Karl Marx

[La Nota de Viena – Estados Unidos y Europa – Cartas desde Schumla – El Bank Act de Robert Peel]

["New-York Daily Tribune" Nr. 3881 del 24 de septiembre de 1853]

Londres, viernes 9 de septiembre de 1853

Cuando en mi artículo del 30 de agosto le comuniqué que la Nota de Viena había sido “rechazada” por la Puerta porque las modificaciones exigidas por ella y la condición de la evacuación inmediata y previa no podían entenderse sino como un rechazo de las pretensiones de Rusia, me encontraba en oposición a toda la prensa, que aseguraba que las modificaciones eran insignificantes y no merecían mención, y que todo el asunto podía darse por zanjado. Unos días después, el “Morning Chronicle” alarmó a los confiados agentes de bolsa con el anuncio de que las modificaciones propuestas por la Puerta tenían un carácter muy grave y de ningún modo eran para tomarse a la ligera. En este momento no hay más que una opinión, a saber, que toda la cuestión oriental ha vuelto a su punto de partida. Esta impresión no puede ser atenuada en modo alguno por la publicación, aparecida ayer en la prensa, del texto completo de la nota oficial de Reschid Pachá a los representantes de Austria, Francia, Gran Bretaña y Prusia del 19 de agosto de 1853.

No cabe la menor duda de que el emperador ruso rechazará las “modificaciones” turcas. Ya nos informa la “Assemblée nationale”, ese “Monitor” parisino del emperador ruso, que

“según la correspondencia llegada hoy a París, las primeras impresiones que las modificaciones propuestas por la Puerta han suscitado en el gabinete de San Petersburgo no han sido en absoluto favorables. Sea cual fuere la decisión que ese gabinete tome, debemos estar preparados para recibirla con calma y reprimir nuestros temores. Hemos de considerar que, aun si el gabinete ruso rechazara las enmiendas propuestas a la nota, queda la posibilidad de nuevas negociaciones en Constantinopla.”

La insinuación contenida en esta última indicación, a saber, que Rusia tratará de obtener una nueva prórroga para la decisión de este conflicto, es confirmada por la berlinesa “Litographische Correspondenz”:

“El gobierno austriaco ha presentado al emperador Nicolás un memorándum que contiene nuevas propuestas de enmienda y se ha encargado de poner fin a la crisis de una manera completamente distinta a todos los intentos anteriores.”

En un artículo de Odessa del 26 de agosto, publicado por el “Wanderer” de Viena, se declara que la solución de la cuestión oriental “no está tan próxima como algunos habían esperado; los armamentos no se han interrumpido ni un solo día, y el ejército en los Principados danubianos recibe continuamente nuevos refuerzos”. El “Satellit” de Kronstadt confirma expresamente que las tropas rusas establecerán sus cuarteles de invierno en los Principados danubianos.

Una nota procedente de Washington apenas habría podido causar mayor sensación en Europa que sus comentarios editoriales sobre el capitán Ingraham. Han encontrado cabida, con o sin comentarios, en casi toda la prensa semanal de Londres, en muchos periódicos franceses, en la “Nation” de Bruselas, en el “Parlamento” de Turín, en la “Basler Zeitung” y en todos los periódicos liberales de Alemania. Ya que su artículo sobre la alianza suizo-americana fue reproducido al mismo tiempo en cierto número de periódicos alemanes, puede usted considerar el siguiente extracto de un artículo de la berlinesa “Litographische Correspondenz” como dirigido en parte a ustedes:

“Desde hace algún tiempo, la prensa ha tenido en diversas ocasiones motivos para pronunciarse sobre la teoría de los Estados Unidos en materia de intervención. Hace muy poco, el asunto Koszta en Esmirna reavivó la discusión, y ese asunto no está aún solucionado cuando ya periódicos extranjeros y nacionales ponen en perspectiva una intervención de los Estados Unidos a favor de Suiza, si se viese amenazada por un ataque. Hoy nos enteramos de que algunas potencias tienen la intención de emitir una declaración conjunta contra la doctrina del derecho internacional sostenida por los Estados Unidos, y podemos esperar que esos gabinetes lleguen a un pleno acuerdo. Si la teoría intervencionista americana no es refutada resueltamente, la extirpación del espíritu revolucionario en Europa tropezaría con un obstáculo insuperable. Podemos añadir como hecho importante que Francia figura entre las potencias dispuestas a participar en esa representación.”

