La cuestión de la guerra — Asuntos financieros — Huelgas

Londres, viernes 7 de octubre de 1853

El viernes pasado, *The Morning Chronicle*, en su cuarta edición, comunicó un despacho telegráfico según el cual el sultán [Abdul Mejid] había declarado la guerra a Rusia. *La Patrie* de París de ayer por la tarde anuncia, en una nota semioficial, que las noticias recibidas de Oriente no confirman la afirmación de *The Morning Chronicle*. Según otro periódico ministerial, *Le Constitutionnel*, fue tras las reiteradas representaciones del señor de Bruck, internuncio austríaco, que el Diván se reunió el 25 con el propósito de deliberar sobre la nota de Viena, y declaró que se atendría a la última nota de Reshid Pasha. [1] Un Gran Consejo fue convocado al día siguiente. Este Consejo, compuesto por 120 de los principales ministros, consejeros, pashas y dignatarios religiosos, resolvió que

«sería contrario a la dignidad y subversivo de la autoridad soberana del sultán firmar la nota de Viena sin las modificaciones sugeridas por el Diván, y que, puesto que el zar [Nicolás I] había declarado esas modificaciones totalmente inadmisibles y se negaba a abandonar su exigencia de un compromiso destructivo de la independencia del Imperio Otomano, al Consejo solo le quedaba aconsejar al sultán que procediera de inmediato a adoptar las medidas necesarias para la preservación de su Imperio y para liberar sus dominios de la presencia del invasor.» [Citado según el artículo publicado en *The Morning Post*, 5 de octubre de 1853, y reproducido en *Le Constitutionnel*, No. 279, 6 de octubre de 1853. — Ed.]

En cuanto a la declaración formal de guerra, aún no ha sido confirmada por ningún despacho auténtico. Esta vez, al menos, la Puerta ha atrapado a los diplomáticos occidentales. Los gobiernos inglés y francés, sin atreverse a llamar a sus flotas de vuelta a casa, incapaces de mantener por más tiempo su ridícula posición en la bahía de Besika, poco dispuestos a franquear los estrechos en abierto desafío al zar, querían que la Puerta hiciera venir los buques de la bahía de Besika bajo el pretexto de que se temían peligros para los cristianos de Constantinopla durante las fiestas del Bairam. La Puerta se negó, alegando que no había peligro; que si lo hubiera, protegería a los cristianos sin ayuda extranjera, y que no deseaba convocar a los buques hasta después de las fiestas. Pero apenas la vanguardia de las flotas unidas hubo cruzado los estrechos, cuando la Puerta, habiendo puesto a sus vacilantes y traicioneros aliados en un aprieto, se declaró por la guerra. En cuanto a la guerra misma, comenzó hace tres meses, cuando las fuerzas rusas cruzaron el Prut. La primera campaña llegó incluso a su término cuando las legiones rusas alcanzaron las orillas del Danubio. El único cambio que ahora puede tener lugar será que la guerra deje de ser unilateral.

No solo el bey de Túnez [Ahmed], sino también el shah de Persia [Nasr-ed-Din], a pesar de las intrigas de Rusia, ha puesto a disposición del sultán un cuerpo de 60.000 de sus mejores tropas. Del ejército turco, pues, puede decirse con verdad que es una concentración de todas las fuerzas disponibles del mahometanismo en Europa, África y Asia occidental. Las huestes de las dos religiones que durante tanto tiempo han luchado por la supremacía en Oriente, la ruso-griega y la mahometana, se encuentran ahora frente a frente, la una convocada por la voluntad arbitraria de un solo hombre; la otra, por la fuerza fatal de las circunstancias, de acuerdo con sus respectivos credos, puesto que la Iglesia ruso-griega rechaza el dogma de la predestinación, mientras que el mahometanismo se centra en el fatalismo.

Hoy se celebrarán dos reuniones: una en Downing Street, la otra en la London Tavern; la primera, de los ministros; la segunda, contra ellos; la una, en favor del zar; la otra, en favor del sultán.

De los editoriales de *The Times* y *The Morning Chronicle* podríamos inferir, si pudiera existir alguna duda sobre las intenciones de la Coalición, que intentará por todos los medios impedir la guerra, reanudar las negociaciones, matar el tiempo, paralizar al ejército del sultán y apoyar al zar en los Principados.

