Artículo I

RUGGIERO [1] se siente fascinado una y otra vez por los falsos encantos de Alcine, que, como él sabe, ocultan a una vieja bruja,—

“Sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada”,

y el caballero andante no puede resistirse a enamorarse de nuevo de aquella que, como sabe, ha transformado a todos sus antiguos adoradores en asnos y otras bestias. El público inglés es otro Ruggiero y Palmerston es otra Alcine. Aunque septuagenario, y desde 1807 ocupando la escena pública casi sin interrupción, se las arregla para seguir siendo una novedad y para evocar todas las esperanzas que solían concentrarse en un joven inexperto y prometedor. Con un pie en la tumba, se supone que aún no ha comenzado su verdadera carrera. Si muriera mañana, toda Inglaterra se sorprendería al saber que ha sido Secretario de Estado durante medio siglo.

Si no es un buen estadista en toda la obra, es al menos un buen actor en toda la obra. Triunfa en lo cómico como en lo heroico, en lo patético como en lo familiar, en la tragedia como en la farsa; aunque esta última sea quizá más afín a sus sentimientos. No es un orador de primera clase, pero sí un consumado polemista. Dotado de una memoria admirable, de una gran experiencia, de un tacto consumado, de una presencia de ánimo a toda prueba, de una versatilidad de caballero, del conocimiento más minucioso de las triquiñuelas parlamentarias, las intrigas, los partidos y los hombres, maneja los casos difíciles de manera admirable y con una agradable volubilidad, ateniéndose a los prejuicios y susceptibilidades de su público, a salvo de cualquier sorpresa por su cinismo impudente, de cualquier confesión de sí mismo por su diestra egoísta, de caer en la pasión por su profunda frivolidad, su perfecta indiferencia y su desprecio aristocrático. Siendo un bromista sumamente feliz, se congra- cia con todo el mundo. Sin perder nunca los estribos, se impone a un adversario apasionado. Cuando no puede dominar un tema, sabe jugar con él. Si carece de visiones generales, siempre está dispuesto a tejer una red de elegantes generalidades.

Dotado de un espíritu inquieto e infatigable, aborrece la inactividad y anhela la agitación, si no la acción. Un país como Inglaterra le permite, por supuesto, ocuparse en todos los rincones de la tierra. Lo que busca no es la sustancia, sino la mera apariencia del éxito. Si no puede hacer nada, inventará cualquier cosa. Donde no se atreve a intervenir, se entremete. Cuando no puede rivalizar con un enemigo fuerte, improvisa uno débil. No siendo hombre de planes profundos, que no medita combinaciones de larga data, que no persigue ningún gran objetivo, se embarca en dificultades con miras a desenredarse de ellas de manera vistosa. Quiere complicaciones para alimentar su actividad, y cuando no las encuentra listas, las crea. Se regocija en conflictos de aparato, batallas de aparato, enemigos de aparato, notas diplomáticas que intercambiar, barcos a los que ordenar zarpar, todo ello desembocando en violentos debates parlamentarios, que de seguro le preparan un éxito efímero, el objeto constante y único de todos sus esfuerzos. Maneja los conflictos internacionales como un artista, llevando las cosas hasta cierto punto, retrocediendo cuando amenazan con volverse graves, pero habiendo obtenido, en todo caso, la excitación dramática que desea. A sus ojos, el movimiento mismo de la historia no es más que un pasatiempo, inventado expresamente para la satisfacción privada del noble Vizconde Palmerston de Palmerston.

Cediendo de hecho a la influencia extranjera, se opone a ella de palabra. Habiendo heredado de Canning [2] la misión de Inglaterra de propagar el constitucionalismo en el Continente, nunca le falta un tema para pinchar los prejuicios nacionales, para contrarrestar la revolución en el extranjero y, al mismo tiempo, mantener despiertos los recelos suspicaces de las potencias extranjeras. Habiendo conseguido de esta manera fácil convertirse en la bête noire de las cortes continentales, no podía dejar de ser erigido como el ministro verdaderamente inglés en el interior. Aunque tory de origen, ha sabido introducir en la gestión de los asuntos exteriores todas las ficciones y contradicciones que forman la esencia del whiggismo. Sabe conciliar una fraseología democrática con puntos de vista oligárquicos, cubrir la política pacifista de las clases medias con el lenguaje altivo del pasado aristocrático de Inglaterra — aparecer como el agresor donde conspira, y como el defensor donde traiciona — manejar a un enemigo aparente y exasperar a un aliado fingido — situarse, en el momento oportuno de la disputa, del lado del más fuerte contra el débil, y proferir palabras valientes en el acto mismo de huir.

Acusado por un partido de estar a sueldo de Rusia, es sospechado por el otro de carbonarismo.[3] Si en 1848 tuvo que defenderse contra la moción de impeachment por haber actuado como ministro de Nicolás, en 1850 tuvo la satisfacción de ser perseguido por una conspiración de embajadores extranjeros, que triunfó en la Cámara de los Lores, pero fracasó en la de los Comunes. Si traicionó a los pueblos extranjeros, lo hizo con gran cortesía — la cortesía es la calderilla del diablo, que él da a cambio de la sangre vital de sus incautos. Si los opresores estuvieron siempre seguros de su apoyo activo, a los oprimidos nunca les faltó un gran alarde de generosidad retórica. Polacos, italianos, húngaros, alemanes, lo encontraron en el cargo cada vez que eran aplastados, pero sus déspotas siempre sospecharon que conspiraba en secreto con las víctimas que les había permitido hacer. Hasta ahora, en todos los casos, era una probabilidad de éxito tenerlo como adversario y una ruina segura tenerlo como amigo. Pero, si su arte diplomático no brilla en los resultados efectivos de sus negociaciones extranjeras, brilla tanto más en la construcción que ha inducido al pueblo inglés a hacer de ellas, aceptando frases por hechos, fantasías por realidades y pretextos altisonantes por motivos mezquinos.

Henry John Temple, Vizconde Palmerston, que deriva su título de un título nobiliario de Irlanda, fue nombrado Lord del Almirantazgo en 1807, al formarse el ministerio del duque de Portland. En 1809 pasó a ser Secretario de Guerra, y continuó desempeñando este cargo hasta mayo de 1828. En 1830 se pasó, y con mucha habilidad, a los whigs, quienes lo convirtieron en su Secretario permanente de Asuntos Exteriores. Salvo los intervalos de administración tory, desde noviembre de 1834 hasta abril de 1835, y desde 1841 hasta 1846, él es responsable de toda la política exterior que Inglaterra ha seguido desde la revolución de 1830 hasta diciembre de 1851.

¿No es algo muy curioso encontrar, a primera vista, que este Quijote de las “instituciones libres” y este Píndaro de las “glorias del sistema constitucional” fuera miembro permanente y eminente de los gobiernos tories de Mr. Percival, el conde de Liverpool, Mr. Canning, lord Goderich y el duque de Wellington, durante la larga época en que se libró la guerra antijacobina, se contrajo la monstruosa deuda, se promulgaron las leyes de cereales, se estacionaron mercenarios extranjeros en suelo inglés, al pueblo — para tomar prestada una expresión de su colega lord Sidmouth — se le “sangraba” de vez en cuando, se amordazaba a la prensa, se suprimían las reuniones, se desarmaba a la masa de la nación, se suspendía la libertad individual junto con la jurisdicción ordinaria, y se ponía a todo el país, por así decirlo, en estado de sitio — en una palabra, durante la época más infame y más reaccionaria de la historia de Inglaterra?

Su debut en la vida parlamentaria es característico. El 3 de febrero de 1808 se levantó para defender — ¿qué? — el secreto en las negociaciones diplomáticas, y el acto más vergonzoso jamás cometido por una nación contra otra, a saber, el bombardeo de Copenhague y la captura de la flota danesa, en un momento en que Inglaterra profesaba estar en profunda paz con Dinamarca. En cuanto al primer punto, afirmó que, “en este caso particular, los ministros de Su Majestad estaban comprometidos” — ¿por quién? — “al secreto”; pero fue más lejos: “También me opongo en general a hacer público el funcionamiento de la diplomacia, porque la tendencia de las revelaciones en ese departamento es cerrar las futuras fuentes de información”. Vidocq [criminal francés convertido en “padre de la criminología moderna” y “primer detective privado”] habría defendido la misma causa con los mismos términos. En cuanto al acto de piratería, aun admitiendo que Dinamarca no había mostrado hostilidad alguna hacia Gran Bretaña, sostuvo que habían hecho bien en bombardear su capital y robar su flota, porque había que impedir que la neutralidad danesa se convirtiera, quizás, en hostilidad abierta por la coacción de Francia. Esta fue la nueva ley de gentes, proclamada por milord Palmerston.

Cuando vuelve a perorar, encontramos a este ministro inglés por excelencia empeñado en la defensa de tropas extranjeras, llamadas del Continente a Inglaterra, con la misión expresa de mantener por la fuerza el dominio oligárquico, para establecer el cual Guillermo había venido de Holanda en 1688 con sus tropas holandesas. Palmerston respondió a los fundados “temores por las libertades del país”, originados por la presencia de la Legión Alemana del Rey,[4] de manera muy frívola. ¿Por qué no habríamos de tener en casa 16.000 de esos extranjeros, cuando sabéis que empleamos “una proporción mucho mayor de extranjeros en el exterior”? —(Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1812.)

Cuando surgieron temores semejantes por la Constitución a causa del gran ejército permanente mantenido desde 1815, él encontró “una protección suficiente de la Constitución en la propia constitución de nuestro ejército”, pues una gran proporción de sus oficiales eran “hombres de propiedad y de relaciones”. —(Cámara de los Comunes, 8 de marzo de 1816.)

Cuando se atacó a un gran ejército permanente desde el punto de vista financiero, hizo el curioso descubrimiento de que “gran parte de nuestros apuros financieros ha sido causada por nuestro antiguo bajo establecimiento de paz”. —(Cámara de los Comunes, 8 de marzo de 1816.)

Cuando se contrastaron “las cargas del país” y la “miseria del pueblo” con el dispendioso gasto militar, recordó al Parlamento que esas cargas y esa miseria “eran el precio que nosotros (a saber, la oligarquía inglesa) convinimos en pagar por nuestra libertad e independencia”. —(Cámara de los Comunes, 16 de mayo de 1821.)

A sus ojos, el despotismo militar no era de temer sino por obra de “esos autodenominados, pero descarriados reformadores, que exigen esa clase de reforma en el país que, según todo primer principio de gobierno, debe terminar, si se accediera a ella, en un despotismo militar”. —(Cámara de los Comunes, 14 de junio de 1820.)

Mientras los grandes ejércitos permanentes eran así su panacea para mantener la Constitución del país, los azotes eran su panacea para mantener la constitución del ejército. Defendió los azotes en los debates sobre la Ley de Amotinamiento, el 5 de marzo de 1824; declaró que eran “absolutamente indispensables” el 11 de marzo de 1825; los recomendó de nuevo el 10 de marzo de 1828; los mantuvo en los debates de abril de 1833, y ha demostrado ser un partidario de los azotes en todas las ocasiones posteriores.

No existía abuso en el ejército para el cual no encontrara razones plausibles, si resultaba que fomentaba los intereses de los parásitos aristocráticos. Así, por ejemplo, en los debates sobre la Venta de los Grados. —(Cámara de los Comunes, 12 de marzo de 1828.)

A Lord Palmerston le gusta hacer alarde de sus constantes esfuerzos por el establecimiento de la libertad religiosa. Pues bien, votó contra la moción de Lord John Russell para la derogación de las Actas de Prueba y de Corporaciones.[5] ¿Por qué? Porque era “un cálido y celoso amigo de la libertad religiosa” y, por lo tanto, no podía permitir que los disidentes fueran relevados de “agravios imaginarios, mientras aflicciones reales oprimían a los católicos”. —(Cámara de los Comunes, 26 de febrero de 1828.)

En prueba de su celo por la libertad religiosa, nos informa de su «pesar al ver el creciente número de los disidentes. Es mi deseo que la iglesia establecida sea la iglesia predominante en este país», y por puro amor y celo por la libertad religiosa quiere «que la iglesia establecida sea alimentada a expensas de los descreídos». Su jocosa señoría acusa a los disidentes ricos de satisfacer las necesidades eclesiásticas de los más pobres, mientras que, «con la Iglesia de Inglaterra, son solo los pobres quienes sienten la falta de acomodo eclesiástico... Sería absurdo decir que los pobres deberían suscribirse para iglesias con sus pequeñas ganancias».—(Cámara de los Comunes, 11 de marzo de 1825.)

Sería, por supuesto, aún más absurdo decir que los miembros ricos de la iglesia establecida deberían suscribirse para la iglesia con sus cuantiosas ganancias.

Veamos ahora sus afanes por la Emancipación Católica, uno de sus grandes «títulos» a la gratitud del pueblo irlandés. No me detendré en la circunstancia de que, habiéndose declarado partidario de la Emancipación Católica[6] cuando era miembro del ministerio Canning, entró, no obstante, en el ministerio Wellington, declaradamente hostil a dicha emancipación. ¿Consideraba Lord Palmerston la libertad religiosa como uno de los derechos del hombre, en el que no debía inmiscuirse el poder legislativo? Él mismo puede responder:

«Aunque deseo que se consideren las reivindicaciones católicas, jamás admitiré que estas reivindicaciones se basen en el terreno del derecho... Si yo pensara que los católicos pedían lo que es su derecho, por mi parte, no formaría parte de la comisión.»—(Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1813.)

¿Y por qué se opone a que reclamen su derecho?

«Porque el poder legislativo de un país tiene el derecho de imponer tales incapacidades políticas a cualquier clase de la comunidad que estime necesarias para la seguridad y el bienestar del conjunto... Esto corresponde a los principios fundamentales sobre los que se funda el gobierno civilizado.»—(Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1813.)

Ahí tienen la confesión más cínica jamás hecha: que la masa del pueblo no tiene derecho alguno, sino que se le puede conceder la cantidad de inmunidades que el poder legislativo —o, en otras palabras, la clase dominante— estime conveniente otorgarle. En consecuencia, Lord Palmerston declaró, con toda claridad, que «la Emancipación Católica es una medida de gracia y favor».—(Cámara de los Comunes, 10 de febrero de 1829.)

Fue, pues, enteramente sobre la base de la conveniencia como se dignó poner fin a las incapacidades católicas. ¿Y qué se ocultaba tras esta conveniencia?

Siendo él mismo uno de los grandes terratenientes irlandeses, quería albergar el engaño de que «no son posibles otros remedios para los males irlandeses que la Emancipación Católica», que esta curaría el absentismo y resultaría un sucedáneo barato de las leyes de pobres.—(Cámara de los Comunes, 19 de marzo de 1829.)

El gran filántropo, que más tarde despejaría sus fincas irlandesas de sus nativos irlandeses, no podía permitir que la miseria irlandesa ensombreciera, ni por un momento, con sus nubes infaustas, el cielo radiante de los terratenientes y los señores del dinero.

«Es cierto», dijo, «que el campesinado de Irlanda no disfruta de todas las comodidades de que goza todo el campesinado de Inglaterra [¡piensen solo en todas las comodidades que disfruta una familia con 7 chelines a la semana!]. Aun así», continúa, «aun así, sin embargo, el campesino irlandés tiene sus comodidades. Está bien abastecido de combustible y rara vez [solo cuatro días de cada seis] carece de alimento. [¡Qué comodidad!] Pero esta no es toda la comodidad que tiene: ¡posee una mayor alegría de ánimo que su compañero de sufrimientos inglés!»—(Cámara de los Comunes, 7 de mayo de 1829.)

En cuanto a las extorsiones de los terratenientes irlandeses, las trata de manera tan placentera como las comodidades del campesinado irlandés.

«Se dice que el terrateniente irlandés insiste en la renta más alta que pueda ser extorsionada. Pues bien, señor, creo que esa no es una circunstancia singular; ciertamente, en Inglaterra el terrateniente hace lo mismo.»—(Cámara de los Comunes, 7 de marzo de 1829.)

¿Hemos de sorprendernos, entonces, de que este hombre, tan profundamente iniciado en los misterios de las «glorias de la Constitución inglesa» y las «comodidades de sus libres instituciones», aspirara a extenderlas por todo el Continente?

Artículo II

Cuando el movimiento reformista se volvió irresistible, Lord Palmerston desertó de los tories y se deslizó al campo whig. Aunque había aprehendido el peligro de que surgiera un despotismo militar, no de la presencia de la Legión Alemana del Rey en suelo inglés, ni del mantenimiento de grandes ejércitos permanentes, sino solo de los «así llamados reformadores», patrocinó, no obstante, ya en 1828, la extensión del derecho de sufragio a grandes núcleos industriales como Birmingham, Leeds y Manchester. Pero ¿por qué? «No porque sea amigo de la Reforma, sino porque soy su enemigo declarado.»

Se había persuadido a sí mismo de que algunas concesiones oportunas hechas al desmedido interés manufacturero podrían ser el medio más seguro de escapar a «la introducción de la Reforma general».—(Cámara de los Comunes, 17 de junio de 1828.) Una vez aliado con los whigs, ni siquiera fingió que su Reform Bill[7] aspirara a romper las estrechas ataduras de la Constitución veneciana, sino, por el contrario, a aumentar su fuerza y solidez, separando a las clases medias de la oposición popular. «Los sentimientos de las clases medias cambiarán, y su descontento se convertirá en esa adhesión a la Constitución que le dará un vasto aumento de fuerza y solidez.» Consoló a los pares diciéndoles que la Reform Bill no debilitaría la «influencia de la Cámara de los Lores» ni pondría fin a su «injerencia en las elecciones». Dijo a la aristocracia que la Constitución no iba a perder su carácter feudal, siendo «el interés territorial el gran fundamento sobre el que descansa el tejido de la sociedad y las instituciones del país». Apaciguó sus temores lanzando insinuaciones irónicas: que «se nos ha acusado de no ser serios ni sinceros en nuestro deseo de dar al pueblo una representación real», que «se decía que solo nos proponíamos dar un tipo diferente de influencia a la aristocracia y al interés territorial». Llegó incluso a reconocer que, además de las inevitables concesiones que debían hacerse a las clases medias, «la privación del derecho de sufragio», a saber, la privación de ese derecho a los viejos burgos podridos tories en beneficio de los nuevos burgos whigs, «era el principio rector y principal de la Reform Bill».—(Cámara de los Comunes, 24 de marzo de 1831, y 14 de marzo de 1832.)

