Karl Marx

Logros del ministerio

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" nº 3753 del 27 de abril de 1853]

Londres, martes 12 de abril de 1853

Lo mejor que quizá pueda decirse en favor del ministerio de coalición es que expresa la impotencia del poder gubernamental en un momento de transición, en un momento en que un gobierno solo es posible como apariencia, pero todavía no como realidad, en un momento en que los viejos partidos abandonan la escena y los nuevos aún no se han consolidado.

¿Qué logros tiene, pues, el «gobierno de todos los talentos» después del primer trimestre de su período de prueba? Dos lecturas de la Jewish Disabilities Bill [ley de emancipación de los judíos] y tres de la Canada Clergy Reserves Bill [ley sobre la secularización del fondo canadiense de reservas eclesiásticas]. Esta última da a la corporación legislativa canadiense la posibilidad de disponer de una parte determinada de los ingresos procedentes de las ventas de tierras, que hasta ahora correspondía exclusivamente a las iglesias privilegiadas de Inglaterra y Escocia. Cuando este proyecto de ley fue presentado por primera vez al Parlamento por Lord John Russell, constaba de tres cláusulas, de las cuales la tercera derogaba la ley según la cual el fondo consolidado estaba obligado a cubrir el déficit si en algún año las ventas de tierras canadienses no alcanzaban la suma de 9.285 libras esterlinas. Este proyecto de ley fue aprobado en segunda lectura, pero cuando la Cámara pasó a comité (18 de marzo), Lord John retiró súbitamente su propia tercera cláusula. En consecuencia, si la corporación legislativa canadiense secularizara el fondo de reservas eclesiásticas, anualmente se gastarían 10.000 libras esterlinas de los bolsillos del pueblo británico para el mantenimiento de una secta situada a mil millas de distancia. El ministro de los radicales, Sir W. Molesworth, que está en contra de todas las asignaciones a la iglesia, parece haberse convertido él mismo en partidario de la doctrina de Lord John, «según la cual las colonias británicas no pueden ser liberadas de la pesadilla de la Iglesia estatal inglesa sino a costa y riesgo del pueblo británico en la metrópoli».

Durante el primer trimestre de prueba del ministerio de coalición se presentaron tres resoluciones de los radicales. El señor Collier propuso la abolición de los tribunales eclesiásticos, el señor Williams la extensión del impuesto de sucesiones y del impuesto de timbre sobre las sucesiones a la propiedad territorial, y el señor Hume la supresión de todos los «derechos protectores puros». Naturalmente, el ministerio se opuso a todas estas reformas «radicales». Pero el ministerio de coalición se opone a ellas de una manera muy distinta a como lo hacen los tories. Los tories proclamaban resueltamente su decisión de resistir a la «intromisión de la democracia». El ministerio de coalición hace en realidad lo mismo, pero bajo el pretexto de aplicar las medidas reformadoras de manera más cuidadosa. Viven de las reformas, como los otros vivían de abusar de ellas. Hacen como si se ocuparan mucho de las reformas, pero han inventado todo un sistema para aplazarlas. Tan pronto consideran «aconsejable esperar el resultado de una investigación en curso», como luego «acaba de nombrarse una comisión, y nada puede emprenderse antes de que haya comunicado sus decisiones». O bien, «el gobierno está precisamente ocupándose de este asunto» y espera que no se le moleste en su lucubración. Y además, «el asunto requiere la atención de la Cámara y será tratado cuando se presente una ocasión favorable»; o «aún no ha llegado el momento oportuno para ello». — «No está lejano el momento en que habrá que hacer algo». Hay que aplazar medidas aisladas para poner de nuevo en orden sistemas enteros, o bien hay que conservar sistemas enteros para llevar a cabo medidas aisladas. La «política de abstención» proclamada en la cuestión de Oriente es también la política interior del ministerio.

Cuando Lord John Russell anunció por primera vez el programa del ministerio de coalición, y este fue acogido con consternación general, sus partidarios exclamaron: «Debemos tener algo que entusiasme. La instrucción pública será ese algo. Nuestro Russell está incubando un maravilloso plan de educación. Ya oirán ustedes hablar de él.»

