Karl Marx

Libras, chelines, peniques: o presupuestos de clase

y quién se beneficia de ellos

Escrito hacia el 20 de abril de 1853.

["The People's Paper" n.º 51, del 23 de abril de 1853]

Gladstone ha presentado su presupuesto. Como dos gallos en un establo, el actual canciller del Exchequer y el anterior, Disraeli, se enzarzaron a cantar en la Cámara de los Comunes, pero con la diferencia de que el gallito bantam whig había tomado prestadas algunas notas del pavo conservador. La semana pasada analizamos la parte del proyecto financiero de Gladstone que concierne a la deuda estatal, y demostramos que no es más que un intento miserable de zafarse de la cuestión en debate, un simple medio para satisfacer a usureros, agiotistas bursátiles y comerciantes, y para abaratar y facilitarles sus negocios. Hoy veremos que el presupuesto no es otra cosa que un presupuesto de clase, un presupuesto de la burguesía, escrito con la pluma de un aristócrata. Queremos, ante todo, ofrecer una breve panorámica de este asunto digno de atención.

I.
Sobre los gastos y los ingresos
: El canciller constata que los gastos del Estado en este año superarán los del año anterior en 1.400.000 libras esterlinas. ¡Qué manera tan prometedora de inaugurar un presupuesto de reforma financiera! Las causas del aumento de los gastos no son menos alentadoras.

Entre ellas figura un aumento de los gastos para nuestra marina de 617.000 libras esterlinas; para el ejército y el comisariato de 90.000 libras; para el parque de artillería de 616.000 libras y para la milicia de 230.000 libras. En cambio, para la instrucción escolar, que proporciona las herramientas de la ilustración y de la defensa del saber, sólo se conceden 100.000 libras adicionales. La suma total de los gastos del Estado para el año en curso se fija en 52.183.000 libras esterlinas. La suma total de los ingresos, en 52.990.000 libras. Resulta, pues, un superávit de 807.000 libras, del cual, sin embargo, ya se descuentan 100.000 libras para gastos de los buques correo. El superávit disponible total se estima en 500.000 libras.

Abordamos ahora

II.
El proyecto financiero
. Aquí aborda el canciller,
en primer lugar
, el impuesto sobre la renta y no hace diferencia entre renta segura e insegura. Propone, al cabo de dos años, reducir el impuesto de 7 a 6 peniques por libra; luego, tras otros dos años, de 6 a 5 peniques por un período de tres años; extender el impuesto a Irlanda y rebajarlo de modo que abarque también las rentas anuales de 100 libras esterlinas. De esto, opina él, «las filas de los trabajadores no se verán afectadas». Las rentas de 100 a 150 libras deberán pagar sólo 5 peniques por libra. El resultado será que se aligera la carga de los ricos y este alivio se carga como nueva carga sobre los menos ricos. El comerciante rico ha de pagar menos, pero el pobre comerciante habrá de pagar ahora allí donde antes no pagaba nada directamente. ¡Una justicia singular! Cierto es que, durante cuatro años, el hombre con una renta de 100 libras paga 2 peniques por libra menos que el hombre con una renta de 150 o 150.000 libras. Pero, al cabo de este plazo, pagan lo mismo, y ya al cabo de dos años el rico disfruta de una reducción que se hace posible gravando a los más pobres. A nuestro modo de ver la tributación, habría sido más adecuado introducir un impuesto progresivo sobre la renta, en el que el porcentaje aumentase con la cuantía de la renta. Pues diez mil veces 5 peniques significan menos para el hombre con una renta anual de 10.000 libras que cien veces 5 peniques para una renta anual de 100 libras. Tal es todo el arte financiero de los whigs: una fachada brillante, pero, por dentro, remiendos y zurcidos, calculado únicamente para aligerar lenta pero seguramente las cargas de los ricos y agravar las de los pobres. Pero es verdaderamente absurdo afirmar que el impuesto sobre la renta no afecte a los trabajadores. En nuestro orden social actual, en el que patronos y trabajadores se enfrentan, la burguesía se resarce por lo general de los mayores impuestos reduciendo los salarios o aumentando los precios.

En segundo lugar, el canciller se ocupa del impuesto sobre las herencias. Aligera el impuesto de «parientes» a los yernos y nueras, reduciéndolo —¡menuda limosna infinitamente pequeña!— del 10% al 7% e incluye toda clase de propiedades en el ámbito de aplicación del impuesto; el impuesto de herencia sobre la propiedad sujeta a gravamen se calcula sobre la renta vitalicia. Con ello, Gladstone aumenta los ingresos fiscales del país en 2.000.000 de libras esterlinas y se jacta de apoyar a la artesanía y la industria frente a la propiedad territorial. Este punto es de importancia de principio y representa una concesión significativa que el desarrollo industrial y comercial arranca al monopolio de la propiedad territorial. Repetimos: es una concesión, pero una concesión que no sólo es fácil de eludir, sino cuya elusión fue tal vez planeada de antemano por los legisladores terratenientes del mundo financiero.

En tercer lugar, se suprimirán los derechos de timbre sobre los recibos, y en adelante bastará con pegar un sello de correos de un penique para cada recibo, por cualquier importe. Una medida que —a los ricos— trae un gran alivio y de la que se espera que el mayor uso de sellos de correos compense la pérdida de ingresos por el timbre; medida de la que, una vez más, la clase obrera no obtendrá ningún provecho, pues sólo realiza pocas transacciones de tal cuantía (5 libras esterlinas) que exigirían un timbre.

