Karl Marx in the New York Tribune 1853

Debates parlamentarios — El clero y la lucha por la jornada de diez horas — Muerte por inanición

Londres, 25 de febrero de 1853

Los debates parlamentarios de la semana ofrecen poco interés. El 22 del corriente, el señor Spooner presentó en la Cámara de los Comunes una moción para derogar las subvenciones monetarias al colegio católico de Maynooth, y el señor Scholefield propuso la enmienda «para derogar todas las disposiciones hoy vigentes en virtud de las cuales los ingresos del Estado se destinan a cualquier fin eclesiástico o religioso». La moción del señor Spooner fue rechazada por 162 votos contra 192. La enmienda del señor Scholefield no se someterá a debate antes del próximo miércoles; sin embargo, no es improbable que la enmienda sea retirada por completo. El único pasaje notable del debate sobre Maynooth es una observación que hizo el señor Duffy (Brigada irlandesa[1]): «No le parecía del todo imposible que el presidente de los Estados Unidos o el nuevo emperador de los franceses se alegraran de reanudar las relaciones entre esos países y el clero irlandés».

En la sesión de anoche, lord John Russell presentó ante la Cámara de los Comunes su moción para «la supresión de ciertas incapacidades legales de los súbditos judíos de Su Majestad». La moción fue aprobada por una mayoría de 29 votos. De este modo, la cuestión vuelve a quedar resuelta en la Cámara de los Comunes, pero no cabe duda de que volverá a ser desbaratada en la Cámara de los Lores.

La exclusión de los judíos de la Cámara de los Comunes, después de que el espíritu de la usura haya presidido durante tanto tiempo el Parlamento británico, es, sin duda, una anomalía absurda, tanto más cuanto que ya pueden acceder a todos los cargos civiles de la comunidad. Pero no es menos característico del hombre y de su época que, en lugar de una ley de reforma que prometía eliminar las incapacidades de la masa del pueblo inglés, John “Finalidad”[2] presente un proyecto de ley para eliminar exclusivamente las incapacidades del barón Lionel de Rothschild. El escasísimo interés que el público en general muestra por este asunto puede deducirse del hecho de que desde ningún lugar de Gran Bretaña se ha enviado al Parlamento una petición a favor de la admisión de los judíos. Todo el secreto de esta miserable farsa reformista quedó al descubierto en el discurso del actual sir Robert Peel.

«En definitiva, la Cámara no estaba considerando sino los asuntos privados del noble lord. [Fuertes aplausos.] El noble lord representaba a Londres con un judío, [aplausos] y había asumido el compromiso de presentar anualmente una moción en favor de los judíos. [¡Oíd!] Sin duda, el barón Rothschild era un hombre muy rico, pero eso no le daba derecho a ninguna consideración, especialmente teniendo en cuenta cómo había amasado su fortuna. [Fuertes gritos de “¡oíd, oíd!” y “¡oh, oh!” desde los bancos ministeriales.] Apenas ayer había leído en los periódicos que la casa Rothschild había consentido en conceder un préstamo a Grecia, con considerables garantías, al 9 por ciento. [¡Oíd!] No era de extrañar, a ese tipo de interés, que la casa Rothschild fuera rica. [¡Oíd!] El presidente de la Junta de Comercio había estado hablando de amordazar a la prensa. Pues bien, nadie había hecho tanto por deprimir la libertad en Europa como la casa Rothschild [¡oíd, oíd!] con los préstamos con los que asistía a los poderes despóticos. Pero aun suponiendo que el barón fuera tan digno como ciertamente rico, cabría haber esperado que el noble lord, que representaba en esa Cámara a un gobierno compuesto por los líderes de todas las facciones políticas que se habían opuesto a la anterior administración, hubiera propuesto alguna medida de más importancia que la presente.»

Han comenzado los procedimientos sobre las peticiones electorales. Las elecciones de Canterbury y Lancaster han sido declaradas nulas y sin efecto, en circunstancias que ponen de manifiesto la venalidad habitual de cierta clase de electores; pero es bastante seguro que la mayoría de los casos se resolverán mediante transacciones.

«Las clases privilegiadas —dice el Daily News—, que han contribuido con éxito a burlar las intenciones de la Ley de Reforma y a recuperar su predominio en la representación actual, se alarman, como es natural, ante la idea de una exposición plena y completa.»

El 21 del corriente, lord John Russell entregó los sellos del Foreign Office, y lord Clarendon prestó juramento como su sucesor. Lord John es el primer miembro de la Cámara de los Comunes admitido a un puesto en el Gabinete sin nombramiento oficial alguno. Ahora no es más que un consejero favorito, sin cargo — y sin sueldo. No obstante, el señor Kelly ya ha anunciado una proposición para remediar este último inconveniente de la situación del pobre Johnny. El cargo de secretario de Asuntos Exteriores es en la actual coyuntura tanto más importante cuanto que la Dieta Germánica se ha agitado para pedir la expulsión de todos los refugiados políticos de Gran Bretaña, y que los austríacos proponen empaquetarnos a todos y transportarnos a alguna isla estéril del Pacífico Sur.

