Intrigas parlamentarias -

India

Del inglés.

["New-York Daily Tribune" núm. 3838, del 5 de agosto de 1853]

Londres, martes 19 de julio de 1853

El zar no solo ha comenzado ya a hacer la guerra, sino que incluso ha concluido ya su primera campaña. La línea de operaciones ya no se encuentra detrás del Pruth, sino a lo largo del Danubio. ¿Y qué hacen entretanto las potencias occidentales? Deliberan, es decir, obligan al sultán a considerar la guerra como paz. Responden a las acciones del autócrata no con cañonazos, sino con notas. Se asedia al zar, pero no con las dos flotas, sino con nada menos que cuatro propuestas de negociación. Una procede del gabinete inglés, otra del francés, la tercera se la presenta Austria, y la cuarta le es expuesta por el “cuñado” de Potsdam <Federico Guillermo IV>. Se espera que el zar, de este embarras de richesse <apuro por exceso de ofertas>, se dignará escoger lo que mejor convenga a sus fines. La (segunda) respuesta del señor Drouyn de Lhuys a la (segunda) nota del conde Nesselrode se toma infinitas molestias para demostrar “que no fueron Inglaterra ni Francia quienes hicieron la primera demostración”. Así como se arrojan huesos a los perros, Rusia les lanza tantas notas a los diplomáticos occidentales, sin duda, para que tengan un entretenimiento inocente mientras ella disfruta la ventaja de ganar tiempo con ello. Inglaterra y Francia muerden, naturalmente, el anzuelo. Y como si la mera recepción de semejante nota no significara ya una humillación suficiente, el Journal de l’Empire la adereza con un comentario bastante conciliador, en un artículo que si bien firma el señor de la Guéronnière, ha sido inspirado y redactado por el emperador. Este artículo deja a capricho de Rusia “no negociar desde la orilla izquierda, sino desde la orilla derecha del Pruth”. La segunda nota del conde Nesselrode queda transformada, de hecho, en un “intento de reconciliación”. Y esto se estiliza del siguiente modo:

“El conde Nesselrode habla ahora solo de garantías morales y anuncia que estas serán sustituidas solo provisionalmente por garantías materiales; y exige, por tanto, directamente negociaciones. Mientras tal sea el caso, sería imposible considerar agotada la acción diplomática.”

La Assemblée nationale, el “Moniteur” ruso de París, felicita irónicamente al Journal de l’Empire por su descubrimiento, aunque muy tardío, y solo lamenta que se haya armado tanto ruido para nada.

La prensa inglesa ha perdido por completo la compostura.

“El zar no alcanza a comprender con cuánta cortesía han salido, en realidad, a su encuentro las potencias occidentales… Es del todo incapaz de un comportamiento cortés en sus negociaciones con las demás potencias”,

dice el Morning Advertiser. Y la Morning Post está fuera de sí porque el zar se preocupa tan poco de las dificultades internas de sus adversarios:

“Ha sido una indiscreción casi increíble plantear, por pura y frívola desvergüenza, exigencias que en modo alguno tenían carácter urgente, sin tener para nada en cuenta lo inflamables que están los ánimos en Europa.”

El redactor de los artículos financieros del Economist ha descubierto

“que la humanidad descubre ahora, en perjuicio propio, cuán perjudicial es que los asuntos más secretos del mundo” (es decir, los de la Bolsa) “dependan de las ocurrencias disparatadas de un solo hombre.”

Y sin embargo, en 1848 y 1849 se pudo ver el busto del emperador ruso justo al lado del becerro de oro.

Entretanto, la situación del sultán <Abdulmedschid> se vuelve de hora en hora más difícil y enmarañada. Sus apuros financieros aumentan tanto más cuanto que carga con todo el peso de la guerra sin cosechar ninguna de sus ventajas. El favor popular se vuelve contra el sultán, pues no llama al pueblo a combatir al zar. El fanatismo de los musulmanes lo amenaza con revoluciones palaciegas, mientras que el fanatismo de los greco-ortodoxos lo amenaza con levantamientos populares. Los periódicos de hoy contienen informes sobre una conspiración que estudiantes musulmanes del partido de los viejos turcos tramaban contra la vida del sultán, pues prefieren ver en el trono a Abdulasis.

