Karl Marx

La conspiración berlinesa

Del inglés.

["New-York Daily Tribune", núm. 3745, del 18 de abril de 1853]

Londres, viernes 1 de abril de 1853

Por fin puede la quinta «gran potencia», Prusia, disfrutar de la dicha de haber contribuido por su propia cuenta a los grandes descubrimientos que la policía austriaca ha hecho con respecto a las «maquinaciones demagógicas» de los revolucionarios.

«El gobierno —nos aseguran sus órganos oficiales—, que había recibido la prueba de que los dirigentes del partido democrático mantenían relaciones continuas con la propaganda revolucionaria, ordenó el 29 de marzo efectuar registros domiciliarios en Berlín, y consiguió detener a 40 personas, entre las cuales se encontraban Streckfuß y los antiguos diputados de la Asamblea Nacional prusiana, Berends, Waldeck, etc. Se practicaron registros domiciliarios en las casas de 80 personas sospechosas de participación en una conspiración. Se encontraron armas y munición.»

No contentándose con la publicación de «estos hechos sensacionales» en sus gacetas oficiales, el gobierno prusiano consideró oportuno transmitirlos telegráficamente al ministerio británico de Asuntos Exteriores.

Para desvelar el secreto de esta nueva farsa policial, es preciso retroceder un poco. Dos meses después del golpe de Estado de Bonaparte, el señor Hinckeldey, presidente de policía de Berlín, y su subordinado, el señor Stieber, consejero de policía, se conjuraron, el uno para convertirse en un Maupas prusiano, el otro en un Piétri prusiano. Tal vez la sublime omnipotencia de la policía francesa turbaba su sueño. Hinckeldey se dirigió al ministro del Interior, el señor von Westphalen, y, con informes falsos, convenció a este reaccionario débil mental y fanático (siendo el señor von Westphalen mi cuñado, he tenido ocasión sobrada de conocer la capacidad intelectual de este hombre) de la necesidad de concentrar todo el poder policial del Estado prusiano en manos del presidente de policía de Berlín. Sostuvo que, para posibilitar una intervención más rápida, la policía debía ser independizada del ministro del Interior

y subordinada exclusivamente a él mismo, es decir, a Hinckeldey. El ministro, señor von Westphalen, representa a la aristocracia ultraprusiana, mientras que el señor von Manteuffel, el presidente del consejo de ministros, representa a la vieja burocracia; ambos son rivales, y el primero vio en la propuesta de Hinckeldey, aunque reducía manifiestamente la esfera de acción de su ministerio, un medio de asestar un golpe a su rival, cuyo hermano, el señor von Manteuffel, subsecretario de Estado en el ministerio del Interior, estaba encargado especialmente del control de toda la policía. Por eso el señor von Westphalen presentó su propuesta a un consejo de Estado presidido por el propio rey <Friedrich Wilhelm IV.>.

La discusión fue muy acalorada. Manteuffel, apoyado por el príncipe de Prusia, atacó el plan de crear un ministerio de policía independiente. El rey se inclinaba por la propuesta del señor von Westphalen y puso fin al debate con la sentencia salomónica de que seguiría el ejemplo de Bonaparte y crearía un ministerio de policía «cuando se le demostrase la necesidad de ese paso con hechos». Fue entonces cuando Hinckeldey y Stieber eligieron el asunto de los comunistas de Colonia para suministrar los hechos. Es conocida la heroica actuación de aquellos hombres en el proceso de Colonia. Concluido este, el gobierno prusiano decidió ascender a Stieber, abiertamente perjuro, al puesto de director de policía de Colonia, al hombre de quien todo el mundo se burlaba dondequiera que aparecía por las calles de Colonia. Pero el señor von Bethmann-Hollweg y otros diputados conservadores bienintencionados de la Prusia renana intervinieron, advirtiendo a los ministros de que una ofensa tan palmaria a la opinión pública de esta provincia podría acarrear consecuencias muy funestas, en un momento en que Napoleón codiciaba las
fronteras naturales
de Francia. El gobierno cedió, dándose por satisfecho con nombrar a Stieber director de policía de Berlín como recompensa por sus perjurios en Colonia y sus robos cometidos en Londres. Aquí terminó, sin embargo, el asunto. Era imposible satisfacer los deseos del señor Hinckeldey y crear para él un ministerio de policía independiente sobre la base del proceso de Colonia. Hinckeldey y Stieber aguardaron su momento. Para su fortuna, vino la insurrección de Milán. De inmediato, Stieber practicó 20 detenciones en Berlín. Pero la cosa era demasiado ridícula para proseguirla judicialmente. Luego llegó el atentado de Libényi, y entonces el rey estuvo maduro. Abrumado por terribles presentimientos, reconoció al instante la necesidad de crear un ministerio de policía independiente, y Hinckeldey vio sus sueños realizados. Una orden real lo convirtió en el
Maupas
prusiano, mientras el hermano del señor von Manteuffel presentaba su dimisión. Sin embargo, la parte más asombrosa de la comedia estaba aún por llegar. Apenas el señor Hinckeldey había obtenido a toda prisa su nueva dignidad, cuando se descubrió directamente la «gran conspiración berlinesa». Esta conspiración fue urdida con el exclusivo propósito de demostrar la necesidad de un señor Hinckeldey. Era el regalo que el señor Hinckeldey entregaba al imbécil rey a cambio de su recién conquistada autocracia policial. El ayudante de Hinckeldey, el ingenioso Stieber, que en Colonia había descubierto que, dondequiera que se encontrasen cartas con las palabras de despedida
«saludo»
y
«fraternidad»
, se trataba sin duda de una conspiración comunista, hizo ahora el descubrimiento de que en Berlín venía apareciendo desde hacía algún tiempo una cantidad sospechosa de «sombreros calabreses», y que el sombrero calabrés era, sin lugar a dudas, la «señal de concentración» de los revolucionarios. Aguijoneado por este importante descubrimiento, Stieber llevó a cabo el 18 de marzo varias detenciones, principalmente entre obreros y extranjeros, a quienes se inculpó por llevar sombreros calabreses. El 23 del mismo mes se practicó un registro domiciliario al comerciante magdeburgués Karl Delius, hermano de un diputado de la Segunda Cámara, quien también tenía una desdichada predilección por los sombreros calabreses. Finalmente, como ya les comuniqué al comienzo de este artículo, el 29 del mes pasado se ejecutó el gran golpe de Estado contra los sombreros calabreses en Berlín. Todos aquellos que sepan algo de la oposición de leche y agua de Waldeck, Berends, etc., se reirán de las «armas y munición» halladas en posesión de estos inofensivos Brutos.

Pero por insensata que pueda parecer toda esta comedia policial, montada por los señores Hinckeldey & Stieber únicamente por motivos personales, no deja de tener importancia. El gobierno prusiano está irritado por la resistencia pasiva con que tropieza por todas partes. Huele el aliento de la revolución en medio de una aparente apatía. Desespera de no encontrar una forma tangible de este fantasma y se siente cada vez como liberado de una pesadilla cuando la policía presta, por decirlo así, una figura corpórea a este adversario omnipresente pero invisible. Ataca, seguirá atacando y transformará con éxito la resistencia pasiva del pueblo en resistencia activa.

Karl Marx