Ahora ya hemos oído hablar de él. Fue el 4 de abril cuando Lord Russell presentó una exposición general de su proyectada reforma de la enseñanza. Sus rasgos fundamentales consistían en que daba a los ayuntamientos la posibilidad de recaudar un impuesto local para sostener las escuelas existentes, en las que deben enseñarse las doctrinas de la Iglesia anglicana. En cuanto a las universidades, esos hijos predilectos de la Iglesia estatal, esos adversarios principales de toda reforma, Lord John espera «que las universidades se reformen a sí mismas». El abuso de las fundaciones destinadas a instituciones de enseñanza es notorio. Su valor puede deducirse de lo siguiente:

«Hay 24 fundaciones de 2.000 a 3.000 libras esterlinas anuales cada una, 10 de 3.000 a 4.000 libras esterlinas, 4 de 4.000 a 5.000 libras esterlinas, 2 de 5.000 a 6.000 libras esterlinas, 3 de 8.000 a 9.000 libras esterlinas y fundaciones sueltas de 10.000, 15.000, 20.000, 25.000, 30.000 y 35.000 libras esterlinas al año.»

No hace falta gran perspicacia para descubrir por qué la oligarquía, que vive del abuso de esos fondos, los maneja con suma cautela. Russell propone:

«Las fundaciones que representen menos de 30 libras esterlinas anuales deberán ser revisadas por los tribunales de condado; las que pasen de esa suma, por los directores de la cancillería. Pero no podrá incoarse ningún procedimiento en ninguno de estos tribunales sin permiso del comité del Consejo privado nombrado a tal efecto.»

Para presentar una demanda ante los tribunales reales, a fin de poner remedio al saqueo de las fundaciones originalmente destinadas a la instrucción pública, es necesario el permiso de un comité. ¡Un permiso! Pero aun con esta restricción, Lord Russell no se siente del todo seguro. Añade:

«Si se demuestra que la administración de una escuela es corrupta, nadie salvo el comité del Consejo privado estará facultado para intervenir.»

Esta es una verdadera reforma en el viejo sentido inglés de la palabra. No produce nada nuevo ni elimina nada viejo. Tiende a conservar el viejo sistema dándole una forma razonable e inculcándole, por así decirlo, nuevos modales. Tal es el secreto de la «sabiduría heredada» de la legislación oligárquica inglesa. Consiste sencillamente en hacer hereditarios los abusos, refrescándolos de tiempo en tiempo, como se ha hecho, mediante una transfusión de sangre fresca.

Si, como todo el mundo debe admitir, la Jewish Disabilities Bill fue un pequeño intento de alcanzar la tolerancia religiosa, la Canada Reserves Bill un pequeño intento de conceder la autonomía colonial, y el proyecto de ley de instrucción pública un pequeño intento de eludir la cuestión de la instrucción del pueblo, el proyecto financiero de Gladstone es, en cambio, un intento infinitamente pequeño de acabar con el gigantesco monstruo que se llama la deuda pública de Gran Bretaña.

El 6 de abril, antes de la presentación del presupuesto, el señor Gladstone sometió a la Cámara de los Comunes varias propuestas para su aprobación, relativas a la deuda pública. Ya antes, el «Morning Chronicle» había comunicado que se harían propuestas de suma importancia, «que según se decía serían de gran trascendencia y de interés extraordinario». A raíz de este rumor subieron los títulos de la deuda pública; se tenía la impresión de que Gladstone quería amortizar la deuda del Estado. Pero el 8 de abril, en el momento mismo en que el comité se reunió para deliberar sobre estas resoluciones, el señor Gladstone las modificó repentinamente, y de tal manera que les quitó «significación e interés». Preguntamos ahora, con el señor Disraeli: «¿Qué significaba todo este alboroto?»

El objetivo final de las propuestas del señor Gladstone era, según dijo él mismo, la reducción de los intereses de los títulos de la deuda pública al tipo normal del 2 1/2%. En los años 1822-1825, 1830-1831 y 1844-1845 ya se habían efectuado reducciones del 5% al 4 1/2%, del 4 1/2% al 4%, del 4% al 3 1/2% y del 3 1/2% al 3%. ¿Por qué no podría efectuarse ahora una nueva reducción del 3% al 2 1/2%? Las propuestas del señor Gladstone son las siguientes:

Primero: unificar los diversos títulos hasta un importe de 9.500.000 libras esterlinas, principalmente vinculados al viejo fraude de la Compañía de los Mares del Sur, reduciéndolos forzosamente del 3% al 2 3/4%. Esto daría un ahorro anual corriente de unas 25.000 libras esterlinas. La invención de una nueva denominación común para diversos títulos y el ahorro de 25.000 libras esterlinas en unos gastos de 30.000.000 de libras esterlinas al año no es ciertamente motivo de jactancia.