«El zar se ha declarado por la paz» —se complace en declarar *The Times* [aquí y más abajo Marx cita de los editoriales de *The Times* No. 21552, 6 de octubre de 1853. — Ed.], basándose en autoridad indudable—. El zar ha expresado «sentimientos pacíficos en Olmütz [2] por sus propios labios». No aceptará las modificaciones propuestas por la Puerta; se atendrá a la nota de Viena original, pero permitirá que la conferencia de Viena interprete la nota en un sentido preternatural, contradictorio con la interpretación de su propio Nesselrode. Permitirá que ellos se ocupen con conferencias, siempre que le permitan a él, mientras tanto, ocupar los Principados.

*The Times*, en su paroxismo pacifista, compara a los dos emperadores de Rusia y Austria con un par de jefes salvajes del interior de África, para llegar a la conclusión:

«Después de todo, ¿qué le importa al mundo el emperador de Rusia, para que vaya a la guerra por deferencia a sus errores políticos?»

Los bancos de Turín, París, Berlín y Varsovia han elevado su tasa de descuento. En los balances bancarios de la semana pasada, la reserva en lingotes del Banco de Inglaterra se declaró haber disminuido nuevamente en 181.615 libras esterlinas, siendo su monto total ahora de solo 15.680.783 libras. La circulación activa de billetes ha disminuido en casi 500.000 libras, mientras que el descuento de letras ha aumentado en 400.000 libras [basado en un informe del 24 de septiembre de 1853 en *The Economist*, No. 527, 1 de octubre de 1853. — Ed.], una coincidencia que confirma la afirmación que hice en mi carta sobre la Ley de Peel, de que la cantidad de billetes de banco en circulación no sube ni baja en proporción al volumen de negocio bancario que se realiza.

El señor Dornbush concluye su circular comercial mensual como sigue:

«Los acontecimientos políticos de la última semana han aumentado considerablemente la agitación en el comercio de cereales, provocada por los crecientes informes de una cosecha deficiente de trigo, la propagación de la enfermedad de la patata y la escasez de espacio en los barcos. La harina de la ciudad ha subido a 70 chelines por 280 libras, el trigo nuevo a 80 chelines, con un descuento creciente que se acerca al 5 por ciento. Una gran excitación domina ahora el comercio de cereales —la probabilidad de una guerra en Oriente, la prohibición de exportar grano de Egipto, la confirmada deficiencia de la cosecha de trigo en Inglaterra, la propagación de la enfermedad de la patata, la disminución de las llegadas del extranjero (especialmente del sur de Europa), la continua demanda de Francia, Bélgica y Holanda—: estas han sido las principales causas excitantes que de nuevo empujaron al alza los precios del trigo, entre uno y seis chelines por quarter, en los principales mercados provinciales celebrados la semana pasada. [...] Generalmente, inmediatamente después de la cosecha, la tendencia de los precios es, y sigue siendo, a la baja hasta Navidad. Este año el movimiento ha sido el inverso. Los precios han estado subiendo desde hace algunos meses. En este momento no hay una escasez real de cereales en ninguna parte de este cuarto del globo; muchos graneros, pajares y almiares están llenos hasta la saciedad, y en algunos puertos marítimos falta sitio de almacenamiento. La reciente subida de precios, por tanto, no ha sido causada por una escasez presente, sino por una escasez prospectiva de cereales, fundada en la presunción de una deficiencia en las cosechas, cuyos efectos se espera sentir a medida que avance la temporada. El próximo invierno probablemente resultará uno de grandes penalidades y privaciones. [...] La opinión prevaleciente sigue siendo favorable a un nuevo avance de los precios; y mientras el grueso de los especuladores continúe “comprando y almacenando”, la tendencia probablemente seguirá siendo alcista, probablemente hasta la próxima primavera. [...] El previsible alto nivel de precios durante el próximo invierno probablemente se convierta, en la primavera siguiente, en una gran atracción para la importación de cereales desde regiones distantes, a las que, en temporadas normales, no se puede llegar debido a la distancia y al alto coste del transporte; la próxima primavera no es improbable una acumulación de llegadas desde todas las partes accesibles del mundo; y la misma causa que ahora contribuye a elevar el precio mediante el retiro de existencias de la venta, tenderá, con el inicio de la marea bajista de los precios, a deprimir el valor de los cereales con una fuerza proporcional a la impaciencia de los tenedores por deshacerse de sus existencias. Ahora la regla es comprar; entonces la consigna será vender. El próximo año puede resultar tan peligroso y desastroso como 1847.»