Ya es hora de volver a las actuaciones del noble lord en el ámbito de la política exterior.

En 1823, cuando, como consecuencia de las resoluciones del Congreso de Viena, un ejército francés entró en España para derrocar la Constitución de ese país y entregarlo a la despiadada venganza del idiota borbónico y su séquito de monjes fanáticos, Lord Palmerston renegó de toda «cruzada quijotesca por principios abstractos», toda intervención en favor del pueblo cuya heroica resistencia había salvado a Inglaterra del dominio de Napoleón. Las palabras que dirigió en aquella ocasión a sus adversarios whigs son un retrato fiel y vívido de su propia política exterior, después de haberse convertido en su Ministro de Asuntos Exteriores permanente. Dijo:

«Algunos habrían querido que utilizáramos amenazas en la negociación, sin estar preparados para ir a la guerra si la negociación fracasaba. Haber hablado de guerra y haber pretendido la neutralidad; haber amenazado con un ejército y haberse retirado tras un documento de Estado; haber blandido la espada del desafío en la hora de la deliberación y haber terminado con un puñado de protestas el día de la batalla, habría sido la conducta de un matón cobarde y nos habría convertido en objeto de desprecio y en el hazmerreír de Europa.»—(Cámara de los Comunes, 30 de abril de 1823.)

Por fin llegamos a los debates greco-turcos, que ofrecieron a Lord Palmerston la primera oportunidad de desplegar públicamente su inigualable talento como defensor imperturbable y perseverante de los intereses rusos, tanto en el Gabinete como en la Cámara de los Comunes. Uno a uno, repitió todas las consignas dictadas por Rusia sobre monstruosidades turcas, civilización griega, libertad religiosa, cristianismo, etcétera. Primero lo encontramos repudiando, como Ministro de Guerra, toda intención de aprobar «una censura contra la meritoria conducta del almirante Codrington», que había causado la destrucción de la flota turca en Navarino, aunque admite que «esta batalla se libró contra una potencia con la que no estamos en guerra» y que fue «un acontecimiento desventurado».—(Cámara de los Comunes, 31 de enero de 1828.)

Luego, una vez retirado del cargo, abrió la larga serie de sus ataques contra Lord Aberdeen,[8] reprochándole haber sido demasiado lento en ejecutar las órdenes de Rusia.

«¿Ha habido mucha más energía y prontitud en el cumplimiento de nuestros compromisos con Grecia? Julio de 1829 se nos viene encima rápidamente, y el tratado de julio de 1827 sigue sin ejecutarse... La Morea, ciertamente, ha sido despejada de turcos... Pero ¿por qué se detuvieron las armas de Francia en el istmo de Corinto?... La estrecha política de Inglaterra intervino y detuvo su avance... Pero ¿por qué no actúan los aliados en el país al norte del istmo como lo han hecho en el del sur, y ocupan de inmediato todo lo que debe ser asignado a Grecia? Habría pensado que los aliados ya habían tenido suficiente negociación con Turquía sobre Grecia.»—(Cámara de los Comunes, 1 de junio de 1829.)

El príncipe Metternich[9] se oponía, como es generalmente sabido, en aquel momento a las usurpaciones de Rusia, y en consecuencia sus agentes diplomáticos —les recuerdo los despachos de Pozzo di Borgo y del príncipe Lieven— habían recibido la consigna de presentar a Austria como la gran enemiga de la emancipación griega y de la civilización europea, cuyo fomento era el objeto exclusivo de la diplomacia rusa. El noble lord sigue, por supuesto, el camino trillado.

«Por la estrechez de miras, los desafortunados prejuicios de su política, Austria casi se ha reducido a sí misma al nivel de una potencia de segundo orden»; y como consecuencia de la política contemporizadora de Aberdeen, se presenta a Inglaterra como «la clave de ese arco del que Miguel y España, Austria y Mahmoud son las partes componentes... La gente ve en la demora en ejecutar el tratado de julio no tanto el miedo a la resistencia turca como una invencible repugnancia a la libertad griega.»—(Cámara de los Comunes, 11 de junio de 1829.)

Durante medio siglo, una frase se ha interpuesto entre Rusia y Constantinopla: la frase de que la integridad del Imperio turco es necesaria para el equilibrio de poder. «Me opongo», exclama Palmerston el 5 de febrero de 1830, «a la política de hacer de la integridad del dominio turco en Europa un objeto esencialmente necesario para los intereses de la Europa cristiana y civilizada.»

De nuevo ataca a Aberdeen por su diplomacia antirrusa:

«Yo, por mi parte, no me daré por satisfecho con una serie de despachos del Gobierno de Inglaterra que sin duda se leerán bien y con fluidez; instando, en términos generales, a la conveniencia de conciliarse con Rusia, pero acompañados, quizá, de fuertes expresiones de la estima que Inglaterra profesa a Turquía, las cuales, leídas por una parte interesada, podrían fácilmente parecer que significan más de lo que realmente se pretendía... Me gustaría ver que, mientras Inglaterra adoptaba una firme resolución —casi el único camino que podía adoptar— de no tomar partido por Turquía en esa guerra bajo ninguna consideración y en ningún caso, esa decisión se comunicaba franca y lealmente a Turquía... Hay tres cosas implacabilísimas: el tiempo, el fuego y el Sultán.»—(Cámara de los Comunes, 16 de febrero de 1830.)

Llegados a este punto, debo traer a la memoria unos pocos hechos históricos, para no dejar duda alguna sobre el significado de los sentimientos filohelénicos del noble lord.

Una vez que Rusia se apoderó de Gokcha, una franja de tierra a orillas del lago de Sevan (posesión indiscutida de Persia), exigió, como precio por su evacuación, el abandono por parte de Persia de sus pretensiones sobre otra porción de su propio territorio, las tierras de Kapan. Persia, al no ceder, fue invadida, vencida y obligada a suscribir el tratado de Turcomanchai, en febrero de 1828. Según dicho tratado, Persia debía pagar a Rusia una indemnización de dos millones de libras esterlinas, ceder las provincias de Erivan y Najicheván, incluidas las fortalezas de Erivan y Abbassabad, siendo el propósito exclusivo de este arreglo, según afirmó Nicolás, fijar la frontera común por el Araxes, el único medio, según pretendía, de impedir futuras disputas entre los dos imperios. Pero, al mismo tiempo, se negó a devolver Talish y Mogán, situadas en la orilla persa del Araxes. Finalmente, Persia se comprometió a no mantener marina alguna en el mar Caspio. Tales fueron el origen y los resultados de la guerra ruso-persa.

En cuanto a la religión y la libertad de Grecia, a Rusia le importaban en aquella época tanto como al Dios de los rusos le importan ahora las llaves del Santo Sepulcro y la famosa Cúpula. Era política tradicional de Rusia incitar a los griegos a sublevarse, para luego abandonarlos a la venganza del Sultán. Tan profunda era su simpatía por la regeneración de la Hélade, que los trató como rebeldes en el Congreso de Verona, reconociendo el derecho del Sultán a excluir toda intervención extranjera entre él y sus súbditos cristianos. De hecho, el Zar ofreció “ayudar a la Puerta[10] a sofocar la rebelión”; proposición que, naturalmente, fue rechazada. Habiendo fracasado en ese intento, se volvió hacia las Grandes Potencias con la proposición contraria: “Marchar con un ejército a Turquía, con el propósito de dictar la paz bajo los muros del Serrallo”. Para mantenerle las manos atadas mediante una suerte de acción común, las demás Grandes Potencias concertaron con él un tratado en Londres, el 6 de julio de 1827, por el cual se comprometían mutuamente a imponer, si era necesario por las armas, el arreglo de las diferencias entre el Sultán y los griegos. A los pocos meses de haber firmado ese tratado, Rusia concertó otro con Turquía, el tratado de Akerman, por el cual se obligó a renunciar a toda injerencia en los asuntos griegos. Este tratado se fraguó después de que Rusia hubiera inducido al Príncipe Heredero de Persia a invadir los dominios otomanos, y después de haber infligido agravios a la Puerta para empujarla a una ruptura. Tras todo esto, las resoluciones del tratado de Londres del 6 de julio de 1827 fueron presentadas a la Puerta por el embajador inglés, en nombre de Rusia y de las otras potencias. En virtud de las complicaciones resultantes de estos fraudes y mentiras, Rusia halló por fin el pretexto para iniciar la guerra de 1828 y 1829. Esa guerra terminó con el tratado de Adrianópolis, cuyo contenido se resume en las siguientes citas del célebre folleto de O’Neill [Sir John O’Neill, diplomático británico] sobre el “Progreso de Rusia en Oriente”:

“Por el tratado de Adrianópolis, el Zar adquirió Anapa y Poti, con una extensión considerable de costa en el mar Negro, una porción del pashalik de Akhilska, con las fortalezas de Akhilska y Akhalkaliki, y las islas formadas por las bocas del Danubio. Se estipuló la destrucción de la fortaleza turca de Georgilvsk y el abandono por Turquía de la orilla derecha del Danubio hasta una distancia de varias millas del río.... En parte por la fuerza y en parte por la influencia del clero, muchos miles de familias de armenios fueron trasladados de las provincias turcas de Asia a los territorios del Zar. Éste estableció para sus propios súbditos en Turquía una exención de toda responsabilidad ante las autoridades nacionales, y cargó a la Puerta con una deuda inmensa, bajo el nombre de gastos de guerra y de pérdidas comerciales... y, finalmente, retuvo Moldavia, Valaquia y Silistria como prenda del pago.... Habiendo impuesto por este tratado a Turquía la aceptación del protocolo del 22 de marzo, que le aseguraba la soberanía sobre Grecia y un tributo anual de ese país, Rusia empleó toda su influencia para procurar la independencia de Grecia, la cual fue erigida en Estado independiente, y se nombró presidente al conde Capo d'Istria, que había sido ministro ruso.”

Estos son los hechos. Contemplad ahora el cuadro que de ellos traza la mano maestra de Lord Palmerston:

“Es perfectamente cierto que la guerra entre Rusia y Turquía surgió de agresiones cometidas por Turquía contra el comercio y los derechos de Rusia, y de violaciones de tratados.” —(Cámara de los Comunes, 16 de febrero de 1830)

Cuando se convirtió en la encarnación whig del Ministro de Asuntos Exteriores, mejoró esa declaración:

“El honorable y valiente miembro (coronel Evans) ha presentado la conducta de Rusia como una de agresión incesante contra otros Estados, desde 1815 hasta el presente. Se refirió más particularmente a las guerras de Rusia con Persia y Turquía. Rusia no fue la agresora en ninguna de ellas, y aunque el resultado de la guerra persa fue un engrandecimiento de su poder, no fue resultado de su propia búsqueda. ... De nuevo, en la guerra turca, Rusia no fue la agresora. Sería fatigoso para la Cámara detallar todas las provocaciones que Turquía ofreció a Rusia; pero creo que no puede haber duda de que expulsó a súbditos rusos de su territorio, detuvo barcos rusos y violó todas las disposiciones del tratado de Akerman, y luego, al presentarse la queja, negó reparación; de modo que, si alguna vez hubo un motivo justo para ir a la guerra, Rusia lo tuvo para ir a la guerra con Turquía. Sin embargo, en ninguna ocasión adquirió aumento alguno de territorio, al menos en Europa. Sé que hubo una ocupación continuada de ciertos puntos [Moldavia y Valaquia son sólo puntos, y las bocas del Danubio son meros ceros], y algunas adquisiciones adicionales en el Euxino asiático; pero tenía un acuerdo con las otras potencias europeas de que el éxito en esa guerra no llevaría a ningún engrandecimiento en Europa.” —(Cámara de los Comunes, 7 de agosto de 1832.)

Mis lectores comprenderán ahora que Sir Robert Peel dijera al noble lord, en sesión pública de la Cámara, que “no sabía a quién representaba”.

Artículo III

En una reciente reunión en Londres para protestar contra la actuación de la Embajada británica en la presente controversia entre Rusia y Turquía, un caballero que se atrevió a culpar especialmente a Lord Palmerston fue saludado y silenciado por una tormenta de silbidos indignados. La reunión pensó evidentemente que, si Rusia tenía un amigo en el ministerio, no era el noble vizconde, y sin duda habría rasgado el aire con vítores si alguien hubiera podido anunciar que su señoría se había convertido en primer ministro. Esta asombrosa confianza en un hombre tan falso y vacuo es otra prueba de la facilidad con que se engaña a la gente mediante brillantes dotes, y una nueva evidencia de la necesidad de arrancar la máscara a este astuto enemigo del progreso de la libertad humana.

Así, pues, con la historia de los últimos 25 años y los debates del Parlamento por guía, emprendemos la tarea de poner al descubierto el papel real que este consumado actor ha desempeñado en el drama de la Europa moderna.

El noble vizconde es generalmente conocido como el caballeroso protector de los polacos, y nunca deja de dar salida a sus dolorosos sentimientos respecto a Polonia ante las diputaciones que una vez al año le presenta el “querido, aburrido y funesto” Dudley Stuart[11], “un sujeto respetable que pronuncia discursos, aprueba resoluciones, vota mensajes, acude con diputaciones, tiene en todo momento la necesaria dosis de confianza en el individuo necesario y también puede, si es necesario, lanzar tres hurras por la Reina”.

Los polacos llevaban en armas alrededor de un mes cuando Lord Palmerston entró en el gobierno en noviembre de 1830. Ya el 8 de agosto de 1831, el Sr. Hunt presentó a la Cámara una petición de la Unión de Westminster en favor de los polacos, y “pidiendo la destitución de Lord Palmerston de los Consejos de Su Majestad”. El Sr. Hume[12] manifestó el mismo día que deducía del silencio del noble lord que el Gobierno “se proponía no hacer nada por los polacos, sino dejarlos a merced de Rusia”. A esto respondió Lord Palmerston “que cualesquiera obligaciones que impusieran los tratados existentes, recibirían en todo momento la atención del Gobierno”. Ahora bien, ¿qué clase de obligaciones imponían, en su opinión, a Inglaterra los tratados existentes? “Las pretensiones de Rusia –nos dice él mismo– a la posesión de Polonia datan del tratado de Viena” –(Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833), y ese tratado hace depender dicha posesión de la observancia de la Constitución polaca por parte del Zar. Pero de un discurso posterior aprendemos que “el mero hecho de que este país fuera parte en el tratado de Viena no era sinónimo de que Inglaterra garantizara que Rusia no cometería infracción alguna contra ese tratado.” –(Cámara de los Comunes, 26 de marzo de 1834)

Es decir, se puede garantizar un tratado sin garantizar que sea observado. Este es el principio con arreglo al cual los milaneses dijeron al emperador Barbarroja: “Tuvisteis nuestro juramento, pero recordad que no juramos cumplirlo.”

En un aspecto, el tratado de Viena era suficientemente bueno. Daba al Gobierno británico, como una de las partes contratantes,

“el derecho de albergar y expresar una opinión sobre cualquier acto que tienda a una violación de ese tratado. ... Las partes contratantes del tratado de Viena tenían derecho a exigir que la Constitución de Polonia no fuera tocada, y esta fue una opinión que no he ocultado al Gobierno ruso. La comuniqué por anticipado a ese Gobierno antes de la toma de Varsovia, y antes de que se conociera el resultado de las hostilidades. La comuniqué de nuevo cuando cayó Varsovia. Sin embargo, el Gobierno ruso adoptó un punto de vista distinto sobre la cuestión.” –(Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833)

Él había anticipado tranquilamente la caída de Polonia, y se había valido de esta oportunidad para albergar y expresar una opinión sobre ciertos artículos del tratado de Viena, persuadido como estaba de que el magnánimo Zar se limitaba a esperar a haber aplastado al pueblo polaco por la fuerza de las armas para rendir homenaje a una Constitución que había pisoteado cuando aquel disponía aún de medios ilimitados de resistencia. Al mismo tiempo, el noble lord acusó a los polacos de haber “dado el paso inmotivado y, en su opinión, injustificable de destronar al Emperador”. –(Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1832)

“También podía decir que los polacos fueron los agresores, pues ellos iniciaron la contienda.” –(Cámara de los Comunes, 7 de agosto de 1832.)

Cuando los temores de que Polonia fuera extinguida se hicieron universales e importunos, declaró que “exterminar a Polonia, ya moral o políticamente, es tan absolutamente impracticable que creo que no hay por qué temer que se intente”. –(Cámara de los Comunes, 28 de junio de 1832.)

Cuando posteriormente se le recordaron las vagas expectativas que así había suscitado, afirmó que se le había malinterpretado, que lo había dicho no en el sentido político sino en el pickwickiano [es decir, ingenuamente idealista, como el personaje de Dickens] de la palabra, queriendo decir que el Emperador de Rusia era incapaz de “exterminar nominal o físicamente a tantos millones de hombres como contenía el reino polaco en su estado dividido”. –(Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Cuando la Cámara amenazó con intervenir durante la lucha de los polacos, apeló a su responsabilidad ministerial. Cuando el hecho estuvo consumado, les dijo fríamente que “ningún voto de esta Cámara tendría el menor efecto para hacer que Rusia revocase su decisión”. –(Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833)

Cuando se denunciaron las atrocidades cometidas por los rusos tras la caída de Varsovia, él recomendó a la Cámara la mayor indulgencia hacia el Emperador de Rusia, declarando que «ninguna persona podía deplorar más que él los términos que se habían pronunciado» (Cámara de los Comunes, 28 de junio de 1832); que «el actual Emperador de Rusia era un hombre de sentimientos elevados y generosos»; que «dondequiera que se hayan producido casos de severidad indebida por parte del gobierno ruso hacia los polacos, podemos considerar esto como una prueba de que el poder del Emperador de Rusia está prácticamente limitado, y podemos dar por sentado que el Emperador ha cedido, en esos casos, a la influencia de otros, antes que seguir los dictados de sus sentimientos espontáneos» (Cámara de los Comunes, 9 de julio de 1833).

