Karl Marx

[Las potencias occidentales y Turquía –

Síntomas de una crisis económica]

[«New-York Daily Tribune» n.º 3892, del 7 de octubre de 1853]

Londres, viernes, 23 de septiembre de 1853

El «Globe» niega en su edición del 20 de septiembre la autenticidad de la información del «Journal des Débats» sobre la misión del señor Reeve, y el «Times» del miércoles reproduce el artículo del «Globe» bajo el título «Gobemoucherie» <patrañas periodísticas>, acusando con ello a la prensa francesa de hacer negocio con patrañas periodísticas. ¿Pero no ha confirmado plenamente el editorial del «Times», que examiné en mi último artículo, la información del «Journal des Débats»? ¿Ha aparecido en el «Moniteur» parisino algún desmentido? ¿No ha manifestado de nuevo la «Assemblée nationale», el mismo día en que el «Globe» acusaba de mentira a los «Débats», que

«Lord Redcliffe debía informar al sultán de que la flota inglesa entraría en los Dardanelos y la flota francesa no tardaría en seguirla, si se negaba a retirar sus modificaciones»?

¿No ha declarado expresamente el «Times», el mismo día en que reproducía el desmentido del «Globe», que

«Inglaterra y Francia no tenían derecho a interponerse entre Rusia y Turquía, sino en las condiciones propuestas por las cuatro potencias aliadas y aceptadas por Rusia, convinieran o no estas condiciones a la altanera actitud de Turquía»?

¿No decía la «Morning Post», incluso antes de que el «Journal des Débats» llegara a Londres, que

«al recibirse la respuesta del emperador de Rusia a la propuesta sobre las modificaciones de la Nota de Viena, la conferencia de los representantes de las grandes potencias se había reunido de inmediato y, el día 4 del corriente, había enviado un correo a Constantinopla con ciertas comunicaciones de la conferencia al Diván, de las cuales se esperaba que indujeran a la Puerta a aceptar la Nota de Viena»?

Finalmente, leemos en un diario matutino de hoy que

«el señor Reeve va a Constantinopla, que es el portador de mensajes de Lord Clarendon a Lord Stratford de Redcliffe y que entre él y el Ministerio de Asuntos Exteriores existen las más estrechas relaciones, ya que ha sido el enlace entre Downing Street y Printing House Square».

El hecho es que la cuestión oriental ha adquirido de nuevo un aspecto completamente nuevo desde las últimas revelaciones de la prensa francesa, y que las vergonzosas decisiones del ministerio inglés serán probablemente frustradas por acontecimientos que contradicen todos sus cálculos y expectativas.

Austria se ha desligado de la acción común con sus presuntos aliados. La Conferencia de Viena ha sido interrumpida –al menos por el momento–. Rusia ha dejado caer la máscara, que de ahora en adelante le parece inútil, y el ministerio inglés ha sido desalojado de sus últimas trincheras.

«Lord Aberdeen recomendaba», como señala acertadamente el «Liverpool Courier», «que el sultán recurriera a un fraude transparente y vil; que los participantes en la Conferencia de Viena se impusieran una reserva mental respecto a la nota, y que el sultán la interpretara en sentido figurado; es decir, que, siendo las condiciones de la nota claras y precisas y habiendo el emperador de Rusia rechazado rotundamente aceptar las modificaciones del sultán, las potencias se dispusieran a actuar de ahora en adelante como si dichas modificaciones hubieran sido aceptadas».

El señor Drouyn de Lhuys propuso a la Conferencia de Viena una nota aclaratoria, redactada en el mismo tono hipócrita, que debía ser transmitida a la Puerta; pero el conde Buol rechazó esta propuesta y declaró que era «demasiado amistosa para con la Puerta, que el tiempo de la acción común había pasado y que cada potencia era libre de actuar como le pluguiera».

