Friedrich Engels

La cuestión turca

Escrito a finales de marzo de 1853.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 3746, del 19 de abril de 1853, editorial]

No hace mucho que el público de Europa occidental y los americanos han podido formarse un juicio medianamente exacto sobre los asuntos turcos. Hasta la insurrección griega, Turquía era, en todos los sentidos, Terra incognita <tierra desconocida>, y las ideas generales en circulación se basaban más en los cuentos de «Las mil y una noches» que en hechos históricos. Cierto es que los diplomáticos oficiales que habían estado en el país se jactaban de poseer conocimientos más precisos; mas como ninguno de ellos se había tomado la molestia de aprender turco, eslavo meridional o griego moderno, tampoco era gran cosa lo que sabían, y todos dependían, por tanto, de los informes parciales de intérpretes griegos y de comerciantes francos. Además, aquellos diplomáticos haraganes malgastaban constantemente su tiempo en toda suerte de intrigas. Sólo Joseph von Hammer, el historiador alemán de Turquía, constituye una loable excepción. Aquellos señores no se preocuparon del pueblo, de las instituciones ni de las condiciones sociales del país; sus relaciones se limitaban a la corte y, sobre todo, a los fanariotas griegos, esos astutos intermediarios entre dos partes, ninguna de las cuales conocía las verdaderas circunstancias, el poder ni los recursos de la otra. Desde hace mucho tiempo, y de modo curioso aún hoy, las ideas y opiniones tradicionales que se apoyan sobre tan mísera información constituyen, en su mayor parte, la base de todas las acciones de la diplomacia occidental frente a Turquía.

Pero mientras Inglaterra, Francia y, por mucho tiempo, incluso Austria andaban a tientas en la oscuridad de su política oriental, todas ellas se dejaban burlar por otra potencia. En Rusia, país de naturaleza, modo de vida, tradiciones e instituciones semiasiáticas, abundaban las personas que tenían un entendimiento acertado del verdadero estado y carácter de Turquía. Compartían la misma religión que nueve décimas partes de los habitantes de la Turquía europea; su idioma era casi el mismo que el de siete millones de súbditos turcos, y la conocida facilidad con que un ruso aprende a hablar lenguas extranjeras, aun sin llegar a dominarlas por completo, permitía a los bien pagados agentes rusos familiarizarse a fondo con los asuntos turcos. El gobierno ruso supo aprovechar muy pronto esta situación extraordinariamente favorable en el sudeste de Europa. Centenares de agentes rusos recorrían Turquía, atrayendo la atención de los cristianos griegos hacia el soberano ortodoxo como cabeza, protector natural y futuro libertador de la oprimida Iglesia oriental; a los eslavos del sur, a su vez, les mostraban a ese mismo soberano como el omnipotente zar que, tarde o temprano, reuniría bajo un solo cetro a todas las tribus de la gran raza eslava y las convertiría en la raza dominante de Europa. El clero de la Iglesia greco-ortodoxa no tardó en formar una sola y vasta conspiración para difundir estas ideas. El levantamiento serbio de 1804 y la sublevación griega de 1821 fueron instigados, más o menos directamente, por el oro y la influencia rusos, y allí donde cualquier bajá turco alzaba la bandera de la revuelta contra el gobierno central, no faltaban intrigas ni fondos rusos. Y mientras los diplomáticos occidentales, que no sabían de la verdadera situación en Turquía más que del hombre de la luna, se devanaban vanamente los sesos con ello, se declaraba la guerra, las tropas rusas entraban en los Balcanes y, pedazo a pedazo, se arrancaban territorios al Imperio Otomano.

Cierto es que en los últimos treinta años se ha hecho mucho para ilustrar al público sobre las circunstancias de Turquía. Filólogos y críticos alemanes nos han dado a conocer su historia y su literatura; residentes y comerciantes ingleses han recogido multitud de datos sobre las condiciones sociales del Imperio turco. Pero para los diplomáticos que se las dan de archisabidos, todo esto parece no existir, y se aferran con toda la tenacidad posible a las tradiciones que creó la lectura de la literatura de cuentos orientales y que son completadas por los informes no menos maravillosos que difunde la más corrupta banda de desalmados mercenarios griegos que jamás haya existido.

