Karl Marx

El impuesto sobre los anuncios –

Pasos rusos –

Dinamarca –

Los Estados Unidos en Europa

[«New-York Daily Tribune», n.º 3850 del 19 de agosto de 1853]

Londres, viernes 5 de agosto de 1853

La ley sobre la abolición del impuesto sobre los anuncios recibió anoche la sanción real y entra en vigor hoy. Algunos periódicos matutinos han publicado ya sus precios reducidos para anuncios de todo tipo.

Los estibadores del puerto de Londres están en huelga. La compañía se esfuerza por contratar gente nueva. Se espera una lucha entre los antiguos y los nuevos trabajadores.

El emperador de Rusia ha encontrado nuevos motivos para conservar los Principados del Danubio. Ya no los retendrá como garantía material de sus aspiraciones espirituales ni como indemnización por los gastos que su ocupación ha ocasionado, sino que ahora debe retenerlos a causa de «desórdenes internos», tal como lo prevé el Tratado de Balta-Liman. Y como los rusos han puesto, en efecto, todo patas arriba en los Principados del Danubio, no puede negarse la existencia de tales desórdenes. Lord Clarendon confirmó en la sesión de la Cámara de los Lores del 2 de agosto los datos que yo había expuesto en mi último artículo respecto a los hospodares, a quienes se había impedido entregar su tributo a Constantinopla y mantener ulteriores relaciones con Turquía. <Véase pág. 240> Lord Clarendon declaró con rostro especialmente grave y pomposa solemnidad que

«por medio de un correo que parte de Londres esta misma noche, daría instrucciones a Sir Hamilton Seymour para que exigiera del gabinete ruso la
explicación
a la que Inglaterra tiene derecho».

Mientras Clarendon envía a San Petersburgo a pedir
explicaciones
, el diario de hoy «Patrie» publica una noticia procedente de Jassy, del 20 del mes pasado, según la cual los rusos fortifican Bucarest y Jassy, los hospodares de Moldavia y Valaquia están sometidos a una autoridad de control rusa compuesta por tres miembros, el pueblo está gravado con contribuciones en especie y algunos boyardos díscolos han sido incorporados a regimientos rusos. Ésta es la «explicación» de la proclama del príncipe Gortschakov, según la cual

«su augusto soberano no tenía la intención de modificar las instituciones que regían el país y la presencia de sus tropas no impondría al pueblo ni nuevas contribuciones ni otras cargas».

En la sesión de la Cámara de los Comunes del mismo día, Lord John Russell declaró, en respuesta a una pregunta formulada por Lord Dudley Stuart, que las cuatro potencias se habían reunido en Viena para elaborar una propuesta común al zar, que sería «aceptable» para Rusia y Turquía, y que ésta había sido remitida a San Petersburgo. En su respuesta al señor Disraeli, Lord Russell expuso:

«Esta propuesta era de hecho una
propuesta austríaca
, aunque originariamente procedía del gobierno de Francia».

Este francés originario, naturalizado en Austria, presenta un aspecto muy sospechoso, y la «Neue Preußische Zeitung» da en una carta desde Viena la
explicación
de que

«el gabinete ruso y el austríaco han decidido de común y pleno acuerdo no permitir que surja una influencia preponderante de Inglaterra en Oriente».

El «Engländer» <A. Richards> comenta acerca de las
explicaciones
del ministerio de coalición: «Son grandes en la humillación, fuertes en la estupidez y sumamente elocuentes en el silencio».

Una vez que Moldavia y Valaquia estuvieran rusificadas, Galitzia, Hungría y Transilvania se convertirían en «enclaves» rusos.

