KARL MARX LA CUESTIÓN TURCA EN LOS COMUNES Después de haber lord John Russell diferido una y otra vez sus aclaraciones sobre la cuestión turca hasta que por fin la última semana de sesiones parlamentarias se acercaba felizmente, el lunes pasado se hizo de pronto el anuncio de que el martes haría la aclaración tan largo tiempo diferida. El noble lord estaba enterado de que el señor Disraeli había salido de Londres el lunes por la mañana. Con la misma subitaneidad presentó sir Charles Wood su bill sobre la India que había enmendado la Cámara Alta, cuando supo que sir J. Pakington y sus partidarios no estarían presentes, y fue aprobada por la cámara, escasamente nutrida, la reposición del monopolio de la sal. En tales mínimas y mezquinas tretas radica la fuerza de la táctica parlamentaria de los whigs.

El debate sobre la cuestión de oriente en la Cámara baja fue un espectáculo sumamente interesante. Abrió la representación lord J. Russell en un tono perfectamente adecuado a su papel. Este minúsculo varón, al parecer el último representante de una poderosa estirpe de whigs habló lenta, suave, apagada, monótona e insignificantemente, no como un ministro sino como un reportero policiaco que atenúa lo atroz de su informe con una elocuencia trivial, común y comercial. No fue un "alegato" sino un reconocimiento. El único rasgo conciliador de su oración fue precisamente esa rigidez tras la cual parecen esconderse algunas impresiones dolorosas, que hacían padecer al hombrecito. La misma inevitable frase de "la independencia e integridad del Imperio otomano" sonaba como una antigua remi· niscencia que se deslizaba de vez en cuando en la oración fúnebre por aquel imperio. La impresión que causaba aquel discurso, que había sido pensado como la solución del enredo de oriente, no podría juzgarse mejor que por el hecho de que los valores bajaron en París en cuanto el telégrafo transmi· tió su contenido.

Lord John tenía razón cuando afirmaba que el gobierno no necesitaba defenderse, puesto que nadie lo había atacado; en cambio la cámara se mostraba plenamente inclinada a dejar al ejecutivo las negociaciones. Efectivamente, ni un solo miembro del parlamento había presentado una moción que obligara a los ministros a intervenir en el debate, y no hubo fuera de la cámara ninguna reunión que hubiera podido impulsar a los miembros del parlamento a presentar tal moción. Siendo la política del gobierno todo secreto y burla, contaba con el callado asentimiento del parlamento y el público. El que no se publicaran los documentos mientras todavía estaban en suspenso las negociaciones era, según aseguraba lord John, una ley sagrada de la tradición parlamentaria desde siempre. Hubiera sido fati· goso seguirle en la enumeración de acontecimientos que todo el mundo conoce y que él, con su arte de enumerar en lugar de contar, no es capaz (220)

de presentar animadamente. De todos modos, hay algunos importantes puntos que antes de lord John no ha conflrmado ningún otro funcionario. Antes de la llegada del príncipe Menshikov en Constantinopla, el enviado ruso comunicó a lord John que el zar tenía la intención de enviar una misión extraordinaria a Constantinopla, que se ocuparía exclusivamente en propuestas acerca de la Santa Cruz y de los privilegios inherentes de la Iglesia ortodoxa griega. El enviado inglés en Petersburgo y el gobierno inglés no tenían ninguna sospecha relacionada con los designios de Rusia. Solamente a principios de marzo comunicó el ministro turco a lord Stratford (según afirma el señor Layard, el coronel Rose y otras muchas personas de Constantinopla estaban ya antes en el secreto) que el príncipe Menshikov había propuesto un convenio secreto1 incompatible con la independencia de Turquía, y declarado al respecto que Rusia vería como un acto de hostilidad directa contra ella si Francia e Inglaterra tenían conocimiento de ese hecho. Al mismo tiempo se decía, y no sólo como rumor sino según informes auténticos, que Rusia estaba concentrando grandes cantidades de tropa junto a la frontera con Turquía y cerca de Odesa. La nota que la Conferencia de Viena dirigió a los zares y que fue aceptada por ellos había sido preparada en París por el señor Drouyn de Lhuys, quien había tomado como base la respuesta de Reshid Bajá a la última nota rusa.

