Friedrich Engels

Los rusos en Turquía

Escrito el 29 de septiembre de 1853.

Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 3900, del 17 de octubre de 1853, artículo de fondo]

La certeza de la guerra y la probabilidad de que cada vapor que llegue ahora de Europa traiga noticias de los movimientos tácticos de los ejércitos y del resultado de las batallas hacen más necesario que nunca conocer con exactitud las respectivas posiciones y las fuerzas de las potencias beligerantes, así como las diversas circunstancias de hecho que habrán de determinar el curso de la campaña. A esta necesidad pretendemos atender mediante un breve análisis de los elementos ofensivos y defensivos de ambos bandos y de las principales consideraciones estratégicas que probablemente influyan en los propósitos de los comandantes enfrentados.

Las tropas rusas que mantienen ocupados los principados danubianos constaban al principio de 2 cuerpos de infantería y la reserva habitual de caballería y artillería. Un cuerpo de infantería en Rusia comprende 3 divisiones o 6 brigadas de infantería, varios regimientos de caballería ligera y una brigada de artillería; en total, debe de tener unos 55.000 hombres con aproximadamente 100 piezas de artillería. Por cada 2 cuerpos de infantería hay un “cuerpo de caballería de reserva” y también artillería de reserva, incluida artillería pesada de sitio. Según esto, el ejército de ocupación ascendía inicialmente sobre el papel a unos 125.000 hombres. Entretanto, un tercer cuerpo de infantería avanza sobre el Prut, por lo que, descontando todas las bajas previsibles, podemos estimar las tropas rusas concentradas en el Danubio entre 140.000 y 150.000 hombres. Cuántos, en un momento dado, estarán en condiciones de reunirse bajo las banderas depende de las condiciones sanitarias de aquella región, de la mayor o menor eficiencia del sistema de avituallamiento ruso y de otras circunstancias de naturaleza similar, imposibles de valorar con exactitud desde la distancia.

Sobre la base de toda la información a nuestra disposición, el ejército turco que se enfrenta a los rusos en el Danubio puede estimarse, a lo sumo, en 110.000 a 120.000 hombres. Antes de la llegada de las tropas egipcias se decía generalmente que no pasaba de 90.000. Por consiguiente, hasta donde podemos juzgar, los turcos son claramente inferiores en número puro. Y en cuanto al valor y la calidad efectivos de ambos ejércitos, también los rusos les llevan ventaja. Es cierto que la artillería turca, instruida por destacados oficiales franceses y prusianos, goza de gran prestigio, mientras que se sabe que los artilleros rusos tienen mala puntería; pero la infantería turca, a pesar de todas las mejoras introducidas últimamente, no puede compararse con los granaderos rusos, y a los jinetes turcos les falta aún esa disciplina y firmeza en la batalla que hacen posible un segundo y un tercer ataque una vez rechazado el primero.

En ambos bandos los generales son relativamente nuevos. Ya tuvimos ocasión de exponer ante nuestros lectores los méritos militares del príncipe Gortschakow, el comandante ruso, y las razones por las que el emperador lo designó para ese puesto. Si bien Gortschakow es un hombre honorable y defiende con celo la “misión histórica” de Rusia, está por verse todavía si puede dirigir una campaña de la magnitud de la que ahora se ha abierto. Omer Pachá, el comandante en jefe turco, es más conocido, y lo que sabemos de él es en general favorable. De sus campañas contra el Kurdistán y Montenegro, la primera fue exitosa en condiciones difíciles; la segunda, extraordinariamente bien planeada, habría conducido al éxito casi sin derramamiento de sangre de no haberse entrometido la diplomacia. Así pues, la superioridad del lado turco tal vez resida sobre todo en la dirección; en casi todos los demás aspectos, los rusos llevan la ventaja.

Aunque los turcos han declarado la guerra y probablemente arden en deseos, con más pasión que los rusos, de llegar a las manos con el enemigo, parece no obstante evidente que, al ser los más débiles, encontrarán la mayor ventaja en la defensiva, y los rusos en la ofensiva. Esto excluye, naturalmente, las oportunidades que pudieran derivarse de errores manifiestos en las medidas adoptadas por ambos generales. Si los turcos tuvieran fuerzas suficientes para la ofensiva, su táctica sería clara. Entonces deberían engañar a los rusos con maniobras de distracción en el alto Danubio, concentrar rápidamente sus tropas entre Silistria y Hirsowa, cruzar el bajo Danubio, atacar al enemigo por su punto más débil —es decir, en la estrecha franja de terreno que forma la frontera entre Valaquia y Moldavia—, separar después a las tropas rusas en los dos principados danubianos, hacer retroceder con fuerzas concentradas al cuerpo de Moldavia y destrozar al cuerpo aislado y cortado de Valaquia. Pero como los turcos carecen de toda perspectiva de éxito en un movimiento ofensivo, razonablemente sólo podrían aventurar semejante operación si el comandante ruso cometiera errores inauditos.

