclusivamente bajo tutela rusa.

Hay que reconocerlo: jamás, hasta el día de hoy, se ha lanzado a la faz de las potencias occidentales, desde el Oriente, un documento más sarcástico. Pero su autor es Nesselrode, cuyo nombre no en vano significa a un tiempo ortiga y vara de castigo <Juego de palabras: Nessel (alemán), rod (inglés) = vara>. En verdad, es un documento que prueba que Europa se doblega bajo la vara de castigo de la contrarrevolución. Los revolucionarios pueden felicitar al zar por esta obra maestra. Si esto es la retirada de Europa, no es una simple retirada tras una derrota ordinaria, sino una retirada por las horcas caudinas.

Pero, mientras la reina inglesa festeja en este momento a princesas rusas, mientras la ilustrada burguesía y aristocracia inglesas yacen humildemente a los pies del autócrata bárbaro, sólo el proletariado inglés protesta contra la incapacidad y la indignidad de las clases dominantes. El 7 de julio, la escuela de Manchester celebró una gran asamblea por la paz en la Odd-Fellows-Hall de Halifax. Crossley, miembro del Parlamento por Halifax, y todos los demás «grandes hombres» de la escuela habían acudido especialmente a esta reunión desde la «City» <Londres>. La sala estaba abarrotada y muchos miles de personas no pudieron encontrar entrada. Ernest Jones (cuya agitación en los distritos fabriles hace magníficos progresos, como puede deducirse del gran número de peticiones cartistas en el Parlamento y de los ataques de la prensa burguesa de provincias) se encontraba justamente en Durham. Los cartistas de Halifax, donde Jones ya había sido propuesto dos veces y elegido a mano alzada candidato para la Cámara de los Comunes, lo llamaron por telégrafo, y apareció justo a tiempo en la reunión. Los señores de la escuela de Manchester ya se creían seguros de su victoria y esperaban hacer aprobar una resolución que asegurara a su buen Aberdeen el apoyo de los distritos fabriles, cuando Ernest Jones se levantó y presentó una enmienda que llamaba al pueblo a la
guerra
y en la que declaraba que la paz era un crimen mientras no se hubiera conquistado la libertad. Se produjo una acalorada discusión, pero la resolución de Ernest Jones triunfó por gran mayoría.

Los artículos del proyecto de ley sobre la India se aprueban sucesivamente; el debate al respecto apenas presenta rasgos dignos de mención, salvo la inconsecuencia de los llamados reformadores de la India. Ahí está, por ejemplo, milord Jocelyn, miembro del Parlamento, que ha convertido sus revelaciones periódicas sobre los males de la India y la mala administración de la Compañía de las Indias Orientales en una especie de medio de subsistencia. ¿En qué cree usted que desembocó su
moción? En una prórroga de la Carta de la Compañía de las Indias Orientales por diez años. Afortunadamente, se ha puesto en evidencia él solo con ello. Otro «reformador» profesional es el señor Jos[eph] Hume, quien a lo largo de su larga carrera parlamentaria ha conseguido convertir la oposición en una forma especial de apoyo al gabinete. Propuso no reducir el número de directores de la Compañía de las Indias Orientales de 24 a 18. La única enmienda razonable que se aprobó ahora fue la del señor Bright, por la cual los directores nombrados por el gobierno quedan exentos del requisito de la posesión de acciones de las Indias Orientales que se había introducido para los directores elegidos por el Consejo de Vigilancia. Lea usted los escritos publicados por la sociedad en favor de las reformas en las Indias Orientales, y experimentará una sensación similar a la de oír una única gran acusación contra Bonaparte, redactada conjuntamente por legitimistas, orleanistas, republicanos azules y rojos e incluso bonapartistas desengañados. El único mérito de estos escritos hasta ahora ha sido haber llamado la atención del público, de manera muy general, sobre la situación de la India, y en su forma actual de oposición ecléctica no pueden ir más allá. Mientras, por un lado, atacan las maquinaciones de la aristocracia inglesa en la India, por otro lado protestan contra la destrucción de la aristocracia india, es decir, de los príncipes nativos.