La depresión general en el mercado de Manchester continúa. A medida que las noticias de Australia y China, así como las relativas a las complicaciones en Oriente, adquieren un carácter más sombrío, los ánimos de los hilanderos de algodón, fabricantes y comerciantes se vuelven más inseguros. La caída de los precios puede considerarse ahora, en calidades y números de hilados corrientes, de 7/8 a 1 penique por libra, desde el punto más alto hace dos meses, lo que equivale a casi el doble de la caída en la correspondiente calidad de algodón, que no asciende a más de 1/2 a 5/8 peniques. E incluso con esta reducción extrema de 1 penique, la gente encuentra difícil vender, y las existencias, esos espantajos de nuestra escuela sentimental de economistas políticos, continúan acumulándose. Por supuesto, no hay que esperar que esta acumulación de existencias aumente muy rápidamente; en el momento actual, tanto comerciantes como fabricantes, al encontrar varios mercados sobreabastecidos, tienen aún la salida de enviar sus mercancías, en consignación, a otros mercados, y de esta facultad hacen un uso muy amplio ahora mismo. Pero arrojar todo el producto exportable de la industria británica, lo bastante grande como para anegar, a intervalos regulares, el mundo entero, sobre unos pocos mercados más o menos limitados, suscitará necesariamente el mismo estado de plétora y las revulsiones consiguientes en esos mismos mercados que hasta ahora se consideraban sanos. Así es como las noticias ligeramente mejoradas de la India, según las cuales todavía no hay posibilidad de exportación rentable a ese país, sino meramente una posibilidad de disminuir las pérdidas en nuevas exportaciones, han inducido un negocio bastante considerable hacia aquel país, en parte por cuenta de las casas regulares de comercio con la India, en parte por cuenta de los propios hilanderos y fabricantes de Manchester, quienes, antes que someterse a la pérdida que suponen las ventas en un mercado en declive, prefieren correr cualquier ligero riesgo de una mejor venta que pueda resultar de una exportación especulativa a la India. Y aquí puedo añadir que, desde 1847, ha sido una práctica habitual entre los hilanderos y fabricantes de Manchester enviar por cuenta propia grandes cargamentos a la India, etc., y recibir los retornos en productos coloniales, vendidos igualmente por cuenta propia en puertos de la Norteamérica británica o del continente. Estas especulaciones no pertenecen, ciertamente, a la esfera comercial legítima del fabricante, quien necesariamente no está ni la mitad de bien informado sobre el estado de los mercados que el comerciante portuario, pero complacen al hilandero de algodón británico que, mientras dirige operaciones tan distantes, cree realizada esa ilusión favorita en la que se imagina el director supremo, la mente rectora, por así decirlo, del comercio mundial y de los destinos comerciales. Y si no fuera por estas especulaciones que retienen durante un año o dieciocho meses una porción considerable del capital industrial excedente, no cabe duda de que la extensión de las manufacturas en Inglaterra habría avanzado a un ritmo aún más rápido durante los últimos cinco años.

En el mercado de tejidos, los artículos que sufren bajo la mayor depresión son los géneros ordinarios de algodón; las existencias continúan acumulándose aunque un gran número de telares han sido parados. Sin embargo, no puede decirse que haya actividad en otras clases de mercancías.

Un estancamiento similar prevalece en Leeds y Bradford, en Leicester y Nottingham. En esta última localidad, las horas de trabajo se han reducido a diez e incluso a ocho en el ramo del encaje; los géneros de punto están deprimidos desde junio pasado, cuando la producción se redujo de inmediato en Nottingham en un tercio de su volumen. El único ramo que por ahora parece proseguir en ininterrumpida prosperidad es la quincallería de Birmingham y sus alrededores.

En Londres, la quiebra empieza a extenderse entre los pequeños tenderos.

