Friedrich Engels

La situación política de la república suiza

Escrito aproximadamente el 26 de abril de 1853.

Del inglés.

[*New-York Daily Tribune*, núm. 3770, del 17 de mayo de 1853]

Londres, 1 de mayo de 1853

Antiguamente era costumbre en las familias reales tener a su servicio cabezas de turco, que tenían el honor de recibir sobre sus profanas espaldas un castigo apropiado cuando alguno de los vástagos de sangre real se permitía una infracción contra las reglas de la buena conducta. El moderno sistema político en Europa continúa, en cierto grado, esta práctica, mediante la creación de pequeños Estados tapón, los cuales se convierten en chivos expiatorios cuando surgen disputas interiores que pueden perturbar la armonía del «equilibrio de fuerzas». Para que estos pequeños Estados puedan desempeñar ese envidiable papel con la necesaria dignidad, se les declara, con el consentimiento general de una Europa «reunida en congreso» y con toda la solemnidad debida, como
«neutrales».
Un tal chivo expiatorio o cabeza de turco es Grecia; el mismo papel desempeñan Bélgica y Suiza. La única diferencia estriba en que estos modernos chivos expiatorios políticos, a consecuencia de sus anómalas condiciones de vida, rara vez no merecen los castigos con que se les honra.

El ejemplo más notable de esta clase de Estados ha sido, en los últimos tiempos, Suiza.

*Quidquid delirant reges, plectuntur* ...

los suizos. <Cualquier desvarío de los príncipes, los suizos, ellos han de expiarlo... (según Horacio)> Y dondequiera que el
pueblo
de un Estado europeo entraba en conflicto con sus gobernantes, los suizos podían contar con seguridad con recibir también su parte de enojo, hasta que Suiza, a principios de este año, tras haber incurrido sin motivo en el descrédito de apoyar al
partido revolucionario
, fue puesta en una especie de proscripción por los gobernantes del continente europeo. Disputas con el emperador Napoleón sobre la cuestión de los refugiados, que una vez casi envolvieron a Suiza en una guerra; disputas con Prusia a causa de Neuchâtel; disputas con Austria a causa del levantamiento del Tesino y de Milán; disputas con pequeños Estados alemanes sobre cosas que a nadie interesan; disputas por todas partes y en todos los rincones, notas diplomáticas amenazantes, expulsiones, vejaciones de pasaportes y bloqueos llovieron sobre la desdichada Suiza, tan densos como el granizo en una tormenta. Y sin embargo —así es la naturaleza humana—, los suizos se sienten, a su manera, orgullosos, felices y satisfechos, y se encuentran más en casa bajo este granizo de ultrajes e insultos que cuando el horizonte político está radiante y sin nubes.

Esta honorable situación política de Suiza es expresada por la opinión pública europea de manera bastante vaga y torpe con el dicho común: Suiza fue inventada por los gobernantes de Europa con el fin de desacreditar a los gobiernos republicanos. Y, ciertamente, Metternich o Guizot habrán dicho a menudo: Si no existiera Suiza, habría que crearla. Para ellos, un país vecino como Suiza era un verdadero regalo del cielo.

No se puede esperar de nosotros que repitamos las múltiples acusaciones que, en los últimos tiempos, han lanzado contra Suiza y sus instituciones los revolucionarios reales y los aspirantes a revolucionarios. Mucho antes de los movimientos de 1848, los órganos del Partido Comunista revolucionario de Alemania examinaron el asunto; mostraron por qué Suiza, como Estado independiente, tiene que ir siempre a la zaga del desarrollo de la civilización europea, y por qué este país, pese a su republicanismo ostentoso, será siempre reaccionario en su esencia. Por ello fueron entonces atacados incluso con furia por los más diversos charlatanes y plumíferos democráticos, que en secreto redactaban declamaciones celebrando a Suiza como su «república modelo», hasta que un día las instituciones modelo se probaron en ellos mismos. Este tema está hoy más que trillado; nadie discute el hecho, y pocas palabras bastarán para poner el asunto en su justa luz.

