Karl Marx

Las autoconfesiones de Hirsch

["Belletristisches Journal und New-Yorker Criminal-Zeitung" del 5 de mayo de 1853]

Las "Autoconfesiones" de Hirsch, a mi parecer, solo tienen valor en la medida en que las confirmen otros hechos. Ya solo porque se contradicen mutuamente. De regreso de su misión a Colonia, declaró en una asamblea pública de obreros que Willich era su cómplice. Naturalmente, se desdeñó protocolizar esta pretendida confesión. Varias personas, no sé si por encargo de Hirsch o no, me comunicaron luego que Hirsch se ofrecía a hacerme una confesión completa. Lo rechacé. Más tarde supe que vivía en la más extrema miseria. No dudo, por tanto, de que sus "más recientes" confesiones estén escritas en interés del partido que actualmente le
paga
. Curioso que haya gente que encuentre necesario refugiarse bajo la protección de un Hirsch.

Me limito por ahora a algunas glosas marginales. Hemos tenido ya muchas autoconfesiones de espías, de Vidocq, Chenu, de la Hodde, etc. En un punto coinciden. Ninguno de ellos es un espía ordinario, sino espías en un sentido superior, puras continuaciones del "Espía de Cooper". Sus autoconfesiones son necesariamente otras tantas autoapologías.

Así busca también Hirsch, por ejemplo, insinuar que no él, Hirsch, sino el coronel Bangya denunció el día de la reunión de mis correligionarios de partido a Greif, y por medio de Greif a Fleury. Nuestras reuniones se celebraban los jueves, pero en las pocas sesiones a las que Hirsch asistió se celebraron un miércoles, desde que Hirsch fue expulsado de ellas. Las falsas actas de las sesiones, tanto antes como después de la asistencia de Hirsch, están fechadas un jueves. ¡Quién, sino Hirsch, pudo cometer este "malentendido"!

En otro punto tiene Hirsch más suerte. Se dice que Bangya comunicó repetidamente datos relativos a mi correspondencia con Alemania. Dado que todos los datos referentes a ello que figuran en las actas judiciales de Colonia son falsos, no es posible, ciertamente, decidir quién los inventó. Ahora, sobre Bangya.

Espía o no espía, Bangya nunca pudo resultarme peligroso a mí o a mis correligionarios de partido, ya que yo
jamás
hablé con él sobre
mis
asuntos de partido, y el propio Bangya —como me recuerda en uno de sus escritos de justificación— evitó siempre de manera terminante sacar a colación estos asuntos. De modo que, espía o no espía. Él no pudo delatar nada, porque nada sabía. Las actas de Colonia lo han confirmado. Han confirmado que la policía prusiana, aparte de las concesiones hechas en la propia Alemania y de los documentos confiscados en la propia Alemania, no sabía nada del partido al que pertenezco, y se vio por ello obligada a servir los más ridículos cuentos de viejas.

¿Pero no vendió Bangya a la policía un folleto de Marx "sobre los emigrados"?

Bangya supo por mí, en presencia de otras personas, que Ernst Dronke, Friedrich Engels y yo proyectábamos una publicación sobre la emigración alemana de Londres, que saldría en varios cuadernos. Aseguró que podía conseguir un librero en Berlín. Lo insté a que se ocupara de ello de inmediato. Ocho o diez días después me comunicó que un librero, de nombre Eisermann, en Berlín, se ofrecía a asumir la publicación del
primer
cuaderno, con la reserva de que los autores permanecieran anónimos, pues de lo contrario debía temer la confiscación. Acepté, pero puse por mi parte la condición de que los honorarios se pagaran de inmediato contra entrega del manuscrito, ya que no quería repetir las experiencias hechas con la "Revue der N[euen] Rh[einischen] Zeitung", y de que el manuscrito se imprimiera después de la entrega. Viajé a Manchester, a casa de Engels, donde se redactó el folleto. En el ínterin, Bangya le llevó a mi mujer una carta de Berlín en la que Eisermann aceptaba mis condiciones, con la observación de que la publicación del segundo cuaderno dependería de la difusión del primero. A mi regreso, Bangya recibió el manuscrito y yo los honorarios.

Pero la impresión se demoró con varios pretextos verosímiles. Empecé a sospechar. No que el manuscrito hubiera sido entregado a la policía para que ella lo imprimiera. Hoy estoy dispuesto a entregar mis manuscritos

al emperador de Rusia si él, por su parte, está dispuesto a imprimirlos mañana. Al contrario. Lo que yo temía era la malversación del manuscrito.

Aquí se atacaba a los vocingleros de la prensa, naturalmente no como revolucionarios peligrosos para el Estado, sino como espantajos contrarrevolucionarios.

Mi sospecha se confirmó. Georg Weerth, a quien había pedido que indagara en Berlín sobre Eisermann, me escribió que era imposible encontrar a ningún Eisermann. Me dirigí con Dronke a casa de Bangya. Resultó ahora que Eisermann era un mero gerente de Jacob Collmann. Como me interesaba tener las declaraciones de Bangya por escrito, insistí en que repitiera en mi presencia su declaración en una carta a Engels en Manchester e indicara la dirección de Collmann. Al mismo tiempo, le escribí unas líneas a Bruno Bauer rogándole que averiguara quién vivía en la casa de Collmann que Bangya me había indicado, pero no recibí respuesta. El supuesto librero respondió a mis cartas de reclamación diciendo que yo no había fijado
contractualmente
un plazo determinado para la impresión. Que él sabía mejor que nadie cuándo habría llegado el momento oportuno. En una carta posterior se hacía el ofendido. Finalmente, Bangya me declaró que el librero se negaba a imprimir el manuscrito y lo devolvería. Él mismo desapareció rumbo a París.

Las cartas de Berlín y las cartas de Bangya, que contienen todas las negociaciones, junto con los intentos de justificación de Bangya, obran en mi poder.

Pero, ¿por qué no lograron confundirme las sospechas que la emigración había difundido contra Bangya? Precisamente porque conocía la "prehistoria" de esas sospechas. Dejo por ahora esta prehistoria en la merecida oscuridad.

Porque yo
sabía
que Bangya había realizado acciones meritorias como oficial revolucionario en la guerra húngara. Porque mantenía correspondencia con Szemere, a quien respeto, y relaciones de amistad con el general Perczel. Porque vi con mis propios ojos un diploma por el que
Kossuth
lo nombraba su Prefecto de Policía *in partibus*, refrendado por el conde Szirmay, el confidente de Kossuth, que vivía en la misma casa que Bangya. Esta posición suya junto a Kossuth explicaba también su trato necesario con los polizontes. Si no me equivoco, Bangya sigue siendo en este momento agente de Kossuth en París.

Los dirigentes húngaros tenían que conocer a su hombre. ¿Qué arriesgaba yo en comparación con ellos? Nada más que la malversación de mi copia, cuyo original conservaba yo en la mano.

Más tarde, pregunté al librero Lizius de Fráncfort del Meno y a otros libreros en Alemania si querían imprimir el manuscrito. Lo declararon imposible bajo las actuales circunstancias. Últimamente se ha abierto ahora una perspectiva de lograr que se imprima en un país no alemán.

Tras estas aclaraciones, que naturalmente no doy al señor Hirsch, sino a mis compatriotas de América, ya no queda "la cuestión abierta": ¿Qué interés tenía la policía pru[siana] en malversar un panfleto contra Kinkel, Willich y los demás "grandes hombres del exilio"?

¡Resuélveme, oh Oerindur,

este conflicto de la naturaleza!

Karl Marx

Londres, 9 de abril de 1853.