Karl Marx

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Decadencia de la aristocracia —

Política

[*New-York Daily Tribune*, núm. 3699, del 23 de febrero de 1853]

Londres, martes, 8 de febrero de 1853

El *Daily News* afirma que el gobierno está considerando seriamente la creación de una milicia costera con fines defensivos.

Los estados del Banco muestran una nueva disminución de la reserva de oro, por un importe de 362.084 libras esterlinas. Durante las últimas dos semanas se han enviado alrededor de un millón de libras esterlinas al continente, parte en oro amonedado a Australia. Puesto que también disminuye la reserva de oro del Banco de Francia, pese a las cuantiosas importaciones de oro procedentes de Inglaterra, es evidente que ha surgido un sistema de atesoramiento privado que constituye un fuerte indicio de la desconfianza general en la estabilidad del gobierno napoleónico.

En la actualidad, los obreros plantean de manera general la reivindicación de salarios más altos, en particular los constructores navales, los mineros del carbón, los obreros fabriles y los constructores de maquinaria. Esta reivindicación brota de la prosperidad reinante y no puede considerarse un acontecimiento especialmente notable. Un hecho que merece más atención es una huelga en toda regla de trabajadores rurales, un suceso hasta ahora inaudito. Los jornaleros agrícolas de South Wilts se declararon en huelga para obtener un aumento de salario de 2 chelines, ya que su jornal semanal asciende actualmente a solo 7 chelines.

Según el informe trimestral del director del registro civil, la emigración de Gran Bretaña durante todo el año transcurrido ascendió a 1.000 personas diarias, mientras que el crecimiento de la población fue algo menor. Al mismo tiempo, los matrimonios aumentaron considerablemente.

En las últimas dos semanas, con la muerte del vizconde Melbourne, del conde de Tyrconnel y del conde de Oxford, se han extinguido no menos de tres títulos nobiliarios. Si hay una clase que no está sometida a la ley maltusiana del aumento en progresión geométrica, es la clase de la aristocracia hereditaria. Tomemos, por ejemplo, a los pares y baronets de Gran Bretaña. De la nobleza normanda sobrevive hoy muy poco o casi nada, y no mucho más de las primeras familias de baronets de la época de Jacobo I. La designación de la gran mayoría de los pares de la Cámara de los Lores data de 1760. El título de baronet surgió en 1611, bajo Jacobo I. Apenas trece de la totalidad de las familias de baronets creadas entonces sobreviven aún en la actualidad, y de las que fueron nombradas en 1625 solo quedan 39. La extraordinaria decadencia de la nobleza veneciana ofrece otra prueba de la eficacia de la misma ley, pese al hecho de que allí todos los hijos eran nobles ya por nacimiento. En su época, Amelot contaba en Venecia 2.500 nobles con derecho a voto en el Consejo. A comienzos del siglo XVIII solo quedaban 1.500, aun cuando entre tanto se habían agregado varias familias. En los años de 1583 a 1654, el Consejo Supremo de Berna admitió en el patriciado hereditario a 487 familias; de ellas, 379 se extinguieron en el curso de dos siglos; en 1793 solo quedaban 108. Y de épocas anteriores nos refiere Tácito que el emperador Claudio creó nuevas estirpes patricias, *«exhaustis etiam quas dictator Caesar lege Cassia et princeps Augustus lege Saenia sublegere»* <«pues también estaban agotadas las que el dictador César, por la ley Casia, y el príncipe Augusto, por la ley Senia, habían elegido para reemplazarlas»>. De estos hechos se desprende con claridad que la naturaleza no se complace en la aristocracia hereditaria, y se puede afirmar con toda certeza que la Cámara de los Lores inglesa habría muerto hace tiempo de muerte natural si no se le hubiera infundido constantemente sangre nueva y no se la hubiera sostenido artificialmente. La fisiología moderna ha establecido que en los animales superiores la fecundidad disminuye en razón inversa al desarrollo del sistema nervioso, en particular al creciente volumen del cerebro. Ciertamente, nadie se atreverá a sostener que la extinción de la aristocracia inglesa sea imputable al exuberante crecimiento de la masa cerebral.

