Por Karl Marx

Prosperidad inglesa –

Huelgas –

La cuestión turca –

India

[“New-York Daily Tribune”, núm. 3809, del 1 de julio de 1853]

Londres, viernes, 17 de junio de 1853

Según datos oficiales, el valor de la exportación británica

en abril de 1853 asciende a

7.578.910 libras esterlinas;

en abril de 1852, en cambio, a

5.268.915 libras esterlinas;

para los cuatro primeros meses de 1853, a

27.970.633 libras esterlinas;

para los mismos meses de 1852, en cambio, a

21.844.663 libras esterlinas.

En ello se manifiesta, en el primer caso, un aumento de 2.309.995 libras esterlinas, es decir, de más del 40%, y en el segundo caso, de 6.125.970 libras esterlinas, o sea, de casi un 28%. Si el crecimiento continúa en la misma proporción, la exportación total de Gran Bretaña ascendería, a fines de 1853, a más de 100.000.000 de libras esterlinas.

El “Times”, que transmite a sus lectores estos datos sensacionales, se explaya en una suerte de ditirambos que culminan con las palabras: “Todos somos felices y todos estamos unidos”. Pero apenas había trompeteado el periódico este consolador descubrimiento, cuando en toda Inglaterra, y sobre todo en el Norte industrial, estalló una oleada de huelgas casi general, que constituye un eco extraño del canto de concordia entonado por el “Times”. Estas huelgas son la consecuencia necesaria de una disminución relativa de la población obrera excedente, que coincide con un encarecimiento general de los precios de los artículos de primera necesidad. En Liverpool dejaron el trabajo 5.000 obreros, 35.000 en Stockport, etc., hasta que por fin la policía misma se vio contagiada por la epidemia y 250 constables de Manchester presentaron su dimisión. En relación con ello, la prensa burguesa, por ejemplo el “Globe”, perdió completamente la compostura y se retractó de sus habituales efusiones filantrópicas. Calumnió,

insultó, amenazó y pidió a gritos que intervinieran los jueces de paz, cosa que efectivamente se ha practicado en Liverpool en todos aquellos casos en que pudo encontrarse el menor pretexto jurídico. Estos jueces de paz, cuando no son ellos mismos fabricantes o comerciantes —como suele ser generalmente el caso en Lancashire y en Yorkshire—, están por lo menos estrechamente vinculados al mundo de los negocios y dependen de él. Han consentido que los fabricantes no cumplieran la Ley de las Diez Horas, eludieran el Truck Act y violaran impunemente todas las demás leyes aprobadas expresamente para refrenar la codicia “desnuda” de los fabricantes, mientras que interpretan de continuo la Combination Act de un modo que perjudica al trabajador y le es desfavorable. Esos mismos “caballerosos” librecambistas, famosos como infatigables adversarios de las injerencias del gobierno, esos apóstoles de la doctrina burguesa del *laissez faire* que en toda circunstancia conceden juego libre a los intereses privados, son siempre los primeros en reclamar la intervención gubernamental en cuanto los intereses privados de los obreros entran en conflicto con sus propios intereses de clase. En semejantes momentos de colisión contemplan con descarnada admiración a los Estados del continente, en los cuales gobiernos despóticos, si bien no dejan que la burguesía llegue al poder, al menos impiden que los obreros opongan resistencia. El camino que el partido revolucionario propone para aprovechar el presente gran conflicto entre fabricantes y obreros no puedo exponerlo de mejor modo que dándoles a conocer la siguiente carta del dirigente cartista Ernest Jones, que me ha escrito inmediatamente antes de su partida hacia Lancashire, donde debe abrirse la campaña:

“¡Mi querido Marx!

