Karl Marx

El fracaso financiero del gobierno –

Los simones –

Irlanda –

La cuestión rusa

["New-York Daily Tribune" nº 3844 del 12 de agosto de 1853]

Londres, viernes, 29 de julio de 1853

Anoche, el señor Gladstone presentó en la Cámara de los Comunes la moción de que se asignaran fondos del fondo consolidado para rescatar las acciones de la Compañía de los Mares del Sur que no habían sido convertidas en el marco de su plan financiero. Presentar una moción semejante equivale a admitir que su plan para la conversión de las acciones ha fracasado por completo. Aparte de esta pequeña derrota, el gobierno sufrió una muy grave en relación con su proyecto de ley para la India. Sir John Pakington propuso que se insertara una cláusula por la cual se aboliera el monopolio de la sal y se dispusiera que en la India la producción y el comercio de sal fueran completamente libres, gravados únicamente con un impuesto de consumos u otra tasa. Pese a los desesperados esfuerzos de Sir Charles Wood, Lord John Russell, Sir J. Hogg, Sir H. Maddock y el señor Lowe (de la "Times"), la moción fue aprobada por 117 votos contra 107. La oligarquía, que había logrado elevar el salario del presidente de la Junta de Control a 5.000 libras esterlinas, propone ahora aumentar los sueldos de los inmaculados directores de la Compañía de las Indias Orientales de 300 a 1.000 libras esterlinas, y los del presidente y su vicepresidente a 1.500 libras esterlinas. Según parece, creen que la India posee la misma fuerza maravillosa que en el Indostán se atribuye a las hojas de un árbol legendario en las cumbres más altas del Himalaya, a saber, que todo cuanto toca se convierte en oro – con la diferencia de que los crédulos hindúes esperan eso del jugo de las hojas, mientras que los ilustrados ingleses lo esperan de la sangre de los indígenas.

El sultán chino de "Las mil y una noches", cuando una hermosa mañana se levantó y miró desde su ventana hacia el palacio de Aladino, se asombró al percibir únicamente un lugar vacío. Llamó a su gran visir y le preguntó si veía el palacio. Tampoco el gran visir pudo ver nada y no estaba menos sorprendido que el sultán, el cual, encolerizado, ordenó a su guardia personal que prendiera a Aladino. Cuando la población de Londres se levantó el miércoles por la mañana, se encontró en una situación muy similar a la de aquel sultán chino. Londres ya no se parecía a Londres. En todas partes había y permanecían lugares vacíos en los que antes estábamos acostumbrados a divisar algo. Y así como la vista se asombraba ante el vacío, el oído quedaba sorprendido por el silencio sepulcral. ¿Qué había ocurrido en Londres? ¡Había estallado una revolución de los simones! Como por un milagro, los coches de alquiler y sus cocheros habían desaparecido de las calles, de las paradas y de las estaciones de ferrocarril. Los propietarios y los cocheros de los simones se hallan en rebelión contra la nueva ley de coches de alquiler, esa grandiosa y casi "única" ley del "ministerio de todos los talentos". Han declarado la huelga.

Se ha observado a menudo que el público británico es presa de accesos periódicos de moralidad y que cada seis o siete años su virtud se desborda y tiene entonces que enfrentarse resueltamente a la corrupción. En este momento, el pobre
cabby
<
cochero de simón
>

es el objeto de este acceso moral y patriótico. Había que poner fin a sus desvergonzadas exigencias de dinero a damas desamparadas y a gordos comerciantes de la City, y rebajar su tarifa por milla de un chelín a seis peniques. La moralidad de los seis peniques se hizo epidémica. Por boca del señor Fitzroy, el ministerio presentó la ley draconiana contra el cabby, que le prescribía sus obligaciones para con el público y sometía al mismo tiempo sus tarifas, sus "hansoms" <coche de dos ruedas con el cochero en la parte trasera>, sus caballos y su moral a la legislación parlamentaria. El cabby debe, según parece, ser transformado a la fuerza en el prototipo de la respetabilidad británica. La generación actual no puede vivir sin improvisar al menos una clase virtuosa y desinteresada de ciudadanos, y para ello fue elegido el cabby. El "ministerio de todos los talentos" estaba tan ansioso por aplicar su obra maestra de legislación que la ley de coches de alquiler, apenas aprobada por la Cámara de los Comunes, fue puesta en vigor antes de que se hubiera preparado absolutamente ninguna de las medidas necesarias para su ejecución.