Segundo: propone la emisión de un nuevo título-valor con el nombre de bonos del Tesoro, que no exceda de 30.000.000 de libras esterlinas. Estos bonos del Tesoro serán transmisibles mediante simple entrega, sin costo alguno, y devengarán un 2 3/4% de interés hasta el 1 de septiembre de 1864 y, luego, hasta el 1 de septiembre de 1894, un 2 1/2%. Esto no es, pues, otra cosa que la creación de un nuevo instrumento financiero, cuyo uso queda limitado por las necesidades de las clases acaudaladas y comerciantes. Pero ¿cómo puede Gladstone mantener en circulación 18.000.000 de libras esterlinas en letras del Tesoro al 1 1/2% y, al mismo tiempo, bonos del Tesoro al 2 1/2%? ¿Y no supone una pérdida para el país pagar por los bonos del Tesoro un 1% más que por las letras del Tesoro? Sea como fuere, esta segunda propuesta no tiene, al menos, nada que ver con la reducción de la deuda pública.

Tercero y último, llegamos a lo principal, al único punto importante de las propuestas de Gladstone: los consolidados al tres por ciento y los títulos reducidos del tres por ciento, que juntos representan un capital de cerca de 500.000.000 de libras esterlinas. ¡Hic Rhodus, hic salta! Una disposición parlamentaria prohíbe la reducción forzosa de estos títulos, salvo mediante un preaviso de doce meses. El señor Gladstone prefiere, por tanto, un procedimiento de conversión voluntaria y ofrece a los poseedores de los títulos del tres por ciento canjearlos, a su elección, por otros que se crearán conforme a sus propuestas. Tendrán la opción de convertir 100 libras esterlinas de los títulos del tres por ciento de una de las siguientes maneras:

1. Pueden canjear cada 100 libras esterlinas de los efectos del tres por ciento por un bono del Tesoro de igual importe, que devengará el 2 3/4% de interés hasta 1864 y luego el 2 1/2% hasta 1894. Si todos los 30.000.000 de libras esterlinas en bonos del Tesoro al 2 1/2% reemplazaran los 30.000.000 de libras esterlinas en consolidados al 3%, resultaría un ahorro de 75.000 libras esterlinas en los primeros diez años y, después de los primeros diez años, de 150.000 libras esterlinas; en total, 225.000 libras esterlinas. El gobierno estaría obligado, sin embargo, a reembolsar la totalidad de los 30.000.000 de libras esterlinas. En cualquier caso, no es ésta una propuesta que acabe en gran medida con la deuda pública.

2. El segundo proyecto consiste en que los poseedores de títulos al 3 por ciento recibirán por cada 100 libras esterlinas, 82 libras esterlinas y 10 chelines en nuevos títulos al 3 1/2 por ciento, que serán pagados con un interés del 3 1/2 por ciento hasta el 5 de enero de 1894. Si la gente acepta este canje, obtendrá, en lugar de las actuales 3 libras esterlinas de interés, tan sólo 2 libras esterlinas, 17 chelines y 9 peniques. Resulta, pues, una pérdida anual de 2 chelines y 3 peniques por cada 100 libras esterlinas. Si se convirtiera la totalidad de las 500.000.000 de libras esterlinas según este proyecto, la nación, en vez de tener que pagar anualmente, como hasta ahora, 15.000.000 de libras esterlinas, sólo pagaría 14.437.500 libras esterlinas, lo que equivaldría a una ganancia de 562.500 libras esterlinas al año. Pero por esta pequeña economía de 562.500 libras esterlinas el Parlamento se ataría las manos durante medio siglo y aprobaría un tipo de interés que supera el 2 4/5 por ciento; y esto en una época en que todo está en movimiento y reina la más extrema incertidumbre acerca del futuro tipo medio de interés. Por otra parte, Gladstone habría ganado al menos una cosa: al término de los 40 años no se vería inquietado por los títulos al 3 por ciento, que ahora están protegidos por un aviso previo de doce meses. Sólo tendría que ocuparse de los efectos al 3 1/2 por ciento, que el Parlamento podría rescatar a la par. Gladstone no propone ninguna restricción para los títulos al 3 1/2 por ciento.

