REVOLUCION EN CHINA Y EN EUROPA

14 de junio de 1853

Un muy profundo pero fantasioso especulador delos princi-
pios que gobiernan los movimientos de la Humanidad solía
ensalzar como uno de los secretos que gobiernan la naturaleza
lo que llamaba la ley del contacto de los extremos. El popular
proverbio «los extremos se tocan» era, en su opinión, una gran y
poderosa verdad para todos los ámbitos de la vida, un axioma
tan imprescindible para el filósofo como las leyes de Kepler o el
gran descubrimiento de Newton para el astrónomo.

«Los extremos se tocan» puede ser un principio universal o no
pero, en todo caso, uno de sus ejemplos más reveladores podría
ser el efecto de la revolución china en el mundo civilizado!.

1 Entre 1850 y 1864 se produjo en el sur de China la rebelión Taiping. Hong Xin-
quang (1814-1864), un campesino cristiano, se rebeló contra el gobierno de los
manchúes e implantó en las regiones meridionales del paísel reino Taiping (de Taiping
Tianguo, «reino celestial de la gran paz»), que duró hasta 1864, año en que, con ayuda
de las potencias occidentales, el gobierno de Pekín aplastó a los rebeldes. Según algunas
fuentes, el conflicto se saldó con veinte millones de muertos. Entre otras cosas, Hong
defendía la propiedad colectiva; tal vez por eso Marx denomine revolución lo que la his-
toriografia llama «rebelión».

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Puede parecer extraña y paradójica la afirmación de que la pró-
xima sublevación popular en Europa y su posterior evolución
en pos de la libertad republicana y la economía de gobierno tal
vez dependa más de lo que hoy sucede en el Imperio Celeste
en los antípodas de Europa- que de cualquier otra cuestión
política -más incluso que de las amenazas de Rusia y la posible
guerra europea en que podrían desembocar-. Y, sin embargo,
no es ninguna paradoja, como todos comprenderán tras exami-
nar atentamente las circunstancias del caso.

Con independencia de las causas sociales -y de las formas
religiosas, dinásticas o nacionales que puedan adoptar- que
condujeron a las rebeliones crónicas que llevan produciéndose
en China los últimos diez años y que ahora cristalizan en una
formidable revolución, es incuestionable que este último estalli-
do tiene su origen en los cañones ingleses que por la fuerza han
introducido en China esa droga soporífera llamada opio. Ante
las armas británicas, la autoridad de la dinastía manchú quedó
hecha pedazos, la supersticiosa fe en la eternidad del Imperio
Celeste se quebró, el bárbaro y hermético aislamiento del
mundo civilizado fue infringido, y una grieta se abrió en ese
intercambio que desde entonces se desarrolla tan rápidamente
gracias a los dorados atractivos de Australia y California. Al
mismo tiempo, la moneda de plata del Imperio, su savia vital,
empezó a desaguar hacia las Indias Occidentales.

Hasta 1830, la balanza comercial siempre fue favorable a
China por su ininterrumpida importación de plata de la India,
el Reino Unido y Estados Unidos. Desde 1833, y especialmente
desde 1840, las exportaciones de plata de China a la India casi
han llegado a agotar las arcas del Imperio Celeste. De ahí los
estrictos decretos del emperador contra el comercio de opio,
que han encontrado gran oposición. Además de esta conse-

cuencia económica inmediata, los sobornos relacionados con el
contrabando de opio han inmoralizado completamente a los
funcionarios de las provincias del sur de China. Igual que solían
considerar al emperador padre de China, sus regidores tenían
una relación paternal con las provincias que administraban.
Pero esta autoridad patriarcal, único lazo moral que cohesiona
la vasta maquinaria del Estado, se ha ido corroyendo gradual-
mente por la corrupción de los regidores, que han acumulado
grandes ganancias haciendo la vista gorda con el contrabando
de opio. Esto ha ocurrido principalmente en las mismas provin-
cias del sur donde empezó la rebelión. Casi no hace falta decir
que, en la medida en que el opio ha ido imponiendo su sobera-
nía sobre los chinos, el emperador y su gobierno de pedantes
mandarines han ido perdiendo la suya. Da la impresión de que
la historia tenía que emborrachar primero a todo su pueblo
para luego despertarlo de su estupidez hereditaria.