En mi carta del 12 de agosto manifesté que los maestros hilanderos y fabricantes estaban organizando «una Asociación con el fin de ayudar al comercio a regular la excitación entre los obreros en el distrito de Manchester»; que dicha Asociación se compondría de asociaciones locales con un Comité Central, y que se proponía «resistir todas las demandas formuladas por cuerpos asociados de obreros fabriles, fortificar el monopolio del capital mediante el monopolio de la asociación y dictar condiciones como cuerpo asociado».

Ahora bien, ¿no es un hecho harto curioso que este plan, del que les informé hace unos dos meses, no haya sido jamás mencionado por los periódicos londinenses hasta este mismo momento, aunque entretanto ha sido llevado a cabo en silencio y ya está haciendo su trabajo en Preston, Bolton y Manchester? ¡La prensa londinense, al parecer, se afanaba por ocultar a los ojos del mundo el hecho de que los señores de las fábricas estaban poniendo a su clase en orden de batalla contra la clase del trabajo, y que las medidas sucesivas que adoptan, en vez de ser el resultado espontáneo de las circunstancias, son los efectos premeditados de una conspiración profundamente urdida, de una Liga organizada contra el Trabajo! Esta Liga capitalista inglesa del siglo XIX aún ha de encontrar su historiador, como la Liga Católica francesa lo encontró en los autores de la *Satyre Ménippée* a finales del siglo XVI.

Los trabajadores, para triunfar en sus reivindicaciones, tienen naturalmente que tratar de mantener a una parte de ellos dentro mientras la huelga de los otros ha resultado victoriosa. Donde se aplica este plan, los dueños de fábricas se confabulan para cerrar todas sus fábricas y, de este modo, llevar a sus brazos a la desesperación. Los fabricantes de Preston, como ustedes saben, iban a iniciar el juego. Ya han cerrado trece fábricas y, al cabo de otra semana, todas las fábricas habrán de ser clausuradas, dejando sin trabajo a más de 24.000 hombres. Los tejedores han dirigido una solicitud a los patronos pidiendo una entrevista u ofreciendo someter los puntos en litigio a arbitraje, pero su petición ha sido rechazada. Como los tejedores de Preston reciben ayuda de colectas de peniques hechas por los obreros de los distritos circundantes, de Stalybridge, Oldham, Stockport, Bury, Withnell, Blackburn, Church-Parish, Acton, Irwell-Vale, Enfield, Burnley, Colne, Bacup, etc.; habiendo descubierto los hombres que el único medio de resistir la influencia indebida del capital era la unión entre sí; los señores de las fábricas de Preston, por su parte, han enviado emisarios secretos para socavar los medios de socorro de los huelguistas e inducir a los fabricantes de Burnley, Colne, Bacup, etc., a cerrar sus establecimientos y a provocar un cese general del trabajo. En ciertos lugares, como en Enfield, se ha inducido a los capataces a informar a sus patronos, quienes han tomado parte en impulsar el movimiento, y en consecuencia han sido despedidos varios colectores de peniques. Mientras los trabajadores de Preston son exhortados por los obreros de los distritos vecinos a permanecer firmes y unidos, los patronos de Preston reciben un inmenso aplauso de los demás fabricantes, que los ensalzan como los verdaderos héroes de la época.

En Bury, las cosas toman un giro semejante al de Preston. En Bolton, tras echar los fabricantes de colchas a suertes quiénes de ellos empezarían la huelga, los patronos de todo el ramo cerraron de inmediato sus fábricas.

Además del cierre simultáneo de fábricas, se recurre a otros medios de asociación. En Keighley, por ejemplo, los tejedores del Sr. Lund se declararon en huelga por un aumento de salario, siendo la causa principal de su plante que él pagaba menos de lo que recibían los tejedores del Sr. Anderton, en Bingley. Una diputación de tejedores que pidió una entrevista con el Sr. Lund y se dirigió a su domicilio vio cómo, con toda cortesía, se les cerraba la puerta en las narices. Pero una semana después, los trabajadores del Sr. Anderton fueron informados mediante aviso de que se aplicaría una reducción en los salarios de sus tejedores de 3 peniques por pieza y de sus cardadores de lana de un cuarto de penique por libra, habiendo concertado entretanto los Sres. Lund y Anderton una alianza ofensiva y defensiva con vistas a combatir a los tejedores del uno mediante la reducción del salario de los del otro. De este modo, se supone, los tejedores del Sr. Lund se verán forzados a someterse o los del Sr. Anderton a plantearse, y con el peso añadido de otro plante barriendo toda posibilidad de apoyo, ambos grupos se doblegarán a una reducción general.