En una carta anterior se aludió a la probabilidad de que la agitación irlandesa en favor de los derechos de los arrendatarios se convirtiera, con el tiempo, en un movimiento anticlerical, pese a las opiniones e intenciones de sus actuales dirigentes. Yo señalaba el hecho de que el alto clero comenzaba ya a adoptar una actitud hostil hacia la Liga.[3] Desde entonces ha entrado en escena otra fuerza que empuja al movimiento en la misma dirección. Los terratenientes del norte de Irlanda se esfuerzan por persuadir a sus arrendatarios de que la Liga de los Arrendatarios y la Asociación de Defensa Católica[4] son idénticas, y trabajan para suscitar oposición a la primera so pretexto de resistir el avance del papismo.

Mientras vemos así a los terratenientes irlandeses apelar a sus arrendatarios contra el clero católico, contemplamos, por otra parte, al clero protestante inglés apelando a las clases trabajadoras contra los señores de las fábricas. El proletariado industrial de Inglaterra ha reanudado con redoblado vigor su antigua campaña por la ley de las diez horas y contra el sistema de truck y de tiendas de la fábrica. Como estas reivindicaciones van a ser presentadas ante la Cámara de los Comunes, a la que ya se han dirigido numerosas peticiones sobre el asunto, tendré ocasión de extenderme en una futura carta sobre las prácticas crueles e infames de los déspotas fabriles, que acostumbran a hacer resonar la prensa y la tribuna con su retórica liberal. Por el momento bastará recordar que desde 1802 ha existido una lucha incesante por parte de los trabajadores ingleses en pro de la intervención legislativa en la duración del trabajo fabril, hasta que en 1847 se aprobó la célebre Ley de las Diez Horas de John Fielden, por la que se prohibía a los jóvenes y a las mujeres trabajar en cualquier fábrica más de diez horas al día. Los liberales señores de las fábricas descubrieron muy pronto que, al amparo de esta ley, las fábricas podían funcionar mediante turnos y relevos. En 1849 se presentó una demanda ante el Tribunal del Exchequer, y el juez decidió que era legal explotar el sistema de relevos o turnos, con dos grupos de niños, trabajando los adultos durante todo el tiempo en que la maquinaria estuviera en marcha. Se hizo, por tanto, necesario acudir nuevamente al Parlamento, y en 1850 se condenó allí el sistema de relevos y turnos, pero la Ley de las Diez Horas quedó transformada en una ley de diez horas y media. Ahora, en este momento, las clases trabajadoras reclaman la restitutio in integrum de la originaria ley de las diez horas; sin embargo, para hacerla eficaz, añaden la reivindicación de una limitación de la fuerza motriz de la maquinaria.

Tal es, en resumen, la historia exotérica de la Ley de las Diez Horas. Su historia secreta fue la siguiente: La aristocracia terrateniente, tras haber sufrido una derrota a manos de la burguesía al aprobarse la Ley de Reforma de 1831, y viéndose atacada en «sus intereses más sagrados» por el clamor de los fabricantes en favor del libre comercio y la abolición de las leyes cerealistas, decidió resistir a la clase media abrazando la causa y las reivindicaciones de los trabajadores frente a sus patronos, y en particular agrupándose en torno a sus demandas de limitación del trabajo fabril. Los llamados lores filantrópicos estaban entonces al frente de todas las reuniones por las Diez Horas. Lord Ashley incluso se ha labrado una especie de renommée con sus actuaciones en este movimiento. La aristocracia terrateniente, tras recibir un golpe mortal con la efectiva abolición de las leyes cerealistas en 1846, se vengó imponiendo al Parlamento la Ley de las Diez Horas de 1847. Pero la burguesía industrial recuperó por la vía judicial lo que había perdido en la legislación parlamentaria. En 1850, la ira de los terratenientes se había aplacado gradualmente, y llegaron a un compromiso con los señores de las fábricas, condenando el sistema de turnos pero imponiendo al mismo tiempo, como sanción por la aplicación forzosa de la ley, media hora de trabajo extraordinario al día a las clases trabajadoras. En la coyuntura actual, sin embargo, al sentir la proximidad de su lucha final con los hombres de la Escuela de Manchester, intentan nuevamente hacerse con el movimiento por la reducción de la jornada; pero, sin atreverse a dar la cara ellos mismos, se esfuerzan por socavar a los señores del algodón encauzando contra ellos la fuerza popular a través de los clérigos de la Iglesia del Estado. La manera brutal con que estos santos varones han emprendido la cruzada antiindustrial se verá por los pocos ejemplos siguientes.

