Karl Marx

[Discurso de Manteuffel – El conflicto eclesiástico en Prusia – Llamamiento de Mazzini – El magistrado de Londres – La reforma de Russell – Parlamento obrero]

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nº 3948 del 12 de diciembre de 1853]

Londres, martes 29 de noviembre de 1853

Ayer por la mañana, el primer ministro, el señor von Manteuffel, abrió la Cámara prusiana con un discurso. El pasaje sobre los disturbios orientales, tal como nos lo transmite el telégrafo, está redactado deliberadamente en términos que pretenden disipar la sospecha, generalmente dominante, de que existe una conspiración entre las cortes de San Petersburgo, Berlín y Viena. Esto es tanto más notable cuanto que, como es bien sabido, Federico Guillermo IV se ha dignado, en diversas ocasiones anteriores, anunciar solemnemente a su fiel pueblo, por boca del mismo Manteuffel, que no es asunto de las Cámaras inmiscuirse en cuestiones de política exterior, ya que las relaciones externas del Estado caen bajo la esfera de poder exclusivo de la Corona, tanto como las propias tierras patrimoniales del rey. El pasaje arriba mencionado, que encierra algo así como una apelación al pueblo, revela la situación extremadamente difícil en que se encuentra el gobierno prusiano, amenazado, por un lado, por Rusia y Francia, por el otro, por sus propios súbditos, y acicateado al mismo tiempo por los altos precios de los víveres, el comercio profundamente deprimido y el recuerdo de una abominable traición a la confianza que aún aguarda expiación. El gobierno prusiano ha desechado el recurso de influir sobre la opinión pública por medio de las Cámaras, que el rey instituyó, con plena deliberación, como puro engaño, que los ministros tratan, deliberadamente, como puro engaño y que el pueblo acepta, de manera inequívoca, como puro engaño. De poco sirve ahora explicarle que estas instituciones aparentes deben ser consideradas, de repente, como baluartes de la "patria".

"Los prusianos", dice el "Times" de hoy, "apenas merecen ya su antigua reputación de sabiduría y sensatez, puesto que han permitido que a las Cámaras elegidas bajo la constitución vigente se les muestre un desprecio tan inmerecido."

Por el contrario, los prusianos han demostrado precisamente sensatez al impedir que los hombres que traicionaron la revolución, con la expectativa de cosechar sus frutos, disfrutaran siquiera de la apariencia de una influencia, y al demostrar al gobierno que no se dejaban engañar por su juego de ilusionismo, y que las Cámaras, en la medida en que se les prestara alguna atención, no eran para ellos otra cosa que una nueva institución burocrática, añadida a las ya existentes con anterioridad en el país.

Todo aquel que no conozca a fondo la historia de Alemania no comprenderá las disputas religiosas que una y otra vez perturban la superficie, por lo demás tranquila, de la vida pública en Alemania. Ahí están los restos de la denominada Iglesia Alemana, perseguidos ahora por los gobiernos existentes con tanto celo como en el año 1847. Ahí está la cuestión de los matrimonios entre católicos y protestantes, por la cual el clero católico riñe aún con el gobierno prusiano exactamente igual que en el año 1847. Sobre todo, ruge una lucha encarnizada entre el arzobispo de Friburgo, que ha excomulgado al gobierno de Baden y hace leer públicamente su pastoral desde los púlpitos, y el gran duque de Baden, que ordena cerrar las iglesias de los díscolos y arrestar a los párrocos locales; y he ahí a los campesinos reuniéndose y armándose para proteger a sus sacerdotes y expulsar a los gendarmes – así ha ocurrido en Bischofsheim, Königshofen, Grünsfeld, Gerlachsheim, donde el potentado lugareño tuvo que huir, y en muchas otras aldeas. Sería falso considerar el conflicto religioso de Baden como un asunto meramente local. Baden no es más que el campo de batalla que la Iglesia católica ha escogido deliberadamente para atacar a los príncipes protestantes. En esta disputa, el arzobispo de Friburgo representa a todo el clero católico de Alemania, del mismo modo que el gran duque de Baden representa a todos los potentados, grandes y pequeños, de la fe protestante. ¿Qué pensar, pues, de un país que, por un lado, es célebre por su profunda, intrépida y sin par crítica de todas las tradiciones religiosas y, por el otro, asombra a toda Europa, en intervalos periódicamente recurrentes, con la reanimación de las luchas religiosas del siglo XVII? El secreto consiste simplemente en que todos los movimientos populares que fermentan bajo la superficie son forzados por los gobiernos a adoptar, en primer lugar, la forma mística y casi incontrolable de movimientos religiosos.