Y, naturalmente, ¿qué tenía que resultar de ello? Que, gracias a la ignorancia, la pereza, la constante inconstancia y la cobardía de los gobiernos de Europa occidental, Rusia ha ido imponiendo consecuentemente, en todos los puntos esenciales, uno tras otro sus designios. Desde la batalla de Navarino hasta la actual crisis de Oriente, cualquier acción de las potencias occidentales quedó frustrada, o bien por disputas intestinas, nacidas en su mayoría de la común ignorancia de los asuntos orientales y de mezquinos celos que a la mentalidad oriental tenían que resultar del todo incomprensibles, o bien cada acción sirvió directamente al interés de Rusia. Y no sólo los griegos —de Grecia y de Turquía—, también los eslavos ven en Rusia a su protector natural; e incluso el gobierno de Constantinopla, que una y otra vez desespera de hacer comprender a esos diplomáticos occidentales —que se envanecen de su absoluta incapacidad para aprender a juzgar las cosas turcas con sus propios ojos— sus respectivos apuros y su verdadera situación, incluso ese gobierno turco se ve constantemente obligado a apelar a la clemencia de Rusia y a buscar refugio en la potencia que confiesa abiertamente su firme propósito de echar a todos los turcos más allá del Bósforo y de plantar la cruz de San Andrés sobre los minaretes de Santa Sofía.

A despecho de la tradición diplomática, estas constantes y exitosas injerencias de Rusia han acabado por suscitar en los gabinetes de las potencias occidentales europeas un temor muy leve y remoto ante el peligro que se avecina. Ese temor engendró el gran remedio universal de la diplomacia: que el mantenimiento del statu quo en Turquía es una condición indispensable para la paz del mundo. La jactanciosa incapacidad de algunos estadistas modernos no podría haber manifestado con mayor nitidez su ignorancia y su impotencia que mediante este axioma que, aunque siempre fue letra muerta, en el breve lapso de veinte años ha sido santificado por la tradición y se ha vuelto tan venerable e incuestionable como la Magna Carta del rey Juan. ¡Mantenimiento del statu quo! Y sin embargo, precisamente para mantener el statu quo, Rusia atizó la insurrección en Serbia, independizó a Grecia, se apropió del protectorado de Moldavia y Valaquia y retuvo para sí una parte de Armenia. Inglaterra y Francia no se movieron mientras ocurría todo esto; dieron señales de vida una sola vez: en 1849, cuando protegieron, no a Turquía, sino a los refugiados húngaros. Para la diplomacia europea, e incluso para la prensa europea, toda la cuestión de Oriente se reduce al dilema: o los rusos en Constantinopla, o el mantenimiento del statu quo; más allá de eso, no existe nada para ellos.

Examínese, a modo de ilustración, la prensa londinense. Ahí tenemos al «Times», que se pronuncia por el desmembramiento de Turquía y declara que la raza turca es incapaz de seguir gobernando este hermoso rincón de Europa. Con su habilidad de siempre, el «Times» ataca audazmente la vieja tradición diplomática del statu quo y declara imposible su perduración. Todo el talento de que dispone este periódico se emplea para demostrar esa imposibilidad desde los más diversos puntos de vista y para movilizar las simpatías británicas hacia una nueva cruzada contra los restos de los sarracenos <en la Edad Media, designación de los mahometanos, en especial árabes y turcos>. Es innegable el mérito de este despiadado ataque contra una frase vacía y venerable que dos meses atrás todavía era sagrada para el propio «Times». Pero quien conoce este periódico sabe también que esta inusitada osadía se despliega directamente en interés de Rusia y Austria. Las razones irrefutables que aduce en sus columnas en pro de la completa imposibilidad de mantener a Turquía en su estado actual no sirven a otro fin que el de preparar al público inglés y al mundo para el momento en que la más importante disposición del testamento de Pedro el Grande —la conquista del Bósforo— se convierta en un hecho consumado.

El «Daily News», órgano de los liberales, defiende el punto de vista contrario. El «Times» arranca a la cuestión, por lo menos, un aspecto nuevo y acertado, aunque luego lo tergiverse con fines egoístas. Pero el sano sentido común que impera en las columnas del periódico liberal no pasa de ser de índole más bien casera. El «Daily News» no ve más allá de la punta de su propia nariz. Tiene claro que, en las actuales circunstancias, un desmembramiento de Turquía llevaría a los rusos a Constantinopla y que ello sería una gran desgracia para Inglaterra; que el comercio en el mar Negro quedaría arruinado y que serían necesarios nuevos refuerzos para las bases y la flota inglesas en el Mediterráneo. En consecuencia, el «Daily News» se esfuerza por despertar el miedo y la indignación del público inglés. ¿No es acaso la partición de Turquía un crimen tan grande como el reparto de Polonia? ¿No gozan los cristianos en Turquía de más libertad religiosa que en Austria y Rusia? ¿No es el gobierno turco un gobierno benévolo y paternal, bajo cuyo cetro las distintas naciones, confesiones y corporaciones locales pueden dedicarse tranquilamente a sus asuntos? ¿No es Turquía un paraíso en comparación con Austria y Rusia? ¿No hay allí seguridad para la vida y la propiedad? ¿Y no es el comercio inglés con Turquía mayor que con Rusia y Austria juntas, y no crece de año en año? Y así sucesivamente, en auténticos ditirambos, hasta donde el «Daily News» puede ser ditirámbico, y en apoteosis de Turquía, de los turcos y de todo lo turco, que a la mayoría de sus lectores tienen que resultar del todo incomprensibles.

