LA PENA CAPITAL. EL PANFLETO DEL |
SEÑOR COBDEN. LAS REGULACIONES DEL
BANCO DE INGLATERRA

Londres, viernes 28 de enero de 1853
The Times del 25 de enero recoge las siguientes pcan
bajo el titular «Ahorcamiento de aficionados»:

Se ha señalado a menudo que en este país una ejecución pública
se ve generalmente seguida por otras muertes por ahorcamien-
to, bien accidentales o por suicidio, a raíz del poderoso efecto
que la ejecución de un célebre criminal produce en las personas
morbosas e inmaduras.

Uno de los muchos casos a los que se refiere The Times para ilus-
trar este comentario es el de un demente de Sheffield que tras
hablar con otros dementes de la ejecución de Barbour puso fin
a su existencia ahorcándose. Otro caso es el de un muchacho de
catorce años que también se ahorcó.

Es poco probable que un hombre razonable adivine la doc-
trina a la que la enumeración de estos hechos pretende prestar

apoyo, porque noes ni más ni menos que una apoteosis del ver-
dugo mientras se ensalza la pena capital como razón última de
la sociedad, cosa que hace un artículo de fondo del «diario más
importante».

The Morning Advertiser, en muy agrias pero justas censuras a la
predilección por los ahorcamientos y la cruenta lógica de The
Times, publica los siguientes e interesantes datos de cuarenta y
tres días del año 1849:

Ejecuciones Asesinatos y suicidios
Millan 20 de marzo Hannah Sandles 22 de marzo
M. G. Newton 22 de marzo
Pulley 26 de marzo J. G. Gleeson 27 de marzo
(4 asesinatos en Liverpool)
Smith 27 de marzo Asesinato y suicidio
en Leicester 2 de abril
Howe 31 de marzo Envenenamiento
en Bath 7 de abril
W. Bailey 8 de abril
Landick 9deabril J.Ward mataasu madre 13 de abril
Sarah Thomas 13 de abril Yardley 14de abril
Doxey, parricidio 14de abril
J. Bailey mata a sus dos
hijos y se suicida 17 de abril
J. Griffiths 18 de abril Charles Overton 18 de abril
J. Rush 21 de abril Daniel Holmsden 2 de mayo

En esta relación, como reconoce The Times, no solo hay suici-
dios, sino atroces asesinatos que se producen después de la eje-
cución de algún criminal. Es sorprendente que el artículo en
cuestión no aporte ni un solo argumento o pretexto en favor de

la brutal teoría que propone, y sería muy difícil, si no del todo
imposible, sentar algún principio sobre el cual pudiera fundarse
la justicia o conveniencia de la pena capital en una sociedad que
se vanagloria de su civismo. El castigo en general se ha defendi-
do como medio de mejora o de intimidación, pero ¿qué dere-
cho tienes tú a castigarme a mí para mejorar o intimidar a otros?
Además está la historia —existe algo llamado estadistica—, que
demuestra con pruebas irrefutables que desde Caín al mundo
ni le ha mejorado ni le ha intimidado el castigo. Más bien al con-
trario. Desde el punto de vista del derecho en abstracto, solo hay
una teoría del castigo que reconozca la dignidad humana en
abstracto, y es la teoría de Kant, especialmente en su formula-
ción más rígida, la que le dio Hegel. Dice Hegel:

El castigo es un derecho del criminal. Es un acto de su propia
voluntad. La violación del derecho la proclama el criminal por
propio derecho. Su crimen es la negación del derecho. El castigo
es la negación de esta negación y, en consecuencia, una afirma-
ción del derecho que el criminal solicita y se aplica a sí mismo
por la fuerza.