El clero, por su parte, se deja engañar por la apariencia, y mientras cree dirigir las pasiones populares exclusivamente en su propio beneficio contra el gobierno, es en realidad, él mismo, el instrumento inconsciente e involuntario de la revolución.

La prensa diaria londinense hace ostentación de un gran horror y una gran indignación moral ante un llamamiento redactado por Mazzini y hallado en posesión de Felice Orsini, el jefe del cuerpo nacional Nº 2, destinado a la insurrección en la comarca de Lunigiana, que abarca partes de Módena, Parma y el reino de Piamonte. En este llamamiento se exhorta al pueblo a "tomar por sorpresa al enemigo, como intentó y volverá a intentar hacerlo el pueblo de Milán". Luego dice el llamamiento: "El puñal, que hiere inesperadamente, presta buenos servicios y reemplaza al mosquete." La prensa londinense califica esto de llamamiento abierto "al asesinato secreto y cobarde". Ahora bien, quisiera yo saber cómo, en Italia, un país en el que no existen por ningún lado posibilidades de resistencia abierta, pero sí espías policiales por todas partes, un movimiento insurreccional podría contar con el más mínimo éxito si no recurriera al ataque por sorpresa. Quisiera saber con qué otras armas debe luchar el pueblo italiano contra las tropas austriacas, si es que llega a haber lucha, que no sea el puñal, ya que de todas las armas sólo le queda el puñal, que Austria no ha podido quitarle. Lejos está Mazzini de decir a los italianos que utilicen el puñal para un vil asesinato contra el enemigo desarmado – ciertamente, los exhorta a "tomar por sorpresa" al enemigo con él, pero a plena luz del día, como en Milán, donde algunos patriotas, armados únicamente con cuchillos, penetraron en los cuerpos de guardia de la guarnición austriaca armada.

"Pero", dice el "Times", "¡el Piamonte constitucional debe sufrir la misma suerte que Roma, Nápoles y la Lombardía!"

¿Y por qué no? ¿No fue el rey de Cerdeña, Carlos Alberto, príncipe de Saboya, quien traicionó la revolución italiana de 1848 y 1849? ¿Y puede Italia convertirse en república con un rey de Piamonte con mayor facilidad que Alemania con un rey de Prusia? Hasta aquí sobre el aspecto moral del llamamiento de Mazzini. En lo que respecta a su valor político, ésa es una cuestión muy distinta. Por mi parte, creo que Mazzini está en un error, tanto en sus opiniones sobre el pueblo de Piamonte, como en sus sueños de una revolución italiana, de la cual supone que no será provocada por la ocasión favorable de

los disturbios europeos, sino por la acción aislada de conspiradores italianos que tomen por sorpresa al enemigo.

