La indulgencia del ministerio Aberdeen hacia Rusia -
El presupuesto -
Impuesto sobre los suplementos de periódicos -
Corrupción parlamentaria

["New-York Daily Tribune", núm. 3814 del 8 de julio de 1853]

Londres, martes, 21 de junio de 1853

En 1828, cuando se permitió que Rusia hiciera la guerra a Turquía y la concluyera con el Tratado de Adrianópolis, en virtud del cual toda la costa oriental del mar Negro, desde Anapa al norte hasta Poti al sur (a excepción de Circasia), y las islas de la desembocadura del Danubio pasaron a Rusia, la Moldavia y la Valaquia fueron de hecho separadas de Turquía y colocadas bajo el dominio de Rusia, precisamente en aquel tiempo Lord Aberdeen era ministro de Asuntos Exteriores en Inglaterra. En 1853 encontramos al mismo Aberdeen de nuevo a la cabeza del ministerio de coalición en el mismo país. Este simple hecho basta para explicar la actitud arrogante de Rusia en su actual conflicto con Turquía y con Europa.

Ya dije en mi último artículo que la tormenta desatada por las revelaciones de "The Press" acerca de los arreglos secretos entre Aberdeen, Clarendon y el barón Brunnow difícilmente se calmaría a consecuencia de las explicaciones capciosas, tortuosas e insulsas del "Times" del jueves. El "Times" tuvo incluso que admitir en un artículo semioficial que Lord Clarendon, en efecto, había estado de acuerdo con las demandas que Rusia se proponía plantear a la Puerta, pero añadió que se había demostrado que las demandas, tal como se las expuso en Londres, diferían sustancialmente de las que realmente se propusieron en Constantinopla, aunque los documentos que el barón Brunnow transmitió al ministro inglés debían ser supuestamente «extractos literales» de las instrucciones entregadas al príncipe Menschikow. Sin embargo, el sábado siguiente el "Times" —sin duda a causa de la protesta de la legación rusa— se retractó de sus afirmaciones y extendió al barón Brunnow un certificado de completa «sinceridad y credibilidad». El "Morning Herald" de ayer plantea la pregunta: «¿no habrá dado Rusia falsas instrucciones al barón Brunnow para engañar al ministro británico?». Entre tanto, se han hecho nuevas revelaciones, celosamente ocultadas al público por una prensa diaria corrompida, que excluyen cualquier interpretación de ese tipo y echan toda la culpa sobre los hombros del ministerio de coalición. Cualquier otro Parlamento que no fuera el actual, que es sólo un producto paralítico de un electorado paralizado, estimulado a una loa artificial por un soborno y una intimidación inauditos, tendría motivo suficiente para entablar acusación contra los lores Aberdeen y Clarendon.

Se afirma que Lord Clarendon recibió una comunicación en la que se le informaba de que el asunto de los Santos Lugares no era el único que ocupaba al príncipe ruso <Menschikow>. En dicha comunicación se abordaba también la cuestión principal general, a saber, la de los cristianos greco-ortodoxos en Turquía, y la actitud que, según los tratados, el emperador de Rusia adoptaba frente a ellos. Todos estos puntos fueron discutidos y se fijó con precisión el rumbo a seguir por Rusia, el mismo rumbo que fue explicado en la proyectada convención del 6 de mayo. Lord Clarendon, con el asentimiento de Lord Aberdeen, de ningún modo desaprobó este rumbo ni se opuso a él. Mientras así estaban las cosas en Londres, Bonaparte envió una flota a Salamina; la opinión pública ejerció desde fuera su presión sobre el Parlamento, y los ministros fueron interpelados en ambas Cámaras; Russell empeñó su palabra en pro del mantenimiento de la integridad y la independencia de Turquía, pero el príncipe Menschikow dejó caer la máscara en Constantinopla. En consecuencia, se hizo necesario que los lores Aberdeen y Clarendon pusieran al corriente a los demás ministros de lo ocurrido, y la coalición estuvo a punto de disolverse cuando Lord Palmerston, obligado por su pasado, insistió en una política diametralmente opuesta. Para impedir la disolución de su gabinete, Lord Aberdeen cedió finalmente a la presión de Palmerston y consintió en la acción conjunta de las flotas inglesa y francesa en los Dardanelos. Sin embargo, para cumplir con sus compromisos frente a Rusia, Lord Aberdeen transmitió al mismo tiempo, en un despacho confidencial a San Petersburgo, la comunicación de que él no consideraba la ocupación de los principados danubianos por los rusos como casus belli, y el "Times" recibió órdenes de preparar a la opinión pública para esta nueva interpretación de los tratados internacionales. Sería injusto no hacerle el testimonio de que se esforzó honestamente en convertir lo negro en blanco. El mismo periódico que sin cesar había afirmado que el protectorado ruso sobre los cristianos greco-ortodoxos de Turquía no tenía la menor consecuencia política, aseguraba ahora de repente que la Moldavia y la Valaquia estaban bajo dominio compartido y no constituían en realidad una parte integrante del Imperio Turco, que su ocupación no era, por tanto, «hablando con propiedad», una invasión del Imperio Turco, puesto que los tratados de Bucarest y Adrianópolis habían otorgado al zar el protectorado sobre sus correligionarios en las provincias danubianas. La convención de Balta Liman del 1 de mayo de 1849 determina expresamente:

«1.º, que la ocupación de esas provincias —en el supuesto de que llegara a tener lugar— sólo podría llevarse a cabo conjuntamente por tropas rusas y turcas;

2.º, que la única causa justificativa para un paso tal deberían ser acontecimientos graves en los principados.»

Pero como en estos principados no ha ocurrido absolutamente nada, y Rusia, además, no tiene la intención de ocuparlos conjuntamente con los turcos, sino, por el contrario, precisamente en desafío a los turcos, opina el "Times" que Turquía debería primero tolerar en silencio la ocupación de los principados por Rusia sola, y luego entablar negociaciones con Rusia. Mas si Turquía no conservara la necesaria tranquilidad de ánimo y considerara la ocupación como casus belli, concluye el "Times" que Inglaterra y Francia no están obligadas a hacer lo mismo; pero si Inglaterra y Francia lo hicieran, a pesar de todo, el "Times" les recomienda que se muestren muy comedidas y que en ningún caso actúen como potencias beligerantes contra Rusia, sino sólo como aliadas pasivas de Turquía.

No puedo estigmatizar mejor esta actitud cobarde y tortuosa del "Times" que citando el siguiente pasaje de su editorial de hoy. Representa una increíble mezcla de todas las contradicciones, evasivas, falsos pretextos, aprensiones y cobardías de la política de Lord Aberdeen:

«Antes de llegar a los extremos, la Puerta puede, si lo considera necesario, protestar contra la ocupación de los principados y seguir negociando con el concurso de todas las potencias de Europa. Queda a cargo del gobierno turco, de acuerdo con los enviados de las cuatro potencias, determinar este importante punto y decidir especialmente si las hostilidades han llegado a tal grado que, según la convención de 1841, deban abrirse los Dardanelos a los buques de guerra extranjeros. Si se decidiera afirmativamente esta cuestión y se ordenara a las flotas entrar en los estrechos, sólo entonces se verá si entramos como potencias mediadoras o como beligerantes; pues, suponiendo que Turquía y Rusia se hallen en estado de guerra y que los buques de guerra extranjeros hayan sido admitidos en virtud del
<propiamente: casus foederis et belli; un caso en que, para los Estados aliados, existe la obligación de entrar en guerra>
(!), no se sigue de ahí que deban actuar incondicionalmente como beligerantes y no como potencias mediadoras, en lo cual tienen un interés mucho mayor, especialmente puesto que no han sido enviadas a hacer la guerra, sino a impedirla. Una medida de esta índole no tiene por qué convertirnos necesariamente en protagonistas principales de la contienda.»

Todos esos editoriales del "Times" no han servido de nada. Ningún otro periódico siguió sus huellas, ninguno mordió el anzuelo, e incluso los periódicos ministeriales, "Morning Chronicle", "Morning Post", "Globe" y "Observer", adoptan un punto de vista completamente distinto y encuentran un eco clamoroso en la otra orilla del Canal, donde sólo la legitimista "Assemblée nationale" dice no ver un casus belli en la ocupación de los principados danubianos.

La desunión en el campo del ministerio de coalición fue, pues, revelada al público por la ruidosa discordia de sus órganos. Palmerston obligó al gabinete a considerar la ocupación de la Moldavia y la Valaquia como declaración de guerra, y en ello fue apoyado por los whigs y los miembros pseudoradicales del ministerio de coalición. Lord Aberdeen, que sólo había dado su consentimiento a la acción conjunta de las flotas francesa e inglesa porque especulaba con que Rusia no avanzaría hacia los Dardanelos, sino simplemente hacia las provincias danubianas, era ahora el burlado. La subsistencia del ministerio volvía a estar en entredicho. Cuando Palmerston, precisamente ante las urgentes representaciones de Lord Aberdeen, se disponía a aceptar la ocupación ilegal de los principados por Rusia, llegó de repente un despacho de París que anunciaba la intención de Bonaparte de considerar precisamente este acto como un casus belli. Entonces la confusión alcanzó el grado máximo.

