Karl Marx

[Kossuth y Mazzini -

La policía prusiana -

El tratado comercial entre Austria y Prusia -

El "Times" y la emigración]

Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 3733 del 4 de abril de 1853]

Londres, viernes, 18 de marzo de 1853

Hoy el Parlamento entrará en receso por las vacaciones de Pascua hasta el 4 de abril.

En una carta anterior informé de que, según un rumor generalmente tenido por fidedigno, la esposa de Libényi había sido azotada en Pest por los austriacos. Desde entonces me he cerciorado de que nunca estuvo casado y de que la historia que circuló en la prensa londinense, según la cual él habría intentado vengar a su padre maltratado por los austriacos, es asimismo completamente inventada. Obró exclusivamente bajo el influjo de móviles políticos y conservó hasta la última hora una actitud firme y heroica.

Por los periódicos ingleses se habrán enterado ya de la respuesta de Kossuth a la declaración de Mazzini. Por mi parte, soy de la opinión de que Kossuth no ha hecho sino empeorar una mala causa. Las contradicciones entre su primera y su última declaración son tan palpables que hoy no necesito subrayarlas con insistencia. Además, el lenguaje de ambos documentos es de una desigualdad repulsiva: el primero está redactado en la hipérbole oriental del profeta, el último en el estilo casuístico del alegato de un abogado.

Los amigos de Mazzini aseguran ahora unánimemente que la insurrección milanesa le fue impuesta a él y a sus correligionarios por circunstancias cuyo control escapaba a su poder. Pero, por un lado, pertenece a la esencia de toda conspiración el que pueda llegar a un estallido precipitado, ya sea por traición, ya por azar. Por otro lado, quien durante tres años no ha hecho más que clamar: ¡acción, acción, acción!, y ha agotado todo el vocabulario revolucionario en la sola palabra «insurrección», no puede contar con tal medida de autoridad como para poder decretar, en un momento dado: la insurrección no tendrá lugar. Sea como fuere, la brutalidad austriaca ha hecho del fracaso milanés el verdadero comienzo de una revolución nacional. Escuchemos, por ejemplo, al bien informado órgano de Lord Palmerston, el "Morning Post", de hoy:

«El pueblo de Nápoles espera un movimiento que se producirá sin duda en el imperio austriaco. Entonces toda Italia, desde el extremo Piamonte hasta Sicilia, se levantará, y de ello resultará una deplorable desgracia. Las tropas italianas se disolverán; los llamados soldados suizos, reclutados aún desde la revolución de 1848, no salvarán a los soberanos italianos. Italia marcha hacia una república imposible. Ese será seguramente el próximo acto del drama que comenzó en 1848. La diplomacia ya no puede salvar a los príncipes de Italia.»

Aurelio Saffi, que refrendó la proclama de Mazzini y que realizó una gira por Italia antes del estallido, confiesa en una carta al "Daily News" que «las clases superiores se hallan sumidas en una indiferencia apática o en la desesperación», y que es el «pueblo de Milán», los proletarios, quienes,

«abandonados a sus propios instintos, sin dirección, mantuvieron su fe en el destino de su patria a pesar del despotismo de los procónsules austriacos y de los asesinatos judiciales de las comisiones militares, y se prepararon unánimemente a la venganza.»

El partido de Mazzini ha dado un buen paso adelante al llegar por fin a la convicción de que, incluso en las insurrecciones nacionales contra el despotismo extranjero, existe algo así como diferencias de clase, y de que no son las clases superiores de quienes cabe esperar movimientos revolucionarios en nuestra época. Quizá den un paso más y lleguen a comprender que han de ocuparse seriamente de la situación material del campesinado italiano si quieren despertar un eco a su grito de «Dio e popolo» <«Por Dios y el pueblo»>. Me propongo exponer detalladamente en otra ocasión las condiciones materiales en que se encuentra la parte, con mucho, mayor de los habitantes rurales de Italia, y que hasta ahora los han vuelto, si no reaccionarios, sí por lo menos indiferentes a la lucha nacional de su país.

Dos mil ejemplares de un folleto que publiqué hace algún tiempo en Basilea con el título «Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia» han sido confiscados en la frontera de Baden y quemados a petición del gobierno prusiano. Conforme a la nueva ley de prensa que las potencias continentales han impuesto a la Confederación Suiza, el editor, el señor Schabelitz, su hijo <Jakob Schabelitz> y el impresor son perseguidos por el gobierno de Baden, que ha confiscado asimismo una serie de ejemplares aún en posesión del editor. Este será el primer proceso de este tipo en Suiza, y el asunto se ha convertido ya en motivo de controversia entre los radicales y el partido conservador. Cuán ansiosamente se afana el gobierno prusiano por ocultar sus infamias durante el proceso de Colonia, puede deducirse del hecho de que el ministro de Asuntos Exteriores ha emitido circulares de búsqueda <en la "N.-Y.D.T." en alemán> ordenando confiscar el folleto en todas partes, pero sin atreverse siquiera a mencionarlo por su título. Para despistar al público, le da el nombre de «Una teoría comunista», cuando en realidad no contiene más que revelaciones sobre las infamias del Estado prusiano.

