Karl Marx

Prosperidad -

La cuestión obrera

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nº 3938 del 30 de noviembre de 1853]

Londres, martes 15 de noviembre de 1853

«Las estadísticas comerciales y el mercado monetario», reza el título bajo el cual *The Economist* publica un artículo que pretende demostrar la prosperidad general y las favorables perspectivas mercantiles, aunque en la misma edición se nos comunica que «los víveres están caros y los precios siguen subiendo», que «el quarter de trigo se vende a 80 chelines» y que «la situación en el comercio algodonero no es, ni mucho menos, tal que los propietarios de hilanderías no estén en absoluto ansiosos por reanudar la producción».

«Esas largas series de cifras contienen mucho material esclarecedor», opina *The Economist* a propósito de las tablas de importación, «tanto que confirma los grandes principios que han sido objeto de enconadas disputas políticas, tanto que explica los recientes acontecimientos en relación con el mercado monetario y que ilumina el porvenir —tanto que para el estadista, el financiero, el banquero y el comerciante resulta sumamente esclarecedor, pues les permite obtener una visión exacta del estado actual de las cosas y formarse, en consecuencia, una apreciación correcta de su propia situación. Por eso creemos no poder prestar mejor servicio que llamar la atención sobre algunos de los hechos más importantes, tal como aparecen reflejados en esas tablas, y mostrar su conexión con otros rasgos sumamente importantes de la época».

Sentémonos, pues, a los pies de este profeta y prestemos oído a sus profecías, harto sinuosas. Esta vez se recurre a las tablas de importación, no para demostrar el dispendioso derroche de la clase obrera, sino, muy al contrario, las inefables bendiciones que

precisamente a esta clase le reporta el librecambio. Dichas tablas rezan como sigue:

Tabla I

Consumo desde el 5 de enero hasta el 10 de octubre

1852

1853

Cacao

libras

2.668.822

3.162.233

Café

libras

25.123.946

28.607.613

Té

libras

42.746.198

45.496.957

Azúcar

quintales

5.358.967

5.683.228

Tabaco

libras

21.312.459

22.296.398

Vino

galones

4.986.242

5.569.560

Ya una rápida ojeada a esta tabla nos muestra la falacia de *The Economist*. De las mercancías mencionadas no sabemos, en modo alguno, si han sido
consumidas
, como se indica, sino únicamente que han sido
destinadas
al consumo, lo cual es algo muy distinto. No hay dueño de tienda tan ignorante que no sepa distinguir entre las mercancías que descansan en el almacén de su establecimiento y las mercancías que realmente se han vendido y han sido consumidas por el público.

«Cabe suponer que esta lista abarca los principales artículos de lujo de la clase trabajadora»,

y al punto *The Economist* los carga en la cuenta de dicha clase. Pero el obrero inglés consume muy poco de uno de estos artículos, a saber, el café, y nada en absoluto de vino. ¿O acaso cree *The Economist* que a las clases trabajadoras tiene que irles mejor porque sus amos fabriles consumen en 1853 más vino y más café que en 1852? En lo que respecta al té, es de dominio público que, a consecuencia de la revolución china y de las perturbaciones comerciales a ella ligadas, se disparó una demanda especulativa basada en los temores por el porvenir, y no en la necesidad presente. En cuanto al azúcar, toda la diferencia entre octubre de 1852 y 1853 asciende tan sólo a 324.261 quintales; y yo no pretendo ser tan omnisciente como *The Economist*, quien naturalmente sabe que ni un solo quintal de esos 324.261 ha ido a parar a los almacenes de los pequeños comerciantes o a los confites de las clases altas, sino que, por el contrario, infaliblemente, todos y cada uno de ellos han hallado su camino hacia el té del obrero. Como el pan está caro, el obrero

habrá alimentado a sus hijos con azúcar, tal como María Antonieta aconsejó al pueblo francés durante la hambruna de 1788 que se alimentara de pasteles. En lo que atañe a la mayor importación de tabaco, la demanda de este artículo por parte de los obreros crece siempre en la misma proporción en que pierden su trabajo y se ve interrumpida su habitual forma de vida.

Ante todo, no hemos de olvidar que el volumen de las importaciones de mercancías en octubre de 1853 no fue determinado por la demanda real de ese mes, sino por una demanda supuesta, calculada sobre la base de una situación del mercado interior completamente distinta. Esto, en cuanto a la primera tabla y a su «conexión con otros rasgos sumamente importantes de la época».