De esta manera, el ministerio inglés ya no tiene la posibilidad de ocultarse tras las decisiones comunes del areópago europeo <tribunal supremo>, esa sociedad anónima que, a una palabra del ministro austriaco, desaparece tan rápidamente como fue conjurada por él. Al principio –mientras las tropas rusas no habían cruzado el Pruth– Austria no quería ninguna conferencia. Ahora, una vez que los rusos han avanzado hasta el Danubio, Austria ya no quiere la conferencia, al menos no en las condiciones originales. Por otra parte, el conde Nesselrode ha publicado dos notas circulares que ya no permiten que la nota original de Viena se apoye en ocultas «buenas intenciones» o que se interprete en otro sentido que el literal.

Las modificaciones propuestas por la Puerta han convertido toda la cuestión en «una mera disputa de palabras», trompeteaba toda la prensa ministerial.

De ningún modo, dice Nesselrode. El zar interpreta el texto original exactamente igual que el sultán. La nota original no es, ni debió ser nunca, otra cosa que una segunda edición de la nota de Menschikow, y nos atenemos al texto, a todo el texto y a nada más que al texto. El ministerial «Globe» está naturalmente asombrado por el descubrimiento de que tanto el zar como el sultán consideran la nota original como «conteniendo el reconocimiento de aquellas exigencias que Rusia había presentado, que Turquía había rechazado y que las cuatro potencias no se proponían (?) apoyar», y que «Rusia insiste en el reconocimiento absoluto de las exigencias que había planteado en un principio». ¿Y por qué no habría de hacerlo? Si fue lo bastante audaz para presentar esas reivindicaciones hace cuatro meses, ¿por qué habría de renunciar a ellas ahora, después de haber ganado la primera campaña?

El mismo «Globe» que hace unos días afirmaba que las propuestas de enmienda turcas eran sutilezas escolásticas, inútiles argucias, se ve ahora obligado a admitir que «la interpretación rusa demuestra que eran necesarias».

El primer despacho de Nesselrode no ha sido publicado aún, pero la «Morning Post» nos asegura que en él se dice que «la Nota de Viena no es más ni menos que el equivalente de la nota del príncipe Menschikow», y el «Evening Globe» añade que, por consiguiente,

«el emperador considera la Nota de Viena como algo que le asegura el reconocimiento de sus exigencias frente a Turquía y la influencia sobre el gobierno turco, que la Puerta, apoyada en las cuatro potencias, le había negado y que era el objetivo de la negociación impedir, y que el emperador jamás ha cesado de reservarse el derecho de negociar directamente y a solas con Turquía, apartando a los mediadores a quienes finge reconocer».

Nunca –ni siquiera en apariencia– ha reconocido el emperador ruso a éstos como mediadores. Permitió a tres de ellos marchar a la zaga de Austria, al tiempo que permitía a la propia Austria acudir a él como humilde suplicante.

En cuanto al segundo despacho de San Petersburgo, fechado el 7 de septiembre, que el periódico berlinés «Zeit» publicó el 18 de septiembre y que iba dirigido al barón von Meyendorf en Viena, Nesselrode tenía toda la razón al exponer en él que la nota original le había sido presentada por el enviado austriaco como un «ultimátum», a cuya aceptación se comprometió Rusia bajo la condición expresa de que fuera aceptada por la Puerta sin la menor modificación. «¿Nadie se negará a dar este testimonio a la lealtad del emperador»? Ciertamente, ha cometido una pequeña «piratería» en los principados danubianos: los ha derrotado, ocupado, gravado con impuestos, gobernado, saqueado, apropiado, devorado, a pesar de las declaraciones de Gortschakow. ¡Pero qué importa! ¿No dio, por otra parte,

«al recibir el primer proyecto de nota su aprobación por telégrafo, antes de que supiéramos si éste sería aprobado en Londres y en París»?