El único «progreso» de la Alemania oficial desde 1848 es la conclusión del tratado comercial austro-prusiano, et encore! <¡y no es para tanto!> El tratado está acotado por tantas clausulae <cláusulas>, parapetado tras tantas disposiciones excepcionales y deja pendientes tantas cuestiones capitales para la ulterior elaboración por comisiones aún no nacidas, mientras que de hecho reduce tan poco las tarifas, que se asemeja tan sólo a la quimera de una verdadera unión comercial de Alemania y, prácticamente hablando, carece por completo de importancia. El rasgo más destacado del tratado es la victoria que Austria ha vuelto a obtener sobre Prusia. Este poder aparente, pérfido, vil, cobarde y vacilante, se ha sometido una vez más a su rival más brutal y que persigue con mayor franqueza sus fines. Austria no sólo ha forzado a Prusia a aceptar un tratado con la repugnancia más extrema, sino que Prusia se ha visto obligada además a renovar la antigua Unión Aduanera con el viejo arancel, o al menos a prometer no modificar su política comercial durante doce años sin el consentimiento unánime de los Estados menores de la Unión Aduanera, es decir, sin el permiso de Austria (pues los Estados del sur de Alemania no sólo son vasallos políticos, sino también comerciales, de Austria, o adversarios de Prusia). Desde la restauración del poder «por la gracia de Dios», Prusia ha caído de humillación en humillación. Su rey, «en su tiempo un hombre sabio», parece creer que su pueblo encuentra consuelo y compensación por el despotismo infernal de dentro en el envilecimiento que su gobierno tiene que sufrir desde fuera.

La cuestión de los refugiados aún no está arreglada. La oficiosa «Oesterreichische Correspondenz» contradice la afirmación de que Austria haya dirigido ahora una nueva nota al gobierno inglés, porque «acontecimientos recientes han demostrado que Lord Palmerston ha recuperado su influencia y el gobierno imperial no puede exponerse a un seguro atentado contra su dignidad». Ya escribí acerca de la declaración de Palmerston en la Cámara de los Comunes. Por los periódicos ingleses conocen ustedes la declaración austrófila de Aberdeen en la Cámara de los Lores, según la cual el gobierno inglés se prestaría a ser espía y fiscal general de Austria. El periódico de Palmerston se expresa ahora sobre las observaciones de los colegas de Palmerston del siguiente modo:

«Incluso con las condiciones restrictivas que Lord Aberdeen parece querer establecer, no podemos afirmar que esperemos con confianza un éxito... Que nadie se atreva a proponer a un gobierno británico que se preste a ser instrumento de la política extranjera y que se convierta en una trampa política para seres humanos.»

Ya ve usted la buena armonía que reina en el consejo del ministerio matusalénico entre la «imbecilidad senil y la energía liberal». Toda la prensa londinense prorrumpió en gritos de indignación contra Aberdeen y la Cámara de los Lores, con una vergonzosa excepción: el «Times».

Recordarán ustedes que el «Times» comenzó denunciando a los refugiados y alentando a las potencias extranjeras a reclamar su expulsión. Una vez que se hubo cerciorado de que los ministros sufrirían una afrentosa derrota en la Cámara de los Comunes si volvían a presentar la Alien Bill, se deshizo de repente en ampulosas pinturas de los sacrificios que —¡oh cielos!— estaría dispuesto a soportar para mantener el derecho de asilo. Finalmente, después de la amable charla de sus señorías en la Cámara de los Lores, se desahogó, para resarcirse de su anterior virtud ciudadana altisonante, con el siguiente arrebato de mal humor en su editorial del 5 de marzo:

«Muchos miembros del gabinete creen que en nuestro país nos regodeamos en una verdadera casa de fieras de refugiados, tipos audaces de todas las naciones, capaces de cualquier crimen... ¿Acaso esos escritores extranjeros que señalan la presencia de sus propios compatriotas proscritos piensan que la suerte de un desterrado es envidiable en nuestro país? Vamos a ilustrarlos. Los infelices seres de esa clase viven en su mayor parte en sórdida pobreza, comen la sal del extranjero, siempre que puedan conseguirla, y se hunden lentamente en las turbias olas de esta inmensa gran ciudad... Su castigo es el exilio en su forma más amarga y más dura.»

En el último punto el «Times» tiene razón: Inglaterra es un país encantador, cuando uno no tiene que vivir en él. En el «Cielo de Marte» se encuentra Dante con su antepasado Cacciaguida di Elisei, quien le profetiza su inminente destierro de Florencia con estas palabras:

Tu proverai si come sa di sale
Lo pane altrui, e com'è duro calle
Lo scendere e'l salir per l'altrui scale.

Sabrás cómo sabe a sal
el pan ajeno, y cuán duro camino es
subir y bajar por las escaleras ajenas.