En un
artículo anterior
he hablado de los «tesoros ocultos» en el Banco de San Petersburgo, que constituyen la reserva de oro para una circulación de papel moneda tres veces mayor. El ministro de la Guerra ruso <Dolgorukov> ha solicitado ahora que se transfiera una parte de ese tesoro a la caja de guerra. Cuando el ministro de Hacienda <Brok> objetó ese paso, el emperador se dirigió personalmente al Santo Sínodo, custodio de los bienes eclesiásticos, para solicitar un préstamo de 60 millones de rublos. Mientras al zar le falta dinero, a sus tropas les falta salud. De fuente muy fidedigna se informa que las tropas que ocupan los Principados del Danubio han padecido terriblemente el calor durante su marcha, que el número de enfermos es extraordinariamente elevado y que muchas casas particulares de Bucarest y Jassy han sido convertidas en hospitales.

El «Times» de ayer estigmatizó los ambiciosos planes de Rusia respecto a Turquía, pero al mismo tiempo intentó encubrir las intrigas rusas en Dinamarca. Ayuda a su ilustre soberano incluso cuando truena contra él a voz en cuello.

«Ponemos en duda la afirmación —dice el «Times»— de que el gabinete ruso haya logrado ganar influencia sobre la corte de Copenhague, y la aseveración de que el gobierno danés, bajo influencia rusa, proceda a abolir o menoscabar la Constitución de 1849 es completamente inexacta. El gobierno danés, ciertamente, ha hecho que se publique una ley o un proyecto que contiene
algunas modificaciones de la Constitución
actualmente en vigor, pero esa ley será sometida al debate y a la votación de las Cámaras cuando vuelvan a reunirse; no ha sido promulgada por poder real.»

La disolución de una sola asamblea legislativa en cuatro dietas feudales separadas, el derecho de autoliquidación en la tributación abolido, las elecciones en condiciones de sufragio universal suprimidas, la libertad de prensa abolida, la libre concurrencia desplazada por la resurrección de los gremios cerrados, toda la clase de los funcionarios, es decir, la única clase culta de Dinamarca, excluida de ser elegida, salvo con permiso real: ¡a todo esto se le llama
«algunas modificaciones de la Constitución»!
Con la misma razón se puede llamar a la esclavitud una modificación insignificante de la libertad. Es cierto que el rey danés no se ha atrevido a promulgar esta nueva «ley fundamental» como ley. Sólo ha enviado a las Cámaras, a la manera de los sultanes orientales, el cordón de seda con la orden de que se estrangulen con él. Una propuesta de este tipo va acompañada de la amenaza de imponerla por la fuerza si no se someten voluntariamente a ella. Hasta aquí lo que toca a «algunas modificaciones de la Constitución». Ahora, en cuanto a la «influencia rusa».

¿Cómo surgió el conflicto entre el rey danés y las Cámaras danesas? El rey propuso abolir la
Lex Regia
, es decir, la ley vigente de sucesión dinástica de Dinamarca. ¿Quién impulsó al rey a dar ese paso? Rusia, como se habrá podido ver por la nota del conde Nesselrode del 11 de mayo de 1853, de la que he informado en mi último artículo. ¿Quién se beneficiará de la abolición de la Lex Regia? Nadie salvo Rusia. La Lex Regia permite también la sucesión al trono por la línea femenina de la familia reinante. Con su abolición, los agnados eliminarían todas las pretensiones de los cognados que hasta ahora se interponían en su camino. Como es sabido, al Reino de Dinamarca pertenecen, además de la Dinamarca propiamente dicha, es decir, las islas y Jutlandia, los dos ducados de Schleswig y Holstein. La sucesión para la Dinamarca propiamente dicha y para Schleswig está regulada por la Lex Regia, mientras que en el ducado de Holstein, que es un feudo alemán, corresponde a los agnados según la Lex Salica. Con la abolición de la Lex Regia, la sucesión para Dinamarca y Schleswig se equipararía a la del ducado alemán de Holstein, y el zar ruso, que como representante de la casa de Holstein-Gottorp tiene las pretensiones más cercanas sobre Holstein, obtendría, en su calidad de agnado principal, también la pretensión más inmediata al trono danés. En los años 1848-1850 los daneses lucharon, apoyados por notas y flotas rusas, contra Alemania para mantener la Lex Regia, que prohibía que Schleswig fuera unida con Holstein y separada de Dinamarca. Después de que el zar hubiera derrotado la revolución alemana bajo el pretexto de la Lex Regia, confisca ahora la Dinamarca democrática mediante la abolición precisamente de esa misma ley. Los escandinavos y los alemanes han hecho así la experiencia de que no deben fundar sus respectivas reivindicaciones nacionales sobre las leyes feudales de la sucesión dinástica. Y han hecho la experiencia aún más instructiva de que, los alemanes y los escandinavos, que pertenecen a la misma gran raza, cuando se disputan entre sí en lugar de unirse, no hacen más que allanar el camino a su enemigo hereditario, el eslavo.