G. W. HEGEL, Filosofia del derecho

No hay duda de que esta argumentación es algo especiosa, en
tanto que, en lugar de considerar al criminal como mero objeto,
como esclavo de la justicia, Hegel lo eleva a la categoría de ser
libre y capaz de elegir. Sin embargo, al examinar más detenida-
mente la materia descubrimos que, en este caso como en la
mayoría, el idealismo alemán sanciona de manera trascendental
las normas de la sociedad existente. No es ilusorio sustituir al
individuo, con sus motivos reales, y presionado por variopintas
circunstancias sociales, por la abstracción del «libre albedrío»

—¡una de las muchas cualidades del hombre por ser hombrel-.
Esta teoría, que considera que el castigo es el resultado de la
propia voluntad del criminal, no es más que una expresión
metafísica de la vieja ley del talión (el derecho a la represalia infli-
giendo un castigo de gravedad semejante), ojo por ojo, diente
por diente, sangre por sangre. Por decirlo claramente y prescin-
diendo de paráfrasis: el castigo no es más que un medio que la
sociedad tiene de defenderse frente a la infracción de sus condi-
ciones vitales con independencia del carácter que éstas tengan.
Ahora bien, ¿en qué tipo de sociedad vivimos que no conoce
mejor instrumento para defenderse que la horca y proclama en
«el diario más importante del mundo» su propia brutalidad
como ley eterna?

En su excelente y documentado libro, L’homme et ses facultés,
el señor A. Quételet dice:

Hay una partida presupuestaria que pagamos con espantosa
regularidad: la de prisiones, mazmorras y patíbulos. [...] Es posi-
ble que hasta seamos capaces de predecir cuántas personas se
mancharán las manos con la sangre de sus compañeros los hom-
bres, cuántos serán falsificadores, cuántos utilizarán veneno, casi
igual que prevemos los nacimientos y las muertes que se produ-
cen cada año.

Y el señor Quételet, en un cálculo de probabilidades publicado
en 1829, predijo con asombroso acierto no solo el número sino
los distintos tipos de crímenes que se cometerían en Francia en
1830. No son tanto las particulares instituciones políticas de un
país como las condiciones en que se fundamenta la moderna
sociedad burguesa en general las que producen una cantidad
media de crímenes en una fracción determinada de la sociedad

de un pais, lo cual se puede deducir de la siguiente relación,
que recoge Quételet, de crimenes cometidos entre los anos
1822 y 1824. En Francia y Estados Unidos hubo en esos anos un
centenar de criminales convictos:

Edad Filadelfia Francia
Menos de 21 anos 19 19
21-30 anos 44 35
30-40 anos 23 23
más de 40 años 14 23
Total 100 100

Ahora bien, si la observación a gran escala de los crímenes
demuestra, por su cantidad y clasificación, la regularidad de un
fenómeno físico -si, como señala el señor Quételet, «sería com-
plicado decidir desde cuál de los dos (el mundo físico y el siste-
ma social) intervienen las causas que producen tales efectos con
regularidad absoluta»-, ¿no habría que reflexionar profunda-
mente sobre el cambio de un sistema que engendra estos críme-
nes en lugar de glorificar al verdugo que ejecuta a muchos cri-
minales solo para hacer sitio a los nuevos?

Uno de los temas del día es la publicación de un opúsculo del
señor Richard Cobden: «1793 y 1853 en tres cartas» (140 pági-
nas). La primera parte, que se ocupa de la revolución de 1793!
y de la época que la antecedió, tiene el mérito de atacar abierta

y vigorosamente los viejos prejuicios que los ingleses tienen
sobre aquel período. El señor Cobden demuestra que Ingla-
terra fue el bando agresor en la guerra revolucionaria. Pero en
esta afirmación no puede reivindicar originalidad, aunque lo
haga repetidamente, porque reproduce, con mucha menos
brillantez, los argumentos del mayor panfletista con que Ingla-
terra haya contado jamás, verbigracia, el difunto William Cob-
bett. La segunda parte del panfleto, aunque escrita desde un
punto de vista económico, adopta un cariz bastante romántico.
El señor Cobden se esfuerza en demostrar que la idea de que
Luis Napoleón haya tenido alguna vez la intención de invadir
Inglaterra es absurda; que el ruido sobre el estado de indefen-
sión del país no tiene fundamento material y únicamente lo
propagan personas interesadas en aumentar el gasto público.
¿En virtud de qué argumentos se demuestra que Luis Napoleón
no tiene intenciones hostiles contra Inglaterra? Luis Napoleón,
sostiene, no tiene motivos racionales para enfrentarse a Ingla-
terra. ¿Y cómo demuestra que una invasión extranjera de este
país es imposible? En ochocientos años, dice el señor Cobden,
Inglaterra no ha sido invadida. ¿Y cuáles son sus argumentos
para demostrar que las protestas por el estado de indefensión
del país no son más que un chisme interesado? ¡Las más altas
autoridades militares han declarado que se sienten muy segu-
ras!