2 Austria la recibió después, el 24 de julio, en forma distinta de su propia proposición. Anteriormente la había transmitido el ministro austríaco al enviado ruso en Viena, quien la había enviado ya a San Petersburgo el 24 de julio, antes de su redacción definitiva, y sólo el 2 de agosto, después de haber dado su acuerdo el zar, fue enviada a Constantinopla. Es, pues, propiamente una nota rusa enviada al sultán por mediación de las cuatro potencias, y no una nota enviada por las cuatro potencias a Rusia y Turquía. Observa lord John Russell que esta nota no concuerda exactamente en la forma con la nota del príncipe Menshikov, pero reconoce que 1 El pnnc1pe Menshikov propuso este Convenio secreto sobre una alianza defensiva al gobierno turco al mismo tiempo que el proyecto de convención ruso-turca que debía hacer de los zares los protectores de los súbditos griegos ortodoxos del sultán.

El borrador de este convenio preveía que el zar prestaría ayuda militar al sultán en el caso de que alguna potencia quisiera impedir la realización de la convención mencionada acerca de los privilegios de la Iglesia orto· doxa griega en Turquía. El gobierno turco , apoyado por los enviados in· glés y francés en Constantinopla, declinó tanto el proyecto de convención como el del convenio secreto sobre una alianza defensiva. 2 Se trata de la respuesta del ministro de Relaciones turco , Reshid Bajá, el 1 6 (4) de junio de 1 8 5 3 , al enérgico escrito del canciller ruso Nea· selrode, el 1 9 (31 ) de mayo de 1 8 5.3 . En su respuesta rechazaba Reshid Bajá las enérgicas reclamaciones e inculpaciones contenidas en la misiva de Nesselrode. Al mismo tiempo comunicaba que el sultán estaba dispuesto a enviar a Petersburgo una misión extraordinaria para poner fin al conflicto en condiciones tales que confirmaran los privilegios de la Iglesia ortodoxa griega en Turqu ía y de forma que la soberanía del sultán no quedara afectada. tiene el mismo contenido. Y para que no quede ninguna duda añade: "El emperador cree poder conseguir lo que se propone." El proyecto no contiene ni una sola alusión a la evacuación de los principados danubianos. Dice lord John que "aunque Turquía y Rusia se pongan finalmente de acuerdo sobre esta nota, queda todavía por resolver la cuestión de la evacuación de los principados". Añade al mismo tiempo que el gobierno inglés "considera necesaria esa evacuación", pero que se le permita no exteriorizarse más acerca del modo como deba realizarse. Sin embargo, deja traslucir claramente que era probable que la flota francesa y la inglesa deberían evacuar la Besikabai* antes que los rusos los principados. "No debíamos aceptar ningún arreglo en virtud del cual pudiera verse el acercamiento de las flotas a los Dardanelos como una acción equivalente a una invasión efectiva del territorio turco. Naturalmente, si el asunto se olvida y la paz se asegura, la Besikabai dejará de ser para Inglaterra o Francia un punto de apoyo de alguna utilidad." Como ninguna persona en su sano juicio ha supuesto nunca que la flota inglesa y la francesa deberían quedarse en la Besikabai para siempre, ni que Francia e Inglaterra firmarían un pacto formal que les prohibiera avanzar por las inmediaciones neutrales de los Dardanelos, estas ambiguas y pomposas frases, si acaso significan algo, sólo puede ser que las flotas se retirarán en cuanto el sultán acepte la nota y el ruso prometa evacuar los principados.