El gran acontecimiento del día es la aparición de la política americana en el horizonte europeo. Saludada por unos, aborrecida por otros, el hecho es reconocido por todos.

Austria tiene que aspirar al desmembramiento del Imperio Turco para resarcirse de la pérdida de sus provincias italianas, perspectiva que no se ha vuelto menos probable por el conflicto que tontamente ha provocado con el Tío Sam. Una escuadra americana en el Adriático significaría una complicación muy bonita para una insurrección italiana, y todos podemos llegar a verlo, pues el espíritu anglosajón no está muerto aún en Occidente.

Así se dice en el «Morning Herald», el viejo órgano de la aristocracia inglesa.

«El asunto Koszta —dice la «Presse» de París— está lejos de estar resuelto. Hemos recibido informes de que el gabinete de Viena ha exigido al de Washington una reparación que ciertamente no obtendrá. Mientras tanto, Koszta permanece bajo la protección del cónsul francés.»

«Tenemos que apartarnos del yanqui, que es mitad pirata y mitad patán de los bosques, pero de ningún modo un caballero», susurra la «Presse» de Viena.

Los periódicos alemanes murmuran acerca del acuerdo secreto que se supone han concertado los Estados Unidos y Turquía, según el cual esta última recibiría dinero y apoyo naval, y los primeros el puerto de Enos en Rumelia, que ofrecería un lugar seguro y adecuado para una base comercial y militar de la república americana en la zona del mar Mediterráneo.

«Con el tiempo —dice la «Émancipation» de Bruselas—, el conflicto de Esmirna entre el gobierno americano y el austríaco, provocado por la detención del emigrado Koszta, pasará a la primera línea de los acontecimientos de 1853. Comparado con este hecho, la ocupación de los Principados del Danubio y los pasos de la diplomacia occidental y de las flotas combinadas en Constantinopla pueden considerarse acontecimientos de importancia secundaria. El incidente de Esmirna es el comienzo de una nueva historia, mientras que el episodio de Constantinopla es sólo el replanteamiento de una vieja cuestión que estaba a punto de perder su importancia.»

Un periódico italiano, «Il Parlamento», trae un artículo de fondo bajo el título «
La Politica Americana
in Europa», del que traduzco literalmente los siguientes pasajes:

“Es un hecho generalmente conocido”, dice “Il Parlamento”, “que los Estados Unidos llevan mucho tiempo tratando de obtener una estación naval en el mar Mediterráneo y en Italia, y sobre todo en las épocas en que surgían complicaciones en Oriente. Así, por ejemplo, en 1840, cuando se discutía la gran cuestión egipcia y se atacaba San Juan de Acre, el gobierno de los Estados Unidos pidió en vano al rey de las Dos Sicilias (Fernando II) que le cediera temporalmente el gran puerto de Siracusa. Hoy, la tendencia de la política americana a inmiscuirse en los asuntos europeos no puede ser más viva ni más tenaz. No cabe ninguna duda de que el actual gobierno demócrata de los EE. UU. manifiesta a voz en cuello sus simpatías por las víctimas de la revolución italiana y húngara, que no le importa en absoluto la ruptura de relaciones diplomáticas con Austria y que en Esmirna ha defendido su política con sus cañones prestos a hacer fuego. Sería injusto insultar a esta gran nación transatlántica por sus aspiraciones o calificarlas de inconsecuentes y ridículas. Los americanos no pretenden, ciertamente, conquistar el Oriente ni provocar una guerra terrestre con Rusia. Pero si Inglaterra y Francia envían sus mejores fuerzas navales, ¿por qué no habrían de hacerlo también los americanos, sobre todo cuando hubieran conseguido en el Mediterráneo un punto de apoyo, un lugar de refugio y de “aprovisionamiento”? Para ellos hay grandes intereses en juego, tanto más cuanto que el elemento republicano se contrapone diametralmente al cosaco. El comercio y la navegación han multiplicado las relaciones legales y los tratados entre todos los pueblos del mundo. Ningún pueblo puede considerarse hoy extraño en mar alguno del antiguo o del nuevo continente, ni desinteresado de una gran cuestión como la de la suerte del Imperio Otomano. El comercio americano y los residentes que lo ejercen en las costas de nuestros mares reclaman la protección de la bandera estrellada, y para hacerla duradera y jurídicamente eficaz a lo largo de todo el año necesitan un puerto para su marina de guerra, que ocupa ya el tercer lugar entre las potencias navales del mundo. Si Inglaterra y Francia se entrometen directamente en todo lo que concierne al istmo de Panamá; si la primera de estas potencias llega al extremo de inventar un rey de los mosquitos para oponer derechos territoriales a las operaciones de los Estados Unidos; si al fin estas potencias se ponen de acuerdo en que el paso del océano Atlántico al océano Pacífico debe quedar abierto a todas las naciones y en manos de un Estado neutral, ¿no está claro que los Estados Unidos, con miras a la libertad y neutralidad del istmo de Suez, deben reclamar el ejercicio de la misma vigilancia, observando atentamente la decadencia del Imperio Otomano, la cual puede llevar a que Egipto y Siria pasen, total o parcialmente, al dominio de alguna gran potencia? Suez y Panamá son las dos grandes puertas de entrada al Oriente, que —cerradas hasta ahora— competirán entre sí en el futuro. Para los EE. UU., la mejor manera de asegurarse una influencia decisiva en la cuestión transatlántica es cooperar en la cuestión del Mediterráneo. Estamos convencidos de que los buques de guerra americanos, en las cercanías de los Dardanelos, no renunciarán a su derecho a atravesarlos siempre que quieran y sin estar sometidos a las restricciones que las grandes potencias acordaron en 1841, y ello en virtud del hecho incontestable de que el gobierno americano no participó en aquella convención. Europa queda asombrada ante semejante audacia, porque desde la paz de 1783 estaba acostumbrada a contemplar a los Estados Unidos con los mismos ojos con que se contempló a los cantones suizos después de la paz de Westfalia, es decir, como países a los que se reconocía un legítimo derecho a la existencia, pero a los que de ningún modo se podía admitir en el círculo aristocrático de las viejas grandes potencias para que diesen su voto en las cuestiones de política general. Pero al otro lado del océano, los anglosajones han ascendido al más alto grado de riqueza, civilización y poder, de manera que ya no pueden aceptar por más tiempo la modesta posición que se les había asignado en el pasado. La presión que la Unión americana ejerce sobre el Areópago de las cinco grandes potencias que hasta ahora han regido los destinos del mundo es un nuevo factor de poder que ha de contribuir al derrumbe del sistema exclusivo creado por los tratados de Viena. Sin embargo, mientras la república de los Estados Unidos no conquiste su derecho positivo y su asiento oficial en los congresos que deciden las cuestiones de la política mundial, asume con una serenidad poco común y una particular dignidad los intereses más humanos del derecho natural y del ius gentium (derecho de gentes). Su bandera otorga protección a las víctimas de las guerras civiles, sin distinción de partidos, y durante la gran tormenta de los años 1848-1849 la flota americana no se dejó jamás disuadir, por humillaciones ni ultrajes, de conceder asilo.”

Karl Marx