Si los rusos aprovechan la oportunidad para la ofensiva, tendrán que superar dos obstáculos naturales antes de penetrar en el corazón del Imperio otomano: primero el Danubio y luego los Balcanes. El cruce de un río ancho, incluso frente a un ejército enemigo, es una empresa militar que se ha llevado a cabo tantas veces a lo largo de las guerras revolucionarias y napoleónicas que hoy en día cualquier teniente sabe cómo hacerlo. Unas cuantas maniobras de engaño, un tren de pontones bien pertrechado, algunas baterías para asegurar los puentes, medidas bien pensadas para garantizar la retirada y una vanguardia audaz son, poco más o menos, todos los requisitos necesarios. Pero el cruce de una gran cordillera y, sobre todo, de una con tan pocos pasos y caminos transitables como los Balcanes, es una empresa más seria. Cuando esa cordillera discurre paralela a un río a una distancia de no más de 40 a 60 millas, como los Balcanes respecto al Danubio, el asunto se vuelve aún más grave, puesto que un cuerpo derrotado en las montañas puede, bajo una persecución activa, ser cortado de sus puentes y arrojado al río antes de que pueda llegar refuerzo alguno; un ejército vencido de este modo en una gran batalla estaría irremediablemente perdido. Precisamente esta escasa distancia entre el Danubio y los Balcanes y su curso paralelo constituyen la fuerza militar natural de Turquía. Los Balcanes, desde la frontera macedonio-serbia hasta el mar Negro, es decir, los Balcanes propiamente dichos, el “Weliki Balkan”, tienen cinco pasos, de los cuales dos son precisamente el tipo de carreteras de montaña habituales en Turquía. Estos dos son el paso de Ichtiman, en la ruta de Belgrado a Constantinopla pasando por Sofía, Filipópolis, Adrianópolis, y el paso de Dobrol, en la ruta de Silistria y Shumla. De los otros tres, dos se sitúan entre los recién mencionados y el tercero entre Dobrol y el mar Negro; éstos pueden considerarse intransitables para un gran ejército con su tren. Destacamentos menores tal vez puedan pasar, eventualmente incluso artillería ligera de campaña, pero no pueden servir a los invasores como líneas de operaciones y comunicaciones de su cuerpo principal.

En 1828 y 1829, las tropas rusas operaron sobre la línea Silistria–paso de Dobrol–Adrianópolis–Ainadschik; como ésta es en realidad la conexión más corta y directa desde la frontera rusa hasta la capital turca, se ofrece por sí misma como la más natural para cualquier ejército ruso que venga del norte, apoyado por una flota que domina sin restricciones el mar Negro y cuya tarea sea forzar una rápida decisión mediante un avance victorioso sobre Constantinopla. Para atravesar esta ruta, un ejército ruso, después de cruzar el Danubio, tendría que forzar una sólida posición flanqueada por las dos fortalezas de Shumla y Varna, sitiar o tomar ambas y después franquear los Balcanes. En 1828, los turcos se jugaron su principal fuerza en esta posición. Fueron batidos en Kulewtscha; Varna y Shumla fueron tomadas, la defensa de los Balcanes fue sólo débil, y los rusos, aunque muy debilitados, alcanzaron Adrianópolis sin encontrar resistencia, pues el ejército turco se había disuelto por completo y no se disponía ni de una brigada para defender Constantinopla. Entonces los turcos cometieron un gran error. Todo oficial sabe que una cadena montañosa no se defiende mediante una posición defensiva plantada delante de ella, ni tampoco repartiendo las fuerzas defensivas para cerrar todos los pasos, sino tomando una posición central detrás, observando constantemente todos los pasos y —una vez que las intenciones del enemigo hayan quedado claramente de manifiesto— arrojándose con ímpetu concentrado sobre las cabezas de sus columnas en cuanto éstas salgan de los distintos desfiladeros de la cordillera. La sólida posición transversal a la línea de operaciones rusa entre Varna y Shumla indujo a los turcos a ofrecer allí la resistencia decisiva que deberían haber presentado en la llanura de Adrianópolis, con fuerzas más concentradas, contra un enemigo necesariamente debilitado por la enfermedad y los destacamentos.