Dice lord John: "Cuando el gobierno ruso ocupó los principados declaró el Austria que de acuerdo con el convenio de 1841 era indispensable que los representantes de las potencias se reunieran en conferencia y se esforzaran en hallar caminos pacíficos para el obvio de las dificultades surgidas, porque de otro modo estaría en peligro la paz de Europa." Al contrario de esto declaró lord Aberdeen unos días antes en la Cámara alta y además, como hemos sabido por otras fuentes, en una nota formal enviada en junio a los gobiernos de Constantinopla y San Petersburgo, que "el convenio de 1841 de ninguna manera impone a las potencias firmantes la obligación de ayudar a la Puerta en fonna efectiva [pero sí renunciar de momento al paso por los Dardanelos) y que el gobierno de Su majestad se reservaba el intervenir o no, según juzgara y de acuerdo con sus intereses". Lord Aberdeen rechaza todas las obligaciones para con Turquía sólo para no tener que hacer valer ningún derecho respecto de Rusia. Termina lord John Russell con la "consoladora seguridad" de que el término de las negociaciones se acercaba. En este momento esto nos parece demasiado confiar, si consideramos que la nota rusa convenida en Viena, que Turquía debe presentar al zar, no ha sido aceptada en absoluto por el sultán y que el sine qua non de las potencias occidentales, a saber la evacuación de los principados danubianos, todavía ni siquiera se le ha presentado al zar seriamente. El señor Layard, el primer orador que se levantó para responder a lord Jonh, pronunció el discurso mejor, con mucho, y el más vigoroso; audaz, breve y conciso, pleno de contenido, de material fáctico, demostró * Ensenada situada al sur de los Dardanelos.

que el distinguido erudito conocía a Nicolás tan bien como a Sardanápalo y las actuales intrigas en oriente tanto como las misteriosas tradiciones de su pasado.

Lamentó el señor Layard que Lord Aberdeen "en diferentes ocasiones y lugares ha declarado que su política se basaba esencialmente en la paz "

.

Si Inglaterra vacila en defender su honor y sus intereses manu militari, dejará crecer una potencia tan anárquica como Rusia, con una arrogancia que tarde o temprano conducirá irremediablemente a la guerra. La conducta actual de Rusia no debía considerarse algo casual y transitorio, sino parte y componente de un plan político de gran envergadura. En cuanto a las "concesiones" hechas en Francia y las "intrigas" del señor de Lavalette, no podían ofrecer a Rusia el menor pretexto, porque "la Puerta entregó ya hace varios días, si es que no semanas, al señor Titov un proyecto de ímnán que contiene las concesiones reclamadas ahora por Rusia, y no pudo ponerse objeción de ningún tipo al tenor de este firmán". Los planes de Rusia en relación con Servia, Moldavia y Valaquia y la población cristiana de Turquía no debían entenderse mal. Inmediatamente después de su entrada oficial en Constantinopla exigió el príncipe Menshikov el despido de Garashanin3 de su puesto de ministro en Servia. Se acce· dió a su deseo, aunque el sínodo servio protestó. El señor Garashanin era uno de los que habían subido con la sublevación de 1842; aquel movimiento nacional contra la influencia rusa que barrió al príncipe Miguel de Servia, entonces en el poder y que había sido, junto con su familia, un mero instrumento en manos de Rusia En 1843 se arrogó ésta el derecho de intervenir en Servia. No autorizada por ningún convenio y de ninguna manera para ello, recibió de lord Aberdeen, entonces ministro de Relaciones, los plenos poderes, cuando el lord declaró que "Rusia tiene el derecho de interpretar sus convenios como mejor le parezca". Dijo el señor Layard: "Rusia demuestra con su éxito en estas negociaciones que domina en Servia y que a toda nacionalidad que aspire a la independencia debe ponérsele un freno."

En los principados danubianos aprovechó Rusia primero el moví· miento nacional de 1848 obligando a la Puerta a expulsar a toda persona que representara ideas liberales y de independencia. Después impuso al sultán el convenio de Balta-Liman,4 por el cual confirmaba su derecho a in3 El partido antirruso en Servia, con Garashanin a la cabeza, se orlen· taba hacia el apoyo por las potencias occidentales. A principios de 1 853 , el príncipe Alejandro de Servia, por instigación del príncipe Menshikov, entonces embajador extraordinario de Rusia en Constanth1opla , había depuesto a Garashanin de los cargos de jefe del gobierno y ministro de Relaciones. La lucha de los distintos partidos políticos condujo en 1 853 a la judización de la situación política interior de Servia. Convenio entre Rusia y Turquía, del 1 de mayo de 1 849, a propó· sito de la presencia de sus tropas en Moldavia y en Valaquia . Las tropas habían sido enviadas allí para sofocar el movimiento revolucionario. De acuerdo con la Convención, el régimen de ocupación debía mantenerse hasta que el peligro revolucionario quedara completamente extinguido (las tropas extranjeras sólo se retiraron de los principados en 1 8 51 ). Según t.ervenir en todos los problemas int.emos de los principados danubianos; "y su actual ocupación de los mismos ha demostrado que Moldavia y Valaquia son ahora de hecho provincias rusas".