Cuando la suerte de Polonia quedó sellada por un lado, y por el otro se hizo inminente la disolución del Imperio Turco a raíz de la rebelión de Mehemet Alí,[13] aseguró a la Cámara que «los asuntos en general marchaban por un cauce satisfactorio» (Cámara de los Comunes, 26 de enero de 1832).

Habiéndose presentado una moción para conceder subsidios a los refugiados polacos, le resultaba «sumamente penoso oponerse a la concesión de dinero alguno a aquellos individuos, concesión a la que los sentimientos naturales y espontáneos de toda persona generosa le llevarían a acceder; pero no era compatible con su deber proponer la concesión de cantidad alguna a esas desdichadas personas» (Cámara de los Comunes, 25 de marzo de 1834). Este mismo hombre de tierno corazón había sufragado en secreto, como veremos más adelante, el coste de la caída de Polonia, en gran medida, de los bolsillos del pueblo británico.

El noble lord se cuidó muy bien de ocultar al Parlamento todos los documentos de Estado relativos a la catástrofe polaca. Pero las declaraciones hechas en la Cámara de los Comunes, que él jamás intentó siquiera refutar, no dejan duda alguna acerca del juego que jugó en aquella época fatal.

Después de que estallase la revolución polaca, el cónsul de Austria no abandonó Varsovia, y el gobierno austríaco llegó incluso a enviar a un agente polaco, M. Walewski, a París, con la misión de negociar con los gobiernos de Francia e Inglaterra el restablecimiento de un reino polaco. La corte de las Tullerías declaró «que estaba dispuesta a unirse a Inglaterra en caso de que ésta consintiera en el proyecto». Lord Palmerston rechazó la oferta. En 1831, el señor de Talleyrand,[14] embajador de Francia en la corte de St. James, propuso un plan de acción combinada por parte de Francia e Inglaterra, pero se topó con una negativa rotunda y con una nota del noble lord, en la que se decía que «una mediación amistosa en la cuestión polaca sería rechazada por Rusia; que las Potencias acababan de rechazar un ofrecimiento análogo por parte de Francia; que la intervención de las dos cortes de Francia e Inglaterra no podría realizarse sino por la fuerza en caso de una negativa por parte de Rusia; y que las relaciones amistosas y satisfactorias entre el gabinete de St. James y el gabinete de San Petersburgo no permitirían a Su Majestad Británica emprender semejante injerencia. TODAVÍA NO HABÍA LLEGADO el momento de emprender con éxito un plan semejante contra la voluntad de un soberano cuyos derechos eran indiscutibles».

Esto no fue todo. El 23 de febrero de 1848, el señor Anstey[15] hizo la siguiente declaración en la Cámara de los Comunes:

«Suecia estaba armando su flota con el propósito de hacer una diversión en favor de Polonia y de recobrar para sí las provincias del Báltico que tan injustamente le habían sido arrebatadas en la última guerra. El noble lord instruyó a nuestro embajador en la corte de Estocolmo en sentido contrario, y Suecia suspendió sus armamentos. La corte de Persia, con un propósito similar, había despachado un ejército que ya llevaba tres días de marcha hacia la frontera rusa, al mando del príncipe heredero persa. El secretario de legación en la corte de Teherán, Sir John M’Neill, siguió al príncipe, a una distancia de tres jornadas de su cuartel general, le dio alcance, y allí, siguiendo instrucciones del noble lord y en nombre de Inglaterra, amenazó a Persia con la guerra si el príncipe daba un paso más hacia la frontera rusa. El noble lord empleó estímulos semejantes para impedir que Turquía reanudara la guerra por su parte.»

Al coronel Evans, que solicitaba la presentación de documentos relativos a la violación por parte de Prusia de su pretendida neutralidad en la guerra ruso-polaca, Lord Palmerston respondió «que los ministros de este país no podían haber contemplado aquella contienda sin la más profunda pesadumbre, y que para ellos sería sumamente satisfactorio verla terminada» (Cámara de los Comunes, 16 de agosto de 1831).

Ciertamente, él deseaba verla terminada lo antes posible, y Prusia compartía sus sentimientos.

En una ocasión posterior, el señor H. Gally Knight resumió así toda la actuación del noble lord con respecto a la revolución polaca:

«Hay algo curiosamente inconsecuente en la actuación del noble lord cuando se trata de Rusia. ... En la cuestión de Polonia, el noble lord nos ha defraudado una y otra vez; recuérdese que cuando se le presionó para que hiciera algo en favor de Polonia, entonces reconoció la justicia de la causa —la justicia de nuestras quejas—, pero dijo: “Conteneos por ahora, pues está a punto de partir un embajador de conocidos sentimientos liberales; no haríais más que estorbar su negociación si irritáis a la Potencia con la que ha de tratar. Por tanto, aceptad mi consejo: permaneced tranquilos por el momento, y tened la seguridad de que se conseguirá mucho.” Confiamos en aquellas seguridades; el embajador liberal partió; nunca se supo si llegó o no a abordar el asunto; pero todo lo que obtuvimos fueron las bellas palabras del noble lord, y ningún resultado.» (Cámara de los Comunes, 13 de julio de 1840)

Una vez desaparecido del mapa de Europa el llamado reino de Polonia, quedaba aún, en la ciudad libre de Cracovia, un fantástico resto de la nacionalidad polaca. El zar Alejandro, durante la anarquía general resultante de la caída del Imperio francés, no había conquistado el ducado de Varsovia, sino que simplemente se había apoderado de él, y deseaba, naturalmente, conservarlo, junto con Cracovia, que Bonaparte había incorporado al ducado. Austria, que en otro tiempo poseyó Cracovia, quería recuperarla. No pudiendo el zar obtenerla para sí y no queriendo cederla a Austria, propuso constituirla en ciudad libre. Por consiguiente, el Tratado de Viena estipuló en su artículo VI: «La ciudad de Cracovia, con su territorio, será por siempre una ciudad libre, independiente y rigurosamente neutral, bajo la protección de Austria, Rusia y Prusia»; y en el artículo IX: «Las cortes de Rusia, Austria y Prusia se comprometen a respetar, y hacer que se respete siempre, la neutralidad de la ciudad libre de Cracovia y de su territorio. Ninguna fuerza armada podrá ser introducida en ella bajo pretexto alguno.»

Inmediatamente después de terminada la insurrección polaca de 1830-31, las tropas rusas entraron súbitamente en Cracovia, ocupación que duró dos meses. Esto, sin embargo, se consideró como una necesidad transitoria de la guerra, y en la agitación de aquellos tiempos pronto quedó en el olvido.

En 1836, Cracovia fue ocupada de nuevo por las tropas de Austria, Rusia y Prusia, con el pretexto de obligar a las autoridades de Cracovia a entregar a los individuos comprometidos en la revolución polaca de cinco años antes.

En esta ocasión, el noble lord se abstuvo de toda reconvención, fundándose, según declaró en 1836 y 1840, en «que era difícil dar efecto a nuestras reconvenciones». Sin embargo, tan pronto como Austria confiscó definitivamente Cracovia, una simple reconvención le pareció ser «el único medio eficaz». Cuando las tres potencias del Norte ocuparon Cracovia en 1836, su Constitución fue derogada — las tres residencias consulares asumieron la autoridad suprema — la policía fue confiada a espías austríacos — el senado, derribado — los tribunales, suspendidos — la universidad, suprimida, prohibiendo a los estudiantes de las provincias vecinas frecuentarla — y el comercio de la ciudad libre con los países circundantes, destruido.

En marzo de 1836, cuando se le interpeló acerca de la ocupación de Cracovia, Lord Palmerston declaró que tal ocupación tenía un carácter meramente transitorio. Tan paliativa y apologética fue la interpretación que dio a los actos de sus tres aliados del Norte, que se sintió obligado a detenerse de pronto e interrumpir la marcha uniforme de su discurso con la solemne declaración: «No me levanto aquí para defender la medida, que, por el contrario, DEBO censurar y condenar. Me he limitado a exponer aquellas circunstancias que, aunque no excusan la ocupación forzosa de Cracovia, podrían ofrecer, sin embargo, una justificación, etc...». Admitió que el Tratado de Viena obligaba a las tres Potencias a abstenerse de dar paso alguno sin el previo consentimiento de Inglaterra, pero «puede decirse con justicia que han rendido un homenaje involuntario a la justicia y a la rectitud de este país, al suponer que jamás daríamos nuestro asentimiento a semejante proceder».

Sin embargo, habiendo descubierto el señor Patrick Stewart que existían medios mejores para la preservación de Cracovia que la «abstención de reconvención», presentó el 20 de abril de 1836 una moción «para que se ordenara al Gobierno enviar un representante a la ciudad libre de Cracovia en calidad de cónsul, existiendo ya allí tres cónsules de las otras tres potencias: Austria, Rusia y Prusia». La llegada conjunta de un cónsul inglés y otro francés a Cracovia constituiría un acontecimiento y habría impedido, en todo caso, que el noble lord declarase después no tener conocimiento de las intrigas que los austríacos, rusos y prusianos urdían en Cracovia. El noble vizconde, viendo que la mayoría de la Cámara era favorable a la moción, indujo al señor Stewart a retirarla, prometiéndole solemnemente que el Gobierno «tenía la intención de enviar un agente consular a Cracovia». El 22 de marzo de 1837, al ser interpelado por Lord Dudley Stuart acerca de su promesa, el noble lord respondió que «había cambiado de intención y no había enviado agente consular alguno a Cracovia, ni era esa su intención por el momento». Habiendo anunciado Lord D. Stuart que presentaría una moción pidiendo documentos para esclarecer este singular proceder, el noble vizconde logró hacer fracasar la moción mediante el sencillo procedimiento de ausentarse y provocar que la Cámara quedase sin quórum [counted out]. Nunca dijo por qué ni la razón por la que no había cumplido su promesa, y resistió todas las tentativas de arrancarle documentos sobre el asunto.

En 1840, la ocupación “temporal” continuaba aún, y los habitantes de Cracovia dirigieron un memorándum a los gobiernos de Francia e Inglaterra, que dice, entre otras cosas:

«Las desgracias que afligen a la ciudad libre de Cracovia y a sus habitantes son tales, que los abajo firmantes no ven otra esperanza para sí mismos y para sus conciudadanos que la poderosa y esclarecida protección de los gobiernos de Francia e Inglaterra. La situación en que se encuentran les otorga el derecho de invocar la intervención de toda Potencia signataria del Tratado de Viena.»

Interrogado el 13 de julio de 1840 acerca de esta petición de Cracovia, Palmerston declaró «que entre Austria y el gobierno británico la cuestión de la evacuación de Cracovia no era más que una cuestión de tiempo». En cuanto a la violación del Tratado de Viena, «no había medios de hacer valer las opiniones de Inglaterra, suponiendo que este país estuviera dispuesto a hacerlo por las armas, porque Cracovia era evidentemente un lugar donde no podía tener lugar acción inglesa alguna.»

Hágase notar que dos días después de esta declaración, el 15 de julio de 1840, el noble lord concluyó un tratado con Rusia, Austria y Prusia para cerrar el mar Negro a la marina inglesa, probablemente con el fin de que no pudiera tener lugar acción inglesa alguna en aquellos parajes. Fue exactamente al mismo tiempo que el noble lord renovó la Santa Alianza con dichas potencias contra Francia. En cuanto a la pérdida comercial sufrida por Inglaterra a consecuencia de la ocupación de Cracovia, el noble lord demostró que «el volumen de las exportaciones generales a Alemania no había disminuido», lo cual, como justamente observó Sir Robert Peel[16], nada tenía que ver con Cracovia, ya que se enviaban cantidades considerables de mercancías inglesas a través del mar Negro, Moldavia y Galitzia; y, apremiado a declarar sus verdaderas intenciones sobre el particular y acerca del agente consular que habría de enviarse a Cracovia, «pensó que la experiencia que tenía del modo en que los honorables caballeros del lado opuesto habían aprovechado su desdichada afirmación [hecha por el noble lord en 1836, a fin de escapar a la censura de una Cámara hostil] de que tenía intención de nombrar un cónsul británico en Cracovia, le justificaba para negarse resueltamente a dar respuesta alguna a semejante pregunta, que podría exponerle a ataques injustificables similares».

El 16 de agosto de 1846 afirmó que «el que el Tratado de Viena sea o no ejecutado y cumplido por las grandes potencias europeas no depende de la presencia de un agente consular en Cracovia». El 28 de enero de 1847 Cracovia estaba sentenciada, y cuando se volvió a pedir al noble lord la presentación de documentos relativos a la no designación de un cónsul británico en Cracovia, declaró que «el asunto no guardaba conexión necesaria alguna con la discusión sobre la incorporación de Cracovia, y que no veía ventaja en reavivar una discusión airada sobre un tema de interés meramente pasajero». Se mantuvo fiel a su opinión sobre la presentación de documentos de Estado, expresada el 7 de marzo de 1837: «Si los documentos se refieren a las cuestiones que ahora se están examinando, su presentación sería peligrosa; si se refieren a cuestiones ya pasadas, es evidente que no pueden servir de nada».

El Gobierno británico estaba, sin embargo, muy exactamente informado de la importancia de Cracovia, no solo desde el punto de vista político, sino también comercial, pues su cónsul en Varsovia, el coronel Du Flat, le había comunicado que:

«Cracovia, desde su elevación a Estado independiente, ha sido siempre el depósito de cantidades muy considerables de mercancías inglesas enviadas allí por el mar Negro, Moldavia y Galitzia, e incluso vía Trieste, las cuales hallan después su camino hacia los países circundantes. Con el correr de los años entró en comunicación ferroviaria con las grandes líneas de Bohemia, Prusia y Austria... Es también el punto central de la importante línea de comunicación ferroviaria entre el Adriático y el Báltico. Entrará en comunicación directa del mismo género con Varsovia... Por consiguiente, vista la casi certeza de que todos los grandes puntos del Levante [es decir, las tierras en torno al extremo oriental del mar Mediterráneo], e incluso de la India y China, encuentren su camino subiendo por el Adriático, no se puede negar que ha de ser de la mayor importancia comercial, incluso para Inglaterra, contar con una estación como Cracovia, en el centro de la gran red de ferrocarriles que une los continentes oriental y occidental».

El propio Lord Palmerston se vio obligado a confesar a la Cámara que la insurrección de Cracovia de 1846 había sido provocada intencionadamente por las tres potencias. «Creo que la entrada original de las tropas austriacas en el territorio de Cracovia se produjo a consecuencia de una solicitud del Gobierno». Pero, después, esas tropas austriacas se retiraron. Por qué se retiraron no se ha explicado nunca. Con ellas se retiraron el Gobierno y las autoridades de Cracovia; la consecuencia inmediata, o al menos temprana, de aquella retirada fue el establecimiento de un Gobierno Provisional en Cracovia. (Cámara de los Comunes, 17 de agosto de 1846.)

El 22 de febrero de 1846, las fuerzas de Austria, y después las de Rusia y Prusia, tomaron posesión de Cracovia. El 26 del mismo mes, el prefecto de Tarnow publicó su proclama llamando a los campesinos a asesinar a sus señores, prometiéndoles «una suficiente recompensa en dinero», proclama a la que siguieron las atrocidades galitzianas y la matanza de unos 2.000 propietarios territoriales. El día 12 apareció la proclama austriaca dirigida a los «fieles galitzianos que se han alzado en defensa del orden y de la ley y han destruido a los enemigos del orden». En la Gaceta oficial del 28 de abril, el príncipe Federico de Schwarzenberg declaró oficialmente que «los actos que habían tenido lugar habían sido autorizados por el Gobierno austriaco», el cual, por supuesto, actuaba con arreglo a un plan común con Rusia y con Prusia, la lacaya del zar. Ahora bien, una vez pasadas todas estas abominaciones, Lord Palmerston creyó oportuno declarar en la Cámara:

«Tengo una opinión demasiado alta del sentido de justicia y de derecho que ha de animar a los Gobiernos de Austria, Rusia y Prusia para creer que puedan sentir disposición o intención alguna de tratar a Cracovia de modo distinto a como los compromisos del tratado le dan derecho a ser tratada». (Cámara de los Comunes, 17 de agosto de 1846.)

Para el noble lord, el único asunto que entonces tenía entre manos era desembarazarse del Parlamento, cuya sesión tocaba a su fin. Aseguró a los Comunes que «por parte del Gobierno británico se hará todo lo necesario para garantizar que se preste el debido respeto a las disposiciones del Tratado de Viena». Cuando el señor Hume dio rienda suelta a sus dudas acerca de «la intención de Lord Palmerston de hacer que las tropas austro-rusas se retiraran de Cracovia», el noble lord rogó a la Cámara que no diera crédito a las afirmaciones del señor Hume, pues él poseía mejor información y estaba convencido de que la ocupación de Cracovia era solo «TEMPORAL». Una vez desembarazado el Parlamento de 1846, del mismo modo que el de 1843, apareció la proclama austriaca del 11 de noviembre de 1846, que incorporaba Cracovia a los dominios austriacos. Cuando el Parlamento volvió a reunirse el 19 de enero de 1847, el discurso de la Reina le informó de que Cracovia había desaparecido, pero que en su lugar quedaba una protesta por parte del valiente Lord Palmerston. A fin de privar a esta protesta incluso de la apariencia de un significado, el noble lord se las ingenió, en aquella misma época, para enzarzar a Inglaterra en una querella con Francia con motivo de los matrimonios españoles,[17] a punto de hacer que los dos países llegaran a las manos; actuación que fue severamente examinada por el señor Smith O’Brien en la Cámara de los Comunes el 18 de abril de 1847.

Habiéndose dirigido el Gobierno francés a Palmerston solicitando su cooperación en una protesta conjunta contra la incorporación de Cracovia, Lord Normanby,[18] siguiendo instrucciones del noble vizconde, respondió que el ultraje del que Austria se había hecho culpable al anexionarse Cracovia no era mayor que el de Francia al concertar un matrimonio entre el duque de Montpensier y la infanta española; lo uno era una violación del Tratado de Viena, y lo otro del Tratado de Utrecht. Ahora bien, el Tratado de Utrecht, renovado en 1782, quedó definitivamente abrogado por la guerra antijacobina y, por lo tanto, desde 1792 había dejado de estar en vigor. No había en la Cámara hombre mejor informado de esta circunstancia que el noble lord, pues él mismo había declarado a la Cámara con ocasión de los debates sobre los bloqueos de México y Buenos Aires que

«las disposiciones del Tratado de Utrecht habían caducado hacía mucho tiempo en las vicisitudes de la guerra, con excepción de la cláusula única relativa a las fronteras del Brasil y la Guayana Francesa, porque dicha cláusula había sido expresamente incorporada al Tratado de Viena».