En lugar de proveer a los cadíes londinenses de antemano con los ejemplares auténticos del nuevo reglamento, de las nuevas tarifas y de los cuadros de precios, los jueces de policía habían recibido instrucciones muy generales de zanjar cualquier disputa que surgiera entre el cabby y el público. Así tuvimos, en el transcurso de dos semanas, el variado y edificante espectáculo de una lucha constante entre un verdadero ejército de Hampden de a seis peniques y aquellos "terribles" cocheros de simón ante los jueces, luchando los unos por la virtud y los otros por el dinero. Día tras día se sermoneaba al cabby sobre moral, era condenado y encarcelado. Finalmente le quedó claro que con la nueva tarifa ya no podía pagar la vieja renta al propietario, y tanto los propietarios como los cocheros se retiraron a su Mons Sacer, a saber, el National Hall, en Holborn <barrio de Londres>, donde tomaron la terrible resolución que ha provocado en Londres, durante tres días, la situación sin simones. Ya han conseguido dos cosas: en primer lugar, el ministerio, por boca del señor Fitzroy, ha alterado tanto su ley que casi la ha anulado; y en segundo lugar, todos los problemas, como la cuestión de Oriente, el coup d'état <golpe de Estado> danés, la mala cosecha y el cólera que se extiende, han desaparecido ante la gran lucha entre la virtud pública, que insiste en pagar sólo seis peniques por milla, y el interés privado, que insiste en exigir por ello 12 peniques.

"Huelga" es la consigna del día. Durante esta semana se declararon en huelga 5.000 mineros en la zona carbonífera del norte, entre 400 y 500 oficiales cortadores de corcho en Londres, además de aproximadamente 2.000 obreros empleados en diversos astilleros del Támesis, la fuerza de policía de Hull, intentos similares emprendió la policía de Londres, y por último los albañiles que trabajan en la capilla de San Esteban, directamente bajo las narices del Parlamento, también están en huelga.

"La Tierra se está convirtiendo en un verdadero paraíso para los obreros", exclama la "Times", "los hombres se vuelven valiosos". Cuando en 1849, 1850, 1851 y 1852 el comercio crecía constantemente, la industria se expandía en una medida inaudita y la ganancia se hacía cada vez mayor, los salarios permanecieron inalterados e incluso, en la mayoría de los casos, en el bajo nivel que había provocado la crisis de 1847. Después de que la emigración redujera numéricamente la población y los crecientes precios de los alimentos de primera necesidad aumentaran su hambre, estallaron las huelgas y, como consecuencia de estas

huelgas, subieron los salarios, ¡y hete aquí! La Tierra se convierte en un paraíso para los obreros – a los ojos de la "Times". Para reducir aquel paraíso a dimensiones terrenales, los propietarios de hilanderías de Lancashire han fundado una asociación para protegerse y apoyarse conjuntamente contra las exigencias del pueblo. Pero no contenta con combatir coalición con coalición, la burguesía amenaza con exigir la intervención de la ley – una ley que ella misma dicta. Cómo ha de suceder eso puede inferirse de las siguientes babosadas de la "Morning Post", órgano del liberal y amabilísimo Palmerston.

"Si hay una bajeza que merezca particularmente
ser castigada con mano férrea
, es el sistema de huelgas ... Hace falta un método severo y sumario para castigar a los líderes y cabecillas de estas coaliciones. De ninguna manera sería una injerencia en la libertad del mercado de trabajo
si se propinara una tanda de palos a estos sujetos
... Es ocioso afirmar que esto significaría una injerencia en el mercado de trabajo. En tanto los que abastecen el mercado de trabajo se abstengan de poner en peligro los intereses del país,
bien puede
dejárseles
que lleguen a un acuerdo con los empleadores."