Todavía quedan los griegos en Turquía y los eslavos en Bulgaria de confesión cristiana.

"Se ha apoderado de los griegos un espíritu de crítica e independencia que, junto con sus relaciones comerciales con los estados libres de Europa, ha provocado la constemación del gobierno ruso. Había también otro motivo, que era la difusión del prot.estantismo entre los cristianos de orient.e. La influencia y las enseñanzas de los misioneros nort.eamericanos debe considerarse causa principal, ya que apenas queda una ciudad important.e en Turquía en que no haya ya el núcleo de una comunidad protestant.e. (Otra razón para la int.ervención nort.eamericana.] El clero ortodoxo griego, tras del cual estaba la misión rusa, hizo cuanto le fue posible para estorbar ese movimiento, y como todas las persecuciones resultaran inútiles, se presentó el príncipe Menshikov. Era la finne int.ención de Rusia erradicar el espíritu de la independencia religiosa y política que en los últimos años empezó a manifestarse entre los súbditos cristianos de la Puerta."

En relación a la erección de un llamado Imperio griego con Constantinopla por capital, el señor Layard, que naturalment.e habla de los griegos sólo como distintos de los eslavos, comprueba que apenas hay 1 750 000 griegos; que los eslavos y búlgaros hace años que se esfuerzan con sumo celo en romper toda conexión con ellos negándose a tener sacerdot.es de nacionalidad griega en calidad de religiosos y obispos; que los servios crearon su propio patriarcado en lugar del de Constantinopla; y que significaría entregar toda Turquía a Rusia el que los griegos se establecieran en Constantinopla. En la cámara se alzaron voces para declarar que no tenía importancia el que Constantinopla estuviera o no en manos de Rusia¡ pero el señor Layard replicó que si caía Constantinopla, todas las grandes provincias de que se compone Turquía, como por ejemplo Anatolia, Siria y Mesopotamia, serían presa del caos y la anarquía. La pot.encia en cuyas manos cayeran dominaría también la India. La potencia que domine Constantinopla siempre será considerada la dueña del mundo en orient.e. Por lo demás, Rusia comprendía que ningún estado europeo le pennitiría ahora tomar posesión de Constantinopla. "De momento, pues, se esfuerza en hacer imposible la existencia en esas tierras de toda nac ionalidad independient.e, pero en minar lenta y seguramente la pot.encia turca y mostrar a cuantos se opongan a sus planes que toda resistencia de ese tipo no sólo es inútil sino que provocar ía su venganza .

En suma, hará imposible la Convención, los hospodares serían nombrados por un acuerdo entre los zares y el sultán ; además se habían previsto una serie de medidas por parte de Rusia y Turquía, entre ellas una nueva ocupación militar de los princi· pados en el caso de que se produjeran nuevos sucesos revolucionarios. En otro lugar expone Marx libremente el contenido del artículo 4 de la Convención. todo gobierno que no sea el suyo en Turquía. Esta vez sus designios se han logrado plenamente."

El señor Layard expuso que el gobierno, después de haber el príncipe Menshikov requerido un convenio secreto y hecho Rusia grandes preparativos bélicos en la frontera y en Odessa, se había dado por satisfecho con las explicaciones y seguridades dadas en San Petersburgo y había olvida· do declarar que Inglaterra y Francia considerarían casus belli el paso del Pruth; y tampoco había prohibido a Rusia entrar en pactos o negociaciones con Turquía sin la cooperación de Inglaterra. "Si hubiéramos dado ese paso, Rusia nunca hubiera osado pasar el Pruth."