El “Constitutionnel” del pasado martes se esfuerza mucho en no dejar ninguna duda sobre este último punto, cuando dice:

“Hay que ser franco en todas las cosas. Koszta no es defendido como ciudadano de los Estados Unidos por los representantes de la república americana contra Austria, sino como revolucionario. Mas ninguna potencia europea reconocerá jamás como principio de derecho internacional que el gobierno de los Estados Unidos esté autorizado a defender la revolución en Europa con las armas. De ningún modo se toleraría poner obstáculos a un gobierno en el ejercicio de su jurisdicción, bajo el ridículo pretexto de que los infractores de la ley han renunciado a su nacionalidad, pero en realidad porque se rebelan contra el orden político de su país. La flota de los Estados Unidos no obtendría siempre un triunfo tan fácil, y una conducta tan obstinada como la del capitán del St. Louis podría tener consecuencias muy funestas en otras ocasiones.”

El “Impartial” de Esmirna, llegado hoy, publica las siguientes e interesantes cartas desde Schumla:

“Schumla, 8 de agosto de 1853

El comandante en jefe Omer Pachá ha desplegado sus tropas con tanta habilidad que en caso de necesidad puede concentrar en 24 horas un ejército de 65.000 hombres de infantería y caballería y 180 cañones en cualquier punto del Danubio. Una carta que he recibido de Valaquia informa que el tifus causa terribles estragos en el ejército ruso y que desde el comienzo de la campaña ha perdido no menos de 13.000 hombres. Se procura enterrar a los muertos por la noche. También la mortandad entre los caballos es muy grande. Nuestro ejército goza de la mejor salud. Destacamentos rusos de 30 a 60 soldados, vestidos con uniformes moldavos, aparecen de cuando en cuando en la orilla opuesta del Danubio. Nuestro general está informado de todos sus movimientos. Ayer llegaron 1.000 albaneses católicos romanos. Forman la vanguardia de un cuerpo de 13.000 hombres que se espera de un momento a otro. Son tiradores de primera. Ayer llegaron también 3.000 jinetes, todos soldados veteranos, magníficamente armados y equipados. El número de nuestras tropas aumenta cada día.

Achmed Pachá partió ayer hacia Varna; allí esperará las fuerzas egipcias para indicarles los puestos que deben ocupar.”

“Schumla, viernes 12 de agosto de 1853

El 9 de agosto dos regimientos de infantería y una batería de artillería ligera, pertenecientes a la guardia del sultán, han partido hacia Rasgrad. El 10 de agosto recibimos la noticia de que 5.600 rusos han acampado en la orilla del Danubio, cerca del puerto de Turtukai, con lo cual los puestos avanzados de ambos ejércitos se hallan a distancia de tiro de fusil. El valiente coronel Iskender Beg se ha dirigido a aquel punto con varios oficiales. Omer Pachá ha establecido una comunicación telegráfica para poder transmitir al cuartel general a cualquier hora del día y de la noche lo que sucede en cada punto del río.

Hemos tenido unos días de lluvia persistente, pero los trabajos de fortificación han proseguido con gran actividad. Dos veces al día, a la salida y a la puesta del sol, se dispara una salva de cañón. Nada semejante oímos desde la orilla opuesta del río.