Luis Napoleón nunca se había topado, ni siquiera en la
Asamblea Legislativa, con un partidario más confiado en su fe ni
con un hombre de intenciones más pacíficas que el señor Cob-
den, con quien acaba de encontrarse de forma tan inesperada.
En su número de ayer, The Morning Herald, habitual defensor de
Luis Napoleón, publica una carta dirigida al señor Cobden y
alega que ha sido escrita con la inmediata inspiración del pro-

pio Bonaparte. En ella el príncipe y héroe de Satory? nos asegu-
ra que solo vendrá a Inglaterra si la reina? , amenazada por la
incipiente Democracia, desea a doscientos mil de sus décembrat-
llards*, es decir, matones. Pero, según The Herald, esta Democra-
cia noson otros que los señores Cobden y compañía.

Debemos confesar que tras leer con detenimiento el panfle-
to en cuestión empezamos a temer que se produzca algo pareci-
do a la invasión de Gran Bretaña. El señor Cobden no es un pro-
feta demasiado afortunado. Después de la revocación de los
Aranceles del Grano” viajó al Continente y visitó incluso Rusia, y
al volver declaró que estaba todo en orden, que los tiempos de
violencia habían pasado, que las naciones profunda y ansiosa-
mente comprometidas en objetivos industriales y comerciales se
desarrollarían a partir de ahora por la tranquila senda de los
negocios, sin tormentas políticas, sin convulsiones ni trastornos.
Su profecía apenas se ha cumplido en el Continente: la Revolu-
ción de 1848 se propagó por toda Europa y fue una especie de
eco irónico de las blandas predicciones del señor Cobden.
Habló de paz y no hubo paz.

Sería un gran error suponer que la doctrina de la paz de la
Escuela de Manchester disponga de una base filosófica profun-
da. Solo quiere decir que hay que sustituir el método de guerra
feudal por el método de guerra comercial, los cañones por el

capital. La Sociedad de la Pazse reunió ayer en Manchester y allí
declaró de forma casi unánime que nada induce a pensar que
Luis Napoleón pondrá en marcha alguna iniciativa contra la
seguridad de Inglaterra, siempre y cuando la prensa interrumpa
las odiosas críticas contra su gobierno, ¡y se calle de una vez! Junto con
esta declaración hay que destacar que la Cámara de los Comu-
nes ha votado un incremento de los presupuestos del ejército y
la marina sin la menor opósición: ninguno de los parlamenta-
rios presentes en la Conferencia de Paz ha dicho nada contra la
propuesta de aumentar la fuerza militar.

En medio de la calma política causada por la suspensión de
las sesiones del Parlamento la prensa se ocupa sobre todo de dos
temas: la próxima Ley de Reforma y las últimas Regulaciones de Des-
cuento del Banco de Inglaterra.

The Times del 24 del corriente informa a sus lectores de que la
nueva Ley de Reforma está en ciernes. Se puede inferir qué tipo
de ley será por el discurso de sir Charles Wood en Halifax tras su
elección: declaró contra el principio de igualdad de las circuns-
cripciones electorales; por el de sir James Graham en Carlisle,
donde rechazó las votaciones; y de la declaración, que ha circu-
lado de forma confidencial, de que hasta las pequeñas píldoras
de Reforma prescritas en febrero de 1852 por Johnny Russell
son demasiado fuertes y peligrosas. Pero hayalgo todavía más
sospechoso. The Economist, portavoz del Ministerio de Coalición,
ha declarado en su edición del 22 de enero no solo que «la
reforma de nuestro sistema representativo no figura entre los
temas de acuciante o inmediata importancia», sino que

queremos las materias primas de la acción legislativa. La extensión,
ajuste, purificación, protección y redistribución del sufragio son
ramificaciones del asunto y cada una de ellas exige una profunda
reflexión y mucho análisis. [...] No se trata de que varios de los
gobernantes que podrían rebelarse tengan mucha información
útil sobre todos o algunos de estos puntos, sino de que la han pes-
cado al vuelo, no la han elaborado, y, así, es miscelánea, parcial,
incompleta. [...] Hay una manera obvia de remediar esto, y es for-
mar una comisión de investigación que se encargue de estudiar todos
los puntos directa o remotamente relacionados con el tema.