Tabla II

Importaciones desde el 5 de enero hasta el 10 de octubre

1852

1853

Tocino

quintales

62.506

173.729

Carne de vaca en salazón

quintales

101.531

160.371

Carne de cerdo en salazón

quintales

77.788

130.142

Jamón en salazón

quintales

6.766

14.123

Manteca de cerdo

quintales

14.511

102.612

Total

quintales

263.102

580.977

1852

1853

Arroz

quintales

633.814

1.027.910

Patatas

quintales

238.739

820.524

Cereales y harina

quarters

5.583.082

8.179.956

Queso

quintales

218.846

294.053

Mantequilla

quintales

205.229

296.342

Huevos

unidades

89.433.728

103.074.129

A *The Economist* le estaba reservado, ciertamente, el glorioso descubrimiento de que, en años de sequía y de hambruna amenazante, el aumento relativo de la importación de víveres, en comparación con los años normales, demuestra el repentino incremento del consumo, más que la desacostumbrada caída de la producción de subsistencias. La repentina alza del precio de un artículo es, sin duda, un acicate para su importación. Pero ¿se ha oído jamás que un artículo encuentre una salida tanto más arrolladora cuanto más caro se vuelva? Pasamos ahora a una tercera categoría de importaciones, la compuesta por
materias primas.

Tabla III

Importaciones desde el 5 de enero hasta el 10 de octubre

1852

1853

Lino

quintales

971.738

1.245.384

Cáñamo

quintales

798.057

788.911

Seda, cruda

libras

3.797.757

4.355.865

Seda, torcida

libras

267.884

577.884

Algodón

quintales

6.486.873

7.091.999

Lana

libras

63.390.956

83.863.475

Puesto que la producción de 1853 supera con creces la de 1852, se necesitaron, importaron y elaboraron más materias primas.

Ahora bien, *The Economist* no afirma que el excedente de mercancías manufacturadas producido en 1853 haya fluido al consumo interior. Lo carga en la cuenta de las
exportaciones:

«El hecho más importante es el enorme aumento de nuestras exportaciones. Tan sólo el aumento ocurrido en el mes que termina el 10 de octubre asciende a no menos de 1.446.708 libras esterlinas, con lo cual el incremento correspondiente a nueve meses alcanza en total la suma de 12.596.291 libras esterlinas; la exportación total de este año asciende a 66.987.729 libras esterlinas, en comparación con 54.391.438 libras esterlinas del período correspondiente a 1852… Si tomamos exclusivamente nuestras exportaciones de productos británicos, el incremento de este año asciende a nada menos que el 23%.»

Pero ¿de qué se trata en estas exportaciones adicionales por valor de 12.596.291 libras esterlinas? «Una gran parte de estas exportaciones se halla aún en camino hacia sus mercados definitivos», donde llegarán justo a tiempo para anegarlos por completo. «Una porción significativa del incremento va a Australia», que está sobresaturada; «a los Estados Unidos», que tienen demasiado; «a la India», donde reina la atonía; «a Sudamérica», que es del todo incapaz de absorber las sobreimportaciones que otras potencias rechazan.

«El enorme incremento de los artículos importados y consumidos ha sido ya pagado por este país, o bien las letras giradas están en circulación y serán pagadas en muy breve tiempo…
¿Cuándo
se nos pagarán, por fin, las exportaciones? En seis meses, nueve meses, doce meses, y algunas en dieciocho meses o dos años.»

Es «ahora una
cuestión
de tiempo», dice *The Economist*. ¡Qué error!

Si arrojáis este enorme excedente de mercancías manufacturadas a mercados que ya están anegados por vuestras exportaciones, entonces el tiempo que esperáis puede no llegar
nunca
. Lo que en vuestras tablas aparece como un enorme re-

gistro de riqueza imaginaria puede revelarse como un enorme registro de pérdidas reales, como un registro de bancarrotas a escala mundial. ¿Qué prueban, pues, la tabla Nº III y las cacareadas cifras de exportación? Lo que hace ya mucho tiempo nos era a todos bien sabido: que la producción industrial de la Gran Bretaña ha aumentado enormemente en 1853, que se ha excedido en el blanco y que su movimiento expansivo se acelera justo en el instante en que los mercados se contraen.

*The Economist*, naturalmente, llega a un resultado opuesto.

«La presión sobre el mercado monetario y el alza del tipo de interés», nos comunica, «no son sino las secuelas transitorias de que las grandes importaciones se pagan de inmediato, mientras que el enorme excedente de exportaciones ha sido entregado a crédito».

A ojos de *The Economist*, pues, la escasez en el mercado monetario no es más que el resultado de las mercancías exportadas de forma adicional. Pero con el mismo derecho podemos decir que, en estos últimos meses, el aumento de las exportaciones no ha sido más que el resultado forzoso de la presión sobre el mercado monetario. Esta presión ha estado acompañada de una afluencia de oro y de un tipo de cambio desfavorable —pero ¿acaso no es un tipo de cambio desfavorable un acicate para las letras sobre el exterior, o, en otras palabras, un acicate para la exportación? Y justamente en virtud de esta ley es como, en tiempos de presión sobre su propio mercado monetario, Inglaterra arruina todos los demás mercados del mundo y destruye periódicamente la industria de países extranjeros, bombardeándolos con mercancías británicas a precios rebajados.

*The Economist* ha localizado ahora los «dos puntos» en los que los obreros se equivocan de plano, en los que son decididamente censurables y necios.

«En primer lugar, en la mayoría de los casos libran una lucha por meros peniques.»