Una vez terminada su cuarentena en Constantinopla, las tropas egipcias serán embarcadas hacia Varna, desde donde serán conducidas a Babedag. El general de brigada Izzet Pachá las espera allí. En la región de Dobrudscha-Ovasi se han reunido 20.000 tártaros para tomar parte en la guerra contra los rusos. Se trata en su mayor parte de antiguos emigrantes que abandonaron Crimea cuando fue conquistada por los rusos. El ejército otomano, cuyos efectivos aumentan día a día con la llegada de nuevas tropas regulares e irregulares, está cansado de la inactividad y arde en deseos de entrar en guerra. Es de temer que uno de estos días, sin orden superior, presenciemos un paso del Danubio, especialmente ahora que la presencia de los rusos, mostrándose en la otra orilla, contribuye a la excitación. Varios médicos, musulmanes y cristianos, partieron hace algunos días para establecer hospitales militares según el modelo europeo en Plewna, Rasgrad, Widdin y Silistria. El día 11 llegaron de Varna dos oficiales superiores ingleses. Tuvieron una larga audiencia con Omer Pachá y, acompañados por varios oficiales turcos, inspeccionaron las fortificaciones. Las encontraron en excelente estado de defensa, provistas de suficientes polvorines, hornos de pan, depósitos de agua dulce, etc. Todas esas fortificaciones están construidas de manera muy sólida. Entre nuestras tropas reina la más estricta disciplina.”

“Schumla, lunes 15 de agosto de 1853

El día 13 llegó de Constantinopla el general inglés O'Donnell. Tuvo una entrevista de dos horas con Omer Pachá y al día siguiente partió con un ayudante del comandante en jefe para inspeccionar las fortificaciones. Ayer llegaron de Varna tres baterías y un enorme tren de municiones. Mañana saldrá hacia el puerto de Rasowa un refuerzo compuesto por una batería, dos batallones de infantería y 1.000 jinetes. Los zapadores están afanosamente trabajando en ese lugar para restaurar las fortificaciones destruidas por los rusos en 1828. Turquía puede tener plena confianza en su ejército.”

El conde de Fitzwilliam dirigió el pasado jueves una carta a la asamblea de los cuchilleros de Sheffield, en la que protestaba contra la monstruosa idea de que “había que confiar en el honor y el carácter del emperador ruso”, con la que el heroico Palmerston cerró el Parlamento.

El señor Disraeli ha convocado a sus electores para una reunión en Aylesbury el 14 de septiembre. El “Daily News” de ayer intentó en un largo y aburrido artículo combatir lo que el señor Disraeli, en su opinión, probablemente dirá a sus electores. Semejante empresa, creo yo, el “Daily News” habría hecho mejor en dejársela a su venerable antepasado, el “Punch” de Londres.

Es ya la cuarta vez desde enero que el Banco de Inglaterra aumenta el tipo de interés. El 4 de septiembre fue fijado en el 4%.

“Se ha hecho un nuevo intento de reducir los medios de circulación del país — un nuevo intento de detener la marea de la prosperidad nacional”, exclama el “Sun” de Londres.

Por otra parte, se consuela con la consideración de que el Banco de Inglaterra ha perdido gran parte de su nefasto poder a causa del Bank Act de Peel de 1844.

El "Sun" se equivoca en sus temores y en sus esperanzas. El Banco de Inglaterra tiene tan poco poder como cualquier otro banco para aumentar o disminuir la circulación monetaria del país. Las fuerzas verdaderamente funestas que posee no han sido en modo alguno debilitadas por la Ley Bancaria de Peel de 1844, sino, al contrario, reforzadas.

Dado que la Ley Bancaria de 1844 es generalmente mal comprendida y que su efecto en la crisis inminente será de una importancia trascendental no solo para Inglaterra, sino para todo el mundo de los negocios, me propongo explicar brevemente la tendencia de esta ley.

La Ley Bancaria de Peel de 1844 parte del supuesto de que la circulación metálica sería la normal; de que el monto de los medios de circulación regula los precios; de que, en el caso de una circulación metálica pura, los medios de circulación aumentarían mediante un tipo de cambio favorable y una afluencia de metales preciosos, mientras que disminuirían mediante un tipo de cambio desfavorable y una salida de metal precioso; de que una circulación de billetes de banco debe corresponder exactamente a la circulación metálica; de que, en consecuencia, debe existir un cierto grado de correspondencia entre las variaciones de las reservas de metal precioso en los sótanos del Banco de Inglaterra y las variaciones en la cantidad de billetes de banco que circulan entre el público;

de que la emisión de billetes debe aumentarse con un tipo de cambio favorable y reducirse con un tipo de cambio desfavorable; por último, de que el Banco de Inglaterra tiene el control sobre la cantidad de sus billetes en circulación.