Aún no hemos terminado con los esfuerzos del noble lord por resistir las usurpaciones de Rusia sobre Polonia.

Hubo en otro tiempo una curiosa convención entre Inglaterra, Holanda y Rusia: el llamado préstamo ruso-holandés. Durante la guerra antijacobina, el zar Alejandro contrajo un préstamo con los Sres. Hope & Co., en Ámsterdam; y después de la caída de Bonaparte, el rey de los Países Bajos, «deseoso de hacer una adecuada correspondencia a las potencias aliadas por haber liberado su territorio», y por haber anexionado al mismo Bélgica, a la que no tenía derecho alguno, se comprometió —renunciando las demás potencias a sus reclamaciones comunes en favor de Rusia, a la sazón muy necesitada de dinero— a concertar una convención con Rusia por la que se obligaba a pagarle en sucesivos plazos los veinticinco millones de florines que adeudaba a los Sres. Hope & Co. Inglaterra, a fin de encubrir el robo que había cometido contra Holanda de sus colonias del Cabo de Buena Esperanza, Demerara, Esequibo y Berbice, se hizo parte en esta convención y se obligó a pagar una cierta proporción de los subsidios otorgados a Rusia. Esta estipulación pasó a formar parte del Tratado de Viena, pero con la condición expresa «de que el pago cesara si la unión entre Holanda y Bélgica se rompía antes de la liquidación de la deuda». Cuando Bélgica se separó de Holanda mediante una revolución, esta última se negó, naturalmente, a pagar su parte a Rusia alegando que el préstamo se había contraído para mantenerla en la posesión indivisa de las provincias belgas y que ya no tenía la soberanía de aquel país. Por otra parte, seguía existiendo, como declaró el señor Herries en el Parlamento, «ni el más mínimo ápice de reclamación por parte de Rusia de que Inglaterra continuara pagando la deuda». (Cámara de los Comunes, 26 de enero de 1832.)

Lord Palmerston, sin embargo, encontró perfectamente natural que «en un momento se pague a Rusia por apoyar la unión de Bélgica con Holanda, y en otro se le pague por apoyar la separación de esos países». (Cámara de los Comunes, 16 de julio de 1832.)

Apeló de manera muy trágica a la fiel observancia de los tratados —y sobre todo del Tratado de Viena—; y se ingenió para sacar adelante una nueva convención con Rusia, fechada el 16 de noviembre de 1831, cuyo preámbulo declaraba expresamente que se contraía «en consideración a los arreglos generales del Congreso de Viena que permanecen en todo su vigor».

Cuando la convención relativa al préstamo ruso-holandés fue insertada en el Tratado de Viena, el duque de Wellington exclamó: «Esto es un golpe maestro de diplomacia por parte de Lord Castlereagh;[19] pues Rusia ha sido atada a la observancia del tratado de Viena por una obligación pecuniaria».

Cuando, por consiguiente, Rusia retiró su observancia del Tratado de Viena con la confiscación de Cracovia, el señor Hume propuso que se pusiera fin a todo pago anual ulterior a Rusia con cargo al erario británico. El noble vizconde, sin embargo, consideró que, aunque Rusia tenía derecho a violar el Tratado de Viena en lo concerniente a Polonia, Inglaterra debía permanecer obligada por ese mismo tratado en lo concerniente a Rusia.

Pero no es este el incidente más extraordinario en las actuaciones del noble lord. Después de que estallara la revolución belga, y antes de que el Parlamento sancionara el nuevo préstamo a Rusia, el noble lord sufragó los costos de la guerra rusa contra Polonia, bajo el falso pretexto de saldar la antigua deuda contraída por Inglaterra en 1815, si bien podemos afirmar, con la autoridad del más grande jurisconsulto inglés, Sir E. Sugden,[20] hoy Lord St. Leonards, que «no había un solo punto discutible en esa cuestión y el Gobierno no tenía poder alguno para pagar ni un chelín de ese dinero» (Cámara de los Comunes, 26 de junio de 1832); y, con la autoridad de Sir Robert Peel, «que Lord Palmerston no estaba autorizado por la ley a adelantar ese dinero». (Cámara de los Comunes, 12 de julio de 1832.)

Ahora comprendemos por qué el noble lord reitera en toda ocasión que «nada puede ser más doloroso para un hombre de sentimientos rectos que las discusiones sobre el tema de Polonia». También podemos apreciar el grado de seriedad que es probable que exhiba ahora al resistir las usurpaciones de la potencia a la que tan invariablemente ha servido.

Los grandes y eternos temas de la auto-glorificación del noble vizconde son los servicios que ha prestado a la causa de la libertad constitucional en todo el continente. El mundo le debe, en efecto, las invenciones de los reinos «constitucionales» de Portugal, España y Grecia —tres fantasmas políticos, sólo comparables al homúnculo de Wagner en «Fausto». Portugal, bajo el yugo de esa enorme montaña de carne, doña María da Gloria,[21] respaldada por un Coburgo, «debe ser considerado como una de las potencias sustantivas de Europa».—(Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1835)

En el preciso momento en que el noble vizconde pronunciaba estas palabras, seis navíos de línea británicos anclaban en Lisboa para defender a la «sustantiva» hija de Don Pedro frente al pueblo portugués y ayudarla a destruir la constitución que ella había jurado defender. España, a disposición de otra María,[22] la cual, aunque pecadora notoria, jamás ha llegado a ser una Magdalena, «nos ofrece un poder bello, floreciente, e incluso formidable entre los reinos europeos».—(Lord Palmerston, Cámara de los Comunes, 10 de marzo de 1837)

Formidable, en verdad, para los tenedores de bonos españoles. El noble lord tiene incluso sus razones listas para haber entregado la patria de Pericles y Sófocles al dominio nominal de un idiota muchacho bávaro.[23] El rey Otón pertenece a un país donde existe una constitución libre.»—(Cámara de los Comunes, 8 de agosto de 1832.)

¡Una constitución libre en Baviera, el Bastiat alemán! Esto sobrepasa la licentia poetica de las floreos retóricos, las «esperanzas legítimas» ofrecidas por España y el poder «sustantivo» de Portugal. En cuanto a Bélgica, todo lo que lord Palmerston hizo por ella fue cargarla con una parte de la deuda holandesa, reducirla en la provincia de Luxemburgo y enjaezarla con una dinastía Coburgo.[24] En cuanto a la entente cordiale con Francia, en decadencia desde el momento en que él pretendió darle el toque final mediante la Cuádruple Alianza de 1834, ya hemos visto cuán bien supo manejarla el noble lord en el caso de Polonia, y pronto oiremos qué fue de ella en sus manos.

Uno de esos hechos, apenas advertidos por los contemporáneos, pero que marcan ampliamente los límites de las épocas históricas, fue la ocupación militar de Constantinopla por los rusos en 1833.

El eterno sueño de Rusia se realizó al fin. El bárbaro de las heladas orillas del Nevá tenía en su puño al lujoso Bizancio y las riberas soleadas del Bósforo. El autoproclamado heredero de los emperadores griegos ocupaba, aunque temporalmente, la Roma de Oriente.

«La ocupación de Constantinopla por tropas rusas selló la suerte de Turquía como potencia independiente. El hecho de que Rusia hubiera ocupado Constantinopla, incluso con el propósito (!) de salvarla, fue un golpe tan decisivo para la independencia turca como si la bandera rusa ondeara ahora en el Serrallo.»—(Sir Robert Peel, Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834)

A consecuencia de la desafortunada guerra de 1828-29 y del Tratado de Adrianópolis,[25] la Puerta había perdido su prestigio a los ojos de sus propios súbditos. Como es habitual en los imperios orientales, cuando el poder supremo se debilita, estallaron revueltas exitosas de pachás. Ya en octubre de 1831 comenzó el conflicto entre el Sultán y Mehmet Alí, el pachá de Egipto, que había apoyado a la Puerta durante la insurrección griega. En la primavera de 1832, Ibrahim Pachá, su hijo, hizo marchar a su ejército hacia Siria, conquistó esa provincia por la batalla de Homs, cruzó el Tauro, aniquiló al ejército turco en la batalla de Konya y avanzó camino de Estambul. El Sultán se vio forzado a recurrir a San Petersburgo el 2 de febrero de 1833. El 17 de febrero, el almirante francés Roussin llegó a Constantinopla, hizo una amonestación a la Puerta dos días después y se comprometió a obtener la retirada del pachá bajo ciertas condiciones, incluido el rechazo de la asistencia rusa; pero, sin ayuda, él era, por supuesto, incapaz de hacer frente a Rusia. «Me habéis pedido, y me tendréis.»

El 20 de febrero, una escuadra rusa zarpó repentinamente de Sebastopol, desembarcó un gran contingente de tropas rusas en las orillas del Bósforo y puso sitio a la capital. Tan ansiosa estaba Rusia por la protección de Turquía, que se despachó simultáneamente un oficial ruso a los pachás de Erzurum y Trebisonda para informarles de que, en caso de que el ejército de Ibrahim marchara hacia Erzurum, tanto esa plaza como Trebisonda serían inmediatamente protegidas por un ejército ruso. A fines de mayo de 1833, el conde Orloff[26] llegó de San Petersburgo e intimó al Sultán que había traído consigo un pequeño trozo de papel, que el Sultán debía suscribir, sin el concurso de ningún ministro y sin el conocimiento de agente diplomático alguno en la Puerta. De esta manera se llevó a cabo el famoso tratado de Unkiar Skelessi;[27] se concluyó para ocho años venideros. En virtud del mismo, la Puerta entró en una alianza ofensiva y defensiva con Rusia; renunció al derecho de celebrar nuevos tratados con otras potencias, salvo con el concurso de Rusia, y confirmó los anteriores tratados ruso-turcos, especialmente el de Adrianópolis. Por un artículo secreto, anexo al tratado, la Puerta se obligó «en favor de la Corte Imperial de Rusia a cerrar los estrechos de los Dardanelos —a saber, a no permitir la entrada en ellos a ningún buque de guerra extranjero, bajo ningún pretexto».

¿A quién debía el zar la ocupación de Constantinopla por sus tropas y el haber transferido, en virtud del tratado de Unkiar Skelessi, la sede suprema del Imperio otomano de Constantinopla a San Petersburgo? A nadie más que al Muy Honorable Henry John Vizconde Palmerston, Barón Temple, Par de Irlanda, Miembro del Muy Honorable Consejo Privado de Su Majestad, Caballero de la Gran Cruz de la Muy Honorable Orden del Baño, Miembro del Parlamento y Principal Secretario de Estado de Su Majestad para Relaciones Exteriores.

El tratado de Unkiar Skelessi se concluyó el 8 de julio de 1833. El 11 de julio de 1833, el Sr. H. L. Bulwer[28] pidió la presentación de documentos relativos a los asuntos turco-sirios. El noble lord se opuso a la moción

«porque las transacciones a las que se referían los documentos solicitados estaban incompletas, y el carácter de toda la transacción dependería de su terminación. Como aún no se conocían los resultados, la moción era prematura.»—(Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833)

Acusado por el Sr. Bulwer de no haber intervenido para defender al Sultán contra Mehmet Alí, impidiendo así el avance del ejército ruso, comenzó ese curioso sistema de defensa y confesión, desarrollado en ocasiones posteriores, cuyos membra disjecta voy a reunir ahora.

«No estaba dispuesto a negar que en la última parte del año anterior se hizo una solicitud por parte del Sultán a este país en demanda de ayuda.»—(Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833)

«La Puerta hizo una solicitud formal de ayuda en el curso de agosto.»—(Cámara de los Comunes, 24 de agosto de 1833)

No, no en agosto. «La solicitud de la Puerta de asistencia naval se había hecho en el mes de octubre de 1832.»—(Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833)

No, no fue en octubre. «Su asistencia fue solicitada por la Puerta en noviembre de 1832.»—(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834)

El noble lord está tan inseguro del día en que la Puerta imploró su ayuda, como Falstaff del número de pícaros vestidos de bocací que le salieron al paso vestidos de verde Kendal. No está dispuesto, sin embargo, a negar que la asistencia armada ofrecida por Rusia fue rechazada por la Puerta, y que a él, lord Palmerston, se le solicitó. Él se negó a acceder a sus demandas. La Puerta solicitó de nuevo al noble lord. Primero envió al Sr. Maurageni a Londres; luego envió a Namic Pachá, quien suplicó la asistencia de una escuadra naval con la condición de que el Sultán se comprometiera a sufragar todos los gastos de dicha escuadra, y prometiendo, en compensación por tal socorro, la concesión de nuevos privilegios comerciales y ventajas a los súbditos británicos en Turquía. Tan segura estaba Rusia de la negativa del noble lord, que se unió al enviado turco para rogar a su señoría que prestara el socorro solicitado. Él mismo nos dice:

«Era de justicia afirmar que, lejos de que Rusia hubiera expresado celos algunos por el hecho de que este Gobierno otorgara dicha asistencia, el embajador ruso le comunicó oficialmente, mientras la solicitud aún estaba bajo consideración, que se había enterado de que tal solicitud se había hecho, y que, dado el interés que Rusia tenía en el mantenimiento y preservación del Imperio turco, sería satisfactorio que los ministros se vieran en condiciones de acceder a esa solicitud.»—(Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833)

El noble lord permaneció, sin embargo, inexorable ante la demanda de la Puerta, aunque respaldada por la misma Rusia desinteresada. Entonces, por supuesto, la Puerta supo lo que se esperaba que hiciera. Comprendió que estaba condenada a hacer del lobo pastor. Aun así vaciló, y no aceptó la asistencia rusa hasta tres meses más tarde.

«Gran Bretaña —dice el noble lord— nunca se quejó de que Rusia otorgara esa asistencia, sino que, por el contrario, se alegró de que Turquía hubiera podido obtener un socorro efectivo de cualquier parte.»—(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834)

Cualquiera que sea la época en que la Puerta haya implorado la ayuda de lord Palmerston, él no puede sino reconocer que

«sin duda, si Inglaterra hubiera considerado oportuno intervenir, se habría detenido el avance del ejército invasor y no se habría llamado a las tropas rusas.»—(Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833)

¿Por qué, entonces, no «consideró oportuno» intervenir y mantener a los rusos fuera?

Primero alega falta de tiempo. Según su propia declaración, el conflicto entre la Puerta y Mehmet Alí surgió ya en octubre de 1831, mientras que la batalla decisiva de Konya no se libró hasta el 21 de diciembre de 1832. ¿No pudo encontrar tiempo durante todo ese período? Ibrahim Pachá ganó una gran batalla[29] en julio de 1832, y de nuevo no pudo encontrar tiempo desde julio hasta diciembre. Pero todo ese tiempo estuvo esperando una solicitud formal por parte de la Puerta que, según su última versión, no se hizo hasta el 3 de noviembre. «¿Era entonces —pregunta Sir Robert Peel— tan ignorante de lo que ocurría en el Levante, que tenía que esperar una solicitud formal?»—(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834). Y desde noviembre, cuando se hizo la solicitud formal, hasta la última parte de febrero, transcurrieron de nuevo cuatro largos meses, y Rusia no llegó hasta el 20 de febrero de 1833. ¿Por qué no lo hizo él?

Pero tiene razones mejores en reserva.

El pachá de Egipto no era más que un súbdito rebelde, y el Sultán era el soberano.

«Como se trataba de una guerra de un súbdito contra el soberano, y ese soberano estaba en alianza con el Rey de Inglaterra, habría sido incompatible con la buena fe haber tenido comunicación alguna con el pachá.»—(Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833)

La etiqueta impidió al noble lord detener a los ejércitos de Ibrahim. La etiqueta le prohibió dar instrucciones a su cónsul en Alejandría para que usara su influencia con Mehmet Alí. Como el grande de España, el noble lord preferiría dejar que la reina se quemara hasta las cenizas antes que infringir la etiqueta y entrometerse en sus enaguas. Resulta que el noble lord ya había acreditado en 1832 cónsules y agentes diplomáticos ante el «súbdito» del Sultán sin el consentimiento del Sultán; había celebrado tratados con Mehmet, alterando las regulaciones y disposiciones existentes en materia de comercio e ingresos, y estableciendo otras en su lugar; y lo hizo sin tener de antemano el consentimiento de la Puerta ni preocuparse por su aprobación después.—(Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

En consecuencia, se nos dice por boca de Earl Grey, entonces jefe del noble vizconde, que «tenían en ese momento amplias relaciones comerciales con Mehmet Alí que no habría sido de su interés perturbar.»—(Cámara de los Comunes, 4 de febrero de 1834.)
¡Cómo! ¿Relaciones comerciales con el «súbdito rebelde»?

Pero las flotas del noble vizconde estaban ocupadas en el Duero y el Tajo, bloqueando el Escalda y haciendo de comadrona en el alumbramiento de los imperios constitucionales de Portugal, España y Bélgica, y por tanto no se hallaba en situación de prescindir de un solo buque... (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833 y 17 de marzo de 1834).

Pero lo que el Sultán exigía era precisamente ayuda naval. A efectos de argumentación, concederemos que el noble lord no podía disponer de un solo buque. Pero hay grandes autoridades que nos aseguran que lo que se necesitaba no era un solo buque, sino una sola palabra por parte del noble lord. Ahí está Lord Mahon, que acababa de estar empleado en el Foreign Office bajo Sir Robert Peel cuando hizo esta declaración. Ahí está el almirante Codrington,[30] el destructor de la flota turca en Navarino.

«Mehemet Ali —declara— había sentido desde antiguo la fuerza de nuestras representaciones sobre la evacuación de Morea. Había recibido entonces órdenes de la Puerta de resistir todas las solicitudes que se le hicieran para inducirle a evacuarla, so pena de perder la cabeza, y en consecuencia se resistió, pero al fin cedió prudentemente y evacuó Morea.» (Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Ahí está el duque de Wellington.

