Karl Marx

[La campaña persa en Afganistán y la campaña rusa en Asia Central –

Dinamarca –

Acciones bélicas en el Danubio y en Asia –

Los mineros del carbón de Wigan]

[“New-York Daily Tribune”, núm. 3928, del 18 de noviembre de 1853]

Londres, viernes 4 de noviembre de 1853

Schafi Khan, el embajador persa en la corte de St. James <palacio real en Londres>, ha sido repentinamente llamado de Inglaterra por el sha. Esta llamada coincide curiosamente con las operaciones de Persia en Afganistán, donde se dice que ha tomado Herat, y con la campaña rusa contra Jiva, la capital del kanato de Jiva. La campaña persa y la campaña rusa pueden considerarse como dos empresas que, una desde el oeste y la otra desde el norte, apuntan hacia el Punyab, el puesto avanzado septentrional de las posesiones británicas en Oriente. La campaña rusa está al mando del general Perovski, el mismo, por tanto, cuya campaña de Jiva de 1839-1840 fracasó. Los rusos, que en los últimos años han construido una flotilla en el mar de Aral, están ahora en condiciones de remontar el río Amu-Daria.

Una gran flota rusa cruza el Báltico, donde hace poco tuvo ocasión de inspeccionar las fortificaciones de Slite y el puerto de la isla sueca de Gotland, por la que Rusia está tan codiciosa como en su día por las islas Åland, situadas junto a la costa de Suecia, de las que se apoderó y que fortificó intensamente en 1836. Desde Gotland, la flota rusa se dirigió al Kattegat y al Sund, para apoyar el golpe de Estado que el rey de Dinamarca se propone dar en el caso muy probable de que el Rigsdag de Copenhague no acepte sin oposición la llamada constitución del Estado integral que el magnánimo zar le impone. La situación de las cosas en Copenhague es la siguiente: El gobierno danés, gracias a la ayuda que le prestó la “Sociedad de los Amigos del Campesino”, ha logrado imponer la abolición de la Lex Regia e introducir la nueva ley de sucesión al trono. Este partido, bajo la dirección del coronel Tscherning, aspira principalmente a la transformación del Festen Guts, una especie de feudo campesino de carácter feudal, en propiedad libre, y a la introducción de un derecho comunal ventajoso para los intereses y el desarrollo del campesinado. El partido que con todo derecho se denomina nacional y liberal —el partido de los eiderdaneses—, que en 1848 formó el ministerio del Casino, impuso al rey la constitución de 1849 y llevó a cabo la guerra contra Schleswig-Holstein, y que estaba compuesto principalmente por representantes de las profesiones intelectuales, había omitido, al igual que los demás partidos liberales de todo el continente, tener en cuenta los intereses de la masa de la población, que en Dinamarca representaba el campesinado. De este modo perdió su influencia sobre el pueblo, y el gobierno casi ha logrado excluirlo por completo del actual Folketing, en el que hoy cuenta apenas con poco más de diez representantes. Sin embargo, después de haberse desembarazado de la detestada oposición de los eiderdaneses con ayuda de la “Sociedad de los Amigos del Campesino”, el gobierno se quitó la máscara y llamó al gabinete al señor Ørstedt, odiado por ambos partidos; y así no solo dejó de halagar por más tiempo al partido campesino, sino que prohibió por veto real la publicación del nuevo derecho comunal, que en su día había sido presentado por ese mismo gobierno para atrapar a los campesinos. La “Sociedad de los Amigos del Campesino”, engañada y mal utilizada por el gobierno, ha concertado una alianza con los eiderdaneses y ha nombrado a Monrad, clérigo y uno de los dirigentes de los eiderdaneses, vicepresidente de la comisión que delibera sobre la cuestión constitucional. Esta coalición ha frustrado toda esperanza de eliminar la constitución por vía legal, y como todo el plan había sido urdido por los moscovitas y para los moscovitas, consecuentemente, en el preciso momento de la crisis, aparece una flota rusa en las aguas danesas.