¡Afortunado Dante, aunque fueses también uno de «los infelices seres de esa clase de refugiados políticos», tus enemigos no pudieron amenazarte con la miseria de un editorial del «Times»! ¡Más afortunado aún el «Times», que de ese modo escapó a un «lugar reservado» en su «Infierno»!

Pero aun cuando los refugiados comen la sal de tierra extraña, como dice el «Times», y pagan por ello precios de lo más extraños —cosa que el «Times» olvida—, ¿acaso el «Times» mismo no se ceba precisamente con la carne y la sangre de esos forasteros? ¡Cuántos editoriales y cuántas libras esterlinas han producido sus anónimas pitias a costa de revoluciones francesas, insurrecciones alemanas, disturbios italianos y guerras húngaras, de «fusilamientos» franceses, horcas austriacas, de cabezas confiscadas y propiedad decapitada! ¡Qué desgraciada serías, oh «Times», si no existiesen esos «sujetos audaces» en el continente, si tuvieras que ir tirando día tras día, en tu vejez, de un forraje tan grosero como Smithfield Market <mercado central de Londres> o el aire ennegrecido de Londres, de demás basura, de cocheros de punto temerarios, los seis puentes del Támesis, los entierros dentro o fuera de los límites de la ciudad, los cementerios apestados, el agua potable sucia, los accidentes ferroviarios, las botellas de pinta y de cuarto de galón inservibles <medidas de capacidad inglesas>

y otras cosas interesantes que forman tu inventario permanente cuando en el continente no pasa nada. El «Times» no ha cambiado desde aquellos días en que instaba al gobierno inglés a asesinar a Napoleón I.

«¿Se piensa acaso —escribía el 8 de julio de 1815— qué efecto ha de producir necesariamente entre los descontentos de todas las partes de Europa el saber que este hombre sigue vivo? Pensarán, y con razón, que los soberanos aliados temen atentar contra la vida de un hombre que tiene tantos admiradores y partidarios.»

Sigue siendo exactamente el mismo periódico que predicó la cruzada contra los Estados Unidos de América:

«Ninguna paz con América hasta que no se haya acabado con este pernicioso ejemplo de una rebelión democrática triunfante.»

En la redacción del «Times» no se encuentran «sujetos audaces» continentales. Todo lo contrario. Ahí está, por ejemplo, un pobre hombrecillo, un prusiano, de nombre Otto von Wenckstern, antiguo editor de un pequeño periódico alemán, que más tarde se empobreció y se hundió en la miseria en Suiza y se vio obligado a apelar a los bolsillos de Freiligrath y de otros refugiados, hasta que finalmente entró al servicio del enviado prusiano en Londres, el famosísimo Bunsen, y al mismo tiempo encontró su puesto fijo en la plana mayor del oráculo de Printing House Square <sede de la redacción del «Times»>. Hay aún más de esos mansos sujetos continentales en la redacción del «Times», que constituyen el eslabón entre la policía continental y el principal órgano de prensa de Inglaterra.

La libertad de prensa en Inglaterra se muestra en el siguiente ejemplo: En la comisaría de Bow Street, en Londres, compareció Mr. E. Truelove, con domicilio en el Strand, a instancias de los comisionados de contribuciones interiores. Las informaciones contra él decían que había vendido un periódico, «The Potteries Free Press», que, en contra de la ley del año sexto y séptimo del reinado de Guillermo IV, capítulo 76, estaba impreso en papel no debidamente timbrado. Cuatro números de este periódico habían aparecido en Stoke-on-Trent. Como propietario nominal actúa Collet Dobson Collet, secretario de la Sociedad para la Abolición de los Impuestos sobre el Conocimiento, que publicaba el periódico, «de conformidad con la práctica de la Oficina del Timbre, que permite la publicación de informes sobre acontecimientos actuales y de comentarios sobre ellos sin timbre fiscal en el 'Athenaeum',

'Builder', 'Punch', en la 'Racing Times', etc.». Con ello, según admitía abiertamente, pretendía provocar un procesamiento por parte del gobierno, a fin de que un jurado decidiera a qué tipo de noticias corresponde el derecho de exención del timbre de un penique. El juez, Mr. Henry, se ha reservado aún su decisión. Por lo demás, no dependerá mucho de ella, pues el periódico en cuestión no aparece para desafiar la ley del timbre, sino sólo para aprovechar una ambigüedad todavía no aclarada en el texto de la ley.

Los periódicos ingleses de hoy traen un despacho del 6 de marzo desde Constantinopla, que anuncia la sustitución de Fuad Effendi, ministro de Asuntos Exteriores, por Rifaat Pachá. Fue el enviado extraordinario ruso, el príncipe Ménshikov, quien arrancó esta concesión a la Puerta. Hasta ahora, la cuestión de los Santos Lugares no ha sido resuelta entre Rusia, Francia y la Puerta; L[ouis]-Napoleón, sumamente irritado por las intrigas de Rusia y Austria, que frustraron su coronación por el Papa, piensa resarcirse a costa de los turcos. En mi próxima carta volveré sobre esta cuestión de Oriente eternamente recurrente, sobre este pons asini <puente de los asnos> de la diplomacia europea.

Karl Marx