«Si en la sesión de 1832 o 1833 se le hubiera dicho claramente a Mehemet Ali que no debía proseguir su contienda en Siria y Asia Menor, se habría puesto fin a la guerra sin el riesgo de permitir que el Emperador de Rusia enviara una flota y un ejército a Constantinopla.» (Cámara de los Lores, 4 de febrero de 1834.)

Pero aún hay mejores autoridades. Ahí está el propio noble lord.

«Aunque —dice— el Gobierno de Su Majestad no accedió a la demanda de ayuda naval del Sultán, se prestó, no obstante, la asistencia moral de Inglaterra; y las comunicaciones hechas por el Gobierno británico al bajá de Egipto y a Ibrahim Bajá, que mandaba en Asia Menor, contribuyeron materialmente a lograr aquel arreglo (de Kiutayah) entre el Sultán y el bajá, por el cual se puso fin a aquella guerra.» (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Ahí está Lord Derby, a la sazón Mr. Stanley y miembro del gabinete de Palmerston, quien

«afirma audazmente que lo que detuvo el avance de Mehemet Ali fue la declaración terminante de Francia e Inglaterra de que no permitirían la ocupación de Constantinopla por sus tropas.» (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Así pues, según Lord Derby y el propio Lord Palmerston, no fue la escuadra y el ejército rusos en Constantinopla, sino una declaración terminante por parte del agente consular británico en Alejandría, lo que detuvo la marcha victoriosa de Ibrahim sobre Constantinopla y trajo consigo el arreglo de Kiutayah, en virtud del cual Mehemet Ali obtuvo, además de Egipto, el bajalato de Siria, de Adana y de otros lugares añadidos como apéndice. Pero el noble lord juzgó oportuno no permitir que su cónsul en Alejandría hiciera esa declaración terminante hasta después de que el ejército turco fuese aniquilado, Constantinopla invadida por el cosaco, el tratado de Unkiar Skelessi firmado por el Sultán y guardado en el bolsillo por el zar.

Si la falta de tiempo y la falta de flotas impedían al noble lord asistir al Sultán, y un exceso de etiqueta refrenar al bajá, ¿empleó al menos a su embajador en Constantinopla para prevenir una influencia excesiva por parte de Rusia y mantener su influencia dentro de límites estrechos? Todo lo contrario. A fin de no entorpecer los movimientos de Rusia, el lord se cuidó mucho de no tener embajador alguno en Constantinopla durante el período más fatal de la crisis.

«Si alguna vez hubo un país en el que el peso y la posición de un embajador fueran útiles —o un período en el que ese peso y esa posición pudieran ejercerse ventajosamente—, ese país fue Turquía durante los seis meses anteriores al 8 de julio.» (Lord Mahon, Cámara de los Comunes, 26 de abril de 1836.)

Lord Palmerston nos dice que el embajador británico, Sir Stratford,[31] salió de Constantinopla en septiembre de 1832; que Lord Ponsonby, a la sazón en Nápoles, fue nombrado en su lugar en noviembre, y que «las dificultades experimentadas para hacer los preparativos necesarios para su traslado», aunque un navío de guerra le esperaba, «y el estado desfavorable del tiempo impidieron que llegase a Constantinopla hasta finales de mayo de 1833.» (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Los rusos aún no habían entrado, y, en consecuencia, se ordenó a Lord Ponsonby que necesitara siete meses para navegar de Nápoles a Constantinopla.

Pero ¿por qué habría de impedir el noble lord que los rusos ocuparan Constantinopla? «Él, por su parte, dudaba mucho que la intención de repartirse el Imperio otomano entrara en absoluto en la política del Gobierno ruso.» (Cámara de los Comunes, 14 de febrero de 1839.)

Desde luego que no. Rusia no quiere repartirse el imperio, sino quedarse con todo él. Además de la seguridad que Lord Palmerston tenía en esa duda, poseía otra seguridad

«en la duda de si entra en la política de Rusia en el presente llevar a cabo ese objetivo, y una tercera “seguridad” en su tercera “duda” de si la nación rusa (¡pensemos en una nación rusa!) estaría preparada para esa transferencia de poder, de residencia y de autoridad a las provincias meridionales que sería la consecuencia necesaria de la conquista de Constantinopla por Rusia.» (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Además de estos argumentos negativos, el noble lord tenía uno afirmativo:

«Si habían contemplado tranquilamente la ocupación temporal de la capital turca por las fuerzas rusas, fue porque tenían plena confianza en el honor y la buena fe de Rusia. El Gobierno ruso, al conceder su ayuda al Sultán, ha empeñado su honor, y en esa promesa depositó la más implícita confianza.» (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1853.)

Tan inaccesible, indestructible, íntegra, imperecedera, inexpugnable, incalculable, inconmensurable e irremediable, tan desbordante, audaz e incomparable era la confianza del noble lord, que aún el 17 de marzo de 1834, cuando el Tratado de Unkiar Skelessi era ya un hecho consumado, seguía declarando que «en su confianza los ministros no se habían engañado». No es culpa suya si la naturaleza ha desarrollado su protuberancia de la confianza hasta proporciones del todo anómalas.

Artículo V

El contenido del Tratado de Unkiar Skelessi se publicó en el Morning Herald del 21 de agosto de 1833. El 24 de agosto, Sir Robert Inglis preguntó a Lord Palmerston, en la Cámara de los Comunes,

«si realmente se había concertado un tratado ofensivo y defensivo entre Rusia y Turquía. Esperaba que el noble lord estuviera preparado, antes de la prórroga del Parlamento, para presentar a la Cámara no sólo los tratados que se hubieran hecho, sino todas las comunicaciones relacionadas con la formación de esos tratados entre Turquía y Rusia.» Lord Palmerston respondió que «cuando estuvieran seguros de que tal tratado al que se aludía existía realmente, y cuando estuvieran en posesión de ese tratado, entonces correspondería a ellos determinar cuál era la línea de política que debían seguir... No se le podría hacer reproche alguno si los periódicos se adelantaban a veces al Gobierno.» (Cámara de los Comunes, 24 de agosto de 1833.)

Siete meses después, asegura a la Cámara que

«era absolutamente imposible que el tratado de Unkiar Skelessi, que no debía ser ratificado en Constantinopla hasta el mes de septiembre, pudiera ser oficialmente conocido por él en agosto.» (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Él sí supo del tratado en agosto, pero no oficialmente.

«El Gobierno británico se sorprendió al hallar que, cuando las tropas rusas abandonaron el Bósforo, se llevaron consigo ese tratado.» (Lord Palmerston, Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1848.)

Sí, el noble lord estaba en posesión del tratado antes de que se hubiera concertado.

«Apenas la Puerta lo hubo recibido (es decir, el proyecto del tratado de Unkiar Skelessi), lo comunicó a la Embajada británica en Constantinopla, con la súplica de nuestra protección contra Ibrahim Bajá y contra Nicolás. La solicitud fue rechazada, pero eso no fue todo. Con una perfidia atroz, el hecho fue puesto en conocimiento del ministro ruso. Al día siguiente, la mismísima copia del tratado que la Puerta había depositado en la Embajada británica fue devuelta a la Puerta por el embajador ruso, quien irónicamente aconsejó a la Puerta que “eligiera mejor otra vez a sus confidentes”.» (Mr. Anstey, Cámara de los Comunes, 8 de febrero de 1848.)

Pero el noble vizconde había conseguido todo lo que le importaba. Fue interrogado respecto al Tratado de Unkiar Skelessi, de cuya existencia no estaba seguro, el 24 de agosto de 1833. El 29 de agosto se prorrogó el Parlamento, recibiendo del trono la consoladora seguridad de que «las hostilidades que habían perturbado la paz de Turquía habían terminado, y podían estar seguros de que la atención del Rey se dirigiría cuidadosamente a cualquier acontecimiento que pudiera afectar al estado actual o a la futura independencia de ese Imperio.»

Aquí tenemos, pues, la clave de los famosos tratados rusos de julio. En julio se conciertan; en agosto algo acerca de ellos se trasluce por la prensa pública. Se interroga a Lord Palmerston en los Comunes. Él, por supuesto, no sabe nada. Se prorroga el Parlamento..., y cuando vuelve a reunirse, el tratado ha envejecido o, como en 1841, ya se ha ejecutado, a pesar de la opinión pública.

El Parlamento fue prorrogado el 29 de agosto de 1833, y se reunió de nuevo el 5 de febrero de 1834. El intervalo entre la prórroga y la nueva reunión estuvo marcado por dos incidentes íntimamente entrelazados entre sí. Por un lado, las flotas unidas francesa e inglesa se dirigieron a los Dardanelos, desplegaron allí la tricolor y la Union Jack, navegaron en dirección a Esmirna y regresaron de allí a Malta. Por otro lado, se concertó un nuevo tratado entre la Puerta y Rusia el 29 de enero de 1834, el Tratado de San Petersburgo. Apenas firmado este tratado, la flota unida se retiró.

Esta maniobra combinada estaba destinada a hacer creer neciamente al pueblo británico y a Europa que la demostración hostil en los mares y costas turcos, dirigida contra la Puerta por haber concertado el Tratado de Unkiar Skelessi, había impuesto a Rusia el nuevo Tratado de San Petersburgo. Este tratado, al prometer la evacuación de los Principados y reducir los pagos turcos a un tercio de la cantidad estipulada, aliviaba aparentemente a la Puerta de algunos compromisos que le imponía el Tratado de Adrianópolis. En todos los demás aspectos era una simple ratificación del Tratado de Adrianópolis, que para nada se refería al Tratado de Unkiar Skelessi ni decía palabra acerca del paso de los Dardanelos. Por el contrario, las pequeñas alivios que concedía a Turquía eran el precio de compra de la exclusión de Europa, por el Tratado de Unkiar Skelessi, de los Dardanelos.

«En el preciso momento en que se estaba haciendo la demostración (de la flota británica), el noble lord dio al embajador ruso en esta corte la seguridad de que este movimiento combinado de las escuadras no pretendía en modo alguno ser hostil a Rusia, ni debía tomarse como una demostración hostil contra ella, sino que, de hecho, no significaba nada en absoluto. Digo esto con la autoridad de Lord Ponsonby, colega del noble lord, el embajador en Constantinopla.» (Mr. Anstey, Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Después de que se hubiera ratificado el Tratado de San Petersburgo, el noble lord expresó su satisfacción por la moderación de las condiciones impuestas por Rusia.

Cuando el Parlamento se hubo reunido de nuevo, apareció en el Globe, órgano del Foreign Office, un párrafo donde se decía que

“El Tratado de San Petersburgo era una prueba, bien de la moderación o el buen juicio de Rusia, bien de la influencia que la unión de Inglaterra y Francia, y el lenguaje firme y concertado de esas dos potencias, habían adquirido en los consejos de San Petersburgo.” (Globe, 24 de febrero de 1835)

Así, por una parte, el Tratado de Adrianópolis, protestado por Lord Aberdeen y el Duque de Wellington, iba a ser subrepticiamente reconocido por parte de Inglaterra mediante la expresión oficial de satisfacción de Lord Palmerston con el Tratado de San Petersburgo, que no era sino una ratificación de aquel tratado; por otra parte, la atención pública debía desviarse del Tratado de Unkiar Skelessi, y la animosidad que éste había despertado en Europa contra Rusia iba a ser calmada.

Por muy hábil que fuese la evasiva, no resultó. El 17 de marzo de 1834, el Sr. Sheil presentó una moción para que “se presentaran ante la Cámara las copias de todos los tratados entre Turquía y Rusia, así como de cualquier correspondencia entre los Gobiernos inglés, ruso y turco relativa a esos tratados”.

El noble lord se opuso a esta resolución con todas sus fuerzas, y logró frustrarla asegurando a la Cámara que “la paz sólo podía preservarse si la Cámara depositaba su confianza en el Gobierno”, negándose a acceder a la moción. Las razones que adujo para excusarse de presentar los documentos eran tan burdamente contradictorias que Sir Robert Peel lo calificó, en su lenguaje parlamentario, de “razonador muy poco concluyente”, y su propio coronel Evans no pudo por menos de exclamar: “El discurso del noble lord le parecía lo más insatisfactorio que jamás le había oído”.

Lord Palmerston se esforzó en convencer a la Cámara de que, según las seguridades dadas por Rusia, el Tratado de Unkiar Skelessi debía considerarse “como un tratado de reciprocidad”, consistiendo esa reciprocidad en que, si en caso de guerra los Dardanelos se cerraban a Inglaterra, también se cerrarían a Rusia. La afirmación era completamente falsa, pero de ser cierta, habría sido una reciprocidad irlandesa, pues todo estaba de un solo lado. Para Rusia, cruzar los Dardanelos no es el medio de llegar al Mar Negro, sino, al contrario, de salir de él.

Lejos de refutar la afirmación del Sr. Sheil de que “la consecuencia [del Tratado de Unkiar Skelessi] era precisamente la misma que si la Puerta entregase a Rusia la posesión de los Dardanelos”, Lord Palmerston reconoció “que el tratado cerraba los Dardanelos a los navíos de guerra británicos… y que, en virtud de sus disposiciones, incluso los buques mercantes podían…, en la práctica, quedar virtualmente excluidos del Mar Negro”, en caso de guerra entre Inglaterra y Rusia. Pero si el Gobierno actuaba “con moderación”, si “no mostraba una desconfianza innecesaria”, es decir, si se sometía tranquilamente a todas las ulteriores usurpaciones de Rusia, él se “inclinaba a pensar que tal vez no se presentaría el caso en que ese tratado entrase en vigor; y que, por tanto, en la práctica quedaría como letra muerta”. (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834.)

Además, “las seguridades y explicaciones” que el Gobierno británico había recibido de las partes contratantes de ese tratado contribuyeron en gran medida a disipar sus objeciones. De modo que, en su opinión, no eran los artículos del Tratado de Unkiar Skelessi, sino las seguridades que Rusia daba sobre ellos, no los actos de Rusia, sino su lenguaje, lo que él debía considerar. Sin embargo, como aquel mismo día se llamó su atención sobre la protesta del encargado de negocios francés, M. Le Grenee, contra el Tratado de Unkiar Skelessi, y sobre el lenguaje ofensivo y contumelioso del Conde Nesselrode, quien respondió en la Gaceta de San Petersburgo que “el Emperador de Rusia actuaría como si la declaración contenida en la nota de Le Grenee no existiese”, el noble lord, comiéndose sus propias palabras, enunció la doctrina contraria: “era en toda ocasión deber del Gobierno inglés fijarse en los actos de una potencia extranjera, más que en el lenguaje que esa potencia pudiera emplear sobre cualquier asunto u ocasión particulares”.

Un momento apelaba de los actos de Rusia a su lenguaje, y al siguiente de su lenguaje a sus actos.

En 1837 todavía aseguraba a la Cámara que el “Tratado de Unkiar Skelessi era un tratado entre dos potencias independientes”. (Cámara de los Comunes, 14 de diciembre de 1837)

Diez años más tarde, cuando el tratado había caducado hacía mucho tiempo y el noble lord se disponía precisamente a representar la comedia del ministro verdaderamente inglés y del “civis Romanus sum”, dijo claramente a la Cámara: “el Tratado de Unkiar Skelessi fue, sin duda, impuesto hasta cierto punto a Turquía por el Conde Orloff, el enviado ruso, en circunstancias [creadas por el propio noble lord] que hicieron difícil a Turquía negarse a acceder a él… Daba prácticamente al Gobierno ruso un poder de injerencia y dictado en Turquía incompatible con la independencia de ese Estado”. (Cámara de los Comunes, 1 de marzo de 1848.)

Durante todo el curso de los debates sobre el Tratado de Unkiar Skelessi, el noble lord, como el payaso de la comedia, tenía una respuesta de tamaño monstruoso, que debía servir para todas las demandas y responder a todas las preguntas: la Alianza anglo-francesa. Cuando se aludía con burlas a su connivencia con Rusia, replicaba gravemente:

“Si las burlas se referían a las actuales relaciones establecidas entre este país y Francia, se limitaría a decir que contemplaría con sentimientos de orgullo y satisfacción el papel que había desempeñado para lograr ese buen entendimiento”. (Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833)

Cuando se le exigió la presentación de los documentos relativos al Tratado de Unkiar Skelessi, respondió que “Inglaterra y Francia habían cimentado ahora una amistad que se había hecho aún más fuerte”. (Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1834)

“No puedo menos de observar”, exclamó Sir Robert Peel, “que cada vez que el noble lord se veía en apuros respecto a cualquier aspecto de nuestra política europea, encontraba de inmediato un cómodo medio de escape felicitando a la Cámara por la estrecha alianza entre este país y Francia”.

Al mismo tiempo, el noble lord se guardó muy bien de disipar las sospechas de sus adversarios tories de que se había “visto obligado a consentir la agresión de Mehemet Ali contra Turquía”, porque Francia la había alentado directamente.

En aquel momento, pues, el aparente entendimiento con Francia servía para encubrir el secreto enfeudamiento a Rusia, del mismo modo que en 1840 la clamorosa ruptura con Francia serviría para encubrir la alianza oficial con Rusia.

Mientras el noble lord fatigaba al mundo con pesados infolios de negociaciones impresas sobre los asuntos del reino constitucional de Bélgica y con amplias explicaciones, verbales y documentales, respecto al “poder sustantivo” de Portugal, hasta este momento ha resultado del todo imposible arrancarle ningún documento relativo a la primera guerra sirio-turca y al Tratado de Unkiar Skelessi. Cuando se le pidió por primera vez la presentación de los documentos, el 11 de julio de 1833, “la moción era prematura… las negociaciones incompletas… y los resultados aún no conocidos”.