Mañana parto hacia Blackstone Edge, donde tendrá lugar un *camp-meeting* (mitin al aire libre) de los cartistas de Yorkshire y de Lancashire, y me alegra poder comunicarle que en el Norte están en marcha los preparativos más amplios para ello. Hace ya siete años que no se celebraba un encuentro verdaderamente nacional en aquel lugar, sagrado para las tradiciones del movimiento cartista. El objeto del presente encuentro es el siguiente: a causa de la traición y la escisión de 1848, de la descomposición de la organización entonces existente como consecuencia del encarcelamiento y el destierro de 500 de sus personalidades dirigentes, de las claras abiertas en sus filas por la emigración y de la mengua de la energía política bajo el influjo de una animada vida de negocios, el movimiento

nacional del cartismo se había transformado en acciones aisladas, y la organización cartista se había diluido justamente en el momento en que se difundía el conocimiento de las conexiones sociales. Entretanto, sobre las ruinas del movimiento político creció un movimiento obrero nacido de los primeros pasos tímidos hacia una conciencia social. Este movimiento obrero se manifestó primero en intentos cooperativos aislados; luego, al acreditarse éstos como fracasos, en la enérgica lucha por la Ten Hours Bill, por la limitación del tiempo de funcionamiento de las máquinas, por la abolición del sistema de multas mediante descuentos salariales y por una nueva interpretación de la Combination Bill. En esas medidas, buenas en sí mismas, se concentró toda la energía y la atención de la clase obrera. El malogro de los intentos de obtener para ellas garantías legales ha contribuido en grado sumo a imprimir al pensamiento de los trabajadores de Bretaña un rumbo más revolucionario. Esto crea condiciones favorables para agrupar a las masas en torno de la bandera de una reforma social verdadera; pues ha de resultar patente para todos que, por buenas que sean desde el punto de vista de la satisfacción de las reivindicaciones presentes las medidas arriba mencionadas, no ofrecen garantía alguna para el futuro ni encarnan un principio fundamental de derecho social. La coyuntura favorable para un movimiento, y la fuerza para llevarlo a cabo con éxito, las brindan las actuales circunstancias. El descontento del pueblo va de la mano del crecimiento de sus fuerzas, provocado por el hecho de que, en relación con la vitalidad de los negocios, escasean los obreros. Por doquier estallan huelgas, y en su mayoría con éxito. Pero es triste ver cómo la fuerza que podría orientarse hacia una mejora de fondo se malgasta en un alivio pasajero. Y por eso intento, junto con numerosos amigos, aprovechar esta coyuntura tan favorable para reunificar las dispersas filas del cartismo sobre los sanos principios de la revolución social. He logrado reorganizar con ese fin los grupos locales inactivos y aletargados, y prepararlos para una demostración —así lo espero— general e imponente en toda Inglaterra. La nueva campaña comienza con el *camp-meeting* en Blackstone Edge, al que seguirán ulteriores actos de masas en todos los condados industriales; al mismo tiempo, nuestros comisionados actuarán en los distritos agrícolas para unir al pueblo trabajador del campo con el resto del ejército del trabajo, tarea que hasta ahora nuestro movimiento ha descuidado. Nuestro primer paso será la reivindicación de la adopción de la Carta, reivindicación apoyada por actos de masas populares, y el intento de obligar a nuestro corrupto Parlamento a aceptar la proposición sobre la implantación de la Carta, para que ésta sea reconocida abierta e inequívocamente como único medio para una reforma social. Desde ese punto de vista no se ha planteado aún la reivindicación de la Carta. Si la clase obrera apoya este movimiento —las reacciones a mi llamamiento me autorizan a suponerlo—, el resultado tiene que ser significativo; pues, en caso de rechazo por el Parlamento, quedarán desenmascaradas las frases vacías de los falsos liberales y de los *tory* filántropos, y su última esperanza —a saber, explotar la credulidad del pueblo—

será destruida. Si el Parlamento consintiera en tomar en consideración y discutir la proposición, se desencadenaría una corriente impetuosa, imposible ya de contener mediante concesiones temporales. Dado que usted conoce la vida política en Inglaterra, sabrá que ni nuestra aristocracia ni nuestra plutocracia poseen la energía ni la fuerza para oponer resistencia seria al movimiento del pueblo. Las fuerzas dominantes ya no son más que una confusa mescolanza de partidos caducos, que se han juntado como una tripulación reñida y se abalanzan ahora a las bombas para salvar el barco que ya se hunde. Carecen de fuerza, y el echar unas pocas gotas de agua de sentina en el océano democrático será por completo insuficiente para apaciguar las encrespadas olas. Tan grande, amigo mío, es la oportunidad que ahora veo, tan grande la fuerza que espero se aproveche y tan grande la primera meta inmediata hacia la cual ha de orientarse aquella fuerza. Sobre el resultado de la primera demostración le volveré a escribir.”

