Emigración forzosa. — Kossuth y Mazzini. — La cuestión de los refugiados. — Soborno electoral en Inglaterra. — El Sr. Cobden

Karl Marx en el New-York Tribune, 1853

Emigración forzosa

La Oficina Colonial de Emigración ofrece el siguiente recuento de la emigración procedente de Inglaterra, Escocia e Irlanda hacia todas las partes del mundo, desde el 1 de enero de 1847 hasta el 30 de enero de 1852:

AñoInglesesEscocesesIrlandesesTotal

184734.6858.616214.969258.270

184858.86511.505177.719248.089

184973.61317.127208.758299.498

185057.84315.154207.852280.849

185169.55718.646247.763335.966

1852 (hasta junio)40.76711.562143.375195.704

Total335.33082.6101.200.4361.618.376

«Nueve décimas partes —señala la Oficina— de los emigrantes de Liverpool se consideran irlandeses. Alrededor de tres cuartas partes de los emigrantes de Escocia son celtas, ya sea de las Highlands o de Irlanda vía Glasgow.»

En consecuencia, casi cuatro quintas partes de la emigración total han de considerarse pertenecientes a la población céltica de Irlanda y de las Highlands e islas de Escocia. The London Economist dice de esta emigración:

«Es consecuencia del desmoronamiento del sistema social basado en las pequeñas tenencias y el cultivo de la patata»; y añade: «La partida de la parte redundante de la población de Irlanda y de las Highlands de Escocia es una condición previa indispensable para todo tipo de mejora. … Los ingresos fiscales de Irlanda no han sufrido en absoluto a causa de la hambruna de 1846-47 ni de la emigración que ha tenido lugar desde entonces. Por el contrario, su ingreso neto ascendió en 1851 a 4.281.999 libras, unas 184.000 libras más que en 1843.»

Empezad por pauperizar a los habitantes de un país, y cuando ya no se les pueda extraer más ganancia, cuando se hayan convertido en una carga para el fisco, expulsadlos y ¡haced la suma de vuestra Renta Neta! Tal es la doctrina expuesta por Ricardo en su célebre obra «Principios de economía política». Si las ganancias anuales de un capitalista ascienden a 2.000 libras, ¿qué le importa a él si emplea a 100 hombres o a 1.000? «¿No es —dice Ricardo— la renta real de una nación algo similar?» Si la renta real neta de una nación, rentas del suelo y ganancias, sigue siendo la misma, es irrelevante si proviene de diez millones de personas o de doce millones. Sismondi, en sus «Nouveaux Principes d'Économie Politique», responde que, según este punto de vista, a la nación inglesa no le interesaría en absoluto la desaparición de toda la población, quedando el Rey (pues entonces no era Reina, sino Rey) solo en medio de la isla, suponiendo tan sólo que la maquinaria automática le permitiera procurarse la cantidad de renta neta que ahora produce una población de veinte millones. En verdad, esa entidad gramatical, «la riqueza nacional», no disminuiría en este caso.

Pero no son sólo los habitantes pauperizados de la verde Erin [Irlanda] y de las Highlands de Escocia los barridos por las mejoras agrícolas y por el «desmoronamiento del anticuado sistema social». No son sólo los trabajadores agrícolas aptos de Inglaterra, Gales y la Baja Escocia cuyos pasajes son pagados por los Comisionados de Emigración. La rueda del «progreso» se apodera ahora de otra clase, la clase más estacionaria de Inglaterra. Ha surgido un sorprendente movimiento de emigración entre los pequeños granjeros ingleses, especialmente aquellos que ocupan suelos arcillosos pesados, quienes, con malas perspectivas para la próxima cosecha y carentes de capital suficiente para realizar en sus granjas las grandes mejoras que les permitirían pagar sus antiguas rentas, no tienen otra alternativa que cruzar el mar en busca de un nuevo país y de nuevas tierras. No hablo aquí de la emigración causada por la fiebre del oro, sino sólo de la emigración forzosa producida por el landlordismo, la concentración de las granjas, la aplicación de la maquinaria a la tierra y la introducción del sistema moderno de agricultura a gran escala.