La clave de este extraño entusiasmo por los turcos se encuentra en las obras del señor David Urquhart, miembro del Parlamento. Este gentleman de ascendencia escocesa, lleno de recuerdos medievales y patriarcales de su tierra natal, aunque con la educación moderna de un inglés civilizado, tras haber combatido tres años en Grecia contra los turcos, llegó a Turquía y se convirtió allí de inmediato en uno de sus más fervientes admiradores. El romántico montañés se sintió completamente en casa en las gargantas del Pindo y los Balcanes. Sus obras sobre Turquía, aunque llenas de valiosa información, pueden resumirse en tres paradojas, que rezan casi literalmente como sigue: Primera, si el señor Urquhart no fuera súbdito británico, con toda seguridad preferiría ser turco; segunda, si no fuera calvinista presbiteriano, no querría pertenecer a otra religión que el Islam; y tercera, Inglaterra y Turquía son los dos únicos países del mundo que gozan de autogobierno y de libertad burguesa y religiosa. Este mismo Urquhart se ha convertido, desde entonces, en la gran autoridad en cuestiones de Oriente para todos los liberales ingleses que se oponen a Palmerston, y es también quien suministra al Daily News el material para sus panegíricos a Turquía.

El único argumento de este lado de la cuestión que merece atención es el siguiente: «Se dice siempre que Turquía está en decadencia, pero ¿en qué se manifiesta esa decadencia? ¿No se difunde la civilización, no se extiende rápidamente el comercio en Turquía? Donde vosotros no veis más que decadencia, las estadísticas nos muestran solo progreso.» Sin embargo, sería muy engañoso cargar el creciente comercio del mar Negro única y exclusivamente a la cuenta de Turquía, y no obstante aquí se hace exactamente como si se calculara la capacidad comercial e industrial de Holanda, vía de acceso a la mayor parte de Alemania, por sus exportaciones e importaciones brutas, que en sus nueve décimas partes representan mero tráfico de tránsito. Y con todo, lo que cualquier estadístico rechazaría de inmediato como una burda falsificación respecto a Holanda, es lo que toda la prensa liberal inglesa, incluido el docto Economist, intenta hacer creer al crédulo público en relación con Turquía.

¿Y quiénes son los comerciantes en Turquía? Seguro que no los turcos. Cuando aún vivían en su primitivo estado nómada, su manera de comerciar consistía en el saqueo de caravanas; ahora, algo más civilizados, consiste en todo tipo de imposiciones fiscales arbitrarias y opresivas. Los griegos, los armenios, los eslavos y los francos establecidos en los grandes puertos marítimos tienen en sus manos todo el comercio, y ciertamente no tienen motivo alguno para agradecer a los beyes y pachás turcos que se lo hayan hecho posible. Elimínese a todos los turcos de Europa, y el comercio no se resentirá. ¿Y el progreso en la civilización general? ¿Quién lo difunde por todas las regiones de la Turquía europea? No los turcos, pues son escasos en número y están dispersos por el país, y difícilmente puede decirse que estén asentados fuera de Constantinopla y dos o tres pequeños distritos rurales. Es la burguesía griega y eslava en todas las ciudades y plazas comerciales la que constituye el verdadero soporte de toda civilización que efectivamente se introduce en el país. Esta parte de la población crece, además, constantemente en riqueza e influencia, y los turcos son empujados cada vez más a un segundo plano. Si no poseyeran el monopolio del poder estatal y militar, desaparecerían pronto. Pero ese monopolio se ha vuelto imposible para el futuro, y su poder se convertirá en impotencia, salvo en aquellos casos en que constituya un obstáculo para el progreso. El hecho es que hay que acabar con ellos. Sin embargo, afirmar que esto solo puede ocurrir poniendo en su lugar a rusos o austriacos equivale a sostener a la vez que el actual estado político de Europa debe durar eternamente. ¿Quién puede sostener semejante afirmación?