Cuarto. El impuesto sobre los anuncios se reduce de 1 chelín y 6 peniques a 6 peniques. Otro pedazo de remiendo miserable. No hay razón sensata para mantenerse en los seis peniques, cuando se abandona el chelín, pues el pesado y costoso aparato para la recaudación de los seis peniques absorbería el producto del impuesto. Pero acaso la razón resida en que no se quieren abandonar los carguillos y puestos vinculados a la recaudación de este impuesto. Los suplementos de periódicos que contengan sólo anuncios estarán exentos de derechos. Estos dos puntos son una concesión a la burguesía, mientras que el mantenimiento del timbre del periódico sigue oponiendo un fuerte dique a la difusión de una educación democrática. «Los periódicos ya existentes», dice el canciller del Exchequer, «han de ser fomentados, pero no se han de sacar otros nuevos y más baratos.»

Quinto. La tasa sobre los seguros de vida se reduce de 2 chelines y 6 peniques a 6 peniques: una prueba más de mezquino espíritu regateador; la de los contratos de aprendizaje ha de rebajarse sin contemplaciones de 1 libra esterlina a 2 chelines y 6 peniques; la de los certificados de abogado, de 12 y 8 libras a 9 y 6 libras; y la de los contratos de aprendizaje de los oficinistas, de 120 a 80 libras. La primera y las dos últimas partidas son, una vez más, claros alivios para la burguesía, pero no significan para los pobres ni la sombra de un beneficio. Se mantienen el impuesto sobre los anuncios de 6 peniques, el timbre del periódico y el impuesto sobre el papel, para así poder reducir, en beneficio de los ricos, el impuesto sobre criados, perros y caballos.

Sexto. En Escocia e Irlanda se impondrá un recargo sobre el impuesto de bebidas alcohólicas, y los destiladores recibirán una compensación por la «merma».

Séptimo. Las licencias de los comerciantes han de ser más niveladas (otra dádiva a la burguesía).

Octavo. Se revisarán las tasas sobre el jabón y toda una serie de otros artículos. El derecho sobre el té se reducirá hasta 1854 de 2 chelines y 2 1/4 peniques a 1 chelín y 10 peniques; hasta 1856, a 1 chelín y 3 peniques, y a partir de entonces a 1 chelín.

Tal es, a grandes rasgos, el presupuesto de los whigs. Y ahora preguntamos a nuestros lectores: ¿ha ideado jamás el banco ministerial una mezquindad de peniques más lamentable, para emplear la propia expresión del canciller? Aunque el presupuesto pueda parecer exteriormente aceptable y atractivo, y presente algunos rasgos seductores, ¿dónde está su verdadero provecho, dónde queda el verdadero alivio que ha de traer a la clase obrera de Inglaterra? La reducción de las tasas sobre el jabón y el té son los únicos puntos a los que cabe atenerse; ¡pero qué insignificante es el alivio que procuran! Por todas partes se ha medido con exactitud el margen más allá del cual los trabajadores habrían podido sacar provecho y la aristocracia y la burguesía perder, y se ha evitado rebasarlo con la mayor escrupulosidad. Los crédulos se dejarán acaso atrapar por el presupuesto: «¡Reducción del impuesto sobre los anuncios a 6 peniques y supresión del timbre para los suplementos de los periódicos!» Pero, ¿qué aporta esto de hecho al pueblo? ¡Nada! «¡Timbre de recibo de un penique!» Pero, ¿qué le importa eso al esclavo del salario, que sólo ha de firmar recibos por salarios de hambre? Nada, absolutamente nada. «¡Timbre de seguro de vida reducido de 2 chelines y 6 peniques a 6 peniques!» ¿Qué le da eso a quien trabaja por 6, 8 o 10 chelines a la semana y no puede asegurar su vida contra la enervante esclavitud de Manchester, e incluso a quien gana 1 libra o 30 chelines por semana? Nada. ¿Qué saca el trabajador de que los abogados paguen a partir de ahora 3 libras menos por sus certificados, y los oficinistas 80 libras en lugar de las 120 anteriores por sus contratos de aprendizaje? ¿Qué gana el trabajador con que el impuesto de herencia se aligere en un punto y su extensión general pueda eludirse tan fácilmente? ¿Se hace con ello su carga un ápice más ligera? ¿Qué gana el trabajador con que se quieran nivelar más las licencias de los pequeños comerciantes, si su salario no guarda proporción con la ganancia del tendero que explota la miseria del trabajador? «¡Reforma financiera!» era la consigna bajo la cual se eligió este Parlamento y se convocó este Ministerio. Aquí está, la reforma de los whigs, de los aristócratas y de los hombres del dinero. Algo había que hacer, algunas pequeñas concesiones había que hacer; ahora se trataba sólo de hacerlas tan pequeñas que apenas fueran perceptibles, y el artista financiero lo ha logrado de maravilla. Empleamos las propias palabras y la propia explicación de Gladstone cuando decimos de este presupuesto que fue creado «según los deseos de las clases comerciales» y que, sin embargo, no es otra cosa que un pedazo de «legislación mezquina de peniques».