En los Estados antiguos, en Grecia y Roma, la emigración forzosa, que asumía la forma del establecimiento periódico de colonias, constituía un eslabón regular en la estructura de la sociedad. Todo el sistema de aquellos Estados se fundaba sobre ciertos límites al número de la población, los cuales no podían sobrepasarse sin poner en peligro la condición de la civilización antigua misma. Pero ¿por qué era así? Porque la aplicación de la ciencia a la producción material les era por completo desconocida. Para seguir siendo civilizados, estaban forzados a seguir siendo pocos. De otro modo, habrían tenido que someterse a la fatiga corporal que transformaba al ciudadano libre en esclavo. La falta de fuerza productiva hacía que la ciudadanía dependiera de una cierta proporción numérica que no podía alterarse. La emigración forzosa era el único remedio.

Fue la misma presión de la población sobre las fuerzas productivas la que empujó a los bárbaros desde las altas llanuras de Asia a invadir el Viejo Mundo. La misma causa operó allí, aunque bajo una forma diferente. Para seguir siendo bárbaros, estaban forzados a seguir siendo pocos. Eran tribus pastoriles, cazadoras y guerreras, cuyos modos de producción requerían un gran espacio para cada individuo, como ocurre hoy con las tribus indias en Norteamérica. Al aumentar en número, se reducían mutuamente el campo de producción. Así, la población sobrante se vio forzada a emprender esos grandes y audaces movimientos migratorios que pusieron los cimientos de los pueblos de la Europa antigua y moderna.

Pero con la emigración forzosa moderna la situación es completamente opuesta. Aquí no es la falta de fuerza productiva lo que crea una población sobrante; es el aumento de la fuerza productiva el que exige una disminución de la población, y expulsa al sobrante mediante el hambre o la emigración. No es la población la que presiona sobre la fuerza productiva; es la fuerza productiva la que presiona sobre la población.

Ahora bien, yo no comparto ni las opiniones de Ricardo, que considera la «Renta Neta» como el Moloch al que hay que sacrificar poblaciones enteras, sin siquiera queja, ni la opinión de Sismondi, quien, en su filantropía hipocondríaca, retendría por la fuerza los métodos anticuados de agricultura y proscribiría la ciencia de la industria, como Platón expulsó a los poetas de su República. La sociedad está experimentando una revolución silenciosa, a la que hay que someterse, y que no repara en las existencias humanas que quiebra más de lo que un terremoto repara en las casas que derriba. Las clases y las razas demasiado débiles para dominar las nuevas condiciones de vida deben ceder el paso. Pero ¿puede haber algo más pueril, más miope, que las opiniones de esos economistas que creen con toda seriedad que este lamentable estado transitorio no significa otra cosa que adaptar la sociedad a las propensiones adquisitivas de los capitalistas, tanto terratenientes como señores del dinero? En Gran Bretaña la operación de ese proceso es de lo más transparente. La aplicación de la ciencia moderna a la producción despeja la tierra de sus habitantes, pero concentra a la gente en las ciudades manufactureras.

«Ningún obrero fabril —dice The Economist— ha sido auxiliado por los Comisionados de Emigración, excepto unos pocos tejedores manuales de Spitalfields y Paisley, y pocos o ninguno han emigrado por cuenta propia.»

The Economist sabe muy bien que no podían emigrar por cuenta propia, y que la clase media industrial no les ayudaría a emigrar. Ahora bien, ¿a qué conduce esto? La población rural, el elemento más estacionario y conservador de la sociedad moderna, desaparece, mientras que el proletariado industrial, por el propio funcionamiento de la producción moderna, se ve reunido en grandes centros, en torno a las grandes fuerzas productivas, cuya historia de creación ha sido hasta ahora el martirologio de los trabajadores. ¿Quién les impedirá dar un paso más y apropiarse de estas fuerzas, a las que antes ellos habían sido apropiados? ¿Dónde estará el poder para resistírseles? ¡En ninguna parte! Entonces, de nada servirá apelar a los «derechos de propiedad». Los propios economistas burgueses reconocen que los cambios modernos en el arte de la producción han echado abajo el anticuado sistema social y sus modos de apropiación. Han expropiado al miembro del clan escocés, al cottier irlandés, al arrendatario, al yeoman inglés, al tejedor manual, a innumerables artesanos, a generaciones enteras de niños y mujeres de fábrica; expropiarán, a su debido tiempo, al terrateniente y al señor del algodón.