Dentro de ciertos límites convencionales, se debe permitir a los obreros que se imaginen ser socios autónomos de la producción y que concluyan sus contratos con su empleador de mutuo acuerdo. Pero si se rebasan esos límites, entonces se les impone abiertamente la relación laboral bajo condiciones dictadas por el Parlamento, ese comité permanente de la coalición de la clase dominante contra el pueblo. Los profundos y filosóficos pensamientos del órgano de Palmerston quedaron curiosamente revelados por su descubrimiento de ayer de que "de todas las clases de Inglaterra,
a los pobres de los estamentos superiores es a quienes peor se ha tratado
". ¡El pobre aristócrata que, a falta de un "brougham" <coche cerrado de un solo caballo (por Lord Brougham)> propio, se ve obligado a usar un coche de alquiler!

Se nos asegura que el mundo entero, pero en especial Irlanda, se está convirtiendo, a consecuencia del hambre y de la emigración masiva, en un paraíso de los obreros. Pero si los salarios en Irlanda son realmente tan altos, ¿cómo es que los obreros irlandeses afluyen en tales masas a Inglaterra, para establecerse definitivamente en este lado del "estanque", cuando antes solían regresar al terminar las faenas de la cosecha?

Si los progresos sociales para el pueblo irlandés son tan grandes, ¿cómo es que, por otra parte, los casos de locura en este país han aumentado de manera tan espantosa desde 1847 y sobre todo desde 1851? Echemos una mirada a las siguientes cifras del "Sexto informe sobre manicomios de distrito para criminales y manicomios privados en Irlanda":

Número total de ingresos en manicomios

de ellos

Hombres

Mujeres

1851

2.584

1.301

1.283

1852

2.722

1.376

1.346

Marzo de 1853

2.870

1.447

1.423

<El año del informe concluye en marzo>

Y éste es el mismo país en el que el famoso Swift, el fundador del primer manicomio en Irlanda, dudaba de que pudieran encontrarse allí jamás 90 locos.

La agitación cartista, reabierta por Ernest Jones, progresa con viveza; el 30 del corriente debe celebrarse una gran reunión de los cartistas londinenses al aire libre en Kennington Common, donde tuvo lugar la gran asamblea del 10 de abril de 1848.

El señor Cobbett ha retirado su proyecto de ley fabril y dio a entender que tiene la intención de volver a presentarlo al comienzo de la próxima sesión parlamentaria.

El "Manchester Guardian" del 27 del corriente confirma plenamente mis anteriores pronósticos respecto a las perspectivas financieras y generales de Inglaterra, en las siguientes frases de su artículo de fondo:

"Difícilmente ha habido jamás un momento en que en nuestra atmósfera comercial flotaran en el aire tantos elementos de incertidumbre, capaces de provocar
inquietud
– utilizamos esta suave palabra adrede. En cualquier momento anterior a la derogación de las leyes de cereales y a la introducción general de la política librecambista, habríamos empleado la expresión más fuerte
seria preocupación
. Estos elementos son, en primer lugar, la mala cosecha que se espera, en segundo lugar, la constante salida de oro de las bóvedas del Banco y, en tercer lugar, la gran probabilidad de que estalle la guerra."

Ahora bien, lo último de la constitución de 1848 ha sido echado por tierra mediante el golpe de Estado del rey de Dinamarca. El país ha recibido una constitución rusa y, por la abolición de la Lex Regia, se le ha condenado a convertirse en una provincia rusa. En una de mis próximas cartas expondré los asuntos de Dinamarca.

«Nuestra política consiste en velar por que en los próximos cuatro meses no ocurra nada, y espero que la llevemos a cabo, *pues los hombres, en general, prefieren esperar*; mas el quinto mes será fecundo en acontecimientos.»