El señor Layard prosiguió diciendo que la independencia de los principados unidos con Besarabia y protegidos por Hungría en definitiva era el único medio para proteger a Constantinopla de los rusos y dividir a la dilatada raza eslava en dos partes. Opina que Rusia evacuará los principados. "Rusia pensará que no vale la pena entrar en guerra con las grandes potencias de Europa por estas provincias que en realidad le pertenecen en todo y por todo. Rusia ha obtenido sin disparar un tiro lo que de otro modo le hubiera costado una gravosa y sangrienta campaña; ha consolidado su potencia en oriente y humillado a Turquía; la ha obligado a soportar todos los gastos de la guerra y ha agotado totalmente sus expedientes; pero, lo que es todavía más importante, ha rebajado a Inglaterra y Francia a los ojos de sus propios súbditos y de los pueblos de oriente." La nota redactada por la Conferencia de Viena tendrá por resultado, según Layard, que "si la Puerta no la satisface, Rusia se volverá hacia nosotros y hará de nosotros sus aliados contra Turquía, para obligar a ésta a aceptar la injusta proposición. Pero si la Puerta acepta, Inglaterra tiene el derecho de sancionar directamente a Rusia por intervenir en los asuntos de doce millones de cristianos súbditos de la Puerta. . . Según nos planteamos la cuestión, una cosa es segura, y es que vamos a la zaga, mientras que es Rusia sola la que hace el papel principal. . . Tuvimos una ocasión, que tal vez nunca vuelva a presentarse, de resolver esta gran cuestión oriental en forma decente. . . y en lugar de eso dejamos que Rusia asestase un golpe del que Turquía nunca se repondrá. . . Pero éste no será el único resultado de la política de nuestro país. Suecia, Dinamarca y todos los estados débiles de Europa, que hasta ahora contaban con el apoyo de nuestro país, verán que en adelante será en vano querer defenderlos de Rusia". Aquí hizo sir John Parkington unas observaciones que tienen importancia, por representar una manifestación de las opiniones de la oposición tory. Lamentaba que lord John Russell no pudiera comunicar nada satisfactorio a la Cámara y la población. Aseguró al gobierno que su decisión de considerar la evacuación de los principados sine qua non "contará no sólo con el apoyo de estaCámara sino además con el apoyo casi totalmente unánime del pueblo de nuestro país". Hasta la publicación de los documentos tendría que seguir ateniéndose a su juicio sobre la política que había aconsejado a Turquía no considerar casus belli la ocupación de los principados, que no había intervenido ya con mayor vigor y en forma máSdecisiva y que había dañado a los intereses de Turquía y Gran Bretaña y su comercio durante seis meses de neg<>9aciones prolongadas y ahora los tenía en suspenso. Lord Dudley Stuart se lanzó a una de sus caras declamaciones democráticas, seguramente más edificantes para el lector que para el auditor. Sus ampulosas frases son como globos aerostáticos; si uno las aprieta en la mano no queda nada, ni siquiera el aire que hacía algo de ellas. Repitió las afirmaciones ya muy repetidas sobre las reformas en Turquía y sobre el mayor liberalismo del gobierno del sultán in puncto a religión y comercio en comparación con Rusia. Dijo con razón que no tenía objeto alabarse de paz mientras los desdichados habitantes de los principados danubianos estaban todavía viviendo los horrores de la guerra. Europa debía proteger a los habitantes de esas provincias de la temible opresión de que eran vícti· mas ahora. Apoyándose en hechos de la historia del Parlamento demostró que los miembros de la cámara tenían el derecho de hablar aun cuando todavía estuvieran en curso las negociaciones. Casi no olvidó mencionar nada de cuanto todo fiel y constante lector del Daily News tiene costumbre de leer. En su discurso había dos puntadas: "Si bien la declaración del noble lord [J. Russell) no era muy amplia, pues no había dicho en la Cámara más que lo que ya se sabía antes, precisamente por lo que había callado se llegaba, desgraciadamente, a la conclusión de que el noble lord había cometido algo de lo que debería auergonzarse." El conde de Aberdeen "había dicho ciertamente que la paz se había conservado durante treinta años con gran ventaja para la libertad y la prosperidad de Europa, pero [Dudley Stuart] niega que la paz haya favorecido a Europa. ¿Dónde quedaban, pregunta él, Polonia, Italia, Hungría y la misma Alemania? Arrebatado por su propia verborrea, tercero y fatal don de este tipo de oradores, el democrático lord no veía más fin que el de que los déspotas del continente llegaran a tener sus monarquías, "que latían en los corazones de sus súbditos".