¿Podía esperarse más de él que confirmar telegráficamente que una nota dictada por un ministro ruso en Viena no sería rechazada por un ministro ruso en San Petersburgo? ¿Podía hacer más por París y Londres que no esperar siquiera su aprobación? Pero es que hizo más. El proyecto, cuya aceptación se dignó confirmar por telégrafo, fue «modificado» en París y Londres, y «¿retiró su aprobación o puso la menor dificultad?». Ciertamente, según su propia declaración, la nota en su «forma definitiva no es más ni menos que un equivalente de la nota del príncipe Menschikow»; pero una nota equivalente es, en todo caso, «diferente» de la original; y ¿no había él «estipulado la aceptación de la nota de Menschikow sin modificación alguna»? ¿No habría podido «por esa sola razón negarse a discutir la nueva nota»? Tampoco hizo eso. «¿Podía mostrarse una disposición más conciliadora?». El ultimátum de la Conferencia de Viena no le atañe; es asunto suyo. «A ellos corresponde considerar los retrasos que de ello se derivarán» de que el sultán no ceda. A él, por su parte, no le importa quedarse algunos meses más en los principados danubianos, donde sus tropas son vestidas y alimentadas de balde.

A Odesa no le perjudica que esté bloqueada la desembocadura del Danubio; y si la ocupación de los principados danubianos contribuye a hacer subir el precio del trigo en Mark Lane, tanto más rápidamente volverán los profanos imperiales <moneda de oro rusa de 10 rublos de plata> a la santa Rusia. Austria y las potencias deben, por tanto,

«declarar franca y firmemente a la Puerta que, de ahora en adelante, le dejan a ella sola la tarea, después de haberle abierto en vano el único camino que podía conducir al restablecimiento inmediato de sus relaciones con nosotros».

Austria y las potencias han hecho bastante por el sultán, allanando al zar el camino hacia el Danubio y cerrando a la escuadra unida el paso al Mar Negro. El «esclarecido soberano» de Nesselrode estigmatiza ahora «las inspiraciones guerreras que en esta hora parecen dominar al sultán y a la mayoría de sus ministros». Él, por su parte, preferiría sin duda que el sultán lo aceptase con calma, que recibiera a las cañoneras con tratados de paz y a los cosacos con cumplidos. «Ha agotado la medida de las concesiones sin que la Puerta haya hecho hasta ahora una sola. Su Majestad no puede ir más lejos.» Por cierto, no puede ir más lejos sin cruzar el Danubio. Nesselrode comprime toda su argumentación en un dilema verdaderamente magistral, del que no hay escapatoria. O las modificaciones exigidas por la Puerta son insignificantes, o son importantes. Si son insignificantes, ¿por qué ha de insistir la Puerta en ellas? Si son importantes, «entonces es muy sencillo que nosotros nos neguemos a aceptarlas».

«La evacuación de los principados danubianos», dice Lord Clarendon, «es una sine qua non, una condición previa de todo arreglo.» Todo lo contrario, replica Nesselrode. «El arreglo», es decir, la llegada del enviado turco que traiga la nota austriaca sin modificaciones, «es una sine qua non que debe preceder a la evacuación de los principados danubianos.»

En una palabra, el magnánimo zar está dispuesto a desembarazarse de la farsa de la Conferencia de Viena, puesto que ya no la necesita para terminar su primera campaña; pero con tanta mayor firmeza se aferrará a los Principados Danubianos, por ser éstos la condición indispensable para el inicio de la segunda campaña.

Si es cierto que —según nos enteramos hoy por despacho telegráfico— la Conferencia ha reanudado sus trabajos, las potencias volverán a cantarle a Nicolás la canción con que la multitud parisina recibió a Alejandro:

Vive Alexandre,
Vive le roi des rois,
Sans rien prétendre
Il nous donne des lois.
<¡Alejandro, colmado de honores!
Él, que a los otros príncipes gobierna,
nos deja hacer sin reparos,
y nos otorga leyes graciosamente!>

Sin embargo, el zar ya no tiene el control de los disturbios en Oriente como antes. El sultán se ha visto obligado a invocar el viejo espíritu fanático, a provocar una nueva invasión de Europa por las salvajes tribus guerreras de Asia, a no dejarse aplacar por notas diplomáticas y mentiras convencionales, y parece —incluso a través de la arrogante nota del moscovita— traslucirse algo así como temor ante las "inspiraciones guerreras" que dominan en Estambul. El manifiesto dirigido por el sultán a los musulmanes niega a Rusia toda concesión ulterior, y se dice que una delegación de ulemas ha pedido al sultán que abdique o declare la guerra de inmediato. La discordia en el Diván es muy grande, y la influencia pacificadora de Reshid Pashá y Mustafá Pashá cede ante la influencia del seraskier <ministro de la Guerra> Mehmed Alí.

