Karl Marx

[Pánico en la Bolsa de Londres — Huelgas]

Del inglés.

[“New-York Daily Tribune”, núm. 3900, del 17 de octubre de 1853]

Londres, martes 27 de septiembre de 1853

La noticia de que las flotas unidas habían entrado en los Dardanelos, junto con rumores sobre un cambio de gobierno y sobre dificultades comerciales, provocó un verdadero pánico en la Bolsa el sábado:

“No sería tarea fácil describir el estado de los títulos del Estado inglés y las escenas que se han desarrollado en la Bolsa. Rara vez se ha observado tal excitación, y es bueno que no ocurra con frecuencia... No es exageración alguna afirmar que la actual *especulación a la baja* casi iguala a la de la época de la Revolución Francesa... Los títulos del Estado se han cotizado esta semana al 91 1/2%, y no habían estado tan bajos desde 1849... Las acciones ferroviarias caen sin cesar.”

Esto lo informa el ministerial “Observer”. Todas las acciones ferroviarias de primer orden estaban entre 68 y 80 chelines por debajo de los precios de la semana pasada. La repentina inundación del mercado con acciones no tiene aún gran significado, porque sólo los especuladores están en condiciones de provocar tumultos en la Bolsa en un momento fijado de antemano y de amedrentar a los accionistas *bona fide* <que actúan de buena fe>. Pero como la fuerte fluctuación de los valores mobiliarios coincide con los rasgos generales de una crisis comercial, su efecto será funesto, incluso si tuviera un carácter puramente especulativo. En todo caso, este apuro en el mercado monetario tendrá consecuencias fatales para todos los empréstitos futuros del Estado y muy especialmente para los austríacos. Además, se recuerda a los capitalistas que Austria pagó en 1811 por sus obligaciones un dividendo de 1 chelín 7 1/4 peniques por cada libra; que, aunque sus ingresos han sido elevados artificialmente de 12 a 18 millones de libras esterlinas desde 1849 mediante una presión fiscal extremadamente fuerte sobre Hungría y Lombardía, el déficit anual promedia más de una cuarta parte de los ingresos totales; que la deuda pública ha crecido en cerca de 50 millones de libras esterlinas desde 1846, y que sólo se ha salvado de una nueva bancarrota por la interesada longanimidad de los hijos de Israel, que aún esperan deshacerse de los montones de títulos austríacos acumulados en sus arcas.

“El comercio ha sido llevado un poco más allá de sus límites regulares, y nuestras obligaciones comerciales han superado en parte nuestros recursos”, dice el “Observer”.

“Es inútil”, exclama la “Morning Post”, “pretender eludir la cuestión, pues aunque en la crisis en curso hay algunos rasgos favorables que no se daban en 1847, para cualquier observador atento de los acontecimientos actuales debe ser perceptible que, por decirlo suavemente, se ha producido una situación muy embarazosa.”

Las reservas metálicas del Banco de Inglaterra han disminuido nuevamente en 338.954 libras esterlinas, y sus reservas en billetes —es decir, el fondo disponible para el descuento de letras— ascienden a sólo siete millones, suma apenas suficiente para que el Canciller del Exchequer pague a los descontentos poseedores de acciones del Mar del Sur. Acerca de la situación en el mercado de cereales, nos enteramos por el “Mark Lane Express” de ayer:

“Con cosechas normales, hemos consumido anualmente durante varios años varios millones de quarters de trigo importado. ¿Cuál podrá ser, en las presentes circunstancias, nuestra previsible necesidad? La cosecha de trigo de este año puede estimarse en tres cuartas partes del rendimiento medio como máximo, y en ningún otro fruto el rendimiento será excesivo. Las patatas están gravemente afectadas por la enfermedad, y debido a la imposibilidad de almacenarlas se han tenido que dedicar rápidamente al consumo, de modo que este alimento escaseará dentro de poco. Nuestro consumo ha sido tan enorme que, a pesar de una importación de 3.304.025 quarters de trigo y 3.337.206 quintales de harina en los ocho meses que terminaron el 5 de septiembre, las existencias en los almacenes no son ni mucho menos excesivas... Nos esforzamos, naturalmente, por no exagerar las dificultades en que puede verse sumido el país, pero sería insensato negar que existen dificultades... Los informes sobre la cosecha de trigo son muy poco satisfactorios; en muchos casos en que se ha comprobado el resultado de la cosecha mediante la trilla, el rendimiento ha sido apenas más de la mitad de la cantidad esperada.”