La masa de la población suiza se dedica a la ganadería o a la agricultura; ganadería en la alta montaña, y agricultura dondequiera que lo permite la
naturaleza del suelo. Las tribus pastoriles —pues se las puede llamar tribus— pertenecen a los habitantes menos civilizados de Europa. Aunque no cortan cabezas y orejas como los turcos y montenegrinos, cometen, a través de sus asambleas judiciales, actos apenas menos bárbaros, y de qué crueldad y bestial fiereza son capaces, lo han demostrado los mercenarios suizos en Nápoles y en otros lugares. No menos que los pastores, se estanca también la población agrícola; no tiene nada en común con la población rural del lejano Oeste americano, cuyo elemento vital son los cambios y que cada doce meses desmonta una superficie de tierra mucho mayor que toda Suiza. El campesino suizo cultiva el pedazo de tierra que su padre y su abuelo cultivaron antes que él; lo cultiva de la misma manera negligente que ellos; obtiene aproximadamente el mismo ingreso que ellos tenían; vive más o menos del mismo modo que ellos vivieron, y, por consiguiente, piensa casi exactamente como ellos. Si no hubiera sido por las cargas y los tributos feudales que les fueron impuestos, en parte por las familias aristocráticas y en parte por los patricios regidores de las ciudades, el campesinado suizo se habría estancado en su existencia política, hasta el día de hoy, exactamente igual que sus vecinos, los pastores de vacas. El tercer componente del pueblo suizo, la población industrial, aunque forzosamente muy por delante de las dos clases antes mencionadas en lo cultural, vive sin embargo bajo condiciones que le excluyen en alto grado de los impulsos gigantescos y progresivos que el moderno sistema fabril ha dado a Europa occidental. La fuerza del vapor apenas se conoce en Suiza; grandes fábricas sólo existen en pocos lugares; la baratura de la fuerza de trabajo, la escasa densidad de población, la abundancia de pequeños torrentes de montaña adecuados para el accionamiento de fábricas: todas estas y otras muchas circunstancias contribuyen a generar una industria pequeña y dispersa, mezclada con la actividad agrícola, como el sistema industrial más apropiado para Suiza. Así, la relojería, la fabricación de cintas, el trenzado de paja, el bordado, etc., se practican en diversos cantones sin ofrecer jamás motivo para el surgimiento de nuevas ciudades o, al menos, para el crecimiento de una ciudad; Ginebra y Basilea, como las ciudades más ricas, y Zúrich, como la ciudad más desarrollada en el aspecto industrial, apenas han crecido desde hace siglos. Si, por tanto, en Suiza la producción manufacturera se realiza casi exclusivamente según el sistema habitual en toda Europa
antes
de la invención de la máquina de vapor, ¿cómo podemos esperar encontrar en las cabezas de los productores otras ideas que las que corresponden a ese estado de cosas? Si la
fuerza del vapor no fue capaz de revolucionar la producción y los medios de transporte en Suiza, ¿cómo iba a poder eliminar el modo de pensar heredado?

La constitución de Hungría tiene cierta semejanza con la constitución de Gran Bretaña, circunstancia de la que los políticos húngaros han sacado provecho para inducirnos a la precipitada conclusión de que la nación húngara apenas se ha quedado rezagada respecto a la inglesa. Y sin embargo, no son sólo muchos cientos de millas, sino también muchos cientos de años los que separan al pequeño artesano de Buda del señor del algodón de Lancashire, o al calderero ambulante de la puszta del obrero cartista de una metrópoli industrial inglesa. Del mismo modo, también Suiza podía dárselas de ser una especie de Estados Unidos en pequeño; pero, aparte de la semejanza externa de las instituciones políticas, apenas hay dos países que se parezcan tan poco como los Estados Unidos, en constante movimiento y transformación, cuya gigantesca misión histórica apenas empiezan a vislumbrar los hombres de ambas orillas del Atlántico, y la estancada Suiza, cuyas incesantes y mezquinas revueltas no habrían conducido más que a un eterno movimiento giratorio en un espacio reducidísimo, si no fuera arrastrada hacia adelante, contra su propia voluntad, por el avance industrial de sus vecinos.

Quien dude de ello quedará convencido tras un breve estudio de la historia de los ferrocarriles suizos. De no haber existido el tráfico de tránsito en torno a Suiza, que discurría de sur a norte a ambos lados del país, no se habría construido allí una sola línea férrea. En todo caso, se han construido con veinte años de retraso.