El 24 de agosto de 1833, “el tratado no estaba firmado oficialmente y él no estaba en posesión del mismo”. El 17 de marzo de 1834, “las comunicaciones aún se estaban llevando a cabo… las discusiones, si así se las podía llamar, aún no estaban concluidas”. Todavía en 1848, cuando el Sr. Anstey le dijo que al pedir los documentos no pedía la prueba de la colusión del noble lord con el Zar, el caballeroso ministro prefirió matar el tiempo con un discurso de cinco horas, antes que matar las sospechas con documentos que hablasen por sí solos. A pesar de todo, tuvo la cínica desvergüenza de asegurar al Sr. T. Attwood, el 14 de diciembre de 1837, que “los documentos relativos a ese tratado [a saber, el Tratado de Unkiar Skelessi] se presentaron ante la Cámara hace tres años”, es decir, en 1834, cuando “la paz sólo podía preservarse” precisamente ocultándoselos a la Cámara. En 1834, había instado a la Cámara a que no le presionara, pues “la paz sólo podía preservarse si la Cámara depositaba su confianza en el Gobierno”, el cual, si se le dejaba actuar libremente, protegería ciertamente los intereses de Inglaterra frente a las usurpaciones. Ahora, en 1837, en una Cámara escasa, compuesta casi enteramente por sus propios partidarios, le dijo al Sr. Attwood que jamás había sido “intención del Gobierno recurrir a medidas hostiles para obligar a Rusia y Turquía, dos potencias independientes, a anular el tratado concertado entre ellas”.

Ese mismo día, le dijo al Sr. Attwood que “ese tratado era un asunto que ya había pasado; se concertó por un período limitado… y vencido ese período, su presentación por el honorable miembro… era totalmente innecesaria e inoportuna”.

Según la estipulación original, el Tratado de Unkiar Skelessi debía expirar el 8 de julio de 1841. Lord Palmerston le dice al Sr. Attwood que ya había expirado el 14 de diciembre de 1837.

“¿Qué trampa, qué artimaña, qué agujero de escape puedes encontrar ahora para ocultarte de esta vergüenza abierta y manifiesta? Vamos, oigámoslo, Jack, ¿qué trampa tienes ahora?”[32]

Artículo VI

En el vocabulario ruso no existe la palabra “honor”. En cuanto a la cosa misma, se la considera una quimera francesa.

“Schto takoe honneur? Eto Fransusski chimere”, es un proverbio ruso. La invención del honor ruso se debe exclusivamente a milord Palmerston, quien, durante un cuarto de siglo, se empeñaba en todo momento crítico de la manera más enfática en el “honor” del Zar. Así lo hizo al final de la sesión de 1853 como al final de la de 1833.

Ahora bien, ocurre que el noble lord, mientras expresaba “su más implícita confianza en el honor y la buena fe” del Zar, acababa de entrar en posesión de documentos, ocultos al resto del mundo, que no dejaban lugar a dudas, si es que alguna existía, sobre la naturaleza del honor y la buena fe rusos. No necesitaba siquiera rasguñar al moscovita para encontrar al tártaro. Había hallado al tártaro en toda su repugnante desnudez. Se encontraba en posesión de las confesiones propias de los principales ministros y diplomáticos rusos, quienes se quitaban el disfraz, desvelaban sus pensamientos más secretos, desplegaban sin reserva sus planes de conquista y subyugación, se mofaban con desprecio de la imbécil credulidad de las cortes y gabinetes europeos, escarnecían a los Villele, a los Metternich, a los Aberdeen, a los Canning y a los Wellington; y urdían en común, con el salvaje cinismo del bárbaro, mitigado por la cruel ironía del cortesano, cómo sembrar la desconfianza contra Inglaterra en París, contra Austria en Londres y contra Londres en Viena, cómo ponerlos a todos a mal traer y cómo convertirlos a todos en meros instrumentos de Rusia.

En el momento de la insurrección de Varsovia, los archivos virreinales guardados en el palacio del príncipe Constantino, que contenían la correspondencia secreta de ministros y embajadores rusos desde comienzos de este siglo hasta 1830, cayeron en manos de los polacos victoriosos. Refugiados polacos llevaron estos documentos primero a Francia y, más tarde, el conde Zamoyski, sobrino del príncipe Czartoryski, los puso en manos de Lord Palmerston, quien los sepultó en un olvido cristiano. Con esos papeles en el bolsillo, el noble vizconde se mostró tanto más ansioso por proclamar en el Senado británico y ante el mundo “su más implícita confianza en el honor y la buena fe del Emperador de Rusia”.

No fue culpa del noble vizconde el que esos documentos sorprendentes se publicaran por fin a fines de 1835, a través del famoso Portfolio. El rey Guillermo IV, fuera lo que fuese en otros aspectos, era un enemigo declaradísimo de Rusia. Su secretario privado, Sir Herbert Taylor, mantenía una relación íntima con David Urquhart,[33] a quien presentó al propio rey, y desde aquel momento la realeza conspiró con esos dos amigos contra la política del ministro “verdaderamente inglés”.

Guillermo IV ordenó al noble lord que entregara los documentos antes mencionados. Éstos fueron entregados y examinados a su debido tiempo en el Castillo de Windsor, y se consideró conveniente imprimirlos y publicarlos. Pese a la gran oposición del noble lord, el Rey le obligó a prestar la autoridad del Foreign Office a su publicación, de suerte que el editor encargado de revisarlos para la imprenta no publicó una sola palabra que no llevara la firma o las iniciales correspondientes. Yo mismo he visto las iniciales del noble lord estampadas en uno de esos documentos, aunque el noble lord ha negado estos hechos. Lord Palmerston se vio obligado a poner los documentos en manos del señor Urquhart para su publicación. El verdadero editor del *Portfolio* fue el señor Urquhart. —(Mr. Anstey, Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Tras la muerte del Rey, Lord Palmerston se negó a pagar al impresor del *Portfolio*, renegó pública y solemnemente de toda vinculación del Foreign Office con la publicación e indujo, de manera que se desconoce, al señor Backhouse, su subsecretario, a estampar su nombre al pie de esos desmentidos. Leemos en *The Times* del 30 de enero de 1839:

«No nos corresponde a nosotros comprender lo que Lord Palmerston pueda sentir, pero estamos seguros de que no hay forma de malinterpretar lo que cualquier otra persona con la condición de caballero y la posición de ministro sentiría tras la notoriedad dada a la correspondencia entre el señor Urquhart, a quien Lord Palmerston destituyó de su cargo, y el señor Backhouse, a quien el noble vizconde ha mantenido en su puesto, por *The Times* de ayer. Nunca un hecho pareció mejor establecido a través de esta correspondencia que el de que la serie de documentos oficiales contenidos en la conocida publicación llamada *Portfolio* fueron impresos y difundidos con la autorización de Lord Palmerston, y que su señoría es responsable de la publicación de los mismos, tanto como hombre de Estado ante el mundo político aquí y en el extranjero, cuanto como empleador de los impresores y editores, por la carga pecuniaria que la acompaña.»

A consecuencia de las dificultades financieras resultantes del agotamiento del Tesoro por la desdichada guerra de 1828-1829 y de la deuda con Rusia estipulada por el Tratado de Adrianópolis, Turquía se vio obligada a extender aquel odioso sistema de monopolios por el cual la venta de casi todos los artículos se concedía únicamente a quienes habían pagado licencias al Gobierno. De este modo, unos pocos usureros pudieron apoderarse de la totalidad del comercio del país. El señor Urquhart propuso al rey Guillermo IV la conclusión de un tratado comercial con el Sultán, tratado que, a la vez que garantizaba grandes ventajas al comercio británico, estaba destinado a desarrollar los recursos productivos de Turquía, a sanear su erario y, con ello, a emanciparla del yugo ruso. La curiosa historia de este tratado no puede relatarse mejor que con las palabras del señor Anstey:

«Toda la contienda entre Lord Palmerston, por una parte, y el señor Urquhart, por otra, giró en torno a este tratado de comercio. El 3 de octubre de 1835, el señor Urquhart obtuvo su nombramiento como secretario de legación en Constantinopla, que se le confirió con el único fin de conseguir allí la adopción del tratado comercial turco. Sin embargo, pospuso su partida hasta junio o julio de 1836. Lord Palmerston le instó a marchar. Las solicitudes urgiéndole la partida fueron numerosas, pero su respuesta era invariablemente: “No iré hasta que haya dejado ultimado este tratado comercial con la Board of Trade y el Foreign Office, y entonces lo acompañaré y gestionaré su aceptación en la Puerta.” … Finalmente, Lord Palmerston dio su aprobación al tratado y éste fue remitido a Lord Ponsonby, embajador en Constantinopla. [Entre tanto, éste había recibido instrucciones de Lord Palmerston de quitar por completo las negociaciones de manos del señor Urquhart y asumirlas él mismo, en contra del compromiso contraído con el señor Urquhart.] Tan pronto como la destitución del señor Urquhart de Constantinopla se hubo consumado mediante las intrigas del noble lord, el tratado fue echado por la borda sin más. Dos años después, el noble lord lo retomó, tributando al señor Urquhart, ante el Parlamento, el cumplido de ser su autor y renegando de todo mérito propio en él. Pero el noble lord había destruido el tratado, lo había falseado en todas sus partes y lo había convertido en la ruina del comercio. El tratado original del señor Urquhart colocaba a los súbditos de la Gran Bretaña en Turquía en el mismo pie que la nación más favorecida, a saber, los rusos. Tal como lo alteró Lord Palmerston, colocaba a los súbditos de la Gran Bretaña en el mismo pie que los súbditos tasados y oprimidos de la Puerta. El tratado del señor Urquhart estipulaba la supresión de todos los derechos de tránsito, monopolios, impuestos y gravámenes de cualquier carácter, salvo los estipulados por el propio tratado. Tal como lo falseó Lord Palmerston, contenía una cláusula que declaraba el perfecto derecho de la Sublime Puerta a imponer cuantas regulaciones y restricciones le placieran en materia de comercio. El tratado del señor Urquhart dejaba la exportación sujeta únicamente al antiguo derecho de tres chelines; el del noble lord elevaba el derecho de tres chelines a cinco chelines. El tratado del señor Urquhart estipulaba un derecho *ad valorem* de esta manera: si algún artículo de comercio era de tal modo producción exclusiva de Turquía que le asegurase una venta rápida a los precios habitualmente obtenidos bajo el monopolio en los puertos extranjeros, entonces el derecho de exportación, que sería fijado por dos comisarios nombrados por parte de Inglaterra y Turquía, podría ser elevado, de forma que resultase remunerador y productivo para la hacienda; pero, en el caso de mercancías producidas en otros lugares que no fuesen Turquía y que no tuviesen valor suficiente en los puertos extranjeros para soportar un derecho alto, se fijaría un derecho más bajo. El tratado de Lord Palmerston estipulaba un derecho fijo de doce chelines *ad valorem* sobre todo artículo, pudiera soportarlo o no. El tratado original extendía el beneficio del libre comercio a los buques y productos turcos; el tratado sustitutivo no contenía estipulación alguna al respecto. … Acuso de estas falsificaciones, acuso también de su ocultación, al noble lord, y, más aún, acuso al noble lord de haber manifestado falsamente a la Cámara que su tratado era el que había concertado el señor Urquhart.» —(Mr. Anstey, Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Tan favorable a Rusia y tan perjudicial para la Gran Bretaña resultó el tratado tal como lo alteró el noble lord, que algunos comerciantes ingleses en el Levante resolvieron comerciar en adelante bajo la protección de casas rusas, y otros, según afirma el señor Urquhart, sólo se vieron disuadidos de hacerlo por una suerte de orgullo nacional.

Respecto a las relaciones secretas entre el noble lord y Guillermo IV, el señor Anstey declaró ante la Cámara:

«El Rey forzó la cuestión del proceso de las intrusiones rusas en Turquía sobre la atención del noble lord. … Puedo probar que el noble lord se vio obligado a aceptar la dirección en este asunto del secretario privado del difunto Rey, y que su permanencia en el cargo dependía de su aquiescencia a los deseos del monarca. … El noble lord, en una o dos ocasiones, en la medida en que se atrevió, opuso resistencia, pero su resistencia fue seguida invariablemente por abyectas expresiones de contrición y sumisión. No me atreveré a afirmar que en una de esas ocasiones el noble lord estuviera realmente fuera del cargo durante uno o dos días, pero sí puedo decir que en aquella ocasión el noble lord estuvo en peligro de una expulsión nada ceremoniosa del gabinete. Me refiero al descubrimiento que el difunto Rey había hecho de que el noble lord consultaba los sentimientos del Gobierno ruso en cuanto a la elección de un embajador inglés en la corte de San Petersburgo, y de que Sir Stratford Canning, originariamente destinado a la embajada, fue apartado para hacer sitio al difunto conde de Durham, un embajador más grato al Zar.» —(Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1853.)

Uno de los hechos más asombrosos es que, mientras el Rey luchaba vanamente contra la política rusa del noble lord, este y sus aliados whigs lograron mantener viva la sospecha pública de que el Rey —a quien se tenía por tory— paralizaba los esfuerzos antirrusos del ministro “verdaderamente inglés”. La pretendida predilección tory del monarca por los principios despóticos de la corte rusa se aducía, por supuesto, para explicar la política, de otro modo inexplicable, de Lord Palmerston. Los oligarcas whigs sonreían misteriosamente cuando el señor H. L. Bulwer informaba a la Cámara que «no hace más tiempo que las pasadas Navidades, el conde Apponyi, embajador austriaco en París, manifestó, hablando de los asuntos de Oriente, que esta corte sentía mayor aprensión por los principios franceses que por la ambición rusa.» —(Cámara de los Comunes, 11 de julio de 1833.)

Sonrieron de nuevo cuando el señor T. Attwood preguntó al noble lord: «qué acogida había hallado el conde Orloff, enviado a Inglaterra tras el Tratado de Unkiar Skelessi, en la corte de Su Majestad.» —(Cámara de los Comunes, 28 de agosto de 1833.)

Los papeles confiados por el Rey moribundo y su secretario, el difunto Sir Herbert Taylor, al señor Urquhart, «con el fin de vindicar, en la ocasión propicia, la memoria de Guillermo IV», arrojarán, cuando se publiquen, una nueva luz sobre la pasada carrera del noble lord y de la oligarquía whig, de la que el público no conoce en general mucho más que la historia de sus pretensiones, sus frases y sus llamados principios; en una palabra, la parte teatral y ficticia, la máscara.

Esta es una ocasión propicia para hacer justicia al señor David Urquhart, el antagonista infatigable durante veinte años de Lord Palmerston, para quien demostró ser un verdadero adversario, uno al que no se pudo intimidar hasta el silencio, sobornar hasta la connivencia ni seducir hasta el cortesano servilismo, mientras que, con halagos y con seducciones, el Palmerston de Alcina lograba convertir a todos los demás enemigos en insensatos. Acabamos de oír la fiera denuncia de su señoría por el señor Anstey:

«Una circunstancia de lo más significativa es que el ministro acusado buscó al miembro, a saber, al señor Anstey, y se contentó con aceptar su cooperación y amistad privada sin las formalidades de la retractación o la disculpa. El reciente nombramiento legal del señor Anstey por el presente Gobierno habla por sí solo.» —(D. Urquhart, *Progress of Russia*.)

El 23 de febrero de 1848, el mismo señor Anstey había comparado al noble vizconde con «el infame marqués de Carmarthen, secretario de Estado de Guillermo III, a quien, durante su visita a su corte, el zar Pedro I halló medio de corromper a sus intereses con el oro de los comerciantes británicos.» —(Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

¿Quién defendió a Lord Palmerston en aquella ocasión frente a las acusaciones del señor Anstey? El señor Sheil; el mismo señor Sheil que, a la conclusión del Tratado de Unkiar Skelessi, en 1833, había desempeñado contra su señoría el mismo papel de acusador que el señor Anstey en 1848. El señor Roebuck, otrora enconado antagonista suyo, le procuró el voto de confianza en 1850. Sir Stratford Canning, que durante un decenio había denunciado la connivencia del noble lord con el Zar, se contentó con ser eliminado como embajador en Constantinopla. El propio querido Dudley Stuart del noble lord fue desplazado, merced a intrigas, del Parlamento durante algunos años por haberse opuesto a él. Cuando regresó a él, se había convertido en el âme damnée (instrumento dócil) del ministro “verdaderamente inglés”. Kossuth,[34] que podría haber sabido por los Libros Azules que Hungría había sido traicionada por el noble vizconde, le llamó «el querido amigo de su corazón» al desembarcar en Southampton.

Artículo VII

Una ojeada al mapa de Europa os mostrará en el litoral occidental del mar Negro las bocas del Danubio, el único río que, brotando en el corazón mismo de Europa, puede decirse que constituye una vía natural hacia Asia. Exactamente al otro lado, en la orilla oriental, al sur del río Kubán, comienza la cordillera del Cáucaso, que se extiende desde el mar Negro hasta el Caspio a lo largo de unas setecientas millas en dirección sudeste, separando Europa de Asia.

Si domináis las bocas del Danubio, domináis el Danubio y, con él, la vía hacia Asia y gran parte del comercio de Suiza, Alemania, Hungría, Turquía y, sobre todo, de Moldo-Valaquia. Si domináis también el Cáucaso, el mar Negro se convierte en propiedad vuestra, y para cerrar su puerta solo necesitáis Constantinopla y los Dardanelos. La posesión de las montañas del Cáucaso os convierte de inmediato en dueños de Trebisonda y, mediante su dominio del mar Caspio, del litoral septentrional de Persia.

Los ojos codiciosos de Rusia abarcaron a un tiempo las bocas del Danubio y la cordillera del Cáucaso. Allí, la tarea inmediata era conquistar la supremacía; aquí, mantenerla. La cadena del Cáucaso separa la Rusia meridional de las ricas provincias de Georgia, Mingrelia, Imeretia y Guria, arrebatadas por el moscovita al musulmán. Así, el pie del monstruoso imperio queda separado de su cuerpo principal. El único camino militar que merece tal nombre serpentea de Mozdok a Tiflis, a través del paso aguilucho de Dariel, fortificado por una línea continua de plazas atrincheradas, pero expuesto por ambos lados a los ataques incesantes de las tribus caucásicas. La unión de estas tribus bajo un solo jefe militar podría llegar incluso a poner en peligro la comarca cosaca fronteriza. «La idea de las terribles consecuencias que acarrearía para el sur de Rusia la unión de los hostiles circasianos[35] bajo un solo caudillo llena a cualquiera de terror», exclama el señor Kapffer, un alemán que presidió la comisión científica que en 1829 acompañó la expedición del general Etronnel al Elbruz.