Una vez que los invasores británicos hubieron puesto pie en suelo indio y estuvieron decididos a mantenerse en él, no quedó otro camino que quebrantar el poder de los príncipes nativos por la fuerza o mediante intrigas. Como los ingleses se encontraban frente a ellos en una situación similar a la de los antiguos romanos con respecto a sus aliados, siguieron las huellas de la política romana. «Era», escribe un autor inglés, «un método de cebar a los aliados, como cebamos a los bueyes, hasta que pueden ser devorados.» Después de haber ganado a sus aliados según el modelo de la antigua Roma, la Compañía de las Indias Orientales ajustaba cuentas con ellos a la manera moderna del Change Alley. Para desembarazarse de las obligaciones contraídas con la Compañía, los príncipes nativos tenían que tomar prestadas de los ingleses sumas enormes a intereses usurarios. Cuando su apuro llegaba al punto culminante, el acreedor se volvía inexorable, «se apretaba el tornillo» y los príncipes se veían forzados a ceder «voluntariamente» sus territorios a la Compañía o a iniciar una guerra; en el primer caso, se convertían en pensionistas de sus usurpadores; en el otro,
se los despojaba de su trono como traidores. En el momento actual, los estados de los príncipes nativos ocupan una superficie de 699.961 millas cuadradas con una población de 52.941.263 almas; pero ya no son aliados, sino, en virtud de múltiples condiciones y bajo las diversas formas del sistema de subsidios y de protección, meros vasallos del gobierno británico. Estos sistemas tienen algo en común: niegan gustosamente a los estados nativos el derecho de defensa autónoma, de mantenimiento de relaciones diplomáticas y de arreglo de cuestiones litigiosas entre sí sin injerencia del gobernador general. Todos ellos deben pagar un tributo, ya sea en dinero contante o en forma de contingentes de tropas comandados por oficiales británicos. La incorporación definitiva o anexión de estos principados es en este momento tema de una viva controversia entre los reformadores, que condenan tal anexión como un crimen, y los hombres de negocios, que la justifican como una necesidad.

En mi opinión, el propio planteamiento de la cuestión es completamente inexacto. En lo que respecta a los estados de los príncipes nativos, en realidad dejaron de existir en el momento en que se convirtieron en vasallos de la Compañía o fueron puestos bajo su protección. Cuando se divide la renta nacional de un país entre dos gobiernos, se paralizan necesariamente los recursos de uno y la administración de ambos. Bajo el sistema actual, los estados de los príncipes nativos sucumben a una doble pesadilla: la de su propia administración y la de los tributos y desmesuradas prestaciones militares que les impone la Compañía. Las condiciones bajo las cuales se les permite mantener su aparente independencia son, al mismo tiempo, las condiciones que conducen a su decadencia constante y a una total incapacidad para mejorar su situación. La debilidad orgánica es la ley fundamental de su existencia, como en todo organismo que sólo existe porque se le tolera. La cuestión no gira, pues, en torno al mantenimiento de los
estados
nativos, sino de los
príncipes
nativos y sus cortes. Y ¿no es extraño que los mismos hombres que condenan «el bárbaro fasto de la corona y la aristocracia de Inglaterra» derramen hoy lágrimas por la caída de nababs, rajás y jagirdares indios, que en su inmensa mayoría ni siquiera pueden vanagloriarse de un antiguo linaje, puesto que por lo general son usurpadores de fecha reciente, colocados en el trono por las intrigas inglesas! En todo el mundo no hay despotismo más ridículo, absurdo e infantil que el de esos
Schachsenans
y
Schachriars
de «Las mil y una noches». El duque de