Así escribía el conde Pozzo di Borgo el 28 de noviembre de 1828 al conde Nesselrode, y el conde Nesselrode actúa ahora según este principio. Mientras la usurpación militar de los Principados por los rusos se completaba aún con el arrebatamiento de la administración civil de aquellos, mientras un regimiento tras otro entraba en Besarabia y en Crimea, Rusia lanza un guiño a Austria, indicándole que se aceptaría su mediación, y otro a Bonaparte, insinuándole que sus proposiciones podrían encontrar quizás acogida favorable ante el zar. A los ministros en París y en Londres se les consuela con la perspectiva de que Nicolás se digne, benévolo, aceptar por fin sus excusas. Como favoritas, todas las cortes de Europa aguardaban angustiadas a ver a cuál de ellas el soberano de todos los creyentes arrojaría el pañuelo. Nicolás las tuvo así en vilo durante semanas, y hasta meses, hasta que declaró repentinamente que ni Inglaterra ni Francia, ni Austria ni Prusia tenían que inmiscuirse en su conflicto con Turquía, y que sólo él podía negociar a solas con ésta. Probablemente retiró su legación de Constantinopla únicamente para facilitar precisamente esas negociaciones con Turquía. Pero mientras, por un lado, declara que las potencias no han de inmiscuirse en los asuntos rusos, por otro lado nos enteramos de que los representantes de Francia, Inglaterra, Austria y Prusia matan el tiempo con reuniones en Viena para urdir proyectos sobre la regulación de la cuestión de Oriente, sin que, no obstante, participen en estas conferencias aparentes ni el representante turco ni el ruso. El sultán había instalado un ministerio belicoso el 8 de julio, para librarse de este estado de tregua armada; pero lord Redcliffe le obligó a destituirlo aquella misma noche. Esto lo sacó de quicio hasta tal punto que quiere enviar un correo austríaco a San Petersburgo, que pregunte al zar si quiere reanudar las negociaciones directas. Del regreso de este correo y de la respuesta que traiga dependerá si Reschid Pachá va él mismo a San Petersburgo. De San Petersburgo se enviarían nuevos proyectos de nota a Constantinopla; estos nuevos proyectos de nota se remitirían luego de vuelta a San Petersburgo, y no se llegará a decisión alguna hasta que la última respuesta de San Petersburgo llegue a Constantinopla. Entretanto, empero, el quinto mes se habrá echado encima y ninguna flota podrá ya penetrar en el Mar Negro. Acto seguido, el zar permanecerá tranquilamente durante el invierno en los Principados, donde saldará sus gastos con las mismas promesas que ya circulan allí desde sus ocupaciones anteriores, desde 1820.

Es sabido que el ministro serbio Garaschanin fue destituido a instancias de Rusia. Rusia, envalentonada por este primer triunfo, insiste ahora en que sean despedidos todos los oficiales antirrusos. También se proyectaba extender esa medida al príncipe reinante Alexander y sustituirlo por el príncipe Michael Obrenovic, instrumento complaciente de Rusia y de los intereses rusos. Para escapar a esta calamidad, y también bajo la influencia de Austria, el príncipe Alexander se ha vuelto contra el sultán declarando que quiere mantener la más estricta neutralidad. Las intrigas rusas en Serbia son descritas en el periódico parisino «Presse» de la siguiente manera:

«Es de sobra conocido que el consulado ruso en Orsowa –una mísera aldea que no alberga a un solo súbdito ruso, sino que se halla en medio de una población serbia– lleva una existencia harto miserable, pero ahora se ha convertido en nido de la propaganda moscovita. Por vía legal se hizo constar y se demostró que Rusia había tenido mano en el asunto de Braila de 1840, en el de Johann Lutzo de 1850 y, recientemente, en la detención de los catorce oficiales rusos, que fue luego la causa de la dimisión del ministerio Garaschanin. Asimismo es sabido que el príncipe Menschikow, durante su estancia en Constantinopla, por medio de sus agentes en Brussa y Esmirna, hizo promover intrigas semejantes a las de Salónica, Albania y Grecia.»

No hay rasgo más llamativo en la política rusa que esta coincidencia tradicional no sólo en sus fines, sino también en los medios con los que se esfuerza por alcanzarlos. En la actual cuestión de Oriente no existe complicación, negociación ni nota oficial algunas que no puedan leerse ya en alguna página de la historia universal.