En este mismo momento nuestra atención se dirige con igual inquietud a las orillas del Danubio, donde Rusia ha tomado los dos graneros de Europa, y al Cáucaso, donde se ve amenazada en la posesión de Georgia. Fue el Tratado de Adrianópolis el que preparó la usurpación rusa de Moldo-Valaquia y reconoció sus pretensiones sobre el Cáucaso.

El artículo IV de dicho tratado estipula:

«Todos los países situados al norte y al este de la línea de demarcación entre los dos Imperios (Rusia y Turquía), hacia Georgia, Imeretia y Guria, así como todo el litoral del mar Negro, desde la desembocadura del Kubán hasta el puerto de San Nicolás exclusivamente, permanecerán bajo la dominación de Rusia.»

Respecto al Danubio, el mismo tratado estipula:

«La línea fronteriza seguirá el curso del Danubio hasta la boca de San Jorge, dejando en posesión de Rusia todas las islas formadas por los distintos brazos. La orilla derecha permanecerá, como hasta ahora, en posesión de la Puerta Otomana. Queda, sin embargo, convenido que la orilla derecha, desde el punto en que el brazo de San Jorge se separa del de Sulina, permanecerá deshabitada hasta una distancia de dos horas (seis millas) del río, y que no se levantará en ella ningún género de construcción, y, de igual modo, en las islas que aún quedan en posesión de la Corte de Rusia. Con excepción de las cuarentenas que allí se establezcan, no se permitirá construir ningún otro establecimiento ni fortificación.»

Ambos párrafos, en la medida en que aseguran a Rusia una «extensión de territorio y ventajas comerciales exclusivas», infringían abiertamente el protocolo del 4 de abril de 1846, redactado por el duque de Wellington en San Petersburgo, y el tratado del 6 de julio de 1827, concertado entre Rusia y las demás grandes potencias en Londres. El Gobierno inglés se negó, por tanto, a reconocer el Tratado de Adrianópolis. El duque de Wellington protestó contra él. —(Lord Dudley Stuart, Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1837.)

Lord Aberdeen protestó:

«En un despacho a lord Heytesbury, fechado el 21 de octubre de 1829, comentó con no escaso descontento muchas partes del Tratado de Adrianópolis, y señala especialmente las estipulaciones relativas a las islas del Danubio. Niega que la paz (el Tratado de Adrianópolis) haya respetado los derechos territoriales de la soberanía de la Puerta, ni la condición y los intereses de todos los Estados marítimos en el Mediterráneo.» —(Lord Mahon, Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

El conde Grey declaró que «la independencia de la Puerta sería sacrificada y la paz de Europa puesta en peligro si se accedía a este tratado.» —(Conde Grey, Cámara de los Lores, 4 de febrero de 1834.)

El propio lord Palmerston nos informa:

«En lo que respecta a la extensión de la frontera rusa al sur del Cáucaso y a las costas del mar Negro, ciertamente no es compatible con la solemne declaración hecha por Rusia ante la faz de Europa antes del comienzo de la guerra turca.» —(Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1837.)

El litoral oriental del mar Negro, mediante cuyo bloqueo y la interceptación de los suministros de armas y pólvora a los distritos noroccidentales del Cáucaso, solo Rusia podía esperar hacer efectivo su derecho nominal sobre esos países — este litoral del mar Negro y las bocas del Danubio no son ciertamente lugares «donde pudiera tener lugar una acción inglesa», como se lamentaba el noble lord en el caso de Cracovia. ¿Por qué misterioso artificio ha conseguido, pues, el moscovita bloquear el Danubio, cerrar el litoral del Ponto Euxino y obligar a Gran Bretaña a someterse no solo al Tratado de Adrianópolis, sino al mismo tiempo a la violación, por la propia Rusia, de ese mismo tratado?

Estas preguntas fueron dirigidas al noble vizconde en la Cámara de los Comunes el 20 de abril de 1836, tras haber afluido numerosas peticiones de los comerciantes de Londres, Glasgow y otras ciudades comerciales contra los reglamentos fiscales de Rusia en el mar Negro y sus disposiciones y restricciones tendentes a interceptar el comercio inglés en el Danubio. El 7 de febrero de 1836 había aparecido un ukase ruso que, en virtud del Tratado de Adrianópolis, establecía una cuarentena en una de las islas formadas por las bocas del Danubio. Para ejecutar esa cuarentena, Rusia pretendía un derecho de visita y registro, de cobro de tasas y de apresar y conducir a Odesa a los barcos recalcitrantes que remontaban el Danubio. Antes de que se estableciera la cuarentena, o más bien antes de que se erigieran una aduana y un fuerte bajo el falso pretexto de una cuarentena, las autoridades rusas sondearon el terreno para averiguar el riesgo que podían correr con el Gobierno británico. Lord Durham[36], obrando según instrucciones recibidas de Inglaterra, protestó enérgicamente ante el Gabinete ruso por los obstáculos que se habían puesto al comercio británico.

«Se le remitió al conde Nesselrode,[37] el conde Nesselrode lo remitió al gobernador del Sur de Rusia, y el gobernador del Sur de Rusia lo remitió a su vez al cónsul en Galatz, quien se comunicó con el cónsul británico en Ibraila, el cual recibió instrucciones de hacer bajar al Danubio a los capitanes a quienes se había exigido el peaje, al lugar de sus agravios, a fin de que se pudiera investigar el asunto, siendo bien sabido que los capitanes así remitidos se encontraban entonces en Inglaterra.» —(Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

El ukase formal del 7 de febrero de 1836 despertó, sin embargo, la atención general del comercio británico.

«Muchos barcos habían zarpado, y otros estaban a punto de salir, a cuyos capitanes se habían dado órdenes estrictas de no someterse al derecho de visita y registro que Rusia pretendía. La suerte de esos barcos sería inevitable si la Cámara no emitía alguna opinión al respecto. Si no se hacía, los buques británicos, por un total no menor de 5.000 toneladas, serían apresados y conducidos a Odesa, hasta que se cumplieran las insolentes órdenes de Rusia.» —(Sr. Patrick Stewart, Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Rusia exigía las islas pantanosas del Danubio en virtud de la cláusula del Tratado de Adrianópolis, cláusula que era a su vez una violación del tratado que había concertado anteriormente con Inglaterra y las demás potencias en 1827. El erizar las puertas del Danubio con fortificaciones, y esas fortificaciones con cañones, era una violación del propio Tratado de Adrianópolis, que prohíbe expresamente levantar fortificación alguna en un radio de seis millas del río. La exigencia de peajes y la obstrucción de la navegación constituían una violación del Tratado de Viena, que declara que «la navegación de los ríos en todo su curso, desde el punto en que cada uno de ellos se hace navegable hasta su desembocadura, será enteramente libre», que «los derechos en ningún caso excederán de los que se pagan actualmente (1815)» y que «no se efectuará aumento alguno sino con el consentimiento común de los Estados ribereños del río». Así, pues, todo el argumento en que Rusia podía sostener su inocencia era el Tratado de 1827, violado por el Tratado de Adrianópolis, el Tratado de Adrianópolis violado por ella misma, todo ello respaldado por una violación del Tratado de Viena.

Resultó del todo imposible arrancar al noble lord una declaración acerca de si reconocía o no el Tratado de Adrianópolis. En cuanto a la violación del Tratado de Viena, él no había

«recibido información oficial alguna de que hubiera ocurrido algo no autorizado por el tratado. Cuando las partes interesadas hagan una declaración en ese sentido, se tratará de la manera que los asesores jurídicos de la Corona consideren compatible con los derechos de los súbditos de este país.» —(Lord Palmerston, Cámara de los Comunes, 20 de abril de 1836.)

Por el artículo V del Tratado de Adrianópolis, Rusia garantiza la «prosperidad» de los Principados Danubianos y la plena «libertad de comercio» para ellos. Ahora bien, el Sr. Stewart demostró que los Principados de Moldavia y Valaquia eran objeto de celos mortales para Rusia, ya que su comercio había experimentado un repentino desarrollo desde 1834, competían con la producción básica de la propia Rusia y Galatz se estaba convirtiendo en el gran depósito de todo el grano del Danubio, desplazando a Odesa del mercado. Si, respondió el noble lord,

«mi honorable amigo hubiera podido demostrar que, mientras hace unos años teníamos un comercio grande e importante con Turquía, y que ese comercio, por la agresión de otros países o por la negligencia del Gobierno de este país, se había reducido a un tráfico insignificante, entonces habría habido motivos para apelar al Parlamento.»

En lugar de tal hecho,

«mi honorable amigo ha demostrado que en los últimos años el comercio con Turquía ha pasado de ser casi nulo a una cifra muy considerable.»

Rusia obstruye la navegación del Danubio porque el comercio de los Principados va adquiriendo importancia, dice el señor Stewart. Pero no lo hacía cuando el comercio era casi nulo, replica lord Palmerston. Ustedes descuidan oponerse a las recientes usurpaciones de Rusia en el Danubio, dice el señor Stewart. No lo hicimos en la época en que esas usurpaciones aún no se habían intentado, responde el noble lord. ¿Qué «circunstancias» han «ocurrido, por tanto, contra las cuales no es probable que el Gobierno se precave a menos que se vea impulsado a ello por la intervención directa de esta Cámara?» Impidió que la Cámara de los Comunes aprobara una resolución asegurándoles que «no hay disposición alguna en el Gobierno de Su Majestad a someterse a agresiones por parte de ninguna Potencia, sea cual fuere y sea más o menos fuerte», y advirtiéndoles que «también debemos abstenernos cautelosamente de todo aquello que otras Potencias pudieran interpretar, y con razón, como una provocación por nuestra parte.» Una semana después de estos debates en la Cámara de los Comunes, un comerciante británico dirigió una carta al Foreign Office acerca del ukase ruso. «Por orden del vizconde Palmerston —respondió el subsecretario del Foreign Office—, me encargo de comunicarle que su señoría ha solicitado el dictamen del asesor jurídico de la Corona sobre los reglamentos promulgados por el ukase ruso del 7 de febrero de 1836; pero entretanto, lord Palmerston me ordena informarle, con respecto a la última parte de su carta, que el Gobierno de Su Majestad opina que ninguna tasa es exigida justamente por las autoridades rusas en la desembocadura del Danubio, y que usted ha obrado correctamente al ordenar a sus agentes que se negasen a pagarla.»

El comerciante obró de acuerdo con esta carta. Es abandonado a Rusia por el noble lord; un impuesto ruso es, como afirma el señor Urquhart, exigido ahora en Londres y Liverpool por los cónsules rusos, a todo buque inglés que zarpe hacia los puertos turcos del Danubio; y «la cuarentena sigue en pie en la isla de Leti».

Rusia no limitó su invasión del Danubio a una cuarentena establecida, a fortificaciones erigidas y a impuestos exigidos. La única desembocadura del Danubio que seguía siendo navegable, la boca del Sulina, la adquirió por el Tratado de Adrianópolis. Mientras estuvo en posesión de los turcos, se mantuvo una profundidad de agua en el canal de catorce a dieciséis pies. Desde que está en posesión de Rusia, el agua se redujo a ocho pies, profundidad completamente insuficiente para el transporte de los buques empleados en el comercio de cereales. Ahora bien, Rusia es parte en el Tratado de Viena, y ese tratado estipula, en el Artículo CXIII, que «cada Estado sufragará los gastos de mantener en buen estado los caminos de sirga y realizará las obras necesarias para que la navegación no sufra obstáculo alguno». Para mantener el canal en estado navegable, Rusia no encontró mejor medio que reducir gradualmente la profundidad del agua, empedrarlo con restos de naufragios y cegar su barra con una acumulación de arena y fango. A esta infracción sistemática y prolongada del Tratado de Viena añadió otra violación del Tratado de Adrianópolis, que prohíbe todo establecimiento en la boca del Sulina salvo para cuarentena y faro, mientras que, dictada por ella, ha surgido allí un pequeño fuerte ruso que vive de las exacciones a los buques, ocasión que brindan las demoras y los gastos de alijamiento, consecuencia de la obstrucción del canal.

«Cum principia negante non est disputandum: ¿de qué sirve extenderse sobre principios abstractos con gobiernos despóticos, a quienes se acusa de medir el derecho por la fuerza y de regir su conducta por la conveniencia y no por la justicia?» (Lord Palmerston, 30 de abril de 1823).

De acuerdo con su propia máxima, el noble vizconde se contentó con extenderse sobre principios abstractos con el despótico gobierno de Rusia; pero fue más lejos. Al tiempo que aseguraba a la Cámara el 6 de julio de 1840 que la libertad de navegación del Danubio estaba «garantizada por el Tratado de Viena», y que se lamentaba el 13 de julio de 1840 de que la ocupación de Cracovia, siendo una violación del Tratado de Viena, «no había medios de hacer valer las opiniones de Inglaterra, porque Cracovia era evidentemente un lugar donde ninguna acción inglesa podía tener lugar»; dos días más tarde concluyó un tratado con Rusia, cerrando los Dardanelos a Inglaterra «durante los tiempos de paz con Turquía», privando así a Inglaterra del único medio de «hacer valer» el Tratado de Viena, y transformando el Ponto Euxino en un lugar donde ninguna acción inglesa podía posiblemente tener lugar.

Una vez alcanzado este punto, se las arregló para dar una satisfacción fingida a la opinión pública disparando toda una batería de documentos, recordando al «gobierno despótico, que mide el derecho por la fuerza y rige su conducta por la conveniencia y no por la justicia», de manera sentenciosa y sentimental, que «Rusia, cuando obligó a Turquía a cederle la desembocadura de un gran río europeo que constituye la vía comercial para el intercambio mutuo de numerosas naciones, asumió deberes y responsabilidades hacia otros Estados que debería enorgullecerse de cumplir». A este detenerse en principios abstractos, el conde Nesselrode no dejaba de dar la inevitable respuesta de que «el asunto debía ser examinado cuidadosamente», y expresaba de vez en cuando «un sentimiento de mortificación por parte del Gobierno imperial ante la desconfianza manifestada respecto a sus intenciones».

Así, por la gestión del noble lord, en 1853 las cosas llegaron al punto en que la navegación del Danubio fue declarada imposible, y el trigo se pudría en la boca del Sulina, mientras el hambre amenazaba con invadir Inglaterra, Francia y el sur de Europa. Así, Rusia no sólo añadía, como dice The Times, «a sus otras posesiones importantes la de una puerta de hierro entre el Danubio y el Euxino», sino que se apoderaba de la llave del Danubio, de un tornillo del pan que puede apretar cada vez que la política de Europa occidental se haga merecedora de castigo.

Artículo VIII

Las peticiones presentadas a la Cámara de los Comunes el 26 de abril de 1836, y la resolución propuesta por el señor Patrick Stewart en relación con ellas, se referían no sólo al Danubio, sino también a Circasia, pues había corrido por el mundo comercial el rumor de que el gobierno ruso, con el pretexto de bloquear la costa de Circasia, pretendía excluir a los buques ingleses de desembarcar bienes y mercancías en ciertos puertos del litoral oriental del Mar Negro. En aquella ocasión, lord Palmerston declaró solemnemente:

«Si el Parlamento deposita su confianza en nosotros —si nos deja a nosotros la gestión de las relaciones exteriores del país—, seremos capaces de proteger los intereses y defender el honor del país sin vernos obligados a recurrir a la guerra.» (Cámara de los Comunes, 26 de abril de 1836.)

Algunos meses después, el 29 de octubre de 1836, el Vixen, buque mercante perteneciente al señor George Bell y cargado con un cargamento de sal, zarpó de Londres en viaje directo a Circasia. El 25 de noviembre fue apresado en la bahía circasiana de Soudjouk-Kale por un buque de guerra ruso, por «haber sido empleado en una costa bloqueada». (Carta del almirante ruso Lazareff al cónsul inglés, señor Childs, 24 de diciembre de 1836.) El buque, su cargamento y su tripulación fueron enviados al puerto de Sebastopol, donde se recibió la sentencia condenatoria de los rusos el 27 de enero de 1837. Esta vez, sin embargo, no se hizo mención alguna de «bloqueo», sino que el Vixen fue declarado simplemente buena presa, por «ser culpable de contrabando», estando prohibida la importación de sal, y la bahía de Soudjouk-Kale, puerto ruso, no estaba provista de aduana. La condena se ejecutó de un modo exquisitamente ignominioso e insultante. Los rusos que realizaron el apresamiento fueron premiados públicamente con condecoraciones. La bandera británica fue izada, luego arriada, y la bandera rusa izada en su lugar. El capitán y la tripulación, puestos como prisioneros a bordo del Ajax —el buque apresador—, fueron enviados de Sebastopol a Odesa, y de Odesa a Constantinopla, desde donde se les permitió regresar a Inglaterra. En cuanto al propio buque, un viajero alemán que visitó Sebastopol algunos años después de este suceso, escribió en una carta dirigida al Augsburg Gazette: «Después de todos los navíos de línea rusos que visité, ningún buque excitó más mi curiosidad que el Soudjouk-Kale, antes el Vixen, bajo pabellón ruso. Ahora ha cambiado de aspecto. Este pequeño buque es hoy el mejor velero de la flota rusa, y se emplea generalmente en transportes entre Sebastopol y la costa de Circasia.»

La captura del Vixen brindó ciertamente a lord Palmerston una gran ocasión para cumplir su promesa de «proteger los intereses y defender el honor del país». Además del honor de la bandera británica y de los intereses del comercio británico, había otra cuestión en juego: la independencia de Circasia. En un principio, Rusia justificó el apresamiento del Vixen alegando una infracción del bloqueo por ella proclamado, pero el buque fue condenado con el argumento contrario de una contravención de sus reglamentos aduaneros. Al proclamar un bloqueo, Rusia declaraba a Circasia un país extranjero hostil, y la cuestión era si el gobierno británico había reconocido alguna vez ese bloqueo. Mediante el establecimiento de reglamentos aduaneros, Circasia era, por el contrario, tratada como una dependencia rusa, y la cuestión era si el gobierno británico había reconocido alguna vez las pretensiones de Rusia sobre Circasia.

Antes de continuar, recuérdese que Rusia, en aquella época, estaba muy lejos de haber completado la fortificación de Sebastopol.

