Friedrich Engels

Las derrotas rusas

Escrito hacia el 11 de noviembre de 1853.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" Nr. 3936 del 28 de noviembre de 1853, artículo de fondo]

Hemos examinado cuidadosamente los periódicos europeos traídos por el «Canada», a fin de obtener en la medida de lo posible esclarecimientos sobre los combates que han tenido lugar en Valaquia entre turcos y rusos, y estamos en condiciones de añadir a los hechos comunicados por el «Washington», que comentamos el pasado viernes, algunos datos importantes. En aquel momento sabíamos que se habían producido algunos encuentros, pero hoy no sabemos mucho más acerca de sus detalles. Los informes que nos llegan siguen siendo inconexos, contradictorios y escasos, y probablemente seguirán siéndolo hasta que recibamos los despachos oficiales de los generales turcos. En todo caso, está claro que los turcos han sido conducidos con tal grado de habilidad y han combatido con un entusiasmo tan sostenido que justifican las alabanzas de sus más fervientes admiradores, alabanzas que la masa de los observadores fríos e imparciales había considerado exageradas. El resultado es una sorpresa general. Todo el mundo estaba preparado para recibir las pruebas más brillantes de los talentos de Omer Pascha como jefe militar; pero el valor de su ejército no fue apreciado correctamente ni por los periodistas occidentales ni por los estadistas. Es cierto: sus filas están compuestas por turcos, pero éstos son soldados muy distintos de aquellos que Diebitsch puso en fuga en 1829. Han batido a los rusos a pesar de la gran superioridad de éstos y en circunstancias desfavorables. Esperamos que esto resulte ser sólo el preludio y el comienzo de derrotas mucho más decisivas.

Ahora nos enteramos por primera vez que el consejo de guerra de Constantinopla concentró un ejército de aproximadamente 25.000 hombres cerca de Sofía, para operar en Serbia si resultaba necesario. Por extraño que parezca, no parece haber llegado a Europa occidental información alguna sobre esta fuerza y su destino, pero está claro que Omer Pascha le ha sacado el mejor partido. Su emplazamiento en Sofía fue un error, pues si los serbios no se sublevan ni hacen causa común con los rusos —cosa que difícilmente harán bajo el príncipe gobernante <Alexander Karageorgewitsch>—, no hay razón para mantener un ejército en aquella región; pero en caso de sublevación, los turcos se verían obligados, o bien a invadir el país y sofocarla, para lo cual 25.000 hombres no serían suficientes, ya que los rusos están en Valaquia, o bien a ocupar los pasos fronterizos y obligar a los serbios a permanecer en su país, para lo cual bastaría una cuarta parte de aquellas fuerzas. Es evidente que Omer Pascha había visto el asunto a esta luz, pues hizo marchar el cuerpo directamente a Vidin y lo unió con las fuerzas que ya tenía allí. Sin duda, este refuerzo ha contribuido considerablemente a la victoria que ahora ha obtenido sobre el ala derecha de los rusos, al mando del general Dannenberg, victoria de la que no hemos sabido más detalles que el número de oficiales rusos muertos o hechos prisioneros, pero que debe haber sido completa y cuyo aspecto moral resultará mucho más fuerte para los turcos que el material.

Igualmente nos enteramos ahora de que las fuerzas turcas que cruzaron de Turtukai (punto entre Rustschuk y Silistria) a Oltenitza estaban mandadas por Ismail Pascha, es decir, el general Guyon (quien no ha renunciado al cristianismo, a pesar de ostentar un alto rango en el ejército del sultán). Su valentía en la guerra húngara le ha granjeado una destacada reputación como oficial audaz, enérgico y de una rapidez de acción extremada. Pocos hombres hay que, sin poseer un talento estratégico notable, ejecuten órdenes con tanto éxito como él lo demostró en la reciente ocasión, cuando hizo retroceder a su adversario a la bayoneta. La derrota del general Pawlow en Oltenitza debe abrir en medida decisiva el país más allá del Aluta y franquear el camino hacia Bucarest, puesto que ha quedado demostrado que el príncipe Gortschakow no ha avanzado sobre Slatina, como se había informado, sino que permanece en la capital de los Principados, prefiriendo prudentemente no dividir sus fuerzas, lo que a su vez indica que él mismo no se siente del todo seguro. Sin duda, poco después se habrá librado una batalla decisiva en las proximidades de ese lugar. Si Gortschakow no es un fanfarrón y si puede concentrar allí entre setenta y ochenta mil hombres —cantidad que le queda después de todos los descuentos justificados de la fuerza oficialmente comunicada del ejército ruso—, la ventaja está decididamente de su parte. Pero si se tiene en cuenta lo falsas y exageradas que son las cifras del campo ruso, si se considera que el ejército de Omer Pascha es más fuerte y más apto para el combate, resulta que la relación de fuerzas en esta campaña es más equilibrada de lo que se había imaginado, y una derrota de Gortschakow entra en el terreno de lo posible. Ciertamente, si el generalísimo turco puede concentrar para la lucha decisiva cincuenta o sesenta mil tropas ya ebrias de victoria —y no vemos nada que pueda impedirlo—, tiene grandes perspectivas de éxito. Al decir esto, quisiéramos expresarnos con reserva, pues por más que nuestras simpatías estén del lado de los turcos, de nada sirve juzgar su situación más favorable de lo que es.

Es imposible estudiar la estructura geográfica de Valaquia, sobre todo desde el punto de vista militar, sin que venga a la memoria Lombardía. En un caso, el Danubio y, en el otro, el Po y sus afluentes forman las fronteras sur y oeste. También los turcos han adoptado un plan de campaña similar al que llevaron a cabo los piamonteses en la campaña de 1849 y que terminó con la funesta batalla de Novara. Si los turcos llegaran a mostrarse victoriosos, tanto más nos demandarán admiración, y tanto más evidente se hará la fanfarrona incapacidad de los moscovitas. En todo caso, Gortschakow no es un Radetzky ni Omer Pascha un Ramorino.