“Su muy devoto

Ernest Jones.”

Apenas hace falta decir que no existe perspectiva alguna de que el Parlamento discuta la petición cartista. Cualesquiera ilusiones que se hayan podido albergar al respecto, tienen que ceder ahora ante el hecho de que el Parlamento acaba de rechazar, por una mayoría de 60 votos, la moción sobre el voto secreto presentada por el señor Berkeley y apoyada por los señores Phillimore, Cobden, Bright, Sir Robert Peel, etc. Y esto lo hace el mismo Parlamento que protestó tan airadamente contra las tácticas de intimidación y soborno empleadas en su elección, y que durante meses descuidó todos los asuntos serios a causa del extraño capricho de diezmarse a sí mismo en comisiones investigadoras de las elecciones. El único remedio que *purity Johnny* (el impoluto John, irónica alusión a John Russell) ha encontrado hasta ahora contra el soborno, la intimidación y las prácticas corruptas consiste en la privación del derecho al voto o, más aún, en la reducción de los distritos electorales. Sin duda: si hubiera logrado hacer los distritos electorales tan pequeños como lo es él mismo, la oligarquía podría obtener esos votos sin tomarse la molestia y los gastos de comprarlos. La resolución del señor Berkeley fue rechazada por los votos conjuntos de *tories* y *whigs*, ya que está en juego su interés común: la conservación de su influencia territorial sobre los *tenants-at-will* (según Engels: arrendatarios cuyo arriendo podía ser rescindido cada año), los pequeños tenderos y demás secuaces de los terratenientes. “Quien paga su renta, ha de entregar con ella

su voto”, es un viejo principio de la gloriosa constitución británica.

El sábado pasado, la “Press”, un nuevo semanario que se halla bajo la influencia del señor Disraeli, hacía a la opinión pública inglesa la siguiente curiosa revelación:

“El barón Brunnow transmitió, a comienzos de la primavera, a Lord Clarendon la exigencia que el zar de Rusia se disponía a dirigir a la Sublime Puerta, con la observación de que la comunicación tenía por objeto tantear la opinión de Inglaterra en el asunto. Lord Clarendon no habría puesto objeción alguna, ni habría desaconsejado de ningún modo la vía emprendida. El diplomático moscovita habría transmitido a su señor imperial que Inglaterra no era renuente a mostrarse benévola respecto a sus planes concernientes al Cuerno de Oro.”

Ahora bien, el «Times» de ayer, en respuesta a la grave acusación del señor Disraeli, traía un artículo oficial, ponderado e inspirado por el Foreign Office, el cual, a mi juicio, en lugar de refutar dicha acusación, la hace aún más grave. El «Times» asegura que, a principios de la primavera, antes de la llegada del príncipe Menschikow a Constantinopla, el barón Brunnow se quejó ante lord John Russell de que la Puerta había retirado las prerrogativas concedidas por tratado al clero griego ortodoxo, y que lord John Russell, quien opinaba que el asunto concernía únicamente a los Santos Lugares, había dado su consentimiento a los planes del zar. Pero el «Times» se ve obligado al mismo tiempo a reconocer que, tras la llegada del príncipe Menschikow a Constantinopla y tras el cambio en el Foreign Office, donde lord John Russell fue sustituido por lord Clarendon, el barón Brunnow dirigió una nueva comunicación a lord Clarendon,

«con el contenido de aclarar el espíritu de las instrucciones por él recibidas y algunos de los términos empleados en las cartas credenciales que el príncipe Menschikow entregó al sultán en nombre del zar».