Mientras que el claro cielo de la prosperidad comercial e industrial se nubla así con perspectivas sombrías, las huelgas siguen siendo un fenómeno importante en nuestra situación industrial y lo serán por algún tiempo todavía; sin embargo, comienzan a cambiar de carácter, al mismo tiempo que las transformaciones que actualmente tienen lugar en la situación general del país.

Los hilanderos de Bury han reclamado nuevamente un aumento de dos peniques por cada millar de madejas. Como los fabricantes lo rechazaron, suspendieron el trabajo, y los tejedores harán lo mismo en cuanto hayan agotado la provisión de hilado. Mientras en Preston los tejedores reclaman aún un aumento salarial del 10% y son apoyados por los trabajadores de los alrededores, seis fabricantes han cerrado ya sus fábricas, y es probable que los demás les sigan. Con ello, dos mil trabajadores se han visto privados de su trabajo. En Blackburn, los ajustadores mecánicos de la fundición de hierro del señor Dickinson continúan en huelga. En Wigan, los ovilladores de una hilandería se han declarado en huelga por un aumento salarial de 1 penique por cada 20 piezas, y los hiladores de las máquinas de hilar hidráulicas de otra hilandería se negaron a reanudar el trabajo antes de que se les aumentara el salario. Ambas hilanderías han sido cerradas. En la misma localidad continúa la huelga de los mineros del carbón, que afecta a unos 5.000 trabajadores. El conde de Crawford y otros grandes propietarios de minas de la vecindad han despedido a sus trabajadores el miércoles por la noche. A continuación, se celebró una concurrida reunión de los mineros en Scales Orchard. En Manchester, 5.000 telares están parados; además, continúan huelgas menores, como la de los tintoreros de fustán, los tintoreros de hilados, los sombrereros de fieltro, etc. En Bolton se celebran asambleas de los trabajadores de las hilanderías de algodón para reclamar un aumento de los salarios. Los zapateros están en huelga en Trentham, Bridgewater, etc.; los cocheros de alquiler de Glasgow; los canteros de Kilmarnock; en Oldham amenaza un conflicto de la policía, etc. Los claveros de Birmingham reclaman un aumento del 10%; los carpinteros de Wolverhampton, un aumento de seis peniques diarios; igualmente los carpinteros de Londres, y así sucesivamente.

Mientras los trabajadores de las principales ciudades industriales de Lancashire, Cheshire, Derbyshire, etc., celebran reuniones públicas para deliberar sobre las medidas de apoyo a sus hermanos que sufren, los fabricantes, por su parte, están decididos a cerrar sus establecimientos por tiempo indefinido para someter a sus trabajadores por el hambre.

“Vemos”, dice la “Sunday Times”, “que, en el fondo, en la reclamación de aumento salarial no se va más allá de seis peniques diarios; y si miramos los precios actuales de los víveres, difícilmente puede decirse que esa reclamación sea excesiva. Sabemos que se supone que uno de los objetivos de los que ahora están en huelga es obtener una especie de participación comunista en la ganancia real o supuesta del fabricante; pero la comparación de los aumentos salariales reclamados en medida creciente con los precios encarecidos de los principales artículos alimenticios refuta plenamente esta acusación.”

Si los trabajadores piden algo más que “los principales artículos alimenticios”, si pretenden “participar” en las ganancias creadas por su propio trabajo, se les acusa de tendencias comunistas. ¿Qué tiene que ver el precio de los víveres con la “eterna y suprema ley de la oferta y la demanda”? Cuando en los años 1839, 1840, 1841 y 1842 se produjo un aumento constante de los precios de los víveres, los salarios bajaron hasta alcanzar el nivel del hambre. En aquel entonces, los mismos industriales decían: “los salarios no dependen del precio de los víveres, sino de la eterna ley de la oferta y la demanda”. La “Sunday Times” dice que “las reclamaciones de los trabajadores podrían ser atendidas si se formulan ‘en tono respetuoso’”.

Pero ¿qué tiene que ver el respeto con la “eterna ley de la oferta y la demanda”? ¿Se ha oído decir alguna vez que el precio del café en Mincing Lane haya subido porque “se haya demandado en forma respetuosa”? El comercio de carne y sangre humanos se lleva a cabo con los mismos métodos que el comercio de otras mercancías y debería tener, al menos, las mismas oportunidades.

El movimiento salarial está en marcha desde hace seis meses. ¿Vamos a examinarlo con el método que también los fabricantes reconocen, con arreglo a la “eterna ley de la oferta y la demanda”, o se nos quiere hacer creer que las leyes eternas de la economía política deben interpretarse de la misma manera que los eternos tratados de paz que Rusia ha concluido con Turquía?