La invasión francesa de 1798 y la revolución francesa de 1830 permitieron al campesinado sacudirse sus cargas feudales, y a la población industrial y comerciante deshacerse del yugo medieval del control por patricios y gremios. Con este progreso quedó completada la subversión del gobierno
cantonal
. Los cantones más avanzados habían recibido constituciones que correspondían a sus intereses. Esta subversión cantonal repercutió sobre la Asamblea federal y el Consejo federal. El partido que había sido derrotado en los distintos cantones era aún fuerte aquí, y la lucha estalló de nuevo. El movimiento político general de 1840 a 1847, que en toda Europa trajo escaramuzas previas o preparó el terreno para enfrentamientos decisivos, fue favorable en todos los Estados de segundo y tercer orden —gracias a los celos de las grandes potencias— para
la oposición, a la que se puede denominar partido de la burguesía. Tal fue también el caso en Suiza; el apoyo moral de Inglaterra, la irresolución de Guizot, las dificultades que ataban las manos a Metternich en Italia: todo ello contribuyó a que los suizos superaran felizmente la guerra del Sonderbund. El partido que en 1830 había sido victorioso en los cantones liberales conquistó ahora el poder central. La revolución de 1848 permitió a los suizos reformar su constitución feudal y armonizarla con la nueva organización política de la mayoría de los cantones; y así se puede decir ahora que Suiza ha alcanzado la etapa más alta de desarrollo político a la que, como Estado independiente, es capaz de llegar. Las continuas reformas del sistema monetario, de los medios de transporte y otras medidas legislativas que influyen en el desarrollo industrial del país demuestran de manera convincente que la nueva constitución federal responde por completo a las necesidades del país; sin embargo, desgraciadamente, estas reformas son de tal índole, que cualquier otro Estado tendría que avergonzarse de ellas, porque ponen al descubierto la gran cantidad de lacras tradicionales y el estado antediluviano de la sociedad —todo cosas que existen aún hoy en día—.

Lo más que, en el mejor de los casos, puede decirse en favor de la Constitución suiza de 1848 es que, con su entrada en vigor, la parte más civilizada de los suizos se mostró dispuesta a pasar, en cierta medida, de la Edad Media a la sociedad moderna. Pero que sea capaz en algún momento de acabar con las corporaciones comerciales privilegiadas, los gremios y demás amenidades medievales, tiene que parecer muy dudoso a cualquiera que posea los más mínimos conocimientos del país y que haya visto una sola vez con qué tenacidad los círculos respetables, poseedores de “intereses fundados”, combaten incluso la más elemental medida reformadora.

Vemos, pues, a los suizos, fieles a su carácter, moverse pacíficamente en su acostumbrado círculo estrecho, mientras alrededor de ellos el año 1848 estremecía los cimientos de todo el continente europeo. Redujeron las revoluciones de París, Viena, Berlín y Milán a otras tantas fuerzas motrices de intrigas cantonales. El terremoto que hizo temblar a toda Europa no provocó, ni siquiera entre los suizos radicales, otra reacción que la de que ese terremoto podía privar a uno de sus vecinos conservadores de la tranquilidad habitual y ponerlo de mal humor. En la lucha por la independencia italiana, Cerdeña se esforzó mucho en concertar una alianza con Suiza, y no cabe duda de que un refuerzo del ejército sardo con 20.000 o 30.000 suizos habría expulsado muy pronto de Italia a los austriacos. Si 15.000 suizos combatían en Nápoles contra la libertad de Italia, se habría podido esperar con certeza que Suiza enviase un número igual a combatir en apoyo de los italianos, para mantener su cacareada “neutralidad”. Pero la alianza fue rechazada, y la independencia de Italia se perdió tanto por las bayonetas suizas como por las austriacas. Vino después la catástrofe del partido revolucionario, y un torrente de emigrados de Italia, Francia y Alemania se derramó sobre la neutral Suiza. Pero ahí terminó la neutralidad; el radicalismo suizo se contentó con lo que había alcanzado, y esos mismos insurrectos que habían mantenido en jaque a los tutores y superiores naturales de Suiza, es decir, a los gobiernos absolutistas de Europa, permitiendo así a los suizos realizar sin ser molestados sus reformas políticas internas, esos mismos insurrectos fueron ahora colmados de insultos en Suiza y, tan pronto como sus perseguidores lo exigieron, arrojados del país. A esto siguió aquella cadena de humillaciones y ultrajes con que los gobiernos vecinos, uno tras otro, abrumaron a Suiza, y que habrían hecho hervir la sangre a cualquier suizo, si el sentimiento nacional suizo y la independencia suiza no hubieran existido solamente en fanfarronadas y leyendas, sino realmente.