Pero todos estos supuestos son completamente engañosos y están en contradicción con los hechos. Incluso si suponemos una circulación metálica pura, el monto de los medios de circulación no podría determinar los precios, como tampoco podría determinar el volumen de las transacciones comerciales e industriales; por el contrario, los precios determinarían el monto del dinero circulante. Un tipo de cambio desfavorable y una salida de metales preciosos no disminuirían una circulación metálica pura, ya que no afectarían a la cantidad de medios de pago que se hallan en circulación, sino a la cantidad de medios de pago mantenidos en reserva, que duermen en los bancos como depósitos o en tesoros privados. Por otro lado, un tipo de cambio favorable y la correspondiente afluencia de metales preciosos no aumentarían los medios de pago circulantes, sino los medios de pago depositados en los banqueros o atesorados por particulares. Así pues, dado que la Ley Peel parte de la falsa concepción de una circulación metálica pura, tiene que desembocar naturalmente en una falsa imitación de la misma mediante una circulación de papel. La sola idea de que un banco emisor tenga control sobre la cantidad de sus billetes en circulación es completamente absurda. Un banco que emite billetes convertibles o que, en general, adelanta billetes sobre seguridades comerciales no tiene el poder de elevar el nivel medio de la circulación, ni tampoco el poder de reducirlo en un solo billete. Ciertamente, un banco puede emitir billetes en cualquier cantidad que sus clientes acepten, pero si no se necesitan para la circulación, los billetes regresarán a él en forma de depósitos o como pago de deudas, o a cambio de dinero metálico. Si, por otro lado, un banco pretendiera restringir arbitrariamente su emisión de billetes, se le retirarían depósitos hasta la suma necesaria para llenar el vacío que se ha producido en la circulación. Por tanto, un banco no tiene el más mínimo poder sobre el volumen de la circulación, por grande que sea su poder para abusar del capital ajeno. Aunque la banca en Escocia antes de 1845 no estaba prácticamente restringida y el número de bancos aumentó considerablemente desde 1825, la circulación disminuyó, y correspondía solo 1 lib. est. (papel moneda) por cabeza de la población, mientras que en Inglaterra eran 2 lib. est. por cabeza, a pesar de que todo el dinero en circulación por debajo de 5 lib. est. era metálico en Inglaterra y de papel en Escocia.

Es una ilusión suponer que el monto del dinero circulante debe coincidir con el monto del tesoro metálico. Cuando el tesoro metálico en los sótanos de un banco aumenta, este banco trata ciertamente de aumentar su circulación por todos los medios, pero, como enseña la experiencia, en vano. El tesoro metálico en el Banco de Inglaterra aumentó en los años 1841 a 1843 de 3.965.000 lib. est. a 11.054.000 lib. est., pero su circulación total cayó de 35.660.000 lib. est. a 34.049.000 lib. est. Así, el Banco de Francia tenía el 25 de marzo de 1845 una circulación extraordinaria de 256.000.000 de francos con una reserva metálica de 234.000.000 de francos, pero el 25 de marzo de 1846 la circulación era de 249.404.000 de francos con una reserva metálica de solo 9.535.000 de francos.

Un supuesto no menos falso es que la circulación interior debe disminuir en caso de una salida de metales preciosos. Por ejemplo, justo ahora, mientras la salida de metales preciosos prosigue, se han acuñado 3.000.000 de dólares y se han añadido al dinero que circula en el país.