El señor M. Milnes, vasallo ministerial, en cuya frente est.á escrito "no hablen de él de otro modo que como de una propiedad",* no se atrevía a pronunciar un discurso ministerial decidido. Su oración estaba compuesta de por-una-parte y por-otra-parte. Por una parte, le parecía que los ministros, al retener Jos documentos en Ja cámara "obraban con mucha prudencia y precaución", por otra parte les daba a entender que hubiera sido "más enérgico y decidida" si hubieran obrado de otra manera. Por una parte opinaba que el gobierno hubiera tenido razón en aceptar las pretensiones rusas; por otra parte Je parecía cuestionable que el gobierno hubiera alentado hasta cierto punto a Turquía a una política que no estaba dispuesto a apoyar, etc. Finalmente descubría que "cuanto más reflexiona en estas cosas, más reconoce las extraordinarias dificultades" que se ofrecen a su entendimiento. . . y cuanto menos las entiende, mejor comprende la actitud expectante del gobierno. Después de los subterfugios y la falta de recursos del señor Monckton Milnes, la ruda sinceridad del señor Muntz, diputado por Birminham y uno de los personajes impóitantes del parlamento de reforma de 1831, nos pareció verdaderamente un alivio: "Una vez el embajador holandés hizo a Carlos 11 una propuesta muy desagradable, y el rey exclamó: - ¡Dios me * Shakespeare , Julio César, acto cuarto, esceaa primera. valga! ¡A Oliver Cromwell nunca le propuso usted una cosa semejante! -No, repuso el embajador, pero usted es otro hombre que Oliver Cromwell Si nuestro país tuviera ahora un hombre como Oliver Cromwell, tendríamos otro ministro y otro gobierno muy distintos, y Rusia nunca hubiera invadido las provincias danubianas. El emperador de Rusia sabía que Inglaterra no se dejaría por nada empujar a una guerra: véase Polonia, véase Hungría. Inglaterra cosechó ahora los frutos de su conducta con esos países. La situación de Inglaterra en lo tocante a su política exterior le parecía muy censurable y sumamente insatisfactoria. Creía además que el pueblo inglés se sentía degradado y que todo sentimiento de honor se reducía para el gobierno a consideraciones de libras esterlinas, chelines y peniques. El gobierno se ocupaba hoy exclusivamente en la cuestión de cuánto costaría una guerra y si les parecería conveniente a los distintos comerciantes del país."