Por tanto, el Ministerio de Matusalén volverá a matricularse en
estudios políticos, coram populo. Los colegas de Peel, los colegas de
Melboume, el subalterno de Canning, el lugarteniente del mayor
de los Grey, hombres que prestaron servicio a las órdenes de lord
Liverpool, otros que se sentaron en el gabinete de lord Grenville,
neófitos todos del medio siglo pasado”, son incapaces, por falta de
experiencia, de proponer al Parlamento ninguna medida decisi-
va sobre la reforma electoral. Parece por tanto que ese viejo pro-
verbio, «la experiencia llega con la edad», se ve así refutado. «Tan-
tas reticencias para formar una coalición de partidarios veteranos
resulta demasiado cómica para describirla con facilidad —procla-
ma The Daily News, que pregunta—: ¿Qué hay de vuestra Ley de
Reforma?» The Morning Advertiser responde:

Deberíamos inclinarnos por la opinión de que no habrá ningu-
na Ley de Reforma en la presente temporada de sesiones. Se

pueden producir algunos intentos de legislar a favor de la pre-
vención y el castigo de los sobornos en las elecciones y, con res-
pecto a otras materias de menor importancia, se puede hacer
algún esfuerzo por remediar los males relacionados con las
representaciones parlamentarias del país, pero este tipo de legis-
lación no merecerá el nombre de nueva Ley de Reforma.

Con respecto a las últimas Regulaciones de Descuento del
Banco de Inglaterra, el pánico que las motivó ha remitido y
tanto los empresarios como los teóricos de la economía están
seguros de que la actual prosperidad no sufrirá ninguna inte-
rrupción de importancia ni se detendrá. Pero leamos el siguien-
te extracto de The Economist:

Este año, en muchos campos destinados al cultivo del trigo no
hay ni una sola espiga. Una enorme proporción de nuestros den-
sos suelos, una gran parte de la tierra donde tendría que haberse
plantado trigo, sigue sin sembrar, y parte de la que ha sido sem-
brada no está en mejores condiciones porque la semilla no ha
germinado o porque las plantas que sí han crecido son escuáli-
das o se las han comido las babosas, y las perspectivas no son
mejores en estos terrenos que en los que han permanecido en
barbecho. Este año ha sido casi imposible plantar todos los cam-
pos de trigo.

De modo que la crisis, que se vio temporalmente aplazada por la
apertura de los mercados y minas de California y Australia, se
nos vendrá inevitablemente encima si la cosecha no es buena.
Las Regulaciones de Descuento del Banco de Inglaterra no son
más que los primeros anuncios de que será así. En 1847 el
Banco de Inglaterra modificó su tipo de descuento en trece oca-

siones. En 1853 veremos toda una serie de medidas parecidas.
Para concluir, me gustaria preguntar a los economistas ingleses
como es posible que la economia politica moderna empezarasu
guerra contra el sistema mercantil demostrando que la entrada
y salida de oro de un pais es un asunto sin importancia, que los
productos se intercambian solo con otros productos y que el oro
es un producto como otro cualquiera, y ahora esa misma econo-
mia, que esta ya al final de su trayectoria, observe con ansia la
entrada y salida de oro. «El verdadero objetivo de las operacio-
nes del Banco --dice The Economist- es evitar la exportación de capi-
tal.» Así pues, ¿querría The Economist evitar la exportación de
capital en forma de hierro, algodón, lana y otros artículos? ¿No
era el oro un producto como los demás? ¿Acaso The Economist se ha
transformado, en cuestión de días, en una publicación mercan-
tilista? Y, tras haber dado libertad a la importación de capital
extranjero, ¿se propone censurar la exportación de capital britá-
nico? Tras haberse liberado del civilizado sistema de protección,
¿recurrirá a uno tan severo como el turco?

Cuando estoy terminando mi artículo me informan de que
en círculos políticos se dice que el señor Gladstone discrepa con
varios miembros importantes del gabinete de Aberdeen sobre el
impuesto de la renta, y de que una de las consecuencias de la dis-
crepancia probablemente sea la dimisión de tan recto y honora-
ble caballero. En tal caso, sir Francis Baring, exministro de
Hacienda con lord Melbourne, sería su probable sucesor.