Rusia, frente al sultán, no puede remitirse hoy a otra cosa que al tratado de Kainardschi, aunque este tratado no otorgaba al zar un protectorado sobre sus correligionarios, sino que sólo le daba derecho a construir una capilla en Estambul y a implorar la clemencia del sultán para con sus súbditos cristianos, como lo hizo notar muy justamente Reschid Pachá en su nota al zar del 14 del corriente. Pero cuando Rusia firmó este tratado en 1774, ya se proponía interpretarlo un buen día en el sentido de 1853. El entonces internuncio austríaco ante la Sublime Puerta, barón Thugut, escribía en 1774 a su corte:

«En adelante, Rusia estará en condiciones, siempre que considere la ocasión favorable y sin grandes preparativos, de enviar tropas desde sus puertos del Mar Negro a Constantinopla. En ese caso, estallaría sin duda alguna una conspiración previamente atizada con los jefes de la Iglesia greco-ortodoxa, y al sultán no le quedaría más remedio que, a la primera noticia de este avance ruso, abandonar su palacio, huir al interior de Asia y dejar el trono de la Turquía europea a un soberano de mayor experiencia. Una vez conquistada la capital, el terror y la fiel ayuda de los cristianos greco-ortodoxos pondrían el Archipiélago, la costa de Asia Menor y toda Grecia hasta las riberas del Adriático, sin duda y con facilidad, bajo el cetro ruso. La posesión de estos países, tan ricamente dotados por la naturaleza, con los que ninguna otra parte del mundo puede compararse en fertilidad y riqueza del suelo, procurará a Rusia una preponderancia que eclipsa todas las maravillas fabulosas que la historia cuenta de la grandeza de las monarquías de la Antigüedad.»

Como hoy, también en 1774 intentó Rusia azuzar la ambición de Austria con la perspectiva de la incorporación de Bosnia, Serbia y Albania. El mismo barón Thugut escribe sobre esto lo siguiente:

«Tal engrandecimiento del territorio austríaco no suscitaría los celos de Rusia. La razón estriba en que, aun cuando la incorporación de Bosnia, Serbia, etc., por Austria fuera de suma importancia en otras circunstancias, para Rusia no tendría la menor importancia en el momento en que el resto del Imperio Otomano cayese en sus manos. Pues los habitantes de esas provincias son casi exclusivamente mahometanos y cristianos greco-ortodoxos: los primeros no serían tolerados como habitantes permanentes; los segundos, en vista de la cercana vecindad del imperio oriental ruso, no vacilarían en trasladarse allí o, de quedarse, su deslealtad frente a Austria provocaría conflictos permanentes. Y una ampliación territorial sin fuerzas internas esenciales no serviría, por tanto, más que para debilitar el poder del emperador de Austria, en lugar de robustecerlo.»

Los políticos suelen remitirse habitualmente al testamento de Pedro I para demostrar la política tradicional de Rusia en general y sus designios sobre Constantinopla en particular. En realidad podrían remontarse mucho más atrás. Hace más de ochocientos años, Sviatoslaw, a la sazón aún gran príncipe pagano de Rusia, declaró en una asamblea de sus boyardos que «no sólo Bulgaria, sino también el imperio griego en Europa, junto con Bohemia y Hungría, pertenecían a la dominación de Rusia». Sviatoslaw conquistó Silistria y amenazó Constantinopla en el año 968 de la era cristiana, exactamente como lo hizo Nicolás en 1828. La dinastía de Rurik, poco después de la fundación del imperio ruso, trasladó su capital de Nóvgorod a Kiev, sólo para estar más cerca de Bizancio. En el siglo XI, Kiev imitaba en todo a Constantinopla, y se la llamaba la segunda Constantinopla; en este nombre se expresaba el incesante afán de Rusia. La religión y la civilización rusas son de origen bizantino, y su empeño de subyugar el Imperio Bizantino, que entonces se hallaba en el mismo estado de decadencia que hoy el Imperio Otomano, era mucho más natural que el de los emperadores alemanes tras la subyugación de Roma e Italia. La coincidencia en los fines de la política rusa está dada, por consiguiente, por su pasado histórico, por sus condiciones geográficas y por la necesidad de obtener puertos marítimos abiertos, tanto en el Archipiélago como en el Báltico, si quiere mantener su preponderancia en Europa. Sin embargo, el modo tradicional con que Rusia persigue estos fines dista mucho de merecer el tributo de admiración que le rinden los políticos europeos. El éxito de esta política heredada es, ciertamente, una prueba de la debilidad de las potencias occidentales, pero al mismo tiempo se documenta en la uniformidad estereotipada de esa política la barbarie interna de Rusia. ¿A quién no le parecería ridículo que Francia quisiera orientar su política según el testamento de Richelieu o las capitulares de Karl der Große? Si se examinan los documentos más importantes de la diplomacia rusa, se halla que ésta sabe descubrir con el más astuto, sutil, artero y taimado modo los flancos débiles de los reyes, ministros y cortes europeos, pero que su sabiduría naufraga regularmente cuando se trata de comprender los movimientos históricos de los propios pueblos de Europa occidental. El príncipe Lieven juzgó con toda exactitud el carácter del buen Aberdeen, cuando contó con su indulgencia hacia el zar, pero desconoció por completo al pueblo inglés al predecir la pervivencia del dominio tory en vísperas del movimiento reformador de 1831. El conde Pozzo di Borgo juzgó con toda exactitud a Karl X, pero apreció de modo enteramente falso al pueblo francés cuando movió a su «elevado señor» a negociar con ese rey el reparto de Europa, al que el pueblo arrojó de Francia a la mañana siguiente. La política rusa podrá impresionar, con sus tradicionales intrigas, astucias y escapatorias, a las cortes europeas, fundadas ellas mismas meramente en la tradición, pero fracasará por completo frente a los pueblos revolucionados.