Como da la casualidad de que Birrningham es el centro de la fabricación de armas y su población vive de la venta de armamento, los birrninghameses se burlan, naturalmente, de los pacíficos algodoneros de Menchester. El señor Blackett, diputado de Newcastle-upon-Tyne, no creía que los rusos fueran a evacuar los principados danubianos. Y advertía al gobierno que no se dejara llevar por simpatías o antipatías dinásticas. Apremiados por todas partes y por los representantes de todas las tendencias, los ministros sesionaban taciturnos, tristes, abatidos y quebrantados, cuando súbitamente se alzó Richard Cobden para felicitarlos de haberse convertido en partidarios de la paz. Y aplicaba ahora sus tesis al caso presente, en que hizo gala de ingeniosa sagacidad, de la hermosa sinceridad del monómano de todas las contradicciones del ideólogo y de toda la calcu· ladora cobardía del tendero . Proclamaba en alta voz lo que el ministerio a menudo hacía, lo que el Parlamento consentía en silencio y lo que las clases dominantes permitían hacer al gobierno y aceptar al Parlamento. El temor a la guerra le infundió por primera vez algo semejante a ideas históricas. Denunció el secreto de la política burguesa y por eso fue considerado traidor. Puso sin miramientos a la burguesía inglesa ante el espejo, y como la imagen no era nada halagüeña, lo silbaron ignominiosamente. Fue inconsecuente, pero en su misma inconsecuencia resultaba consecuente. ¿Dependía de él si las pomposas frases tradicionales del pasado aristocrático no armonizaban con los pusilánimes hechos de la actualidad jugadora de bolsa? Empezó declarando que en la cuestión en sí no había diferencias de opinión. "Pero el asunto de Turquía creaba visiblemente una gran intranquilidad." ¿Por qué? En el curso de los últimos veinte años se había ido robusteciendo más y más el convencimiento de que los turcos europeos eran verdaderamente intrusos en Europa; que su patria no era Europa, sino Asia; que en los estados civilizados no podía existir la religión de Mahoma; que no estábamos en condiciones de defender la libertad de un país que no era capaz de defenderla por sí mismo; que era un hecho que en la Turquía europea había tres cristianos por cada turco. "No deberíamos seguir una política por la cual la Turquía de Europa asegure su independencia respecto de Rusia, a menos que la gran masa de la población comparta con nosotros el deseo <!e impedir que otra potencia ocupe ese país. . . Sin duda deberíamos enviar nuestra flota a la Besikabai y tener alejados a los rusos, porque Rusia no querrá entrar en conflicto con una potencia marítima; pero sólo continuaríamos así incesantemente los ingentes preparativos de guerra sin por ello resolver la cuestión oriental. . . Se trata de saber qué será de Turquía y de su población cristiana. El mahometismo no podría subsistir allí, y nos dolería mucho si tuviéramos que ver a nuestro país luchando en Europa en favor del mahometismo." Lord Dudley Stuart dijo que había que salvar a Turquía por mor del comercio. Él (Cobden) no estaba dispuesto a guerrear por las tarifas aduaneras. Consideraba los principios del libre comercio demasiado poderosos como para que hubiera que ir a la guerra por ellos. Las exportaciones a Turquía habían sido sobrestimadas. Era un pequeña parte de ellas la que consumían los países dominados por Turquía. "Todo el comercio que hacemos en el mar Negro se lo debemos al avance ruso por la costa turca. Nuestro trigo y nuestro lino no lo recibimos ahora de Turquía sino de Rusia. ¿Y si Rusia no nos enviara tan fácilmente su cáñamo, su trigo y su sebo al continuar sus ataques contra Turquía? Comerciábamos con Rusia en el Báltico. . . ¿Qué perspectivas nos presenta el comercio con Turquía? . . . Era un país sin carreteras. Los rusos eran los mejores comerciantes. Pensemos nada más en San Petersburgo, con sus muelles, sus astilleros y sus graneros. . . Y ¿qué alianza nacional podríamos formar con un país como Turquía? . . . También se habló del equilibrio de las potencias. Era éste un aspecto político de la cuestión. . . Se habló mucho del poderío de Rusia y del peligro que representaba para Inglaterra el que Rusia ocupara los países del Bósforo. Era cosa de locura oír hablar de que Rusia vendría a meterse en Inglaterra. Rusia no podría llevar ningún ejército más allá de sus fronteras sin un préstamo de Europa occidental. . . Un país tan pobre que -comparado con Inglaterra- no era en realidad más que un montón de pueblecitos reunidos al azar, sin capital y sin medios, nunca podría llegar a acercarse a nosotros, ni a Francia ni a los Estados Unidos. . . Inglaterra era ahora diez veces más poderosa que antes y estaba en condiciones mucho mejores para oponer resistencia a los ataques de un país como Rusia." Y ahora detallaba Cobden cómo los peligros de una guerra para Inglaterra en su situación actual eran incomparablemente mayores que en épocas anteriores. La población industrial de Inglaterra había crecido mucho, Inglaterra dependía mucho más de la exportación de sus productos y de la importación de materias primas. Ya no tenía el monopolio de la industria. La abolición de las leyes de navegación5 hubiera expuesto a Inglaterra a la 5 Leyes de navegación promulgadas por Cromwell en 1651 y renovadas o completadas después varias veces, estaban dirigidas especialmente contra el comercio de tránsito holandés y tenían por objeto consolidar el dominio colonial inglés. Disponían que las mercancías más importantes de Europa, así como todas las de Rusia y Turquía sólo pudieran introducirse en barcos ingleses o del país de origen, y que la navegación de cabotaje inglesa se reservase totalmente a los barcos ingleses. Estas leyes fueron abolidas entre 1 7 93 y 1 854.