Aunque apenas se produjo en tiempos remotos, la importa-
ción de algodón inglés y, en menor medida, de lana inglesa
viene aumentando rápidamente desde 1833, época en que el
monopolio del comercio con China pasó de la Compañía de
las Indias Orientales a empresas privadas, y en mucha mayor
escala a partir de 1840, cuando otras naciones y especialmente
la nuestra consiguieron mayor participación en el comercio
chino. La introducción de productos manufacturados extranje-
ros ha tenido un efecto similar en la industria china al que
anteriormente tuvo en Persia, la India y Asia Menor. En China,
tejedoras e hilanderas han sufrido enormemente la competen-
cia extranjera y la comunidad se ha desestabilizado en la misma
proporción.

El tributo pagado a Inglaterra tras la infortunada guerra de
1840, el gran e improductivo consumo de opio, la fuga de meta-

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les preciosos que ha ocasionado, la destructiva influencia de la
competencia extranjera en las manufacturas autóctonas, la
inmoralidad de la administración pública, han tenido dos con-
secuencias: los viejos tributos son cada vez más onerosos y acu-
ciantes, y han surgido otros nuevos. Por ejemplo, en un decreto
fechado en Pekín el 5 de enero de 1853, el emperador cursa a
los virreyes y gobernadores de las provincias meridionales de
Wuchang y Hanyang la orden de suspender y posponer el cobro
de impuestos, y, especialmente, de no recaudar nunca una can-
tidad superior a la debida, porque de otra manera, dice el decre-
to, «¿Cómo iban los pobres a soportarlo? Asi tal vez -prosigue el
emperador- pueda mi pueblo, en un período de privaciones y
miseria generalizadas, librarse del mal de la persecución y hosti-
gamiento de los recaudadores de impuestos». Este lenguaje, y
estas concesiones, recordamos habérselo oído a Austria, la
China de Alemania, en 1848.

Todos estos agentes disolventes actuaron conjuntamente en
las finanzas, la moral, la industria y la estructura política de
China, se manifestaron plenamente en 1840 con los cañones
ingleses, que quebraron la autoridad del emperador, y han obli-
gado al Imperio Celeste a entrar en contacto con el mundo
terrenal. El aislamiento completo era condición esencial para la
preservación de la Vieja China. Ese aislamiento llegó a su violen-
to final a causa de Inglaterra, y es tan seguro que le seguirá la
disolución como que una momia se desintegra al entrar en con-
tacto con el aire aunque esté cuidadosamente preservada en un
ataúd herméticamente sellado. Después de que Inglaterra haya
sido uno de los causantes de la revolución china, la cuestión es
cómo reaccionará con la propia Inglaterra esa revolución llega-
do el momento, y a través de Inglaterra, con Europa. Una cues-
tión que no es de difícil solución.