Toda pretensión rusa a la posesión de Circasia sólo podía derivarse del Tratado de Adrianópolis, como se explicó en un artículo anterior. Pero el tratado del 6 de julio de 1827 obligaba a Rusia a no intentar ningún engrandecimiento territorial ni a obtener ventaja comercial exclusiva alguna de su guerra con Turquía. Por consiguiente, cualquier extensión de la frontera rusa, subsiguiente al Tratado de Adrianópolis, infringía abiertamente el tratado de 1827 y, como mostró la protesta de Wellington y Aberdeen, no debía ser reconocida por parte de Gran Bretaña. Rusia, pues, no tenía derecho a recibir Circasia de Turquía. Por otra parte, Turquía no podía ceder a Rusia lo que nunca había poseído, y Circasia siempre había permanecido tan independiente de la Puerta que, en la época en que aún residía un pachá turco en Anapa, la propia Rusia había concertado varios convenios con los jefes circasianos sobre el comercio costero, estando el comercio turco exclusiva y legalmente restringido al puerto de Anapa. Siendo Circasia un país independiente, los reglamentos municipales, sanitarios o aduaneros con que al moscovita se le antojase dotarla eran tan vinculantes como sus reglamentos para el puerto de Tampico.

Por otra parte, si Circasia era un país extranjero, hostil a Rusia, ésta sólo tenía derecho a un bloqueo si ese bloqueo no era un bloqueo de papel —si Rusia tenía presente la escuadra naval para imponerlo y dominaba realmente la costa. Ahora bien, en una costa que se extiende 200 millas, Rusia no poseía más que tres fuertes aislados; todo el resto de Circasia permanecía en manos de las tribus circasianas. No existía fuerte ruso alguno en la bahía de Soudjouk-Kale. De hecho, no había bloqueo, porque no se empleaba fuerza marítima alguna. Se disponía del testimonio diferenciado de las tripulaciones de dos buques británicos que habían visitado la bahía —uno en septiembre de 1834, y el otro, el del Vixen—, confirmado posteriormente por las declaraciones públicas de dos viajeros británicos que visitaron el puerto en los años 1837 y 1838, de que no había ocupación rusa alguna de la costa. (Portfolio, VIII, 1 de marzo de 1844.)

Cuando el Vixen entró en el puerto de Soudjouk-Kale

“no había ningún buque de guerra ruso a la vista ni en las inmediaciones. ... Un buque de guerra ruso entró en el puerto treinta y seis horas después de que el Vixen hubiese echado anclas, y en el momento en que el propietario y algunos de los oficiales se encontraban en tierra ajustando los derechos exigidos por las autoridades circasianas, pagaderos sobre el valor de las mercancías. ... El buque de guerra no llegó costeando, sino de alta mar.”—(Mr. Anstey, Cámara de los Comunes, 23 de febrero de 1848.)

Pero ¿acaso necesitamos más pruebas de que el propio Gabinete de San Petersburgo se apoderó del Vixen so pretexto de bloqueo y lo confiscó so pretexto de reglamentaciones aduaneras?

Los circasianos aparecían así más favorecidos por accidente, ya que la cuestión de su independencia coincidía con la cuestión de la libre navegación del Mar Negro, la protección del comercio británico y un insolente acto de piratería cometido por Rusia contra un buque mercante británico. Su posibilidad de obtener protección de la señora de los mares parecía menos dudosa, pues

“la declaración de independencia de Circasia había sido publicada poco tiempo antes, tras madura deliberación y varias semanas de correspondencia con distintas ramas del Gobierno, en un periódico (el Portfolio) vinculado al departamento de Asuntos Exteriores, y Circasia aparecía señalada como país independiente en un mapa revisado por el propio Lord Palmerston.”—(Mr. Robinson, Cámara de los Comunes, 21 de enero de 1838.)

¿Se creerá, entonces, que el noble y caballeresco vizconde supo manejar el caso con tal maestría que el mismísimo acto de piratería cometido por Rusia contra la propiedad británica le brindó la ocasión tanto tiempo buscada para reconocer formalmente el Tratado de Adrianópolis y la extinción de la independencia circasiana?

El 17 de marzo de 1837, el señor Roebuck presentó una moción, con referencia al decomiso del Vixen, para que se presentara “copia de toda la correspondencia entre el Gobierno de este país y los Gobiernos de Rusia y Turquía, relativa al Tratado de Adrianópolis, así como de todas las transacciones o negociaciones relacionadas con el puerto y los territorios en las costas del Mar Negro por parte de Rusia desde el Tratado de Adrianópolis.”

El señor Roebuck, por temor a ser sospechoso de tendencias humanitarias y de defender a Circasia sobre la base de principios abstractos, declaró con claridad: “Rusia puede tratar de apoderarse de todo el mundo, y yo contemplo sus esfuerzos con indiferencia; pero en el momento en que interfiere con nuestro comercio, pido al Gobierno de este país [país que existe en apariencia un tanto más allá de los límites de todo el mundo] que castigue la agresión.” En consecuencia, quería saber “si el Gobierno británico había reconocido el Tratado de Adrianópolis”.

El noble lord, aunque vivamente apremiado, tuvo la suficiente ingeniosidad para pronunciar un largo discurso y

“para sentarse sin decir a la Cámara quién estaba en posesión real de la costa circasiana en aquel momento —si pertenecía realmente a Rusia, y si el Vixen había sido apresado por derecho de violación de las regulaciones fiscales, o como consecuencia de un bloqueo existente, y si reconocía o no el Tratado de Adrianópolis.”—(Mr. Hume, Cámara de los Comunes, 17 de marzo de 1837.)

El señor Roebuck afirma que, antes de permitir que el Vixen partiera para Circasia, el señor Bell se había dirigido al noble lord para cerciorarse de si había alguna impropiedad o peligro que temer en el desembarco de mercancías de un buque en cualquier punto de Circasia, y que el Foreign Office respondió negativamente. Así, Lord Palmerston se vio obligado a leer a la Cámara la correspondencia intercambiada entre él y el señor Bell. Leyendo estas cartas, cualquiera creería estar leyendo una comedia de capa y espada española más que una correspondencia oficial entre un ministro y un comerciante. Al oír que el noble lord había leído las cartas relativas a la captura del Vixen, Daniel O'Connell exclamó: “No podía dejar de acudir a su memoria la expresión de Talleyrand, de que el lenguaje ha sido inventado para ocultar los pensamientos.”

Por ejemplo, el señor Bell pregunta “si había restricciones al comercio reconocidas por el Gobierno de Su Majestad; pues, de no haberlas, tenía la intención de enviar allí un buque con un cargamento de sal.” “Usted me pregunta —responde Lord Palmerston— si sería ventajoso para usted embarcarse en una especulación con sal”, y le informa que corresponde a las firmas comerciales juzgar por sí mismas si emprenden o no una especulación. “De ningún modo —replica el señor Bell—; todo lo que quiero saber es si el Gobierno de Su Majestad reconoce o no el bloqueo ruso en el Mar Negro al sur del río Kubán.” “Debe usted consultar la London Gazette —replica el noble lord—, en la que se publican todas las notificaciones, como las que usted menciona.” La London Gazette era, en efecto, la fuente a la que un comerciante británico tenía que remitirse para obtener tal información, en lugar de a los ucases del Emperador de Rusia. El señor Bell, no encontrando en la Gaceta indicio alguno del reconocimiento del bloqueo o de otras restricciones, despachó su buque. El resultado fue que, algún tiempo después, él mismo fue puesto en la Gaceta.

“Remití al señor Bell —dice Lord Palmerston— a la Gaceta, donde encontraría que ningún bloqueo había sido comunicado o declarado a este país por el Gobierno ruso; por consiguiente, ninguno era reconocido.” Al remitir al señor Bell a la Gaceta, Lord Palmerston no solo negó el reconocimiento por parte de Gran Bretaña del bloqueo ruso, sino que afirmó simultáneamente que, en su opinión, la costa de Circasia no formaba parte del territorio ruso, porque los bloqueos de sus propios territorios por Estados extranjeros —como, por ejemplo, contra súbditos sublevados— no han de ser notificados en la Gaceta. Circasia, no formando parte del territorio ruso, no podía, por supuesto, ser incluida en las regulaciones aduaneras rusas. Así, según su propia declaración, Lord Palmerston negó, en sus cartas al señor Bell, el derecho de Rusia a bloquear la costa circasiana o a someterla a restricciones comerciales. Es cierto que, a lo largo de su discurso, mostró el deseo de inducir a la Cámara a inferir que Rusia estaba en posesión de Circasia. Pero, por otro lado, declaró con claridad: “En lo que respecta a la extensión de la frontera rusa, al sur del Cáucaso y en las costas del Mar Negro, ciertamente no es compatible con la solemne declaración hecha por Rusia ante Europa, antes del comienzo de la guerra turca.” Cuando se sentó, comprometiéndose a “proteger los intereses y sostener el honor del país”, parecía gemir bajo las acumuladas miserias de su política pasada, más que estar urdiendo pérfidos designios para el futuro. Aquel día recibió la siguiente cruel apostrofación:

“La falta de vigorosa presteza para defender el honor del país que el noble lord había mostrado era de lo más culpable; la conducta de ningún ex ministro había sido nunca tan vacilante, tan titubeante, tan incierta, tan cobarde, cuando se había ofrecido un insulto a súbditos británicos. ¿Cuánto tiempo más se proponía el noble lord permitir que Rusia insultara así a Gran Bretaña y perjudicara así al comercio británico? El noble lord estaba degradando a Inglaterra, presentándola con el carácter de un matón: altanero y tiránico con los débiles, humilde y abyecto con los fuertes.”

¿Quién fue el que así marcó despiadadamente al ministro verdaderamente inglés? Nadie más que Lord Dudley Stuart.

El 25 de noviembre de 1836, el Vixen fue confiscado. Los tormentosos debates de la Cámara de los Comunes, que acabamos de citar, tuvieron lugar el 17 de marzo de 1837. No fue hasta el 19 de abril de 1837 cuando el noble lord solicitó “al Gobierno ruso que expusiera la razón por la cual se había creído autorizado a apresar, en tiempo de paz, un buque mercante perteneciente a súbditos británicos.” El 17 de mayo de 1837, el noble lord recibió el siguiente despacho del conde de Durham, el embajador británico en San Petersburgo:

“MI LORD,

“Con respecto a la ocupación militar de facto de Soudjouk-Kale, he de manifestar a su señoría que existe en la bahía una fortaleza que lleva el nombre de la Emperatriz (Alexandrovsky), y que siempre ha estado ocupada por una guarnición rusa.

“Tengo, etc.,

“DURHAM.”

Apenas hace falta señalar que el fuerte Alexandrovsky no tenía ni siquiera la realidad de las ciudades de cartón que Potemkin exhibió ante la Emperatriz Catalina II en su visita a Crimea. Cinco días después de recibir este despacho, Lord Palmerston devuelve la siguiente respuesta a San Petersburgo:

“El Gobierno de Su Majestad, considerando en primer lugar que Soudjouk-Kale, que fue reconocido por Rusia en el Tratado de 1783 como posesión turca, pertenece ahora a Rusia, según lo declarado por el conde Nesselrode, en virtud del Tratado de Adrianópolis, no ve razón suficiente para poner en duda el derecho de Rusia a apresar y confiscar el Vixen.”

Hay algunas circunstancias muy curiosas relacionadas con esta negociación. Lord Palmerston requiere seis meses de premeditación para abrirla, y apenas uno para cerrarla. Su último despacho, del 23 de mayo de 1837, corta repentina y abruptamente toda transacción ulterior. En él se cita la fecha anterior al Tratado de Kutchuk-Kainardji,[38] no según la cronología gregoriana, sino según la griega. Además, “entre el 19 de abril y el 23 de mayo”, como dijo Sir Robert Peel, “se produjo un notable cambio de la declaración oficial a la satisfacción —aparentemente inducido por la garantía recibida del conde Nesselrode de que Turquía había cedido la costa en cuestión a Rusia por el Tratado de Adrianópolis. ¿Por qué no protestó contra este ucase?”—(Cámara de los Comunes, 21 de junio de 1838.)

¿Por qué todo esto? La razón es muy sencilla. El rey Guillermo IV había instigado secretamente al señor Bell para que despachase el Vixen a la costa de Circasia. Cuando el noble lord retrasó las negociaciones, el rey gozaba aún de plena salud. Cuando las cerró de improviso, Guillermo IV se encontraba en las agonías de la muerte, y Lord Palmerston disponía del Foreign Office con tanta plenitud como si él mismo fuera el autócrata de Gran Bretaña. ¿No fue un golpe maestro por parte de su jocosa señoría reconocer formalmente, con un trazo de pluma, el Tratado de Adrianópolis, la posesión rusa de Circasia y el decomiso del Vixen, en nombre del rey moribundo que había despachado aquel desafiante Vixen con la expresa intención de mortificar al zar, despreciar el Tratado de Adrianópolis y afirmar la independencia de Circasia?

El señor Bell, como dijimos, fue a parar a la Gaceta, y el señor Urquhart, entonces primer secretario de la Embajada en Constantinopla, fue llamado a Londres, por “haber persuadido al señor Bell a llevar a cabo su expedición del Vixen”.

Mientras el rey Guillermo IV vivió, Lord Palmerston no se atrevió a contramandar abiertamente la expedición del Vixen, como lo prueban la Declaración de Independencia de Circasia, publicada en el Portfolio; el mapa de Circasia revisado por su señoría; su incierta correspondencia con el señor Bell; sus vagas declaraciones en la Cámara; el sobrecargo del Vixen; el hecho de que el hermano del señor Bell recibiese, al partir, despachos del Foreign Office para la Embajada en Constantinopla, y el estímulo directo de Lord Ponsonby, embajador británico ante la Sublime Puerta.

En los primeros tiempos de la reina Victoria, la preponderancia whig parecía más segura que nunca, y en consonancia con ello el lenguaje del caballeresco vizconde cambió de repente. De defensivo y zalamero, pasó de golpe a altanero y despectivo. Interpelado por el señor T. H. Attwood, el 14 de diciembre de 1837, acerca del Vixen y Circasia: «En cuanto al Vixen, Rusia había dado explicaciones de su conducta que debían satisfacer al Gobierno de este país. Ese barco no fue apresado durante un bloqueo. Fue capturado porque quienes lo dirigían infringieron las disposiciones municipales y aduaneras de Rusia». Y respecto a los temores del señor Attwood sobre la expansión rusa: «Digo que Rusia ofrece al mundo tanta seguridad para la preservación de la paz como Inglaterra».—(Lord Palmerston, Cámara de los Comunes, 14 de diciembre de 1837)

Al cerrar la sesión, el noble lord presentó ante la Cámara la correspondencia con el gobierno ruso, de la cual ya hemos citado las dos partes más importantes.

En 1838 la fisonomía de los partidos había vuelto a cambiar, y los tories recuperaron influencia. El 21 de junio lanzaron contra lord Palmerston un ataque en toda regla. Sir Stratford Canning, actual embajador en Constantinopla, propuso la designación de una comisión especial para investigar las alegaciones hechas por el señor George Bell contra el noble lord, y sus reclamaciones de indemnización. Al principio, su señoría se mostró muy asombrado de que la moción de sir Stratford tuviese «un carácter tan baladí». «¡Vos», exclamó sir Robert Peel, «sois el primer ministro inglés que osa llamar bagatelas a la protección de la propiedad y el comercio británicos!». «Ningún comerciante particular», dijo lord Palmerston, «estaba facultado para pedir al Gobierno de Su Majestad una opinión sobre cuestiones de tal índole como el derecho de Rusia a la soberanía de Circasia, o en cuanto a establecer los reglamentos aduaneros y sanitarios que estaba imponiendo por el poder de sus armas». «Si ése no es vuestro deber, ¿para qué sirve entonces el Foreign Office?», preguntó el señor Hume. «Se dice», reanudó el noble lord, «que el señor Bell, ese inocente señor Bell, fue llevado a una trampa por mí, por las respuestas que le di. La trampa, si la hubo, no la tendí yo al señor Bell, sino que la tendió el señor Bell», a saber, por las preguntas que él formuló al inocente lord Palmerston.

En el curso de estos debates (21 de junio de 1838), salió por fin el gran secreto. Aun cuando hubiese estado dispuesto a resistir en 1836 a las pretensiones de Rusia, el noble lord se había visto incapaz de hacerlo por la sencillísima razón de que ya, en 1831, su primer acto al llegar al poder fue reconocer la usurpación rusa del Cáucaso, y con ello, de manera subrepticia, el Tratado de Adrianópolis. Lord Stanley (hoy lord Derby) declaró que, el 8 de agosto de 1831, el Gabinete ruso informó a su representante en Constantinopla de su intención de «someter a reglamentos sanitarios las comunicaciones que libremente existen entre los habitantes del Cáucaso y las provincias turcas vecinas», y que dicho representante debía «comunicar los mencionados reglamentos a las misiones extranjeras en Constantinopla, así como al Gobierno otomano». Al permitir Rusia el establecimiento de los llamados reglamentos sanitarios y aduaneros en la costa de Circasia, pese a que no existían sino en la carta arriba mencionada, se reconocían las pretensiones rusas sobre el Cáucaso y, en consecuencia, el Tratado de Adrianópolis, en el que se basaban. «Aquellas instrucciones», dijo lord Stanley, «habían sido comunicadas de la manera más formal al señor Mandeville (secretario de la Embajada) en Constantinopla, expresamente para información de los comerciantes británicos, y remitidas al noble lord Palmerston». Ni él las comunicó, ni osó comunicarlas, «conforme a la práctica de los anteriores Gobiernos, al comité de Lloyd’s de que se había recibido tal notificación». El noble lord se hizo culpable de «un encubrimiento de seis años», exclamó sir Robert Peel.

Aquel día su jocosa señoría escapó a la condena por una mayoría de dieciséis: 184 votos en contra y 200 a favor suyo. Esos dieciséis votos no acallarán a la historia ni silenciarán a los montañeses, cuyo entrechocar de armas prueba al mundo que el Cáucaso no «pertenece ahora a Rusia, como afirmó el conde Nesselrode», y como repitió como un eco lord Palmerston.