La obcecación de la llamada prensa radical londinense es increíble. Después de que hace unos días se dijera que "se aplicaría todo el rigor de las leyes de Inglaterra contra las cuatro personas traidoras (contra Aberdeen, Clarendon, Palmerston y Russell)", el "Morning Advertiser" de ayer concluye uno de sus editoriales como sigue:

"Lord Aberdeen debe, por tanto, ceder el puesto a un sucesor. ¿Es necesario decir aún quién debe ser ese sucesor? Sólo uno entra en consideración, al que el país, en esta decisiva situación, considera capaz de empuñar el timón del Estado. Ése es Lord Palmerston."

¡Si el "Morning Advertiser" no es capaz de leer en los hechos y los acontecimientos, al menos debería ser capaz de leer los artículos del señor Urquhart, que se publican día tras día en sus propias columnas!

El martes por la noche se convocó en Sheffield, a raíz de una petición dirigida al alcalde, una asamblea de vecinos "para discutir el estado actual, incierto e insatisfactorio, de la cuestión de Oriente, y considerar si sería conveniente elevar a la gobernanza un memorándum en tal sentido". Se dice que una asamblea similar se celebrará en Stafford, y están en marcha muchos otros intentos para organizar manifestaciones públicas contra Rusia y el ministerio "de todos los talentos". Pero en general, la atención del público está acaparada por los tipos de descuento, los precios de los cereales, las huelgas y la incertidumbre comercial, y aún más por el cólera, que hace estragos en Newcastle y al que el departamento de Sanidad Pública de Londres sólo responde con declaraciones. Se ha promulgado una orden del gabinete que pone en vigor, para los próximos seis meses, las medidas previstas en la Ley de Epidemias en todo el reino insular; en Londres y otras grandes ciudades se están tomando a toda prisa providencias para contrarrestar este azote. Si yo compartiera las opiniones del señor Urquhart, diría que el zar ha enviado el cólera en "misión secreta" a Inglaterra para destruir el último resto del llamado espíritu anglosajón.

Un cambio asombroso se ha operado en los distritos industriales durante las últimas cuatro semanas. En julio y a principios de agosto no se veía más que una deslumbrante prosperidad, sólo ligeramente ensombrecida por la lejana nube de la "cuestión de Oriente" y, quizá un poco más, por el temor de que la escasez de fuerza de trabajo pudiera impedir a nuestros lores del algodón explotar hasta el último extremo la inmensa mina de oro de negocios rentables que se abría ante ellos. La disputa en Oriente parecía zanjada; la cosecha ciertamente podría resultar un tanto exigua, pero ahí estaba el libre comercio para mantener bajos los precios con los nunca fallidos suministros de América, del Mar Negro y del Báltico. La demanda de productos industriales aumentaba día a día. California y Australia vertían sus tesoros dorados en el regazo de la industria británica. El "Times", olvidando a Malthus y todas sus antiguas rapsodias sobre la superpoblación, discutía seriamente la cuestión de si la escasez de fuerza de trabajo y los consiguientes salarios más altos no pondrían fin a este floreciente comercio, mediante un correspondiente aumento de los costos de producción de los artículos industriales británicos, a menos que el continente suministrara legiones de obreros. Los fabricantes opinaban que a las clases trabajadoras les iba sencillamente demasiado bien; tan bien, que sus exigencias no conocían límites y su "insolencia" se hacía más insoportable día a día. ¡Pero esto precisamente era una prueba de la enorme y sin precedentes prosperidad de que disfrutaba el país; y qué otra cosa, sino el libre comercio, podía ser la causa de esta prosperidad! Mucho más importante era, sin embargo, la certeza de que el inusitadamente animado comercio era sano de raíz, de que no había existencias ni especulación desenfrenada. En este sentido solían manifestarse unánimemente los fabricantes, y obraban de acuerdo con estas opiniones: construían fábricas por centenares, encargaban máquinas de vapor de miles de caballos de fuerza, telares mecánicos por miles, husos por centenares de miles. Jamás habían sido la ingeniería y la construcción de maquinaria un negocio más lucrativo que en 1853. Firmas que en 1851 se habían arruinado por completo en su estructura interna a causa de la gran huelga, volvían ahora a recobrar su antigua posición e incluso la mejoraban; y yo podría nombrar más de una empresa de construcción de maquinaria de primera clase y renombrada que, sin este negocio jamás visto, se habría derrumbado bajo el golpe que le asestaron los constructores de maquinaria durante la última gran huelga.