Habrán visto ustedes por los periódicos londinenses que el gobierno ha nombrado una comisión para investigar las prácticas corruptas y la organización entera de aquella muy venerable corporación conocida como la Corporación de la City. A continuación, algunos hechos extraídos del informe de la comisión, cuyo trabajo está aún muy lejos de haber concluido:

Las rentas de la Corporación de Londres se estiman, sin contabilizar todas las partidas, en 400.000 libras esterlinas, y el monto total de lo desembolsado en salarios alcanza la muy considerable suma de 107.000 libras esterlinas, o sea más del 25% de la renta total. Los salarios de los funcionarios de justicia están fijados en 14.700 libras esterlinas, de las cuales corresponden 3.000 libras esterlinas al juez principal de la ciudad, 1.500 libras esterlinas a su suplente y 1.200 libras esterlinas al juez del tribunal del sheriff. El escribano de la ciudad recibe 1.892 libras esterlinas, el secretario 1.249 libras esterlinas y el secretario de la tesorería 1.765 libras esterlinas. Los altos funcionarios de Mansion House y Guildhall reciben conjuntamente 1.250 libras esterlinas al año. El portador del cetro recibe 550 libras esterlinas y el portador de la espada 550 libras esterlinas; el maestro mayor de ceremonias 450 libras esterlinas o 500 libras esterlinas, el submaestro de ceremonias 200 libras esterlinas o 300 libras esterlinas. Estos figurones reciben además 70 libras esterlinas para uniformes, 14 libras esterlinas para botas y 20 libras esterlinas para tricornios. El señor Bennoch declaró en su deposición que

"los gastos totales de las instituciones pertenecientes a la Corporación de Londres son mucho mayores que los gastos totales del gobierno federal de los Estados Unidos o, lo que quizás sea una constatación aún más asombrosa, que sus gastos empleados en administrar los fondos de la Corporación son mayores que la suma total de las rentas que percibe por alquileres, aduanas y tasas de los prestamistas".

El gran secreto de las píldoras reformadoras que Lord John Russell se propone administrar al público británico ha sido finalmente conocido. Propone: 1. una abolición del censo de fortuna para los miembros del Parlamento, censo que desde hace tiempo se ha vuelto nominal; 2. una rectificación de las circunscripciones electorales mediante la disolución de algunos pequeños burgos podridos y la formación de otros más grandes; 3. en las circunscripciones rurales, una reducción del censo de veinte libras al censo de diez libras de las

circunscripciones urbanas. Una cuarta propuesta, la de rebajar el censo electoral a 5 libras esterlinas, se ha dejado caer, puesto que de ese modo, como dice el "Times",

"se privaría de hecho del derecho de voto a los electores actuales, porque la clase recién admitida superaría con mucho numéricamente a todas las demás juntas y sólo necesitaría actuar unánimemente para tener la supremacía".

En otras palabras: la concesión del derecho de voto a la mayoría, aunque no fuera más que a la clase de los pequeños burgueses, arrebataría el derecho de voto a la minoría. ¡Un argumento realmente refinadamente urdido! Sin embargo, el rasgo más importante del proyecto de reforma, el de gran importancia para el futuro, no es éste, ni son tampoco todos sus puntos juntos. Ese rasgo importante es la general y absoluta indiferencia con que se acoge el anuncio del proyecto de reforma. Cualquier parte policial suscita considerablemente más atención en el público que la "gran medida", el nuevo proyecto de reforma, obra común del "ministerio de todos los talentos".

Ernest Jones tenía toda la razón cuando predecía que la primera nota lanzada por el movimiento de masas del pueblo y por una organización nacional, bajo la dirección de un parlamento obrero, sembraría el miedo y el terror entre las clases poseedoras de dinero y obligaría a la prensa burguesa de Londres a tomar nota de ello. El "Times" ha reconocido de inmediato la importancia de este nuevo movimiento y, por primera vez, ha dado cuenta del mitin cartista celebrado en el People's Institute de Manchester. Todos los periódicos afines a él están atestados de artículos de fondo sobre el movimiento obrero y el parlamento obrero propuesto por los cartistas, de quienes se suponía desde hacía tiempo que habían muerto de consunción. El "Economist" publica nada menos que cuatro artículos sobre la cuestión. Sin embargo, en lo que respecta a los informes sobre el importantísimo mitin de Manchester, no puede decirse que hayan dado una idea del carácter del mitin ni de las cuestiones allí tratadas. Considero, pues, justo dar un informe propio. Las siguientes resoluciones fueron propuestas y aprobadas:

"1. Considerando la inutilidad de las luchas aisladas de grupos obreros separados por un salario justo y por la emancipación del trabajo, este mitin opina que ha llegado el momento en que un movimiento de masas común de la clase obrera, apoyado en una organización nacional y dirigido por un cuerpo rector, es lo único capaz de proporcionar un apoyo suficiente a los trabajadores en huelga y privados de toda ocupación, y de capacitarlos para liberarse en el futuro de la servidumbre del capital. Opina, además, que el movimiento de masas del pueblo y la organización nacional no están destinados, ni se les debe permitir, a interferir en la labor de las actuales Trade-Unions y asociaciones de trabajadores, sino que su acción ha de consistir en centralizar, concentrar y unificar la fuerza de todos y del conjunto de la masa obrera.

2. Para llevar a efecto la resolución anteriormente expuesta, es imprescindible que se reúna lo antes posible un parlamento obrero. Este parlamento estará compuesto por delegados elegidos por los trabajadores de cada ciudad, congregados en mítines públicos. La tarea de este parlamento consistirá en iniciar las medidas necesarias para poder prestar apoyo a los hombres que ahora se encuentran en huelga o sometidos al lock-out por los fabricantes, y ello mediante la realización de una colecta nacional de dinero del tipo más amplio. Asimismo, deberá trazarse un plan preciso sobre cómo han de proceder las clases trabajadoras en su lucha contra los empresarios, y proponerse los medios para que el trabajo se libere de su indebida dependencia del capital, se vuelva independiente, autónomo y remunerador, sin necesidad de huelgas.

3. El mitin de hoy elige, con el fin arriba mencionado, un comité encargado de entrar en correspondencia con las diferentes ciudades y distritos para todos los preparativos necesarios para la convocatoria del parlamento obrero, y para fijar y publicar los detalles necesarios para las sesiones de los delegados, así como un programa de trabajo."

El discurso con mucho más notable fue el del señor Jones, del cual doy algunos extractos:

"El empresario dice en el 'Times' de Londres que sus ganancias a vosotros no os importan; vosotros solo tenéis que contar vuestras propias cabezas, pero no sus ganancias. Si hay muchas cabezas, recibiréis menos, aunque queráis más. Y a eso lo llama la ley de la oferta y la demanda. Solo eso, dice, debería regular vuestros salarios. Pero ¿es así? ¡No! Si vosotros no debéis exigir un aumento de salario mientras sus ganancias son altas, él tampoco debería presionar vuestros salarios a la baja cuando sus ganancias se reducen. Pero entonces os dirá, aunque no haya un solo hombre menos empleado: el negocio va mal, los tiempos son difíciles, mis ganancias han disminuido; ya no puedo permitirme pagaros los mismos salarios. Así pues, no es la ley de la oferta y la demanda la que regula vuestro trabajo, sino la ley del calicó caro y de las pequeñas ganancias. La ley de la oferta puede ser cierta, ¡pero la ley de la vida es más cierta! La ley de la demanda puede ser fuerte, ¡pero la ley del hambre es aún más fuerte! Nosotros decimos: si una forma del capital, a saber, el dinero, tiene derecho a las ganancias, la otra forma del capital, a saber, el trabajo, tiene igualmente derecho a ellas. ¡El trabajo tiene incluso un derecho mayor, porque el trabajo crea dinero y no el dinero crea trabajo! ¿Qué es la ganancia? El capital que queda después de deducir todos los costos de producción. El salario que hasta ahora habéis recibido no es más que una parte de los costos de producción. Aquello que apenas mantiene unidos el cuerpo y el alma no es en absoluto una remuneración por la penalidad. Son justamente los costos necesarios para conservar en condiciones de funcionamiento a la máquina humana. Debéis tener un excedente por encima de los costos de producción —a saber, el alimento y el alojamiento de la máquina de carne y hueso—. Necesitáis alimento para el corazón y el cerebro exactamente igual que para la boca y el estómago. El empresario teme que podáis obtener más salario; no porque no pueda permitirse pagarlo, pues su capital ha crecido en los últimos siete años en más del 100%, y vosotros solo pedís el 10% de su 100% por vuestro trabajo. Teme que si obtenéis salarios más altos os haríais independientes; teme que los salarios más altos posibilitarían una mejor formación escolar; teme que un pueblo ilustrado no siga siendo esclavo por más tiempo; teme que obtengáis salarios más altos porque sabe que entonces no os resignaríais por más tiempo a trabajar tantas horas; teme que entonces no toleraríais por más tiempo que vuestras mujeres se maten a trabajar en el infierno de la fábrica; teme que entonces enviaríais a vuestros hijos a la escuela en lugar de a la fábrica; teme que obtengáis salarios más altos porque sabe que si la mujer estuviera en casa, el niño en la escuela y la jornada laboral en la fábrica fuera más corta, entonces las fuerzas de trabajo excedentes, que ahora presionan los salarios a la baja, se sustraerían a su control, y que el trabajo se convertiría en una perla inestimable que adornaría la diadema de la libertad humana. Pero la cuestión ha cambiado una vez más de aspecto; ya no se trata de obtener una parte de la ganancia del empresario o un aumento de salario del 10%; se trata de impedir que el salario sea reducido en un 20%. Buenos negocios o malos negocios, les importa poco a los capitalistas; en un caso saquean al pueblo en el extranjero, en el otro lo saquean en su propio país. La cuestión cambia rápidamente para vosotros: ya no se trata de salarios más bajos o más altos, se trata de vivir o morir de hambre, de una vida en el infierno fabril o de la muerte ante las puertas de las fábricas. Los capitalistas, los cosacos del Oeste, cruzaron primero el Danubio de los derechos obreros; han proclamado la ley marcial dictada por el oro y desde las baterías del monopolio arrojan la muerte por hambre sobre nuestras filas. Una ciudad tras otra es puesta en estado de sitio. El desempleo cava las trincheras, el hambre asalta la ciudadela del trabajo, la artillería de la necesidad dispara contra las filas de los obreros. Cada día se extiende más la gran asociación de los capitalistas; cada día abarca más su movimiento todo el país. ¿Estáis vosotros en condiciones de hacerles frente? En vuestro movimiento reinan el caos y la confusión. A medida que el lock-out se extiende y vuestra acción aislada persiste, cazaréis furtivamente en los cotos ajenos; los colectores de fondos de un lugar se encontrarán con los de otro en un mismo punto. Os enfrentaréis como enemigos allí donde deberíais tenderos la mano como aliados. Debilitaréis vuestra ayuda mutua cuando deberíais ayudaros unos a otros a superar vuestra debilidad. Los mineros de Wigan no estaban muy lejos de Preston, de Stockport, de Manchester, de Oldham, y sin embargo sufrieron una derrota porque se los dejó sin ayuda. Los obreros fabriles de Wigan también están en huelga. ¿Qué dirán de la derrota de sus hermanos, los mineros? Opinan que aquellos han salido aún bien parados. No pueden pensar de otra manera, porque se estorban mutuamente. Pero ¿por qué ocurre esto? Porque constreñís vuestro movimiento al estrecho marco de una profesión, de un distrito y de un interés. El movimiento de vuestros empresarios adquiere una envergadura nacional; también vuestra resistencia debe adquirir una envergadura nacional. Si seguís así, os esperan la anarquía y la perdición. No creáis que ataco la inteligencia, la dirección y la integridad de las Trade-Unions.

Pero los andadores que sostienen al niño se convierten en un grillete en el pie del hombre. El aislamiento que dio buen resultado en la infancia del movimiento obrero, provoca su ruina en su edad viril. Haceos representar por todos los oficios cuyo apoyo necesitáis. No pongáis la causa del trabajo en manos de una fábrica o de una ciudad o incluso de un distrito, sino en manos de un parlamento obrero."

Karl Marx