Según parece, el «reino milenario» es considerado ya como desmoronado precisamente por los partidos que lo profetizaron y lo lanzaron, antes incluso de que se haya reunido la Cámara de los Comunes. El *Times* dice el 4 de febrero:

«Mientras Manchester escupe veneno y hiel contra el ministerio de Aberdeen [...], el papismo y el socialismo (?) de Irlanda prodigan sus dudosas alabanzas a lord Derby y al señor Disraeli.»

Con el *socialismo irlandés* que menciona el *Times* se refiere, naturalmente, a la agitación por el derecho de los arrendatarios. Me propongo mostrar en otra ocasión que las teorías de todos los economistas burgueses ingleses modernos se hallan en completa concordancia con el principio del derecho de los arrendatarios. Cuán poco comparten otros periódicos el contenido del artículo del *Times* que acabo de citar puede verse por la siguiente observación del *Morning Advertiser*:

«Despreciaríamos a los irlandeses si los creyéramos capaces de traicionar el principio del derecho de los arrendatarios.»

La furia del órgano de Aberdeen se explica por el hecho de que el ministerio milenario se ve completamente defraudado en sus esperanzas. Los señores Sadleir y Keogh eran los jefes reconocidos de la «brigada irlandesa»: el uno en el gabinete, el otro hacia fuera; el uno como director y conductor, el otro como orador. Comprando a estos dos se esperaba ganar a toda la partida. Pero los miembros de la brigada habían sido enviados al Parlamento con el compromiso de permanecer en la oposición, independientes de todo gobierno que no estuviera dispuesto a instaurar la plena igualdad religiosa y a realizar el principio del proyecto de ley de Sherman Crawford para la protección de los derechos de los arrendatarios irlandeses. El *Times* se indigna, pues, porque esa gente no está dispuesta a romper su palabra. El motivo inmediato de este estallido de cólera fue un mitin y banquete celebrado en Kells, condado de Meath. La circular exhortaba a todos sus destinatarios a expresar su indignación «por la reciente deserción de las filas del partido irlandés en el Parlamento», y se adoptó una resolución en ese sentido.

Este fracaso de los cálculos del ministerio respecto a la brigada se habría podido prever; pero ni el ministerio ni la prensa inglesa parecen reconocer el gran alcance de la transformación que ahora se está operando en el carácter y la posición de los partidos irlandeses. Los obispos y la masa del clero aprueban la actitud de los diputados católicos que han entrado en el gobierno. En Carlow, el clero apoyó plenamente al señor Sadleir, quien solo fue derrotado porque los partidarios de la Liga de los Arrendatarios lucharon contra él. Cómo piensa el partido verdaderamente católico sobre este cisma lo muestra un artículo del francés *Univers*, órgano europeo del jesuitismo:

«A los señores Keogh y Sadleir solo se les puede reprochar con justicia el haberse dejado vincular con dos asociaciones» (la Liga de los Arrendatarios y la Asociación por la Igualdad Religiosa) «que no conocen otro fin que hacer patente la anarquía que consume a Irlanda.»

En el exceso de su indignación, el *Univers* revela su secreto:

«Lamentamos profundamente que esas dos asociaciones hayan entrado en abierta oposición contra obispos y clérigos, y esto en un país donde prelados y dignatarios eclesiásticos han sido hasta ahora los guías más seguros de las asociaciones nacionales y populares.»

Podemos concluir de ello que el *Univers*, si los partidarios de la Liga de los Arrendatarios se encontrasen por casualidad en Francia, los enviaría a Cayena. El movimiento por la Derogación era una mera acción política, y por eso el clero católico pudo servirse de él para arrancar concesiones al gobierno inglés, sirviéndole el pueblo de mero instrumento a los curas. La agitación por el derecho de los arrendatarios es un movimiento social profundamente arraigado que, en su desarrollo ulterior, provocará infaliblemente una división abierta entre la Iglesia y el partido revolucionario irlandés, liberando así al pueblo de la servidumbre espiritual que durante siglos ha anulado todos sus afanes, sacrificios y luchas.