competencia mundial no sólo en la navegación sino en cualquier otro respecto. "Daba qué pensar al señor Blackett el que ningún puerto había de padecer más que el representado por él. El gobierno hubiera obrado prµdentemente en no escuchar el griterío de personas que no pensaban. . . El no criticaba la voluntad del gobierno de garantizar la inviolabilidad del Imperio turco, porque tal había sido la política tradicional. . . Al gobierno actual se le tendría en mucho el haber sido tan pacífico como la población se lo permitía."

Richard Cobden fue el verdadero protagonista del drama y como tal tuvo el trágico destino de todos los héroes. Pero después llegó el falso héroe, el foco de todos los engaños, el hombre de las mentiras elegantes y de las promesas cortesanas, embocadura para todos los gritos valientes que se lanzan huyendo : Lord Palmerston. Aquel anciano experto e intrigante polemista vio a la primera ojeada que el culpable podría escapar a la sentencia si él desmentía a su abogado. Vio que el ministerio atacado por doquier podría cambiar de opinión si arremetía en un ataque brillante contra la única persona que había osado defenderlo y si renunciaba a las únicas razones que tal vez hubieran podido servir de disculpa para su política. Nada más fácil que señalar las contradicciones de Cobden. Había empezado éste por expresar su cabal concordancia con los oradores anteriores y había terminado apartándose de ellos en todo punto. Había defendido la inviolabilidad de Turquía y después hecho to¡Jo cuanto pudo para demostrar que en realidad no merecía ser defendida. El, el apóstol de la paz, había aprobado los ataques de Rusia. Rusia era débil, pero una guerra con Rusia podía entrañar la ruina segura para Inglaterra. En Rusia un montón de aldeas esparcidas al azar, pero Constantinopla era una ciudad más hermosa que San Petersburgo, y por eso tenía Rusia el derecho de ocuparla. Cobden era ciertamente partidario del libre cambio, pero prefería el sistema aduanero protegido de los rusos al libre comercio turco. Podía Turquía consumir por sí misma las mercancías que importaba o ser sólo el canal para su transporte a otras partes de Asia, pero ¿era indiferente para Inglaterra que continuara el libre acceso a ella? El señor Cobden, el ardiente defensor del principio de la no intervención, quería ahora decidir en el Parlamento los destinos de mahometanos, griegos y otras razas del Imperio turco. Y lord Palmerston exageraba ahora los adelantos de Turquía y las fuerzas de que podía disponer. "Turquía, ciertamente, no tiene polacos ni circasianos." Pero siendo tan fuerte Turquía, tenía naturalmente que gustarle a lord Palmerston que Rusia ocupara algunas de sus provincias. Un Imperio fuerte puede aguantarlo todo. Y demostraba lord Palmerston a Richard Cobden, que tampoco había ningún motivo razonable para proceder como lo habían hecho lord Palmerston y sus colegas, y tras de haber arrancado entusiastas aplausos en recompensa a sus alegatos, el anciano malabarista se retiró con esta desvergonzada frase con que se contradecía a sí mismo: "Basta para mi satisfacción que Turquía tenga los elementos para vivir y prosperar, y creo que la política seguida por el gobierno de Su Majestad es razonable, que merece el aplauso del país y que seguirla será la obligación de todo gobierno inglés. [Aplausos. ]" Palmerston fue grande en su "temerosa obstinación", como dice Shakespeare.* Mostró, según dijera Sidney, "un tímido arrojo que, con decisión, podría hacer aquello que le consta que no sabía cómo hacerlo". [Karl Marx, The Turkish question in the Communs, New York Daily Tribune, núm. 3862, del 2 de septiembre de 1853. Incluido en MEW, t. 9, pp. 273-285. Traducido del alemán por Félix Blanco.] * Shakespeare, Julio César, acto v, escena primera.