Si esta exposición es correcta —y, según nuestro conocimiento del pasado de Lord Aberdeen, no cabe dudar de ello—, queda al desnudo todo el secreto de la tragicomedia ruso-turca que desde hace meses ocupa a Europa. De repente comprendemos por qué Lord Aberdeen no quería retirar la flota inglesa de Malta. Comprendemos por qué el coronel Rose fue regañado por su proceder enérgico en Constantinopla, comprendemos el comportamiento insolente del príncipe Menschikow y la heroica firmeza del zar, quien, tras haber calado las demostraciones bélicas de Inglaterra como mera farsa, habría estado encantado de abandonar la escena como «dueño de la situación» con la ocupación sin obstáculos de la Moldavia y la Valaquia, y de poder celebrar sus grandes maniobras anuales a costa de los súbditos del sultán. Si la guerra llegara a estallar a pesar de todo, creemos que sólo ocurrirá porque Rusia ha ido demasiado lejos para poder retirarse sin menoscabo de su honor; y, sobre todo, creemos que sólo se sintió tan desmedidamente audaz porque durante todo el tiempo contó con la indulgencia de Inglaterra.

A este respecto, el siguiente pasaje del último artículo de un «inglés» <A. Richards> sobre el ministerio de coalición da en el clavo:

«La coalición se tambalea con cada vientecillo que sopla desde los Dardanelos. Los temores del bueno de Aberdeen y la lastimosa incapacidad de Clarendon han alentado a Rusia y provocado la crisis.»

Las últimas noticias de Turquía dicen: El enviado turco en París fue informado telegráficamente desde Constantinopla, vía Semlin, de que la Puerta ha rechazado el último ultimátum de Rusia, apoyándose en el memorándum que ha sido enviado a las grandes potencias. El “Sémaphore” de Marsella comunica que a Esmirna llegó la noticia de que dos buques mercantes turcos han sido apresados en el Mar Negro por los rusos; pero que, por otra parte, las tribus caucasianas han abierto una campaña general contra los rusos, en la cual Schamyl habría alcanzado una brillante victoria y capturado no menos de 23 cañones.

El señor Gladstone ha hecho públicas ahora sus propuestas enmendadas referentes al impuesto sobre los anuncios. Para asegurarse el apoyo del “Times”, había propuesto eliminar la tasa por los suplementos de periódico que sólo contengan anuncios. Amilanado por la opinión pública, propone ahora dejar exentos de impuesto todos los suplementos individuales y gravar todos los suplementos dobles con 1/2 penique. Imagínese la furia del “Times”, que con esta propuesta modificada sólo ganará 20.000 libras esterlinas en lugar de 40.000 y, además, tendrá que ver cómo se abre ampliamente el mercado a sus competidores. Este periódico tan consecuente, que defiende hasta el extremo la tributación del saber y, con ella, también el impuesto sobre los anuncios, se opone ahora a cualquier impuesto sobre los suplementos periodísticos. Pero el “Times” puede consolarse. Si el ministerio, después de haber sacado adelante la mayor parte del presupuesto, ya no siente necesidad alguna de adular al “Times”, los hombres de Manchester, tan pronto como hayan asegurado su parte del presupuesto, considerarán que ya no es necesario por más tiempo ese ministerio. Esto es justamente lo que el ministerio teme, y precisamente este temor explica el hecho de que el debate presupuestario se extienda sobre todo el período de sesiones del Parlamento. Es característico de la justicia compensatoria del señor Gladstone que, mientras reduce el impuesto sobre los anuncios de periódicos de 1 chelín 6 peniques a 1 chelín 3 peniques, proponga gravar los anuncios de novedades editoriales, que se insertan al final de la mayoría de los libros y revistas, con 6 peniques por pieza.

Esta tarde, la Cámara de los Comunes se ocupará de dos casos de cohecho. Durante la actual sesión parlamentaria han actuado 47 comisiones encargadas de investigar la influencia sobre los electores, de las cuales 4 están aún en actividad; 43 han concluido sus investigaciones, hallando que la mayoría de los miembros del Parlamento a quienes se les revocaron sus mandatos se han hecho culpables de cohecho. Para mostrar qué estima goza este Parlamento —vástago de la corrupción y padre de coaliciones— en la opinión pública, basta con citar las siguientes palabras del “Morning Herald” de hoy:

“Si la falta de un objetivo claro y, más aún, el ataque vacilante e indeciso son sintomáticos de la imbecilidad, entonces hay que admitir que el actual Parlamento, ese niño de seis meses, ha entrado ya en su segunda infancia. Ya ahora le falta el aliento y se descompone en pequeños grupúsculos de pandillas sin valor ni rumbo.”

Karl Marx