Es un hecho que, en este momento, el brillante sol de la prosperidad se ve velado por oscuras nubes. Sin duda, la cambiada situación en la controversia sobre la cuestión de Oriente ha contribuido en gran medida; pero ésta afecta muy poco al comercio interior, así como al comercio con América y las colonias. El alza del tipo de descuento es menos una causa que un síntoma de que "algo huele a podrido en Dinamarca". El magro rendimiento de la cosecha y el alza de los precios de los alimentos son indudablemente causas que han contrarrestado y contrarrestarán la demanda de productos industriales en aquellos mercados expuestos al efecto de estas causas, y entre ellos ocupa el primer lugar el mercado interior, ese pilar fundamental de la industria británica. Ciertamente, en la mayoría de las regiones de Inglaterra y Escocia, el alza de los precios de los alimentos queda casi enteramente, o ya del todo, compensada por el aumento de los salarios, de modo que difícilmente puede decirse que la capacidad adquisitiva del consumidor haya menguado ya sensiblemente. Además, el aumento de los salarios ha elevado los costos de producción en aquellos ramos industriales en que predomina el trabajo manual; pero el precio de casi todos los productos industriales se había elevado hasta agosto, en virtud de la gran demanda, en una proporción bastante mayor de la que habría correspondido al aumento de los costos de producción. Todas estas causas han concurrido a hacer más lenta la marcha de los negocios; pero, en última instancia, no bastan para explicar la general inquietud de que están poseídos los fabricantes y hombres de negocios de los distritos industriales.

Lo cierto es que el engañoso hechizo del libre comercio se va desvaneciendo, y a los audaces aventureros industriales les va amaneciendo gradualmente la idea de que las convulsiones económicas, las crisis comerciales y la reaparición de la sobreproducción no son, en un país de libre comercio, tan absolutamente imposibles como habían soñado. Y la sobreproducción ha existido, existe y tiene que existir, pues existen incluso esos espantajos del "Manchester Guardian", las "existencias", y éstas siguen aumentando. La demanda de mercancías ha disminuido decididamente, mientras las provisiones crecen día a día. Las más grandes fábricas recién construidas, en las que se emplea el mayor número de obreros, no hacen más que empezar a funcionar de manera gradual. La escasez de fuerza de trabajo, las huelgas en el ramo de la construcción, la imposibilidad de entregar las enormes cantidades de maquinaria encargada, todo esto ha provocado más de un retraso imprevisto y ha pospuesto temporalmente la aparición de esos síntomas de exceso de oferta industrial que de otro modo se habrían manifestado antes. Así, la fábrica más grande del mundo, la del señor T. Salt, cerca de Bradford, no ha podido empezar a trabajar hasta esta semana, y aún pasará un tiempo antes de que toda su capacidad productiva surta pleno efecto en el mercado. De esta manera, muchas de las mayores empresas nuevas de Lancashire no estarán en condiciones de empezar a trabajar antes del invierno, mientras que será primavera, o quizás incluso más tarde, cuando en el mercado se deje sentir el pleno impacto de este nuevo y gigantesco aumento de las fuerzas productivas. Según las últimas noticias de Melbourne y Sidney, los mercados de importación se han vuelto mucho más lentos, y muchos envíos de mercancías tendrán que aplazarse ahora por tiempo indefinido. De la especulación desenfrenada iremos oyendo hablar paulatinamente, cuando se haga balance. La especulación se extiende a tan gran número de mercancías que esta vez sale a relucir menos que antes, aunque se practica en gran escala.