Pero el error principal reside en el supuesto de que la demanda de acomodación monetaria, es decir, de préstamos de capital, debe marchar en paralelo con la demanda de medios de circulación adicionales, como si el mayor número de transacciones comerciales no se efectuara mediante letras de cambio, cheques, créditos en libros, cámaras de compensación <Clearing-Houses> y otras formas de crédito que nada tienen que ver con la llamada circulación. No puede haber mejores pruebas de las ventajas de la acomodación bancaria que la tasa de interés del mercado, ni mejor medio para constatar el volumen de los negocios realmente efectuados por un banco que el retorno de las letras descontadas. Consideremos además las cosas desde dos lados. Entre marzo y septiembre de 1845, cuando el capital ficticio alcanzó su punto culminante mediante la fiebre especulativa y el país se vio inundado por todo tipo de empresas de magnitudes gigantescas y el tipo de interés rondaba el 2
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%, la circulación de billetes permaneció casi inalterada, mientras que en una época posterior, en el año 1847, cuando el tipo de interés era del 4
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%, el precio de las acciones alcanzó su punto más bajo y se extendió por doquier un descrédito, la circulación de los billetes de banco alcanzó su punto máximo.

La circulación de billetes del Banco de Inglaterra era de 21.152.853 lib. est. el 17 de abril, 19.998.227 lib. est. el 15 de mayo y 18.943.079 lib. est. el 21 de agosto de 1847. Pero mientras se producía este descenso en la circulación, la tasa de interés del mercado había caído del 7 y 8 al 5%. Desde el

21 de agosto de 1847, los medios de circulación subieron de 18.943.079 lib. est. a 21.265.188 lib. est. el 23 de octubre. Al mismo tiempo, la tasa de interés del mercado subió del 5 al 8%. El 30 de octubre, la circulación era de 21.764.085 lib. est., el interés pagado en Lombard-Street era del 10%. Tomemos otro ejemplo:

Banco de Inglaterra

Letras descontadas

Billetes en circulación

18 de septiembre de 1846

12.323.816 lib. est.

20.922.232 lib. est.

5 de abril de 1847

18.627.116 lib. est.

20.815.234 lib. est.

Por tanto, la acomodación bancaria era en abril de 1847 6.000.000 de lib. est. superior a la de septiembre de 1846 y se efectuó con un monto menor de dinero circulante.

Tras la exposición de los principios generales de la Ley Bancaria de Peel, paso ahora a sus detalles prácticos. Esta presupone que 14.000.000 de lib. est. en billetes de banco constituyen el mínimo necesario de la suma de circulación. Todos los billetes emitidos por el Banco de Inglaterra por encima de esta suma deben tener cobertura metálica. Sir Robert Peel creyó haber descubierto un principio autoactivo para la emisión de billetes de banco, que determinase con precisión mecánica el monto de la circulación y que lo hiciese aumentar o disminuir exactamente en la misma proporción en que aumenta o disminuye el tesoro metálico. Para poner en práctica este principio, se dividió el Banco en dos departamentos: el Departamento de Emisión y el Departamento Bancario. El primero, una mera fábrica de billetes; el segundo, el banco propiamente dicho, que recibe los depósitos del Estado y del público, paga los dividendos, descuenta las letras, concede préstamos y efectúa principalmente negocios con el público según los principios de cualquier otra empresa bancaria. El Departamento de Emisión entrega sus billetes al Departamento Bancario hasta la suma de 14.000.000 de lib. est., más la suma del tesoro metálico en los sótanos del Banco. El Departamento Bancario pone estos billetes en manos del público. La cantidad de metal precioso requerida para cubrir los billetes puestos en circulación por encima de los 14.000.000 de lib. est. permanece en el Departamento de Emisión; el resto se transfiere al Departamento Bancario. Si la suma del tesoro metálico cae por debajo de la suma del dinero circulante por encima de 14.000.000 de lib. est., los billetes que regresan al Departamento Bancario para la cancelación de los préstamos o en forma de depósitos

no se vuelven a emitir o reemplazar, sino que se destruyen. Si una suma de circulación ascendiera a 20.000.000 de lib. est. con una reserva metálica de 7.000.000 de lib. est., y si además salieran del Banco 1.000.000 de lib. est., el Departamento de Emisión reclamaría todo el metal precioso y no quedaría ni un sovereign en el Departamento Bancario.