Wellington, Sir J[ohn] Malcolm, Sir Henry Russell, Lord Ellenborough, el general Briggs y otras autoridades se han pronunciado a favor del mantenimiento del statu quo. Pero ¿con qué fundamento? Porque las tropas indias bajo mando inglés deben tener ocupación en las pequeñas empresas guerreras contra sus propios compatriotas, para impedir que vuelvan su fuerza contra sus amos europeos; porque la existencia de estados independientes proporciona de vez en cuando ocupación a las tropas inglesas; porque los príncipes hereditarios son los instrumentos más sumisos del despotismo inglés y frenan el surgimiento de esos audaces aventureros militares de los que la India es rica y siempre será rica; porque los territorios independientes ofrecen un refugio a todos los espíritus descontentos y audaces del pueblo indio. Dejando a un lado todos estos argumentos, que testimonian tan elocuentemente que los príncipes nativos son los pilares del actual y abominable sistema de dominación inglés y el mayor obstáculo para el progreso de la India, paso a referirme a Sir Thomas Munro y a Lord Elphinstone, quienes al menos fueron hombres de excelente modo de pensar y de verdadera compasión por el pueblo indio. Eran de la opinión de que sin una aristocracia nativa no puede haber fuerza vital en ninguna otra clase de la sociedad y que la caída de esa aristocracia no elevará a todo un pueblo, sino que lo envilecerá. Puede que tengan razón, en tanto se considere que bajo la dominación directa de los ingleses la población india está sistemáticamente excluida de todos los altos cargos militares y civiles. Donde no puede haber grandes hombres por méritos propios, tiene que haber grandes hombres por nacimiento, para dejar a un pueblo sometido al menos algo de propia grandeza. Pero esta exclusión de la población nativa de los altos cargos en territorio inglés sólo se ha conseguido mediante la conservación de los príncipes hereditarios en los llamados territorios independientes. Y una de estas dos concesiones hubo que hacérsela al ejército indígena, en cuya fuerza descansa todo el dominio británico en la India. Creo que podemos dar fe a la afirmación del señor Campbell de que la aristocracia india nativa es la menos capacitada para ocupar altos puestos; de que para todas las nuevas exigencias es necesario crear una clase nueva y de que «esto es posible, por la capacidad de comprensión y de aprendizaje de las clases bajas, en la India como en ningún otro país».

Los propios príncipes nativos desaparecen rápidamente por la extinción de sus linajes. Sin embargo, desde comienzos de este siglo, el gobierno británico ha seguido la política de permitirles crear herederos por
adopción
o de ocupar sus sedes de dominio vacantes con marionetas de factura inglesa. El conocido gobernador general Lord Dalhousie fue el primero que protestó abiertamente contra este sistema. Si no se pusiera un dique artificial al curso natural de las cosas, no se necesitarían ni guerras ni gastos de dinero para barrer a los príncipes nativos.

En cuanto a los príncipes pensionados, las 2.468.969 libras esterlinas que el gobierno británico les asigna del ingreso nacional indio para su sustento constituyen una carga sumamente pesada para un pueblo que vive de arroz y que está despojado de los medios para satisfacer las necesidades vitales más imprescindibles. Si estos príncipes sirven para algo, es para exhibir una monarquía en su grado más profundo de humillación y ridiculez. Tomemos, por ejemplo, al Gran Mogol Mohammed Bahadur Schah II, descendiente de Timur Tamerlán. Recibe 120.000 libras esterlinas al año. Su poder no alcanza más allá de los muros de su palacio, dentro del cual la real prole de idiotas, abandonada a sí misma, se multiplica abundantemente como los conejos. Incluso la policía de Delhi está provista por los ingleses y queda fuera de su control. Allí se sienta en su trono, un vejete amarillo y arrugado, ataviado teatralmente, con ropas bordadas en oro como las de las bailarinas de Indostán. En ciertos actos de Estado, la marioneta cubierta de oropeles se exhibe para alegrar los corazones de sus «súbditos». En sus días de recepción, los extranjeros han de pagar un derecho de entrada en guineas, como a cualquier otro charlatán que se exhiba en público; mientras él, por su parte, les obsequia turbantes, diamantes, etc. Si se les observa más de cerca, se descubre que los reales diamantes no son más que vulgares pedacitos de vidrio, burdamente pintados, que imitan piedras preciosas del modo más tosco posible y ensamblados tan miserablemente que se desmoronan en la mano como el pan de jengibre.

Hemos de admitir que los usureros ingleses, en unión con la aristocracia inglesa, entienden el arte de degradar a las altezas reales, cuando las reducen, en la metrópoli, a la nulidad del constitucionalismo y, fuera de ella, a la existencia enclaustrada de la etiqueta. ¡Y sin embargo, los radicales se indignan justamente ante este espectáculo!

Karl Marx