A la vez, el «Times» reconoce que «lord Clarendon ha accedido a las exigencias transmitidas por el barón Brunnow». Evidentemente, esta segunda comunicación debe haber contenido algo más que lo que se había transmitido a lord John Russell. Por consiguiente, este asunto no puede quedar zanjado con esa explicación del «Times». O bien resulta que el barón Brunnow es un impostor diplomático, o bien los lores Clarendon y Aberdeen son traidores. Ya veremos.

Quizá sea de interés para sus lectores conocer un documento relativo a la cuestión de Oriente, publicado hace poco en un periódico londinense. Se trata de una proclama emitida por el príncipe de Armenia, que hoy reside en Londres, y difundida entre los armenios de Turquía:

«Lew, príncipe reinante por la gracia de Dios de Armenia, etc., a los armenios en Turquía:

¡Amados hermanos y fieles compatriotas! … Nuestra voluntad y nuestro ardiente deseo es que defendáis, hasta la última gota de vuestra sangre, vuestra tierra y al sultán contra el tirano del Norte. Recordad, hermanos, que en Turquía no hay knut, que los turcos no os desgarran las aletas de la nariz y que no golpean a vuestras mujeres ni en secreto ni en público. Bajo el dominio del sultán hay humanidad, mientras que bajo el dominio del tirano del Norte sólo hay una crueldad bestial. Por ello, confiaos a la guía de Dios y luchad valientemente por la libertad de vuestra tierra y por vuestro actual soberano. Derribad vuestras casas para construir con ellas barricadas; y si no tenéis armas, romped vuestros enseres domésticos y defendeos con ellos. Que el Señor os conduzca por la senda de la gloria. Mi mayor dicha será combatir en medio de vosotros contra los opresores de vuestra tierra y de vuestra fe. Que Dios incline el corazón del sultán a aprobar mi llamamiento, pues bajo su dominio se preservará la pureza de nuestra religión, mientras que bajo el dominio del tirano del Norte será alterada. Tened presente también, hermanos, que la sangre que corre por las venas de quien ahora se dirige a vosotros es la sangre de veinte reyes, es la sangre de los héroes, de los Lusignan, los defensores de nuestra fe. Y os gritamos: ¡Defendamos la pureza de nuestra fe hasta la última gota de sangre!»

El día 13 del corriente, lord Stanley anunció en la Cámara de los Comunes que, con motivo de la segunda lectura del proyecto de ley sobre la India (el 23 del corriente), presentaría la siguiente resolución:

«En opinión de la Cámara, se necesitan más informaciones para poner al Parlamento en situación de aprobar leyes para un gobierno permanente de la India. En esta fase avanzada de la sesión parlamentaria, no sería conveniente adoptar una medida que sólo perturbaría el orden existente y que, sin embargo, no puede considerarse una solución definitiva.»

Pero en abril de 1854 expirará la carta de la Compañía de las Indias Orientales, y, de una u otra manera, algo habrá de hacerse en ese sentido. El gobierno quiere aprobar una ley permanente, en otras palabras, prorrogar la carta por otros veinte años. La escuela de Manchester quiere aplazar toda legislación y prorrogar la carta como máximo por un año. El gobierno declaró que una ley permanente era necesaria para el «bien» de la India. Los manchesterianos replicaron que eso era imposible por falta de información. Tanto el «bien» de la India como la falta de información son meras simulaciones de hechos falsos. La oligarquía dominante desea asegurarse por anticipado, a costa de la India, su propio «bien» para los próximos veinte años, antes de que se reúna el nuevo Parlamento. Los manchesterianos no quieren en absoluto que se apruebe ninguna ley hasta las nuevas elecciones, ya que en el antiguo Parlamento no tienen posibilidades de imponer con éxito sus puntos de vista.