Ayer, los lores Beaumont y Malmesbury exigieron a lord Clarendon, en la Cámara de los Lores, que manifestara sus intenciones, habida cuenta de que el emperador francés no había vacilado en hacer públicas las suyas. Lord Clarendon se limitó a declarar brevemente que Inglaterra aprobaba la nota del señor Drouyn de Lhuys y, en lo demás, se atrincheró tras la promesa de que pronto proporcionaría a la Cámara amplia información. A la pregunta de si era cierto que los rusos se habían apoderado también de la administración civil y de las oficinas de correos en los principados del Danubio militarmente ocupados por ellos, lord Clarendon se quedó, naturalmente, “mudo”. “No podía creerlo, después de la proclama del príncipe Gortschakow”. Lord Beaumont respondió que lord Clarendon le parecía un gran optimista.

Sir J. Walmsley preguntó en la Cámara de los Comunes por los últimos disturbios en Esmirna <Véase página 196>. Lord John Russell respondió que, ciertamente, había oído hablar del secuestro violento de un refugiado húngaro por parte del cónsul austríaco; pero que, en cambio, no le constaba absolutamente nada de que Austria hubiera exigido la entrega de todos los refugiados húngaros e italianos. Lord John despacha las interpelaciones de un modo ameno y como a él más le conviene. Nunca recibe información oficial, y jamás lee en los periódicos lo que debería o lo que cabría esperar de él.

La Kölnische Zeitung publica, en una comunicación fechada en Viena el 11 de julio, el siguiente informe sobre el asunto de Esmirna:

“Schekib Efendi ha sido enviado a Esmirna para iniciar la investigación contra los participantes en los altercados en los que pereció el barón Hackelberg. Schekib había recibido también la orden de entregar a Austria los refugiados de nacionalidad austríaca o toscana. El encargado de negocios de los Estados Unidos, el señor Brown, ha mantenido conversaciones con Reschid Bajá, cuyo resultado aún no se conoce. Solo se sabe que el asesino del señor von Hackelberg ha recibido un pasaporte del cónsul americano en Esmirna, que lo sitúa fuera del alcance de las autoridades turcas.
Este hecho demuestra que los Estados Unidos se proponen inmiscuirse en las querellas europeas.
Se sabe también con certeza que tres buques de guerra americanos se hallan en medio de la flota turca, en el Bósforo, y que la fragata americana ‘Cumberland’ entregó al gobierno turco 80 millones de piastras.”

Sea cual fuere la verdad que pueda haber en estos o parecidos rumores, una cosa demuestran: que en todas partes se espera la injerencia de América, y que incluso una parte del público inglés la mira con buenos ojos. La conducta del capitán americano <Ingraham> y del cónsul es acogida con grandes aplausos en asambleas públicas, y en el Advertiser de ayer un “inglés” <A. Richards> conjura a las barras y estrellas a aparecer en el Mediterráneo y a avergonzar de tal modo al “sucio viejo Union Jack”, que se decida por fin a alguna acción.

Resumamos, pues, brevemente la cuestión de Oriente: El zar, insatisfecho y molesto porque todo su inmenso imperio depende de un único puerto de exportación, que además se halla en un mar que durante una mitad del año no es navegable y durante la otra mitad puede ser atacado por los ingleses, persigue el plan de sus antepasados de obtener acceso al Mediterráneo. Va amputando uno tras otro los miembros más alejados del Imperio otomano, hasta que, por fin, Constantinopla, el corazón, tiene que dejar de latir. Siempre que ve amenazados sus designios sobre Turquía, sea por la aparente consolidación del gobierno turco, sea por los síntomas, aún más peligrosos, de autoemancipación entre los eslavos, repite sus incursiones periódicas. Contando con la cobardía y el medrosidad de las potencias occidentales, intimida a Europa y eleva sus exigencias todo lo posible, para aparecer luego magnánimo cuando se contenta con lo que, en realidad, quería alcanzar inmediatamente.

Por su parte, las potencias occidentales, inconstantes, pusilánimes, desconfiando siempre unas de otras, al principio animan invariablemente al sultán a resistir al zar, cuyas usurpaciones temen, para obligarlo al final a ceder, por miedo a una guerra general que podría desembocar en una revolución general. Demasiado débiles y demasiado cobardes para emprender la reconstrucción del Imperio otomano mediante la erección de un imperio griego o de una república federativa de estados eslavos, todo su afán se orienta únicamente al mantenimiento del statu quo, es decir, de esa fase de putrefacción que prohíbe al sultán emanciparse del zar, y a los eslavos emanciparse del sultán.