Nunca se ha dado a un pueblo un trato semejante al que los suizos tuvieron que tolerar de Francia, Austria, Prusia y los pequeños Estados alemanes. Nunca se han planteado a ningún otro país exigencias ni remotamente tan humillantes sin que fueran respondidas con una lucha a vida o muerte. Los gobiernos de los países circundantes se arrogaron el derecho de hacer ejercer, por medio de sus agentes, funciones de policía en territorio suizo; y no lo hicieron sólo frente a los refugiados, sino también frente a los funcionarios de policía suizos. Presentaron quejas contra funcionarios subalternos de policía y exigieron su destitución; llegaron incluso a insinuar la necesidad de introducir modificaciones en las constituciones de algunos cantones. Por lo que respecta al gobierno suizo, respondió a cada exigencia, cada vez más insolente, con una contestación aún más humillante. Si alguna vez se vislumbraba en sus palabras algo de espíritu de oposición, podía tenerse la certeza de que en sus actos trataba de compensarlo con una servidumbre redoblada. Una infamia tras otra fue tragada, una orden tras otra ejecutada, hasta que Suiza acabó por hundirse en Europa en el más profundo grado de desprecio, hasta ser más despreciada que sus dos rivales en la “neutralidad”: Bélgica y Grecia. Y ahora, cuando las exigencias de su principal agresor, Austria, han alcanzado tal grado de insolencia que difícilmente podrían ser aceptadas sin una señal de protesta incluso por un estadista del temperamento del señor Druey, ahora, en sus más recientes y enérgicas notas a Viena, no hace sino revelarse cuán profundamente ha caído.

Los paladines de la independencia italiana —hombres que no sólo están muy lejos de mostrar tendencias socialistas y comunistas malignas, sino que ni siquiera llegarían a desear para Italia la misma constitución que tiene Suiza—, hombres que ni antes ni ahora aspiran a la celebridad demagógica de un Mazzini, son calumniados en las notas de Suiza como asesinos, incendiarios, bandidos y subversores de todo orden social. Con respecto a Mazzini, el lenguaje es, naturalmente, mucho más duro; y sin embargo, todo el mundo sabe que, pese a todas sus conjuras e insurrecciones, Mazzini es tan guardián del orden social actual como el señor Druey. Por consiguiente, todo el intercambio de notas se reduce en principio a que los suizos cedan ante los austriacos. ¿Cómo se puede esperar entonces que no cedan también en la práctica?

El hecho es: todo gobierno arrogante y pertinaz puede obtener de los suizos lo que quiera. La existencia aislada que lleva la mayoría de ellos les priva de todo sentimiento de comunidad de sus intereses nacionales. Naturalmente, los habitantes de una aldea, de un valle o de un cantón se mantienen unidos; eso no es sorprendente. Pero levantarse como nación para la lucha común por una causa común, eso no lo harán jamás. En todas las invasiones, tan pronto como la situación comenzaba a hacerse peligrosa, como por ejemplo en 1798, un suizo traicionaba al otro, un cantón abandonaba al otro a su suerte. Los austriacos expulsaron de Lombardía, sin el menor motivo, a 18.000 tesineses. Los suizos arman un gran escándalo y recogen dinero para sus desdichados confederados. Pero si Austria insiste y prohíbe el regreso de esos tesineses, se observará muy pronto un asombroso cambio en la opinión de los suizos. Se cansarán de recoger dinero; dirán que los tesineses se han inmiscuido siempre en la política italiana y que han merecido su suerte; que en realidad “no son buenos confederados”. Los tesineses expulsados se instalarán entonces en los demás cantones de Suiza y “desplazarán a los nativos de sus puestos de trabajo”. Pues en Suiza no se es suizo, sino nativo de este o aquel cantón. Y cuando eso ocurra, se verá cómo nuestros buenos confederados dan rienda suelta a su indignación; se verá cómo se urden toda clase de intrigas contra las víctimas de la arbitrariedad austriaca; se verá cómo los suizos del Tesino son odiados, perseguidos y calumniados exactamente igual que en su día lo fueron los refugiados extranjeros en Suiza, y entonces se dará a Austria todo lo que pide y mucho más, si es que se toma la molestia de pedir más.

Cuando las naciones de Europa hayan recobrado la capacidad de actuar libre y normalmente, considerarán lo que ha de hacerse con estos pequeños Estados “neutrales” que se convierten en siervos de una contrarrevolución en marcha y que, por otra parte, se muestran neutrales o incluso hostiles ante todo movimiento revolucionario, y pese a ello se hacen pasar por naciones libres e independientes. Pero para entonces tal vez no quede ya ni rastro de estas excrecencias de un cuerpo enfermo.

Karl Marx