Ahora todo el mundo comprenderá que toda esta maquinaria es, por un lado, de carácter ilusorio y, por otro, sumamente peligroso.

Tomemos, por ejemplo, el informe bancario en la "Gazette" del pasado viernes. Allí se encuentra, bajo la rúbrica del Departamento de Emisión, la suma de los billetes en circulación con 30.531.650 lib. est., es decir, 14.000.000 de lib. est. + 16.531.650 lib. est. — correspondiendo esta última suma a la reserva metálica de la última semana. Pero si nos dirigimos a la rúbrica del Departamento Bancario, se encuentran 7.755.345 lib. est. en billetes en sus activos. Esta es aquella parte de las 30.531.650 lib. est. que no fue aceptada por el público. Así, el principio autoactivo solo determina que las 30.531.650 lib. est. en billetes se transfieran del Departamento de Emisión al Departamento Bancario. Pero allí permanecen. Tan pronto como el Departamento Bancario entra en contacto con el público, la suma de circulación no es regulada por la Ley Peel, sino por las necesidades del negocio. En consecuencia, la eficacia del principio autoactivo no se extiende más allá de los sótanos del edificio del Banco.

Por otro lado, hay momentos en que el Banco de Inglaterra, por su posición extraordinaria, ejerce una influencia real no solo sobre el comercio inglés, sino sobre el comercio mundial. Esto ocurre en tiempos de descrédito general. En tales momentos, de conformidad con la Ley Peel, el Banco puede, mediante una elevación de su tipo mínimo de interés en correspondencia con la salida de metales preciosos, y negando la acomodación, hacer bajar los valores del Estado, reducir los precios de todas las mercancías y aumentar gigantescamente los peligros de una crisis comercial. Puede, para frenar la salida del metal precioso y modificar los tipos de cambio, convertir cualquier estancamiento de los negocios en un peligro para la circulación monetaria. Y así ha actuado el Banco de Inglaterra, y en 1847 fue obligado por la Ley Peel a actuar de este modo.

Pero esto no es todo. Para cualquier empresa bancaria, no es la cantidad de billetes circulantes lo que constituye las obligaciones más gravosas, sino la cantidad de billetes y metales en depósito. Los bancos de Holanda tenían, por ejemplo, antes de 1845, como explicó el Sr. Anderson ante un comité de la Cámara de los Comunes, 30.000.000 de lib. est. en depósito y solo 3.000.000 de lib. est. en la circulación.

"En todas las crisis comerciales", dijo el Sr. Alex. Baring, "por ejemplo en 1825, no eran las demandas de los tenedores de billetes, sino las de los depositantes las más terribles."

Mientras que el Peel Act regula la cantidad de metales preciosos que se mantiene en reserva para la convertibilidad de los billetes de banco, deja a los directores el poder de disponer de los depósitos a su arbitrio. Sí, aún más. Las mismas disposiciones de esta ley pueden, como he mostrado, obligar al departamento bancario a suspender el pago de los depósitos y dividendos, mientras que en los sótanos del departamento de emisión pueden yacer metales preciosos en cualquier cantidad. Así ocurrió efectivamente en 1847. Aunque el departamento de emisión aún poseía 61.000.000 de libras esterlinas en metales preciosos, el departamento bancario sólo se salvó de la bancarrota gracias a la intervención del gobierno, que bajo su responsabilidad suspendió el Peel Act el 25 de octubre de 1847.

De modo que el resultado del Peel Act fue que el Banco de Inglaterra modificó su tipo de interés trece veces durante la crisis de 1847, y sólo dos veces durante la crisis de 1825; que, en plena crisis real, en abril y octubre de 1847, provocó una serie de pánicos monetarios, y que el departamento bancario se habría visto obligado a abandonar si no se hubiera abandonado la propia ley. No puede, por tanto, caber duda alguna de que el Peel Act agravará las circunstancias y la dureza de la crisis que se avecina.