El partido revolucionario no puede sino congratularse de este estado de cosas. La humillación de los reaccionarios gobiernos occidentales y su manifiesta incapacidad para proteger los intereses de la civilización europea contra las intrusiones rusas, tienen que engendrar forzosamente una sana indignación en los pueblos sometidos, desde 1849, al dominio de la contrarrevolución. También la inminente crisis industrial resulta influida y acelerada por estas perturbaciones a medias orientales, no menos que por las enteramente orientales de China. Mientras los precios del trigo suben, los negocios en general se estancan; al mismo tiempo, el tipo de cambio se vuelve desfavorable para Inglaterra y el oro comienza a fluir hacia el continente. Entre el 9 de junio y el 14 de julio, la reserva de oro del Banco de Inglaterra ha descendido en 2.220.000 libras esterlinas, más de lo que fue todo el aumento de los últimos tres meses.

La marcha de las negociaciones sobre el proyecto de ley para la India a través de la comisión reviste escaso interés. Es significativo que todas las enmiendas hayan sido rechazadas ahora por la coalición unida a los tories, en contra de sus propios aliados de la escuela de Manchester.

La situación actual de la India puede ilustrarse con algunos hechos. La parte de la administración situada en Inglaterra se traga el 3% de los ingresos netos de la India, y los intereses anuales por los empréstitos internos y los dividendos a los accionistas de la Compañía ascienden al 14% –en total, el 17%. Si descontamos estas remesas anuales de la India a Inglaterra, las cargas militares representan alrededor de dos tercios de los gastos totales disponibles para la India, o sea, el 66%, mientras que las cargas destinadas a obras públicas no pasan del 2 3/4% de los ingresos generales, o, para Bengala, el 1%, para Agra el 7 3/4%, para el Punjab el 1/8%, para Madrás el 1/2% y para Bombay el 1% de sus respectivos ingresos. Estas son las cifras oficiales de la Compañía.

Por otra parte, casi tres quintas partes de todos los ingresos netos proceden de la tierra, aproximadamente una séptima parte del opio y más de una novena parte de la sal. Estas fuentes de ingresos suman el 85% de todos los ingresos.

En cuanto a las partidas menores de ingresos y gastos, baste constatar que los impuestos de moturpha, que aún se mantienen en la presidencia de Madrás y que gravan tiendas, telares, ovejas, ganado vacuno, diversos oficios, etc., ascienden a unas 50.000 libras esterlinas, mientras que las cenas anuales de la East India House cuestan aproximadamente lo mismo.

La gran masa de los ingresos proviene de la tierra. Dado que las diferentes formas de propiedad territorial india han sido descritas recientemente en tantos lugares y, además, de manera fácilmente comprensible, quisiera limitar mis observaciones sobre este asunto a algunas consideraciones generales acerca de los sistemas zamindarí y ryotwarí.

El zamindarí y el ryotwarí fueron ambas revoluciones agrarias instauradas por ucases británicos y que, por su carácter, son opuestas entre sí: la una, aristocrática; la otra, democrática; la una, una caricatura de la gran propiedad territorial inglesa; la otra, una caricatura de la propiedad parcelaria francesa; ambas perniciosas, pues ambas aúnan grandes contradicciones internas: ninguna de las dos está hecha para el pueblo que cultiva el suelo, ni para el poseedor a quien este pertenece, sino para el gobierno, que se enriquece con los impuestos.

Por medio del zamindarí, la población de la Presidencia de Bengala fue expropiada de golpe de sus derechos hereditarios sobre la tierra en beneficio de los recaudadores nativos de impuestos, los llamados zamindares. Por medio del sistema ryotwarí, introducido en las Presidencias de Madrás y Bombay, la nobleza nativa, a pesar de sus derechos sobre el suelo —los mirasi, los jagires, etcétera—, fue rebajada al mismo nivel que el pueblo llano, a la posesión de campos minúsculos que cultivaban en beneficio del Collector de la Compañía de las Indias Orientales. Pero el zamindar era una extraña especie de señor territorial inglés, que solo recibía una décima parte de la renta mientras que tenía que transferir nueve décimas partes de ella al gobierno. Y el ryot era una extraña especie de campesino francés, sin ningún derecho jurídico permanente sobre la tierra y con una imposición fiscal que variaba cada año en proporción a su cosecha. La clase originaria de los zamindares, a pesar de su espantosa e ilimitada codicia frente a la masa desposeída de los antiguos propietarios hereditarios del suelo, se fundió pronto bajo la presión de la Compañía, para ser reemplazada por especuladores mercantiles que ahora tenían en sus manos toda la propiedad territorial de Bengala, con excepción de las posesiones que volvieron a la administración directa del gobierno. Estos especuladores introdujeron una variante de la propiedad territorial zamindarí, llamada Patni. No contentos con ocupar frente al gobierno británico la posición de arrendatarios intermedios, crearon por su parte una clase de «arrendatarios intermedios hereditarios», los patnidares, quienes a su vez crearon a sus subpatnidares, etcétera, de modo que surgió una escala completa en la jerarquía de los arrendatarios intermedios, que oprime con todo su poder al desdichado campesino. En lo que concierne a los ryots de Madrás y Bombay, el sistema degeneró pronto en un saqueo del suelo, y la tierra perdió todo su valor.