Paso ahora a la «reunión» de los principales reformadores del condado de Lancashire y de sus representantes, celebrada en Manchester el 3 del corriente. Presidió el señor George Wilson. Este se refirió meramente a la injusta representación de los distritos comerciales e industriales en comparación con los rurales, y se expresó sobre ello en los siguientes términos:

«En los cinco condados de Buckingham, Dorset, Wilts, Northampton y Shropshire fueron elegidos 63 diputados por 52.921 electores, mientras que los dos condados de Lancashire y Yorkshire, con 89.669 electores rurales y 84.612 urbanos —o sea, en total 174.281—, eligen exactamente el mismo número de representantes. Si lo decisivo fuese la cifra de electores, los cinco condados tendrían derecho solo a 29 representantes, en tanto que Lancashire, en proporción, tendría derecho a 207. Doce grandes ciudades (contando Londres por partida doble) envían 24 representantes, con un número de votos de 192.000, una población de 3.268.218 y 388.000 casas habitadas. Andover, Buckingham, Chippenham, Cockermouth, Totnes, Harwich, Bedford, Lymington, Marlborough, Great Marlow y Richmond también están representadas por 24 diputados, pero solo tienen 3.569 electores, con 67.434 habitantes y 1.373 casas habitadas... Ni el reformador más tímido ni el hombre más moderado tendrían probablemente nada que objetar si se privara del derecho de voto a las circunscripciones con menos de 5.000 almas y se asignaran los veinte mandatos a las grandes circunscripciones.»

El señor Milner-Gibson, diputado, trató el tema de la instrucción pública nacional y de los impuestos sobre el saber. De su discurso solo merece atención la posición que adopta respecto al proyecto de reforma y en la cual declara, sobre el punto de la igualdad de las circunscripciones electorales:

«Esto puede ser, con permiso, una importante cuestión de clase.»

El señor Brotherton, otro diputado, dijo:

«Hoy ya no puede satisfacer ningún proyecto de reforma que no propugne la distribución igualitaria de la representación.»

Con mucho, el discurso más memorable, sin embargo, lo pronunció el señor Bright, diputado, el verdadero hombre entre los «hombres de Manchester». Dijo:

«El gobierno es un gobierno de coalición de whigs y peelitas... Apenas hay motivo para regocijarnos y fingir que tenemos en el gobierno a hombres que representan principios nuevos y siguen una política nueva, que pronto van a dar un gran impulso y que no necesitan ser empujados por todos los amigos de la reforma en todo el país.» (¡Escuchad!)

En cuanto a la reforma parlamentaria, dijo:

Si Luis Napoleón hubiera comenzado en Francia con una representación como la nuestra; si hubiera hecho elegir a todos los miembros en los distritos rurales, en los que la familia Bonaparte es tan popular, y no hubiera permitido que París, Lyon y Marsella estuvieran representadas, toda la prensa inglesa se habría indignado por esa representación ficticia que habría erigido en aquel país. (¡Oíd, oíd!) ... Tenemos aquí en Lancashire una octava parte de la población de Inglaterra; tenemos aquí una décima parte de su propiedad imponible y una décima parte del total de sus casas... Empezamos a darnos cuenta de cuál es nuestra situación. (Grandes aplausos.) ... Hay además otra pequeña dificultad, la del voto secreto. (¡Oíd, oíd!) Leí el discurso que Lord John Russell pronunció con motivo de su elección y pensé: a fe mía, los electores londinenses debían de estar de un humor excelente; de otro modo no habrían dejado pasar sin protesta su declaración de que «estaba en contra de todo secreto». Cuando lo leí, me dije: «Si yo hubiera sido uno de tus partidarios, te habría aconsejado que llevaras a un reportero de la redacción del *Times* a la próxima reunión del gabinete.» (¡Oíd, oíd! y risas.)

Oigamos ahora cómo argumenta Sir James Graham:

«Él no creía que se pudiera hacer obligatorio el voto secreto.»

¿Por qué no se la habría de poder hacer obligatoria? También la votación pública se hizo obligatoria, y lo mismo puede hacerse con la secreta. En todo caso, está implantada en Massachusetts y acaso también en otros Estados de Norteamérica; y Sir James Graham sabe muy bien que las consideraciones que expuso un día lluvioso en Carlisle ante 2.000 o 3.000 oyentes no tenían peso alguno, pues, según supongo, la gente, bajo sus paraguas, no examinaba las cosas con demasiado cuidado.