Vemos, pues, que en la defensa de la línea Silistria–Adrianópolis habría debido defenderse el paso del Danubio sin arriesgar una batalla decisiva. El segundo punto de resistencia debería haberse ofrecido _detrás_ de Shumla y Varna, y no _entre_ ellas; sólo se debió aceptar una batalla decisiva si las probabilidades de victoria eran _muy grandes_. El siguiente paso es la retirada sobre los Balcanes, manteniendo defendidos los pasos mediante destacamentos que opongan toda la resistencia que parezca aconsejable, sin dejarse arrastrar a un choque decisivo. Entre tanto, los rusos se debilitarán sitiando las fortalezas y, si siguen su práctica anterior, las tomarán de nuevo al asalto, perdiendo mucha gente en tal proceder; pues es un hecho curioso y típico del ejército ruso que, hasta hoy y sin ayuda extranjera, _nunca ha estado en condiciones de realizar un asedio regular_. La falta de ingenieros y artilleros experimentados, la imposibilidad de establecer en un país bárbaro grandes depósitos de material de guerra y de sitio, o incluso de transportar material, de cualquier clase que sea, a través de extensas distancias terrestres, han obligado siempre a los rusos a tomar por asalto toda plaza fortificada después de un breve, violento, pero rara vez muy eficaz cañoneo. De este modo conquistó Suworow Ismail y Otschakow; así fueron asaltadas en 1828 y 1829 las fortalezas turcas en Europa y Asia, y de la misma manera tomaron los rusos Varsovia en 1831. En todo caso, los rusos alcanzarán debilitados los pasos de los Balcanes, mientras que los turcos habrán tenido tiempo de concentrar sus destacamentos desde todos los lados. Si el invasor no es rechazado en su intento de franquear los Balcanes mediante un golpe de la totalidad del ejército turco, la batalla decisiva podría librarse bajo los muros de Adrianópolis; y si los turcos sufrieran entonces una derrota, al menos habrán aprovechado todas las oportunidades que les quedaban.

Sin embargo, una victoria rusa en Adrianópolis puede decidir muy poco en las circunstancias actuales. Las flotas británica y francesa se encuentran ante Constantinopla, y justo delante de sus ojos ningún general ruso puede marchar sobre esta capital. Los rusos, detenidos en Adrianópolis y que no podrían contar con el apoyo de su flota, puesto que ella misma correría peligro, pronto serían víctimas de las enfermedades por miles y tendrían que retirarse de nuevo allende los Balcanes. Así, aun en caso de victoria, no alcanzarían su verdadero objetivo bélico. Existe, ciertamente, otra línea de operaciones, que acaso sería más ventajosa. Surge de la ruta que conduce de Vidin y Nikopol, pasando por Sofía, a Adrianópolis. Prescindiendo de consideraciones políticas, a ningún general ruso razonable se le ocurriría seguir esta ruta. Pero mientras Rusia pueda confiar en Austria — mientras la aproximación de un ejército ruso a la frontera serbia, unida a las intrigas rusas en Serbia, pueda desencadenar movimientos insurreccionales en ese país, en Montenegro, así como entre la población predominantemente greco-eslava de Bosnia, Macedonia y Bulgaria — mientras la operación que coronaría una campaña puramente militar, la toma de Constantinopla, no entre en consideración a causa de la presencia de una flota europea —, este mencionado plan de campaña será el único que los rusos puedan adoptar con buenas perspectivas de éxito y, además, sin empujar a Inglaterra y Francia, mediante un avance directo sobre Constantinopla, a acciones resueltas y bélicas.

Dada la posición actual del ejército ruso, parece en efecto como si se proyectase algo de este cariz. Su ala derecha se ha extendido hasta Craiova, cerca de la frontera occidental de Valaquia, y ha tenido lugar un desplazamiento general de las tropas hacia el alto Danubio. Puesto que esta maniobra se sitúa enteramente fuera de la línea de operaciones Silistria-Shumla, no puede tener más fin que establecer contacto con Serbia, el centro de las aspiraciones nacionales eslavas y de la fe griego-ortodoxa en Turquía. Una posición defensiva en el bajo Danubio, combinada con un avance a través del alto Danubio en dirección a Sofía, sería completamente segura en caso de contar con el apoyo de Austria y en conjunción con un movimiento de los eslavos turcos por su independencia nacional; y un movimiento semejante no podría desencadenarse de manera más eficaz que mediante un avance del ejército ruso sobre el centro de la población eslava de Turquía. De ese modo, el zar alcanzará mucho más fácilmente y de un modo mucho menos ofensivo lo que ha venido exigiendo a lo largo de todas las controversias: la reunión de todos los eslavos que viven en Turquía en principados separados, como lo son hoy Moldavia, Valaquia y Serbia. Si Bulgaria, Montenegro y Macedonia estuvieran bajo el dominio nominal del sultán y el protectorado efectivo del zar, la Turquía europea quedaría limitada a los alrededores de Constantinopla y privada de su provisión de soldados procedentes de Albania. Esto sería para Rusia un resultado mucho mejor que una victoria decisiva en Adrianópolis, tras la cual sus tropas llegarían a un punto muerto. Según todas las apariencias, Rusia aspira a este resultado. Queda por ver si no se equivoca al confiar en los eslavos de Turquía; en todo caso, no habría motivo de asombro si todos ellos se volvieran contra Rusia.