«El Collector», dice el señor Campbell, «podría, como en Bengala, vender la tierra para eliminar los atrasos de impuestos, mas por regla general esto no ocurre, por una razón muy sencilla: a saber, que nadie quiere comprarla».

Así, tenemos en Bengala una combinación de lordismo territorial inglés, del sistema irlandés de arrendatarios intermedios, del sistema austriaco que transforma al propietario territorial en recaudador de impuestos y del sistema asiático que convierte al Estado en propietario territorial efectivo. En Madrás y Bombay tenemos un propietario parcelario francés que es, al mismo tiempo, siervo y aparcero <aparcero> del Estado. Las desventajas de todos estos sistemas diferentes se acumulan sobre él, sin que goce de ninguno de sus rasgos atenuantes. El ryot, como el campesino francés, está sometido a la extorsión del usurero privado; pero no tiene ningún derecho hereditario ni permanente sobre su tierra, como el campesino francés. Como el siervo de la gleba, está obligado al cultivo, pero no está asegurado contra la penuria como el siervo de la gleba. Como el aparcero, tiene que compartir su producto con el Estado, mas el Estado no está obligado a adelantarle los medios de explotación, a lo cual sí está obligado respecto al aparcero. Tanto en Bengala como en Madrás y Bombay, tanto bajo el sistema zamindarí como bajo el sistema ryotwarí, los ryots —y constituyen once doceavas partes de toda la población india— están sometidos a una espantosa depauperación; y si, moralmente considerados, no han caído tan bajo como los cottiers irlandeses, se lo deben a su clima, ya que los hombres del Sur poseen menos necesidades y más fantasía que los hombres del Norte.

Unida al impuesto sobre la tierra, debemos considerar la contribución de la sal. Como es sabido, la Compañía retiene el monopolio de ese artículo, que vende al triple de su valor comercial —y esto en un país donde lo suministran el mar, los lagos, las montañas y el propio suelo. El efecto real de este monopolio fue descrito por el conde de Albemarle con las siguientes palabras:

«Una gran parte de la sal para el consumo interior es comprada en todo el país por la Compañía a través de numerosos comerciantes al por mayor a menos de cuatro rupias por maund <peso de las Indias Orientales, de 12 a 40 kg variables>; estos le mezclan una determinada proporción de arena, traída principalmente de unas millas al suroeste de Dacca, y envían la mezcla a un segundo monopolista o, si se cuenta al gobierno como el primero, a un tercero, por unas cinco o seis rupias. Este comerciante añade todavía más tierra o ceniza, y así sigue pasando por varias manos, de las grandes ciudades a las aldeas, y el precio sube aún más, de ocho a diez rupias, y la proporción de adulteración del 25 al 40 %. Resulta así que la población paga por su sal de 21 libras esterlinas, 17 chelines y 2 peniques hasta 27 libras esterlinas, 6 chelines y 2 peniques o, en otras palabras, de 30 a 36 veces más que la población acomodada de Gran Bretaña.»

Como un signo de la moral burguesa inglesa, quisiera mencionar que el señor Campbell defiende el monopolio del opio porque preserva a los chinos de consumir demasiado de ese veneno, y que defiende el monopolio del aguardiente (concesiones para la venta de aguardiente en la India) porque ha fomentado maravillosamente el consumo de aguardiente en la India.

La propiedad territorial zamindarí, el ryotwarí y la contribución de la sal, sumados al clima indio, fueron los semilleros del cólera —que desde la India ha asolado el mundo occidental—, un ejemplo elocuente y terrible de cómo el sufrimiento humano y la injusticia están indisolublemente ligados.

Karl Marx