«No debemos olvidar —concluyó Bright— que todo lo que el país ha alcanzado desde la revolución de 1688 —y en particular las conquistas de los últimos años— se logró
en la lucha varonil de las clases industriales y comerciales contra la aristocracia y contra las clases privilegiadas de este país.
Debemos proseguir la misma lucha; aún quedan grandes cosas por llevar a cabo.» (¡Oíd, oíd! y aplausos.)

La resolución aprobada por unanimidad dice así:

«Esta asamblea ruega a los miembros liberales que tienen relación con el condado de Lancashire que se consideren constituidos en comité para apoyar activamente toda medida encaminada a fomentar la reforma parlamentaria, con el propósito de asegurar al condado un aumento de su representación tal como lo exigen su población, su riqueza, su industria y su inteligencia.»

La escuela de Manchester ha hecho resonar de nuevo en esta asamblea su grito de guerra: «¡Burguesía industrial contra aristocracia!». Pero, por otra parte, también ha revelado el secreto de su política, a saber: la exclusión del pueblo de la representación del país y el mantenimiento estricto de sus intereses particulares de clase. Toda la palabrería sobre el voto secreto, la instrucción nacional, el impuesto sobre el saber, etc., no es más que un floreo retórico; el único punto importante era la
igualación de las circunscripciones electorales
—o por lo menos el único sobre el que se adoptó una resolución y respecto al cual los asistentes contrajeron un compromiso firme—. ¿Por qué? Con circunscripciones electorales iguales, los intereses urbanos prevalecerían sobre los rurales... la burguesía se convertiría en dueña de la Cámara de los Comunes. Si los hombres de Manchester lograsen imponer la igualdad de las circunscripciones sin verse obligados a hacer concesiones considerables a los cartistas, éstos, en vez de tener, como hasta ahora, dos enemigos que pugnan entre sí superándose mutuamente en sus llamamientos al pueblo, se encontrarían frente a un compacto ejército de enemigos que concentraría todo su poder en oponerse a las reivindicaciones del pueblo. Entonces, durante algún tiempo, el capital reinaría sin trabas, y no sólo en la industria, sino también en la política.

Un mal presagio para el ministerio de coalición podría leerse en los elogios que se dedicaron al gobierno derrocado en Kells y Manchester. Mr. Lucas, miembro del Parlamento, dijo en Kells:

«No hay mayores enemigos del derecho de los arrendatarios que el marqués de Lansdowne, Lord Palmerston, Sidney Herbert, etc. ... ¿No habían estado siempre el ministerio whig y los partidarios de Graham regateando mezquinamente en torno a la cuestión de los arrendamientos? En cambio, los tories estaban en los cargos; dejaba a la conciencia de todo aquel que leyese las propuestas surgidas de los diferentes partidos decidir si el gobierno de Derby no había tratado la cuestión mil veces más honradamente que los whigs.»

Y Milner-Gibson dijo en la asamblea de Manchester:

«Aunque en su conjunto el presupuesto del último ministerio no valiera nada, se podían encontrar en él gérmenes de una política mejor para el futuro. (¡Oíd, oíd!) El entonces Canciller del Exchequer ha roto por lo menos el hielo. Me refiero a los derechos sobre el té. Y he oído de fuente fidedigna que el gobierno disuelto tenía la intención de suprimir el impuesto sobre los anuncios.»

Mr. Bright fue aún más lejos en sus elogios:

«El último gobierno dio un paso audaz en la cuestión del impuesto sobre la renta. Que la aristocracia territorial de Inglaterra, que sin embargo llama suya gran parte de la propiedad territorial, saliera ella misma a la palestra y apoyara una moción según la cual la propiedad inmueble debía ser gravada de manera diferente que las rentas procedentes de empresas comerciales y de otras fuentes inseguras, eso fue un paso que debemos recordar y al que, en nuestro distrito, tenemos que tributar sin reserva nuestro aplauso. Y Mr. Disraeli tocó un segundo punto, y debo confesar que le estoy agradecido por ello. En el discurso en que presentó su presupuesto, y en aquel discurso en que la noche anterior a su derrota definitiva luchó durante tres horas contra la masa de poder que se le oponía, habló también de los impuestos sobre las herencias —con lo cual entendemos el impuesto sobre sucesiones y el de timbre sobre herencias— y reconoció que necesitaban una equiparación.» (Grandes aplausos.)

Karl Marx