Y ahora el gabinete de coalición, en contradicción con sus anteriores declaraciones, pero de acuerdo con su habitual procedimiento de soslayar las dificultades, ha presentado por medio de sir Charles Wood algo así como un proyecto de ley. Por otra parte, no se ha atrevido a proponer la prórroga de la carta por un tiempo determinado, sino que ha ofrecido una «solución» en la que se deja al Parlamento la facultad de disponer otra cosa cuando esa corporación lo estime oportuno. En caso de que se aprobaran las propuestas del gobierno, no se produciría una renovación, sino que la Compañía de las Indias Orientales obtendría únicamente una nueva prórroga de su existencia. En todos los demás aspectos, la propuesta del gobierno sólo afecta de manera aparente a la constitución del gobierno de la India; el único cambio serio que contiene es que exige algunos gobernadores adicionales, a pesar de que una larga experiencia ha demostrado que los territorios de las Indias Orientales administrados por simples comisarios prosperan mucho mejor que aquellos en los que se ha considerado a la población digna de tener gobernadores y consejos que se rodean de un lujo costoso.

El recurso inventado por los whigs para aliviar la suerte de los países esquilmados, imponiéndoles las cargas de nuevas prebendas para aristócratas empobrecidos, recuerda al anterior gobierno Russell, el cual —al advertir de pronto los whigs el estado de pobreza intelectual en que vivían los indios y mahometanos en Oriente— decidió socorrerlos con la importación de varios obispos nuevos, mientras que los tories, en el apogeo de su poder, jamás consideraron necesario más de un obispo. Apenas tomada esa decisión, sir John Hobhouse —entonces presidente whig de la Junta de Control— descubrió en el acto que tenía un pariente excelentemente dotado para la dignidad episcopal, y éste fue nombrado sin demora para una de las nuevas diócesis. «En tales casos —observa un autor inglés—, cuando el zapato calza tan exactamente, es realmente difícil decir si el zapato se ha hecho para el pie o el pie para el zapato.» Lo mismo ocurre con el descubrimiento de Charles Wood; sería muy difícil decir si los nuevos gobernadores se han hecho para las provincias indias o las provincias indias para los nuevos gobernadores.

Sea como fuere, el gabinete de coalición creyó haber satisfecho todas las quejas al dejar al Parlamento el derecho de modificar en cualquier momento un proyecto de ley propuesto. Pero, por desgracia, se interpone el tory lord Stanley con su resolución, que al ser anunciada fue ruidosamente acogida por la oposición «radical». La resolución de lord Stanley, sin embargo, se contradice a sí misma. Por una parte, lord Stanley rechaza la propuesta del ministerio porque la Cámara necesita más información para aprobar una ley permanente. Por otra, la rechaza porque no es una ley permanente, sino que altera el orden existente sin pretender ser una solución definitiva. Los conservadores, naturalmente, se oponen al proyecto de ley porque introduce algún cambio. Los radicales se oponen porque no introduce ningún cambio real. En estos tiempos de coaliciones, lord Stanley ha encontrado una fórmula que une los dos puntos de vista contrapuestos contra el punto de vista del ministerio en esta cuestión. El ministerio de coalición simula una santa indignación ante semejante táctica, y el «Chronicle», su órgano, dice indignado:

«Si se considera la propuesta de aplazamiento como una medida de partido, es en sumo grado partidista y reprobable… Sólo se ha hecho porque algunos partidarios del ministerio se han comprometido a desmarcarse en esta cuestión parcial de aquellos con quienes habitualmente colaboran.»

Los ministros parecen, en efecto, seriamente preocupados. El «Chronicle» vuelve sobre este tema en su edición de hoy y escribe:

«La votación sobre la moción de lord Stanley será probablemente decisiva para la suerte del proyecto de ley sobre la India; por consiguiente, es de la mayor importancia que quienes sienten la importancia de una pronta legislación hagan todo lo posible por apoyar al gobierno.»

En cambio, leemos en el «Times» de hoy:

«La suerte del proyecto de ley del gobierno sobre la India se perfila ahora con mayor nitidez… El peligro para el gobierno estriba en que las objeciones de lord Stanley coinciden por completo con las conclusiones de la opinión pública. Cada palabra de esta enmienda alcanza al ministerio con precisión mortal.»

En uno de mis próximos artículos expondré la influencia que la cuestión india ejerce sobre los diversos partidos de Gran Bretaña y qué provecho puede sacar el pobre hindú de esta reyerta entre la aristocracia inglesa, la plutocracia y la millocracia por la mejora de su existencia.

Karl Marx