La atención de nuestros lectores se ha concentrado con fre-
cuencia en el crecimiento sin parangón de las manufacturas bri-
tánicas desde 1850. En medio de la más sorprendente prosperidad
no ha sido difícil señalar los claros síntomas de la crisis industrial
que se avecina. A pesar de California y Australia, a pesar de una
emigración muy numerosa y sin precedentes, tiene que llegar
un momento, a su debido tiempo y sin incidente particular que
lo motive, en que la ampliación de los mercados no pueda
seguir el ritmo del aumento de la producción manufacturera
del Reino Unido y, con la misma certidumbre con que ya ha
sucedido en el pasado, esta desproporción desemboque en otra
crisis. Además, si uno de los grandes mercados se contrajese de
pronto, la llegada de la crisis se aceleraría. La rebelión china
debe, por lo sucedido hasta ahora, tener precisamente este efec-
to en Inglaterra. La necesidad de abrir nuevos mercados, y de
ampliar los ya existentes, ha sido una de las principales causas
de la bajada de los impuestos del té británicos, de igual modo
que, junto con una importación de té cada vez mayor, se espera
que crezcan las exportaciones de productos manufacturados a
China. En 1834, el valor anual de las exportaciones a China ape-
nas alcanzaba, antes de que ese mismo año acabara por decreto
el monopolio comercial de la Compañía de las Indias Orienta-
les, 600.000 libras esterlinas, mientras que en 1836 llegó a
1.326.388, en 1845 a 2.394.827 y en 1852 a unos tres millones.
La cantidad de té importado de China no pasaba en 1793 de
7.000 toneladas, pero en 1845 casi llegó a las 25.000, en 1846
superó las 27.000 y ahora casi alcanza las 30.000. La cosecha de
té de este último año no será escasa, como sabemos ya por la
lista de exportaciones de Shanghai, que supera en casi mil tone-
ladas a la del año anterior. Hay que achacar esta subida a dos cir-
cunstancias. Por un lado, al terminar 1851, los mercados esta-

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ban en peor situación y el gran excedente sobrante se contabili-
zó en las exportaciones de 1852. Por otro, la reciente alteración
de la legislación británica con respecto a la importación de té,
que afecta a China, ha colocado todos los tés disponibles en un
mercado predispuesto y con precios mucho más altos. Pero en
lo que se refiere a la próxima cosecha, la situación es muy distin-
ta. Lo demuestra el siguiente extracto de la correspondencia de
una gran empresa tetera de Londres:

Dicen que en Shanghai el terror es extremo. El valor del oro ha
subido un 25 por ciento y lo buscan con ansia para guardarlo; la
plata ha desaparecido y nada obtienen del cobro de los aranceles
portuarios a los buques británicos que quieren atracar; como
resultado de todo ello, el senor Alcock, cónsul, ha consentido en
hacerse responsable ante las autoridades chinas del pago de esos
aranceles previa entrega de recibos de la Compañía de las Indias
Orientales u otras garantías oficiales. La escasez de metales pre-
ciosos es uno de los detalles más desfavorables cuando se compa-
ra con el futuro inmediato del comercio, porque se da precisa-
mente en un momento en que su empleo es muy necesario para
que los compradores de té y de seda se internen en el país y
adquieran los productos, para lo cual necesitan pagar por ade-
lantado y que los productores puedan llevar a cabo sus operacio-
nes.

En esta época del año es normal empezar los preparativos para
los nuevos tés, pero de momento solo se ha hablado de los
medios para proteger a personas y propiedades, y las transaccio-
nes se han interrumpido.

Si no se hace lo necesario para proteger las hojas en abril y mayo,

las primeras cosechas, que es donde estan las mejores variedades
de tés negros y verdes, se echaran tanto a perder como el trigo no
recogido por Navidad.

No serán las escuadras inglesas, americanas y francesas fondea-
das en los mares de China las que pongan los medios para pro-
teger las hojas de té, pero con su injerencia sí podrían crear
fácilmente tales complicaciones que los intercambios entre el
interior, que produce el té, y los puertos, que lo exportan, po-
drían interrumpirse. Es de esperar por tanto que la presente
cosecha tenga un precio más elevado —en Londres ya ha comen-
zado la especulación- y que la siguiente se salde con un gran
déficit. Y eso no es todo. Para vender a los extranjeros las nume-
rosas mercancías que tienen a mano, los chinos, por dispuestos
que estén a hacerlo y como todos los pueblos que atraviesan un
período de convulsión revolucionaria, querrán acumular reser-
vas, no aceptar a cambio de su seda y su té apenas otra cosa que
dinero contante y sonante, como acostumbran a hacer los
orientales por temor a los grandes cambios. Por esto mismo,
Inglaterra tiene que esperar una subida del precio de uno de los
artículos que más consume, una fuga de oro y una gran contrac-
ción de un importante mercado para sus artículos de lana y
algodón. Incluso The Economist, optimista prestidigitador de
cuanto amenace las tranquilas cabezas de la comunidad mer-
cantil, se ve obligado a emplear el siguiente lenguaje:

No nos hagamos ilusiones pensando que encontraremos un
mercado tan grande como el anterior para nuestras exportacio-
nes a China [...]. Es más probable, por consiguiente, que se
resienta nuestra actividad exportadora a China, y que baje la
demanda de los productos de Manchester y Glasgow.

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No debemos olvidar que la subida del precio de un artículo tan
indispensable como el té y la contracción de un mercado tan
importante como el chino coincidirán con una cosecha defi-
ciente en Europa Occidental y, por tanto, con el aumento del
precio de la came, los cereales y todoslos demás productos agrí-
colas. De ahí que se hayan contraído los mercados de manufac-
turas, porque todo aumento del precio de los productos de pri-
mera necesidad se compensa, a escala nacional e internacional,
con la correspondiente reducción de la demanda de manufac-
turas. Desde todos los rincones de Gran Bretaña llegan quejas
por el mal estado de los cultivos. The Economist prosigue sobre

este tema:

En el sur de Inglaterra «no solo va a quedar mucha tierra sin sem-
brar hasta que se haga demasiado tarde para cualquier tipo de
cultivo, sino que en una gran parte de la tierra cultivada el cereal
no podrá creer o lo hará de manera deficiente». En los suelos
poco fértiles o húmedos destinados al trigo hay ya signos eviden-
tes del daño. «Se puede decir que ha pasado la época de plantar
remolacha forrajera y que se ha plantado muy poca, mientras
que la época de preparar la tierra para los nabos está llegando a
su fin sin que se hayan completado los preparativos adecuados
para este importante cultivo [...] la siembra de avena se ha visto
entorpecida por la lluvia y la nieve. Es poca la avena que se plantó
temprano y la tardía rara vez da grandes cosechas.

En muchas regiones, los rebaños de cría han sufrido pérdidas
considerables. El precio de productos agrícolas distintos al cereal
ha subido un 20 o un 30 e incluso un 50 por ciento con respecto
al último año. En el Continente, el grano ha subido comparati-
vamente más que en Inglaterra. En Bélgica y Holanda, el cente-

no ha subido un cien por cien. El trigo y otros cereales siguen el
mismo camino.

En estas circunstancias y habiendo las transacciones británicas
completado ya la mayor parte del ciclo normal del comercio, se
puede presagiar sin temor a equivocarse que la revolución
china hará saltar la chispa en la sobrecargada mina del actual sis-
tema industrial y causará la explosión de la crisis generalizada
que se lleva gestando tanto tiempo y que, al transmitirse al
extranjero, se verá seguida de cerca por revoluciones políticas
en el Continente. Sería un espectáculo curioso ver que China
manda desorden al mundo occidental mientras, por medio de
los buques de guerra ingleses, franceses y americanos, las poten-
cias de Occidente imponen «orden» en Shanghai, Nankín y la
desembocadura del Gran Canal. ¿Olvidarán esas potencias afi-
cionadas a imponer orden, que querrían apoyar a una dinastía
manchú que se tambalea, que el odio al extranjero y su exclu-
sión del Imperio, antaño mera consecuencia de la situación
geográfica y etnográfica de China, se convirtieron en sistema
político únicamente desde la conquista del país por la raza de
los tártaros manchúes? No cabe la menor duda de que las turbu-
lentas disensiones de las naciones europeas que a finales del
siglo XVI rivalizaron en el comercio con China prestan una
poderosa ayuda a la política de exclusión adoptada por los man-
chúes. Pero más ayuda el miedo de la nueva dinastía a que los
extranjeros puedan favorecer el descontento que una gran
parte de la población china ha ido acumulando en la primera
mitad de siglo por su sometimiento a los tártaros. Por este moti-
vo se prohibió a los extranjeros mantener contacto alguno con
los chinos salvo a través de Cantón, ciudad muy alejada de Pekín
y las regiones del té, y limitaron sus transacciones comerciales al