Aunque los trabajadores no hubieran encontrado reforzadas sus posiciones hace seis meses por la gran demanda de su fuerza de trabajo, por la emigración constante y masiva a los campos de oro y a América, habrían tenido que deducir del clamor general de prosperidad lanzado por la prensa burguesa, que se deshacía en elogios del librecambio, el alza de las ganancias de los industriales. Naturalmente, los trabajadores reclamaron su participación en la prosperidad tan estrepitosamente proclamada, pero los fabricantes lucharon con dureza contra ello.

En consecuencia, los obreros se unen, amenazan con la huelga y mantienen sus demandas de manera más o menos pacífica. Dondequiera que estalla una huelga, la totalidad de los empresarios, así como sus portavoces desde el púlpito, la tribuna de oradores y en sus órganos de prensa, se desatan en injurias desmedidas contra la «insolencia y estupidez de semejantes
intentos de dictarles
». Pero ¿qué han demostrado las huelgas sino que los obreros han preferido su propio método para examinar la relación entre la oferta y la demanda, en vez de dar crédito a las interesadas afirmaciones de sus patronos? En ciertas circunstancias, para el obrero no hay otra posibilidad de comprobar si se le paga según el verdadero valor de mercado de su trabajo que ir a la huelga o amenazar con ella. En 1852, el margen medio entre el coste de la materia prima y el precio de la mercancía acabada —por ejemplo, el margen entre los costes del algodón en rama y el hilado terminado, entre el precio del hilado y el de los tejidos de algodón— era mayor y, en consecuencia, las ganancias de los dueños de hilanderías y de los fabricantes eran sin duda más elevadas que en 1853. Ni los hilados ni los artículos acabados han subido de precio hasta hace poco en la misma proporción que el algodón. ¿Por qué, entonces, no aumentaron los fabricantes los salarios de inmediato en 1852? La relación entre la oferta y la demanda, dicen, no habría justificado semejante subida de salarios en 1852. ¿Fue realmente así? Hace un año había más obreros desocupados que hoy, pero la proporción no guarda relación alguna con los repentinos y repetidos aumentos de salario que, desde entonces, les han sido arrancados a los fabricantes en virtud de la ley de la oferta y la demanda, según lo han demostrado las huelgas. Ciertamente, hay más fábricas en funcionamiento que el año pasado, y desde entonces han emigrado más obreros robustos; pero, al mismo tiempo, nunca hubo una afluencia tan grande de obreros fabriles que, procedentes de las ramas agrícolas y de otras ramas de actividad, irrumpieran en nuestras «colmenas de la industria» como durante los últimos doce meses.

El hecho es que los obreros, como de costumbre, advirtieron demasiado tarde que el valor de su trabajo había subido ya un 30% muchos meses atrás, y entonces, en el verano de este año —sólo entonces—, empezaron a ir a la huelga, primero por un aumento salarial del 10%, luego por otro 10% más y así sucesivamente, por tanto cuanto, naturalmente, pudieran obtener. Los constantes éxitos de estas huelgas contribuyeron a su propagación por todo el país y fueron el mejor testimonio de su legitimidad; y su rápida sucesión en la misma rama profesional, llevadas a cabo por los mismos obreros que exigían nuevos aumentos, había demostrado plenamente que los obreros, conforme a la oferta y la demanda, tenían derecho desde hacía tiempo a unos aumentos salariales que se les habían escamoteado únicamente a causa de su desconocimiento de la situación en el mercado de trabajo. Cuando por fin se familiarizaron con ella, los fabricantes, que durante todo ese tiempo habían predicado la «ley eterna de la oferta y la demanda», volvieron a la doctrina del «despotismo ilustrado» y pretendieron disponer de su propiedad a su antojo; declararon airadamente, en forma de
ultimátum
, que los obreros no entendían lo que era bueno para ellos.

El cambio de las perspectivas económicas generales tenía que conducir también a un cambio en la relación entre los obreros y sus patronos. El cambio sobrevenido repentinamente coincidió con muchas huelgas que ya habían comenzado y con otras más que se estaban preparando. Sin duda, continuarán pese a la depresión y también se librarán por salarios más altos, pues al argumento de los fabricantes de que no estaban en condiciones de pagar aumentos de salario, los obreros responderán que los medios de subsistencia se han encarecido, siendo ambos argumentos de igual peso. Sin embargo, si, como supongo, la depresión persiste, los obreros no tardarán en sentir todo su peso, y tendrán que luchar —con muy pocas perspectivas— contra
reducciones de salario
. Pero entonces su actividad pasará pronto al
plano político
, y
las nuevas organizaciones sindicales creadas en la huelga serán para
ellos
de un valor inestimable
.

Karl Marx