En Beirut, los norteamericanos han arrancado aún a un húngaro de las garras del águila austriaca. Que la injerencia norteamericana en Europa comience precisamente con la cuestión de Oriente es, en realidad, bastante divertido. Aparte de la importancia comercial y militar que Constantinopla tiene gracias a su posición geográfica, son otras consideraciones históricas las que convierten su posesión en un objeto de disputa tan codiciado y acaloradamente controvertido entre Oriente y Occidente — y América es el más joven, pero más vigoroso, representante de Occidente.

Constantinopla es la ciudad eterna, la Roma de Oriente. Bajo los antiguos emperadores griegos, la civilización occidental se fundió allí hasta tal punto con la barbarie oriental, y bajo los turcos la barbarie oriental hasta tal punto con la civilización occidental, que este centro de un imperio teocrático se convirtió en una verdadera barrera contra el progreso europeo. Cuando los emperadores griegos fueron expulsados por los sultanes de Iconio, el espíritu del antiguo Imperio Bizantino sobrevivió a este cambio de dinastía, y si el sultán fuera sustituido por el zar, el Bas empire [Imperio Romano de Oriente], llamado de nuevo a la vida, ejercería influencias más desmoralizadoras que bajo los antiguos emperadores y sería más agresivo y enérgico que bajo el sultán. El zar sería para la civilización bizantina lo que los aventureros rusos fueron durante siglos para los emperadores del imperio en decadencia: el corps de garde [cuerpo de guardia] entre sus soldados. La lucha entre Europa occidental y Rusia por la posesión de Constantinopla conduce a la cuestión de si el bizantinismo cederá ante la civilización occidental, o si el antagonismo entre ambas resurgirá en formas aún más terribles y violentas que nunca. Constantinopla es el puente de oro entre Oriente y Occidente, y la civilización occidental no puede, como el sol, circundar el mundo sin pasar por este puente; y no puede pasar el puente sin lucha con Rusia. El sultán mantiene Constantinopla únicamente en custodia para la revolución, y los actuales dignatarios nominales de Europa occidental, que por su parte ven el último baluarte de su «orden» a orillas del Neva, no pueden hacer otra cosa que dejar la cuestión en suspenso hasta que Rusia se encuentre cara a cara con su verdadero adversario, la revolución. La revolución que derribará la Roma de Occidente superará también la influencia demoníaca de la Roma de Oriente.

Aquellos de sus lectores que hayan leído mis artículos sobre la Revolución y la Contrarrevolución en Alemania, que escribí hace unos dos años para la «Tribune», y que deseen obtener de ella una imagen vívida, harán bien en contemplar el cuadro del señor Hasenclever, expuesto ahora en el Palacio de Cristal de Nueva York. Representa la entrega de una petición obrera al magistrado de Düsseldorf en el año 1848. El eminente pintor ha reproducido, en toda su vitalidad dramática, lo que el escritor solo pudo analizar.

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