3. La tercera propuesta dice: Los poseedores de cada 100 libras esterlinas en títulos al 3 por ciento recibirán 110 libras esterlinas en nuevos títulos al 2 1/2 por ciento, vigentes hasta 1894. Cuando Gladstone presentó su plan a la Cámara de los Comunes el 6 de abril, aún no había fijado el monto de los nuevos títulos a emitir (los del 2 1/2 por ciento). Pero después de que el señor Disraeli le hizo notar que cualquier persona sensata, al comparar esta propuesta con los otros dos modos propuestos, se decidiría sin duda alguna por la conversión de sus 100 libras esterlinas en títulos al 2 1/2 por ciento, y que, si se convirtieran todas las 500.000.000 de libras esterlinas en títulos al 3 por ciento en nuevos títulos, el país ganaría, por un lado, 1.250.000 libras esterlinas al año, pero, por otro lado, la deuda pública aumentaría en 50.000.000 de libras esterlinas, Gladstone modificó su propuesta al día siguiente y planteó limitar los nuevos títulos al 2 1/2 por ciento a 30.000.000 de libras esterlinas. Con esta modificación, sin embargo, toda la tercera propuesta pierde su significado en relación con la deuda pública. La suma de esta deuda sólo aumentaría en 30.000.000 de libras esterlinas.

Aquí tienen ustedes "una de las propuestas financieras más importantes y formidables que jamás se hayan hecho". Probablemente no hay mayor patraña en el mundo que la llamada ciencia financiera. Las operaciones más simples, relativas al presupuesto y a la deuda pública, son designadas por los adeptos de esta "ciencia secreta" con los términos más abstrusos; detrás de esta terminología se ocultan las maniobras triviales de la creación de diferentes denominaciones de títulos-valores: el canje de papeles viejos por otros nuevos, la reducción del tipo de interés y el aumento del capital nominal, la elevación del tipo de interés y la reducción del capital, la introducción de primas, bonos y acciones preferentes, la distinción entre anualidades amortizables y no amortizables, la gradación artificial de las posibilidades de transferencia de los distintos títulos, de una manera que confunde al público con esta abominable escolástica bursátil y la espantosa multiplicidad de los detalles. Pero a los usureros se les ofrece, con cada nuevo sistema de esta índole, una oportunidad ansiosamente esperada para desplegar su actividad desastrosa y rapaz. Por otra parte, el economista no ve en todo este embrollo de canjes, permutaciones y combinaciones tanto un asunto de política financiera como una simple cuestión de aritmética o de mera fraseología.

El señor Gladstone es sin duda un maestro en esta clase de alquimia financiera, y su plan no puede caracterizarse mejor que con las palabras de Disraeli:

«El ingenio y el talento del más consumado casuista jamás han ideado una maquinaria más complicada y enredada para lograr un resultado tan insignificante. En los escritos de Santo Tomás de Aquino hay un capítulo en el que se discute la cuestión de cuántos ángeles pueden bailar en la punta de un alfiler. Aquello fue una de las más exquisitas flores del espíritu humano; y yo reconozco en las propuestas de Gladstone una sorprendente afinidad con ese espíritu eminente».

Recordarán ustedes mi constatación de que el objetivo de los planes del señor Gladstone era la creación de un fondo «normal» al 2 1/2 por ciento. Ahora bien, para alcanzar este fin, crea un fondo muy limitado al 2 1/2 por ciento y un empréstito ilimitado al 3 1/2 por ciento. Para crear el pequeño fondo al 2 1/2 por ciento, reduce el tipo de interés en un 1/2 por ciento y, por otra parte, concede un bono del 10 por ciento para poder llevar a cabo esta reducción. Para eludir la dificultad que presentan los títulos al 3 por ciento, que están «protegidos» por un plazo de aviso previo de doce meses, dicta por anticipado una ley para los próximos 40 años. Si tuviera éxito, privaría a dos generaciones de todas las oportunidades imaginables de fortuna en sus asuntos financieros.

La posición del ministerio de coalición en el Parlamento resulta claramente de la estadística de las votaciones. En la cuestión de Maynooth, en una cámara plena, obtuvo sólo la exigua mayoría de 30 votos. En el proyecto de ley sobre las incapacidades de los judíos (que aún no había pasado la tercera lectura), en presencia de 439 miembros, obtuvo una mayoría de ni siquiera 30 votos. En la Canada Reserves Bill, el ministerio —cuando Russell retiró su tercera cláusula— fue salvado por los tories ante sus propios partidarios. Obtuvieron su mayoría casi exclusivamente mediante los votos de los conservadores.

No me detendré en las disputas internas del gabinete, que surgieron en los debates sobre la Canada Bill, ni en la acalorada polémica de los periódicos gubernamentales acerca del impuesto sobre la renta y, sobre todo, acerca de su política exterior. No hay una sola cuestión a la que el ministerio de coalición no responda como Geisa, el rey magiar, quien, después de haberse convertido al cristianismo, continuó, no obstante, observando los ritos de su antigua superstición. Cuando se le preguntó a cuál de las dos creencias pertenecía realmente, respondió: «Soy lo bastante rico como para pertenecer a ambas creencias».

Karl Marx