En Crampton se celebró una reunión en favor de las diez horas, bajo la presidencia del reverendo Dr. Brammell [de la Iglesia del Estado]. En dicha reunión, el reverendo J. R. Stephens, párroco de Stalybridge, dijo:

«Hubo épocas en el mundo en que las naciones eran gobernadas por la teocracia... Tal estado de cosas ya no existe... Sin embargo, el espíritu de la ley era el mismo... El trabajador debía, ante todo, participar de los frutos de la tierra que él contribuía a producir. La ley fabril era violada de manera tan descarada que el inspector jefe de esa parte del distrito fabril, el señor Leonard Horner, se había visto obligado a escribir al ministro del Interior para decirle que no se atrevía, ni quería, enviar a sus subinspectores a ciertos distritos sin protección policial... ¿Y protección contra quiénes? ¡Contra los dueños de las fábricas! Contra los hombres más ricos del distrito, contra los más influyentes del distrito, contra los magistrados del distrito, contra los hombres investidos con la comisión de Su Majestad, contra los que se sentaban en las sesiones de paz como representantes de la realeza... ¿Y acaso los patronos sufrían por violar la ley?... En su propio distrito, era una costumbre establecida entre los obreros varones, y en gran medida entre las obreras, quedarse en la cama hasta las 9, las 10 o las 11 del domingo, porque estaban agotados por el trabajo de la semana. El domingo era el único día en que podían dar descanso a sus cuerpos fatigados... Por lo general, se constataba que, cuanto más larga era la jornada de trabajo, más bajos eran los salarios... Preferiría ser un esclavo en Carolina del Sur antes que un operario fabril en Inglaterra.»

En la gran reunión por las diez horas celebrada en Burnley, el reverendo E. A. Verity, párroco de Habbergham Eaves, dijo entre otras cosas a su auditorio:

«¿Dónde estaba el señor Cobden, dónde el señor Bright, dónde los demás miembros de la Escuela de Manchester, cuando el pueblo de Lancashire era oprimido?... ¿Cuál era el fin de los pensamientos de los ricos?... Pues tramaban cómo podían estafar a las clases trabajadoras arrebatándoles una o dos horas. Eso era la tramoya de lo que él llamaba la Escuela de Manchester. Eso los convertía en hipócritas tan astutos y en bribones tan arteros. Como ministro de la Iglesia de Inglaterra, él protestaba contra semejante obra.»

Ya se ha señalado el móvil que tan súbitamente ha metamorfoseado a los señores de la Iglesia establecida en otros tantos caballeros andantes de los derechos del trabajo, y caballeros además tan fervientes. No se limitan a acumular un caudal de popularidad para los días lluviosos de la democracia que se avecina, ni son solo conscientes de que la Iglesia establecida es esencialmente una institución aristocrática, que ha de sostenerse o caer con la oligarquía terrateniente: hay algo más. Los hombres de la Escuela de Manchester son adversarios de la Iglesia de Estado, son disidentes y están, sobre todo, tan enamorados de los 13.000.000 de libras esterlinas que la Iglesia oficial les sustrae anualmente de sus bolsillos, solo en Inglaterra y Gales, que están resueltos a llevar a cabo una separación entre esos profanos millones y las órdenes sagradas, a fin de preparar mejor a estas últimas para el cielo. Los reverendos señores, por tanto, luchan pro aris et focis.[5] Los hombres de la Escuela de Manchester, sin embargo, pueden inferir de esta diversión que les será imposible arrebatar el poder político de manos de la aristocracia a menos que consientan, por muy a regañadientes que sea, en dar también al pueblo su plena participación en él.

En el Continente, la horca, el fusilamiento y la deportación están a la orden del día. Pero los verdugos son ellos mismos seres tangibles y ahorcables, y sus actos quedan registrados en la conciencia de todo el mundo civilizado. Al mismo tiempo, actúa en Inglaterra un déspota invisible, intangible y silencioso, que condena a individuos, en casos extremos, a la más cruel de las muertes, y que en su labor cotidiana e insonora expulsa a razas enteras y a clases enteras de hombres del suelo de sus antepasados, como el ángel de la espada de fuego que expulsó a Adán del Paraíso. En esta última forma, la obra del invisible déspota social se llama emigración forzosa; en la primera, se llama hambre.

Nuevos casos de muerte por inanición han ocurrido en Londres durante el presente mes. Recuerdo solo el de Mary Ann Sandry, de 43 años, fallecida en Coal-lane, Shadwell, Londres. El señor Thomas Peene, cirujano que asistió a la encuesta del forense, declaró que la difunta había muerto de inanición y de frío. La difunta yacía sobre un pequeño montón de paja, sin la menor cubierta. La habitación carecía por completo de muebles, combustible y alimentos. Cinco niños pequeños estaban sentados sobre el desnudo entarimado, llorando de hambre y de frío junto al cadáver de su madre.

Sobre el funcionamiento de la «emigración forzosa», en mi próxima entrega.