¿Cómo es eso? Dejemos que el propio *The Economist* responda:

«La disputa se ha transformado, de una cuestión de contrato, en una lucha por el poder…

En segundo lugar, los obreros no han defendido sus propios asuntos por sí mismos, sino que se han sometido al dictado de líderes irresponsables, por no decir arrogantes… Han procedido unidos y mediante la organización de insolentes clubes… No tememos las opiniones políticas de la clase obrera misma; pero lo que tememos y rechazamos son las opiniones de los hombres a quienes permiten que les monten sobre el cuello y hablen por ellos.»

A la organización de clase de sus amos fabriles, los obreros han respondido con una organización de clase propia; y *The Economist* les hace

creer que dejará de «temerlos» si despiden a sus generales y oficiales y deciden luchar solos. De la misma manera, los portavoces de los déspotas coligados del Norte, durante la época de las primeras luchas de la Revolución Francesa, aseguraban una y otra vez al mundo que ellos no «temían» al pueblo francés mismo, sino solamente las opiniones políticas y las acciones políticas del cruel *Comité du salut public*, los insolentes clubes y los molestos generales.

En el artículo precedente le decía al *Economist* que no sería de extrañar que la clase obrera no hubiera aprovechado el tiempo de prosperidad para educarse a sí misma y a sus hijos. Ahora estoy en condiciones de transmitirle la siguiente relación, cuyos nombres y detalles se me han hecho accesibles y que precisamente va a ser enviada al Parlamento: En la última semana de septiembre de 1852 trabajaron en la localidad de..., a cuatro millas de..., en un establecimiento de blanqueo y apresto llamado..., propiedad del..., Esq. <Wohlgeboren>, las personas abajo consignadas
sesenta horas seguidas
, ¡sin contar más que
tres horas de descanso
!

Muchachas

Edad

M. S.

22 años

A. B.

20 años

M. B.

20 años

A. H.

18 años

C. N.

18 años

B. S.

16 años

T. T.

16 años

A. T.

15 años

M. G.

15 años

H. O.

15 años

M. L.

13 años

B. B.

13 años

M. O.

13 años

A. T.

12 años

C. O.

12 años

S. B.

¡10 años!

Ann B.

¡9 años!

Niño

Edad

W. G.

9 años

J. K.

10 años

¡Criaturas de nueve y diez años trabajan 60 horas seguidas y solo tienen 3 horas de pausa! Ojalá los señores fabricantes se callen ahora la boca respecto a la negligencia en la educación de los obreros. Una de las arriba mencionadas, Ann B., una niña pequeña de solo nueve años, se desplomó durante las 60 horas de trabajo y se durmió de agotamiento; la zarandearon para despertarla y, aunque lloraba, la obligaron a seguir trabajando ¡¡!!

Los obreros fabriles parecen decididos a arrebatarles el movimiento educativo a los charlatanes de Mánchester. En una asamblea de desempleados que tuvo lugar en el Orchard de Preston, según nos informan,

«la señora Margaret Fletcher habló ante los presentes sobre la inconveniencia de que las mujeres casadas trabajen en las fábricas y descuiden a sus hijos y sus deberes domésticos. Todo hombre tiene derecho a un jornal honrado por una jornada honrada, queriendo decir con ello que por su trabajo debe recibir una remuneración tal que le permita sustentarse suficientemente a sí mismo y a su familia y dejar a su mujer en casa, para que pueda dedicarse a los deberes domésticos y educar a sus hijos (Aplausos). Para concluir, la oradora presentó la siguiente resolución:

Se acuerda que la parte casada de la población femenina de esta ciudad tiene la intención de no volver al trabajo hasta que los maridos sean remunerados justa y plenamente por su labor.

La señora Ann Fletcher (hermana de la preopinante) apoyó la resolución, y esta fue aprobada por unanimidad.

El presidente de la reunión anunció que, una vez resuelta la cuestión del diez por ciento, se pondrá en marcha una campaña semejante en relación con la ocupación de mujeres casadas en las fábricas, como difícilmente la esperarían los dueños de fábricas.»

Ernest Jones agita en su recorrido por los distritos manufactureros a favor de un «Parlamento Obrero». Propone que

«una delegación de todos los oficios se reúna en el centro de acción, en Lancashire, en Mánchester, y no se disuelva hasta que se haya obtenido la victoria. Sería esta una expresión tan autoritativa y abarcadora de la opinión, que el mundo resonaría con ella y St. Stephen tendría que compartir con él las columnas de los periódicos... En una crisis como esta, el mundo escucharía más las palabras del más humilde de estos delegados que las de los nobles senadores de la más excelsa Cámara.»

El órgano de Lord Palmerston opina de manera muy distinta:

« *Entre nos* », se exalta el *Morning Post*, «el cacareado *progreso* ha sido eficazmente refrenado y, desde el lamentable fracaso del 10 de abril, no se ha hecho ningún nuevo intento de convertir a los obreros en legisladores ni a los sastres en tribunos del pueblo.»

Karl Marx