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intercambio con los mercaderes de Hong, que contaban con la
autorización expresa del gobierno para comerciar con otras
naciones, a fin de evitar que el resto de los súbditos chinos tuvie-
ran comunicación con los odiosos extranjeros. En todo caso,
cualquier injerencia de los gobiernos occidentales en estos
momentos solo puede servir para que la revolución se vuelva
más violenta y para prolongar el estancamiento del comercio.

Al mismo tiempo hay que observar que, en relación con la
India, nada menos que una séptima parte de los ingresos del
gobierno británico de ese país dependen de la venta de opio a
los chinos, mientras que una proporción considerable de la
demanda de la India de manufacturas británicas depende de
que ese opio se produzca en ese país. Es verdad que es tan pro-
bable que los chinos renuncien a fumar opio como que los ale-
manes dejen de fumar tabaco, pero, como se rumorea que el
nuevo emperador es favorable a la cultura de la flor de adormi-
dera y a que el opio se prepare en la propia China, es evidente
que el negocio del cultivo del opio en la India sufrirá un golpe
de muerte, y con él los ingresos del Estado indio y los recursos
comerciales del Indostán. Aunque los intereses directamente
implicados no notarán el golpe de inmediato, a su debido tiem-
po tendrá sus efectos e intensificará y prolongará la crisis finan-
ciera universal cuyo futuro hemos vaticinado en las líneas prece-
dentes.

Desde principios del siglo xix no ha habido en Europa revo-
lución importante que no se haya visto precedida de una crisis
comercial y financiera. Esto es verdad tanto de la revolución de
1789 como de la de 1848. Todos los días vemos disputas más
temibles entre los poderes gobernantes y sus súbditos, entre el
Estado y la sociedad, y entre las distintas clases; conflictos entre
las potencias existentes que alcanzan ese clímax en que todos

desenvainan su espada y recurren a la razón última de los prínci-
pes. Todos los días llegan a las capitales europeas alarmantes
despachos hablando de guerra universal, pero los despachos del
día siguiente los desmienten con garantías de paz que duran
más o menos una semana. Podemos estar seguros, sin embargo,
de que, con independencia de la temperatura que alcance el
conflicto entre las potencias europeas, por amenazador que
pueda parecer el horizonte diplomático, sean cuales sean los
movimientos que pueda intentar alguna facción entusiasta en
algún país o en otro, el viento de la prosperidad instiga por igual
la rabia de los príncipes y la furia de los pueblos. No es probable
que las guerras o las revoluciones siembren la discordia en
Europa a no ser que sean resultado de una crisis comercial e
industrial generalizada de la cual, como siempre, dará la señal
de alarma Inglaterra, representante de la industria europea en
el mercado mundial.

Es innecesario convivir con las consecuencias políticas que
una crisis semejante debe producir en estos tiempos, con la
extensión sin precedentes de factorías en Inglaterra, con la diso-
lución completa de los partidos oficiales, con toda la maquina-
ria del Estado francés transformada en un inmenso problema
por tanta estafa y especulación, con Austria al borde de la banca-
rrota, cuando en todas partes arrecian injusticias que el pueblo
querrá vengar, cuando las potencias, reaccionarias, tienen inte-
reses encontrados, y cuando el sueño de conquista de los rusos
ha vuelto a revelarse al mundo una vez más.