Todos los periódicos de Viena y Berlín confirman la noticia de que fuertes divisiones del ejército turco han cruzado el Danubio. Según la “Oesterreichische Correspondenz”, los turcos han sido rechazados por los rusos en la Pequeña Valaquia. Un despacho telegráfico confirma que el 21 de octubre se produjo un serio combate entre los dos ejércitos en Asia. Hemos de esperar noticias más detalladas y auténticas para poder explicar las circunstancias que hayan podido inducir al comandante en jefe turco a cruzar el Danubio por Widdin, maniobra que a primera vista ha de considerarse un grave error. La “Kölnische Zeitung” comunica que el príncipe Gortschakow se ha apoderado de todas las cajas del tesoro de Valaquia (no se dice si las del gobierno u otras); y según otro periódico alemán, el mismo general ha hecho transportar al interior del país todos los cereales que estaban almacenados a orillas del Danubio y que debían exportarse a otros países.

Las noticias sobre la superioridad militar que Schamyl ha logrado sobre el príncipe Woronzow se confirman en los periódicos franceses de hoy. Leemos en la “Agramer Zeitung” que el príncipe Danilo ha recibido una importante comunicación de Rusia y que, tras recibirla, ha dado orden de trasladar a Zabljak todos los cereales traídos del territorio de Montenegro. Se fabrican cartuchos y se funden balas. Se dice que Rusia ha informado al Wladika <soberano de Montenegro> de que se avecina un choque entre los turcos y los rusos, de que la guerra tiene un carácter patriótico y sagrado y de que los montenegrinos deben vigilar cuidadosamente sus fronteras para que no se pueda prestar ayuda alguna a la Puerta desde las provincias vecinas.

“Der Wanderer” de Viena, del 28 de octubre, afirma que, según una carta de San Petersburgo, el emperador Nicolás ha ordenado la formación de un ejército de reserva; su cuartel general estará en Volinia.

El pasado martes se produjeron en Blackburn, con motivo de la elección de los concejales del barrio de San Pedro, desórdenes en los que tuvo que intervenir el ejército.

Respecto a los desórdenes de Wigan, el señor Cowell, dirigente de los obreros de Preston, declaró en una reunión pública:

“que lamentaba mucho lo sucedido en Wigan. Le dolía que los de Wigan no tuvieran más entendimiento que el de recurrir a un sistema de nivelación. Sería insensato que los obreros se unieran y destruyeran la propiedad que ellos mismos han creado. La propiedad misma nunca les causa agravio: los hombres que poseen la propiedad son los tiranos. Los obreros debían respetar la propiedad y la vida, y si procedían de manera pacífica, ordenada y tranquila, podían confiar en que la lucha se resolvería a su favor.”

Estoy muy lejos de defender los actos de violencia sin objeto que cometieron los mineros del carbón de Wigan y que pagaron con la sangre de siete personas. Pero, por otra parte, comprendo que es muy difícil para los estratos más bajos de la clase obrera, a los que sin duda pertenecen los mineros, proceder de manera “pacífica, ordenada y tranquila” cuando son empujados a actos de furia ciega por la necesidad extrema y la insolencia a sangre fría de sus patronos. Los desórdenes han sido provocados por estos últimos para poder pedir auxilio militar y para —como lo hicieron en Wigan— prohibir todas las reuniones de los obreros por orden de las autoridades policiales. El tumulto ocurrido el viernes por la mañana en Wigan fue causado por los propietarios de minas del distrito, que se habían reunido en gran número en el Whitesides Royal Hotel para deliberar sobre las reclamaciones de los mineros y rechazar mediante su resolución todo compromiso con los trabajadores. El asalto al aserradero de Haigh, cerca de Wigan, ocurrido el lunes, iba dirigido contra los mineros forasteros que el señor Peace, agente del conde de Balcarres, había hecho venir de Gales para reemplazar a los huelguistas en las minas de carbón.

Ciertamente, no hicieron bien los mineros en impedir por la fuerza a sus compañeros de trabajo que realizaran la labor que ellos mismos habían abandonado. Pero cuando se ve cómo los fabricantes se comprometen unos a otros, bajo fuertes multas, a imponer su cierre patronal, ¿puede extrañar la manera más violenta, pero menos hipócrita, con que los obreros intentan forzar su huelga? El propio señor Joseph Hume dice en una carta dirigida a los obreros de Preston:

“Veo en la lista de los que propugnan solucionar las disputas entre las naciones mediante negociaciones en lugar de conflictos bélicos a muchos fabricantes que en este momento están haciendo la guerra a sus obreros.”