En otras ocasiones, los patronos tratan de ganarse a los tenderos contra los obreros. Así, el Sr. Horsfall, el rey del carbón de la mina principal de Derby, cuando sus brazos se declararon en huelga a consecuencia de una reducción de salarios, fue a todos los carniceros, panaderos y proveedores de víveres de la vecindad con quienes tratan los mineros para persuadirles de que no fiasen nada a sus hombres.

En todas las localidades donde existe la Asociación para «regular la excitación entre los obreros», los patronos asociados se han comprometido a fuertes multas en caso de que algún miembro individual viole los estatutos de su Liga o ceda a las exigencias de los «brazos». En Manchester esas multas ascienden a 5.000 libras, en Preston a 3.000, en Bolton a 2.000, etc.

Hay un rasgo que, sobre todo, distingue el presente conflicto de los pasados. En períodos anteriores —como en 1832, 1839, 1840, 1842—, una huelga general, como se la llamaba, es decir, un cese general y simultáneo del trabajo en todo el reino, era una idea favorita de los obreros y el gran objetivo al que aspiraban. Esta vez es el capital el que amenaza con un cierre general. Son los patronos quienes se esfuerzan por provocar un cierre general de fábricas. ¿No creen ustedes que, si tiene éxito, podría resultar un experimento muy peligroso? ¿Es su intención empujar al pueblo inglés a una insurrección de junio, para quebrantar su espíritu ascendente y postrarlo por tierra durante una serie de años venideros?

Sea como fuere, no podemos observar con demasiada atención los síntomas de la guerra civil que se prepara en Inglaterra, tanto más cuanto que la prensa londinense cierra deliberadamente los ojos ante los grandes hechos, mientras distrae a sus lectores con descripciones de fruslerías como el banquete ofrecido por el Sr. Titus Salt, uno de los príncipes fabriles de Yorkshire, con motivo de la inauguración de su palacio-fábrica, donde no sólo fue agasajada la aristocracia local, sino también sus propios brazos. «Prosperidad, salud y felicidad a la clase trabajadora», fue el brindis que propuso, según cuenta la prensa metropolitana al público; pero lo que no cuenta es que, pocos días después, sus tejedores de morena recibieron aviso de otra reducción de sus salarios de 2 chelines y 3 peniques a 2 chelines y 1 penique. «Si esto significa salud o prosperidad para los tejedores de morena —escribe una de sus víctimas al *People's Paper*—, yo, por mi parte, no la quiero».

Habrán visto quizá en *The Times* que una tal Sra. MacDonnell, de Knoydart, Glengarry, imitando a la duquesa de Sutherland, ha emprendido el desalojo de sus tierras para sustituir hombres por ovejas. *The People's Paper*, informado por un corresponsal sobre el terreno, ofrece la siguiente gráfica descripción de esta operación malthusiana:

«Esta dama tenía en sus dominios un buen número de aparceros, muchos de los cuales estaban imposibilitados de pagar sus rentas, hallándose algunos muy atrasados, según se nos dice. Ella, por tanto, les ordenó a todos que se marcharan y los arrojó a refugiarse en bosques y cuevas, donde desde entonces han estado escondiéndose, o más bien muriendo, mientras los caballos de la Sra. MacDonnell eran encamados al calor en viviendas seguras y confortables. Al mismo tiempo les ofreció pasaje gratis al Canadá —siendo el precio del pasaje más barato que los socorros de pobres— y permiso para vender sus pequeños haberes, no teniendo éstos nada que vender, salvo la ropa que llevan puesta, una mesa rota o un gato reumático. Finalmente, les perdonó los atrasos... que no podía cobrar. A esto se le llama "noble generosidad"».

Tales desalojos parecen volver a estar a la orden del día en todas las Tierras Altas. Así, al menos, nos informa Sir Charles Forbes, un laird de las Tierras Altas, en una carta a *The Times*,

«que las granjas de ovejas se están volviendo ahora tan valiosas, que resultará rentable a nuestros ganaderos de ovejas ingleses comprar ovejas en cualquier momento y pagar por la expulsión de todos los que se interpongan en su camino».

Firmado: Karl Marx