La asociación de fabricantes de Preston ha publicado un manifiesto para justificar el cierre patronal general. Su sinceridad se puede deducir del hecho de que no se mencione con una sola palabra la liga secreta de los fabricantes, de cuyo programa informé a los lectores hace unos dos meses; de este modo, el resultado bien meditado de la conspiración adquiere la apariencia de una necesidad que los patronos no podían eludir. Acusan a los obreros de haber exigido un aumento salarial del 10%, ni más ni menos. Pero no dicen nada al público de que los fabricantes, cuando en 1847 redujeron los salarios un 10%, prometieron volver a subirlos tan pronto como el comercio se reanimara; callan también que

los obreros eran informados una y otra vez del renacimiento del comercio por las entusiastas descripciones de los señores Bright, Cobden & Co., por las declamaciones de toda la prensa burguesa y por el discurso del Trono en la apertura del Parlamento. Ellos no nos dicen nada acerca de que el pan se ha encarecido en más de un 40%, el carbón entre un 15 y un 20%, que la carne, las velas, las patatas y todos los demás artículos que afectan en gran medida a las necesidades de la clase obrera son aproximadamente un 20% más caros que antes, y que los fabricantes derrotaron a sus adversarios con la consigna:
¡Pan barato y salario elevado!
Reprochan a los obreros que pretendan seguir imponiendo la igualdad de salarios en una misma ciudad para fábricas del mismo tipo. Pero ¿no parte acaso toda la doctrina de sus maestros Ricardo y Malthus del supuesto de que tal igualdad existe en todo el país? Dicen que los obreros actúan según las instrucciones de un comité. Habrían sido instigados por “forasteros”, “intrusos”, “agitadores”. Exactamente lo mismo afirmaban los proteccionistas, que reprochaban a esos mismos fabricantes en la época de la Anti-Korngesetz-Liga el estar dirigidos por los señores Bright y Cobden, “dos agitadores profesionales”, y el actuar ciegamente según las disposiciones del comité revolucionario de Manchester, recaudar impuestos, comandar un ejército de oradores y misioneros, inundar el país con impresos pequeños y grandes y formar un Estado dentro del Estado. Lo más curioso es que los fabricantes que acusan a los obreros de “actuar según las instrucciones de un comité” se llaman a sí mismos “asociación unida de fabricantes”, publican su propio manifiesto por medio de un
comité
y conspiran con los “forasteros” de Manchester, Bolton, Bury, etc. Los “forasteros” de los que habla el manifiesto de los fabricantes no son sino los obreros de las localidades industriales vecinas.

Sin embargo, estoy lejos de suponer que los obreros alcanzarán el objetivo inmediato de su huelga. Por el contrario, en un artículo anterior he expuesto que en un futuro no lejano harán huelga por una
reducción
en lugar de por un
aumento
de los salarios. Las reducciones salariales son ya más numerosas y provocan en correspondencia más huelgas. El verdadero resultado de todo este movimiento, como ya he dicho en
ocasión anterior
, consistirá en que “la actividad de la clase obrera rebasará pronto el plano político, y las nuevas organizaciones sindicales creadas en la huelga tendrán un valor incalculable para ella”. Ernest Jones y los demás líderes cartistas han
vuelto a pisar el campo de lucha, y en la gran asamblea de Manchester el pasado domingo se adoptó la siguiente resolución:

“Después de haber sido testigos de los esfuerzos conjuntos de la clase de los fabricantes contra los productores de este país, que consisten en oponerse a la reivindicación de un jornal honrado por una jornada de trabajo honrada, esta asamblea considera que la actual lucha de los obreros no puede conducir a ningún resultado exitoso si no se quiebra el monopolio de la clase de los fabricantes mediante la elevación de la Volks-Charte a ley y, en consecuencia, la entrada de representantes de la clase obrera en la Cámara de los Comunes del Parlamento. Sólo entonces la clase obrera estará en condiciones de promulgar leyes en su propio interés y de derogar las que van dirigidas contra ella, así como de alcanzar el poder de disposición sobre los medios de trabajo, salarios elevados, alimentos baratos, empleo constante y libertad de circulación en la elección del lugar de trabajo.”

Karl Marx